- oct 02, 2009 • 13:14h
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La muerte de Cintio Vitier traslada a una escena de duelo las dudas de toda mi generación (o casi) sobre la herencia del grupo Orígenes. Marca, sin duda, el final de algo, y es muy probable que su velorio venga a engrosar la mistificación que comenzó en la década de los 90, cuando Vitier aceptó convertirse en el nuevo ideólogo —o padre fundador— de la política cultural preconizada por Armando Hart, primero, y Abel Prieto, después.
Por supuesto, cualquier persona interesada en la cultura cubana no puede dejar de sentir una sensación de orfandad. Vitier fue el último de nuestros grandes críticos literarios, y su discutida obra, como la de Lezama o Piñera, es una referencia indispensable en el siglo XX cubano. Pero está el otro Vitier, el predicador en que se convirtió durante los últimos años de su vida, empeñado en hablar de un país que cada vez comprendía menos y en legitimar los restos de nuestro fracaso político.
No se trata sólo de la mentira (desde la falsificación biográfica hasta la mitologización política), de la muy criticada (Antonio José Ponte, Duanel Díaz, Rafael Rojas) vulgata para tiempos de reafirmación patriotera, de la emoción con la que uno de nuestros más grandes intelectuales definía una dictadura como el advenimiento del Ser encarnado (“Tampoco puedes renunciar a los momentos, como fue aquel de enero de 1959, en que el Ser asoma. Sencillamente asoma, no se establece, pero asoma. Y es una compañía muy grata. Es algo que se siente, que no puede convertirse en dogma, en doctrina; y que lo siente el letrado y el iletrado”); de su cómoda condición de nuevo intelectual orgánico, iluminado por el revival del nacionalismo mesiánico.
Es algo más profundo, que tiene que ver con la disyuntiva del intelectual ante una realidad miserable que lo obliga a suspirar por un bistec o a pasar las tardes en una famosa paladar —intervenida. No querer ver esa realidad. Escapar por la vía de la sublimación patriótica. Y convertirse entonces en el solícito cortesano ideológico de un régimen en crisis, que veinte años antes había marginado el cuerpo doctrinal que Vitier proponía como pieza de repuesto ante un maltrecho marxismo defasado.
La muerte de Cintio Vitier debería ser el comienzo del fin de las manipulaciones de la memoria cubana. Cuando acabe ese proceso, seguirá ocupando un lugar. Pero nada peor que consagrar, en ceremonias y honras fúnebres, lo más nefasto de su herencia y olvidar sus verdaderas virtudes. Para rescatar al intelectual y enterrar al converso lo primero que hay que hacer es leer a Vitier.
II
Debemos a la imaginería de la naciente República esa ambigua representación de la Isla en femenino: de un lado esa mujer sensual que se exhibe en algunas marquillas de tabacos, la Patria como una dama voluptuosa, envuelta con desenfado en su túnica romana y tocada con un coqueto gorro frigio. Del otro lado, una matrona adusta, la protagonista del duelo cubano, ese fantasma que en algunos poemas de Martí o en ciertos párrafos de Lezama se emparenta a la Parca. Jano patriótico, esta diosa ambivalente hace esporádicas, pero interesantes apariciones en nuestro imaginario poético.
Por ejemplo, en Vitier. La Dama Pobreza que da título a uno de sus libros de poesía es una traducción criolla de la Madonna Povertà de San Francisco de Asís. Tal vez sea también una alusión al gineceo que Martí consagró en sus peripecias poéticas y patrióticas. Del misticismo martiano, de su traje negro y raído, del anillo hecho con su grillete, Vitier dedujo una filosofía de la pobreza, traducida “poéticamente” como una reducción intencional de los recursos y los sentidos, una especie de conservadurismo poético.
