- sep 07, 2009 • 11:35h
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“Suicidarse en el zoológico”: nunca olvido esta primera oración, salvada de un relato desheredado por Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD), su autor.
Con la sensación de no estar rebasando ninguna frontera; con la certeza de que la alambrada peerless aísla no tanto a los animales como a nosotros (sobremurientes cubanos de la isla); con un nudo con H en mi garganta carroñera de 37 años al aire preso de mi descuidada ciudad; con una cámara a rastras y con ganas de 2009 palabras, pago un peso en moneda nacional y penetro en el Zoológico de 26.
Aquí, en Brave New Vedado, a milímetros de la casa de Carlos Lage, todavía siempre es 26. Yoani Sánchez y Raúl Castro tampoco viven lejos de este coto cerrado. Sobre el horizonte, los 18-plantas ex-yugoslavos empinan su concreto entre los cuernos metálicos de los ciervos de Rita que no me dieron la bienvenida al entrar. Estoy casi colado en el zoo después de dos décadas de ausencia. No he querido visitarlo a lo largo y estrecho del Período Especial. Entro, no a suicidarme sino a escribir esta esquela de guerra, que es otra forma de atentar contra mí.
Por mera cuestión de apellidos, siempre simpaticé con el oso pardo que se sube en la roca panóptica de su foso a mirar hacia fuera, hacia la avenida 26, donde se incuba la vida de los otros (los humanos), y hacia mí: el último que se compadece del absoluto abandono de este reo plantígrado o tal vez plantado. Desde la calle también me llamaba la atención un zorrillo que daba vueltas y vueltas, sin síntomas de marearse, en una celda de castigo apenas mayor que su biología (y esa vorágine me remite justo a mi biografía: con la excepción de que yo sí me mareo, hasta el vómito y la Habanaúsea).
Comienza septiembre. Sábado sin sol. Clima estilo escocés. La marejada vacacionista de la familia cubana no debe aparecer hoy por aquí. Por eso aparezco yo, con Canon pero sin idea de por dónde empezar o qué ficcionar sobre cuáles especies en extinción o funcionarios que desconocen hasta los derechos de la llamada zoociedad civil. “Pensar agobia”, sonrío para concentrarme y un poco reconfortarme. Compro el Granma en otro peso cubano, y me siento en el mediodía nublado de la patria ante los mismos monos de mi infancia a leer. Encuentro “Encuentro con Fidel fue un regalo de Dios”, y me alegro de que el órgano oficial del Partido Comunista ya imprima en primera plana la palabra Dios: sólo temo que en Cuba se esté tramando una teotransición.
Una de esas jaulas fue usada como aula disciplinaria contra un amigo biólogo. Por entonces él era estudiante y montaba unas broncas voraces contra cualquier tipo de maltrato animal. Hasta que un mal día le tendieron una trampa a él, para dejarlo trancado y que no jodiera tanto con su sabiduría pedante al pie de la ciencia. Todo quedó como un accidente (igual pudo masticárselo un león), hasta que anocheció y un custodio “sorprendido” lo dejó salir del pabellón. Y mi amigo se fue caminando hasta su casa de Playa, con lágrimas mudas y un empingue contestatario tan grande que hubiera podido matar o hacerse matar (un genio con genio congénito). O colgarse en YouTube antes de que existiera YouTube, pidiendo una invasión relámpago en formato flash. (Él aún sigue dando bastante bateo en La Habana, ahora con su flamante título de PhD.)
Las calles interiores del zoo estaban desiertas y, como en los cuentos de cementerio, tuve pánico de adentrarme demasiado. Aquí y allá descubrí parejitas humanas escondidas sobre los bancos. La humedad empañaba lentes y huesos. Los kioscos ambulantes o en garitas eran puro cascarón, pero la cafetería de dos pisos me pareció muy normal (como el resto de la gastronomía callejera): paleticas de helado (técnicamente, de hielo), chicoticos, bolitas, refrescos con gas en envases plásticos, africanas y demás bisuterías por el estilo (el lugar me pareció un reino virgen de CUC). Al parecer, en los días de público menos muerto, las revendedoras por cuenta propia se encargan de diseminar esos productos por el resto del parque.
De vez en cuando pasaba un van de la institución. Supongo no fuera siempre el mismo vehículo, pues bastante grande es el garaje-taller-parqueo a un costado del zoo. Vi custodios caquécticos con sus uniformes ensopados de color sepia (cada quince minutos lloviznaba y dejaba de lloviznar) y también a un policía con todas las de la ley, incluidos su walkie-talkie y la tonfa. Me vino la idea de que a ciertos presos comunes (todos lo