Un conservadurismo que no puede ser juzgado simplemente como “católico”. Vitier siempre se ha vanagloriado de que Orígenes vinculó venturosamente paganismo y cristianismo. En su Poética está la clave de esa conversión: una lectura agustiniana de la Mnemósine griega. Para el católico Vitier, el paganismo poético está obligado a ser la antesala de la gracia, un chispazo que ilumina, como el fanal virgiliano, la noche oscura de los místicos. Esa mística insular ha dejado algunos poemas memorables: “Oración y meditación de la noche”, de Angel Gaztelu; “San Juan de Patmos ante la Puerta Latina”, de Lezama; “Saúl sobre su espada”, de Gastón Baquero; “Transfiguración de Jesús en el Monte”, de Fina García Marruz… en los que una catolicidad abierta e incorporativa (San Juan, Vallejo, Du Bos, Pascal, Chesterton, Milosz) encuentra su expresión más concentrada.
También en Dama pobreza se puede comprobar la distancia que separa a Vitier de la vanguardia y su particular lectura del Siglo de Oro español. Hay incluso dos poemas confesamente conservadores, sin duda, los menos logrados del libro por su afán declarativo: “Películas, rock” (“Mirémonos mirando una bandita/ de falsos delincuentes, falso harapo:/ su arte consiste en no tenerlo, chillan/ los aparatos de impotencia fría/ entre el humo infernal de pacotilla,/ como audio nos usan, nos escupen.”) y “Repaso de las formas”, donde se repite el gesto compilatorio de Julián del Casal, pero con la intención opuesta, despojado de la afición modernista por la novedad: “De la pintura las Meninas bastan,/ su genio giratorio ha compilado/ talleres de hilanderas a los pies/ de los dioses, y Dios las acompaña/ invisible, pintado en otra tela./ Mi Museo ideal aquí termina/ donde empieza la música y Watteau/ me mira serio levitando Gilles/ en un libro de estampas polvoriento.”
Dama pobreza basta para entender que lo único que une a Vitier con la tradición poética contemporánea es su admiración por Rimbaud, a quien ha traducido inmejorablemente. Lo “rimbaudiano” según Vitier es la suma del revolucionario y el vidente, una mística moderna. Pero la lectura “revolucionaria” que Cintio hace de Rimbaud (en la que pesa demasiado el Rimbaud-Cristo de Jacques Rivière) difiere de aquella que hizo Lezama, en la que describe a Rimbaud como un descendiente de los ectipos, “hombres fuera de clase y pertenecientes a los periodos previos al estado, al periodo de los cazadores y los raptos, de las migraciones y del goce sensual de los metales y las pieles…”. Rimbaud, (como Villon o como el nietzcheano príncipe Vogelfrei) sería para Lezama un nómada radical que gustaba de perderse “en el azar de las grandes extensiones”. “Hoy el poeta —escribe Lezama en 1959— para alegar su pertenencia a una clase, su huida del estado y su regalía del nomadismo tiene que formar otra clase sagrada, ir más allá del estado”.
III
Cintio Vitier no consiguió ir más allá del Estado. Toda su obra reciente tiene la desagradable carga de la santurronería y la falsificación. En los últimos tiempos lo mismo le mandaba un mensaje a Fidel Castro alabando su “extraordinaria obra cultural y educativa” que dedicaba una serie de sonetos a los Cinco Espías. Firmaba cualquier carta que le mandara la UNEAC. Ignoraba a sus viejos amigos. El resultado es una necrológica oficial donde consta que “entregó su talento y su voz a los nuevos tiempos de la patria”.
Siempre gozó de cierto crédito, no sólo por su profunda erudición en asuntos cubanos, sino por su habilidad para evitar asuntos escabrosos. Pero hizo declaraciones lamentables sobre la realidad que padecían —y padecen— los cubanos. En algún momento debe haber vislumbrado que el camino de la duda y la crítica no lo conduciría más allá del escolio literario. Un origenista no podía resignarse a entrar en los anales del canon como un simple crítico literario. Así que se dedicó a venerar la Poesía y a dar forma a una suerte de teleología que acabó sirviendo de material para círculos de estudio.
Sin embargo, la influencia puramente intelectual de Vitier se ha debilitado en los últimos años. Hay numerosos episodios del “ajuste de cuentas” de los nuevos críticos cubanos, más o menos descarnados, pero, a mi juicio, más interesantes que la veneración indiferente que se le ha dedicado en los salones de la isla, donde sus escasos discípulos incurren a menudo en la ñoñería y la ridiculez de asumir como propio un conservadurismo prestado. La “isla infinita” convertida en el telón que oculta la isla real.
No puede decirse que Vitier sea completamente ajeno a este destino. Lo más triste que puede hacer un crítico literario es renunciar a su condición, humillarse ante la historia, subsumir la literatura, renunciar a sus dotes para confiar su trabajo a otros actores. Por miedo o por convicción, eso fue lo que hizo Cintio Vitier. En una encuesta de La Gaceta de Cuba (julio de 1969), recogida luego en Crítica cubana, cuando se le pregunta por la crítica en Cuba, Vitier afirma que en Cuba “buena parte de la creación producida desde el 59 se resuelve en crítica del pasado y que el proceso revolucionario (incluso respecto de sí mismo) es de esencia crítica”. Para cerrar luego con una frase que suena como su terrible y verdadera necrológica como intelectual: “Sumidos vitalmente en ella, es natural que la crítica exclusivamente literaria o artística pase a un segundo plano”.
2 de octubre de 2009
Ernesto Hernández Busto
Barcelona
Foto: Pedro Portal.






Resumen:El miedo!
Atodos los ignorantes que an comentado sobre cintio vitier les digo como representante de lafamilia. Que lean. Un poco sobre el y les digo que todos los vitier tanto los de aqui como los de cuba somos personas. Estudiadas las ideas politicas nada tienen que ver con la intelijencia
Les recuerdo cuando trabajaban en la Biblioteca Nacional de hora de 8 a 5 de la tarde esperando la guaga, olvide el numero pues aquellos tiempo crearon en mi lo que se llama post traumatic strees disorder, era como personajes de otro mundo alli sentados en la espera del autobus, nadie les conocia excepto las polillas de la biblioteca nacional. Que sabemos de sus hijos uno de ellos es un compositor a producido mas o se a marchado como todos.
muy bueno tu articulo, sera que de la generacion de origenes solo quedaban de los comunistas el y su esposa,yo particularmente vendi mucho su obra y la de fina, no porque me gustaba, sino por conveniencia economica, al vivir dependiendo de la literatura cubana, es un pesimo poeta considero yo, aunque un gran ensayista,….que descanse en paz,..uno menos de los comunistas que machucaron alos verdaderos escritores de esa epoca.
Pues yo digo que no descanse en paz, y le dedico esta corta parodia de Los zapaticos de rosa, de su venerado, y tan traicionado por Cintio, el pobre Marti:
Y que mala Fidelena,
junto con Cintio y con Lazo,
a Cuba, atada de brazos,
enterrandola en la arena.
Muy buen post, Ernesto, lo mejor que se ha escrito y dicho a raíz de la muerte del escritor.
Palabras oportunas.
Saludos desde La Habana
“Sumidos vitalmente en ella, es natural que la crítica exclusivamente literaria o artística pase a un segundo plano”.
aqui se resume todo!, excelente!!
[...] Un excelente texto de Ernesto Hernández Busto en Penúltimos días. [...]
Una pregunta para amenizar el velorio: ¿Qué es un intelectual? Aunque Cintio, en la mejor tradición de nuestras despedidas, no salga bien parado con las respuestas.
— que las respuestas a esta pregunta sean dadas por personas que, al menos, tengan la entereza de poner su nombre real donde ponen sus palabra, es lo menos que se puede pedir en memoria del occiso.
Lo ideal sería —teniendo en cuenta los “comments off” de la “campaña de donaciones”
La ausencia de respuestas confirmaría la frase “el último de los grandes intelectuales cubanos”, porque el castrismo, la barbarie, habría triunfado en reducirlos a la nada, al silencio.
Saludos
CRA
Me encanto su escrito, tambien me encantaria de leer un obituario de CV escrito por Lorenzo Garcia Vega. Seria posible?
Me quedo con su padre, Medardo. Un grande pre-59. Y preclaro respecto del desastre al que “el Ser” llevaria a la isla.
Colgado enlace a este post en mi blog. Saludos Ernesto
Muy buena nota, Ernesto.
Qué descanse en paz.
Coincido con tu epitafio, Ernesto. El místico martiano, el católico, apostólico y romano Cintio Vitier no es culpable sólo por su incongruente sumisión al totalitarismo ateo de corte marxista o fascista –tanto monta– en el poder…
Su incongruencia es más bien aparente. Voluntarista y teleológico como era, pese a la plétora de sangrientas y sacrílegas evidencias en contra desde antes del triunfo castrista, quiso empecinarse en ver en el advenimiento del Nuevo Régimen un avatar de la pàrusía cristiana.
Burgués culto de filia nacional-católico-antiyanqui, marcado a fuego académico por la impronta revanchista y antisistema de las generaciones del 98 y el 27 en España, Cintio tenía más puntos de convergencia que de divergencia con el imaginario castrista.
Peor aún, por su largo papel rector en el bachillerato, en buena ley cabe atribuirle al difunto el mérito de destacado ilustrador republicano de la Revolución Cubana. O sea, de deformador teórico de la belicosa juventud que echó abajo la Segunda República bajo la batuta de Fidel Castro, cuyos antecedentes gansteriles él debía de conocer al detalle…
Desde una u otra poética o temática, el grueso de la intelectualidad de su muy catastrofista “Generación del Cinquentenario Martiano” cumplió ese mismo papel. Porque, mal que nos pese admitirlo –cambiando lo poco que haya que cambiar, desde luego– el Ché Guevara dio en el clavo con aquello de la inautenticidad revolucionaria como “pecado original” del intelectual burgués: salvo honrosas excepciones (Gastón Baquero, Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo y pocos más), se comportaron como una servil o díscola caterva de cambiacasacas y/o farsantes más o menos contumaces.
Sobre todo Cintio, por el énfasis moralista, por esa mojigatería nacionalista invariablemente desbocada en todas sus obras. Los títulos hablan por sí sólos: “Lo cubano en la poesía” (salvo por los tópicos, una entelequia imposible de hallar en el libro), “El sol del mundo moral” (que nunca le alumbró a él el interior del cráneo)…
Resumiendo: el “Carnicero Rioplantense de La Cabaña” no andaba del todo errado en su panfleto “El socialismo y el hombre nuevo en Cuba”. En el sentido de que, en efecto, por razones gremiales el intelectual burgués, casi siempre tremendista en sus enfoques críticos de la realidad, reñido profesionalmente con el concepto de la política como el arte de lo posible, parece vocacionalmente mejor dotado para preparar la ruina de cualquier democracia capitalista –y de paso la propia– que para hacer otro tanto con las dictaduras totalitarias alimentadas por el vuelo de su propia, errática fantasía…
Otrosí, en la hora de su deceso en olor de santidad uneacista, por respeto a aquella sabia máxima latina que mandaba no hablar mal de los difuntos, a despecho de lo anterior, Cintio Vitier puede muy bien haber sido en privado esa noble, ingenua persona que aparentaba ser en todas sus prédicas.
Por ende, nada personal contra él, que no fue precisamente una excepción entre los letrados de su edad y sus remordimientos habrá padecido. Una distinción, no huelga consignarlo aquí, rara entre nosotros los cubanos de ambas orillas. A donde descienda su alma atribulada bajarán por la misma senda o la opuesta las de muchos de nosotros los exiliados militantes. Requiescat in pace, Magister Ludi. ..
Saludos,
El Abicú
Excelente trabajo, Ernesto. La justa medida de Cintio Vitier. Acertado publicar los dos poemas del maniqueo. Luces de PD.
Pésimo poeta; excelente ensayista; hombre débil y maleable. Su verdadero nombre era Cynthio y nació en los EE.UU.
Lo sitúas en su lugar, en lo que le corresponde.
Todos los totalitarismos y dictaduras tienen a veces la suerte de tener gente brillante que los defiendan y lo adornen y Vitier fue uno de ellos. Con personajes como él, el régimen tuvo una “legitimación” por parte de la intelectualidad. Lo demás ya está dicho: fue un colaborador más.
Ernesto, aplaudo tu nota, justa y certera, y comparto lo que dices. Pero ya que otros se han ocupado y ocuparán de exaltarlo en su justa medida, yo quiero encargarme de decir que para mí fue y será solo un miserable a quien dedico, en vida y en muerte, mi mayor desprecio.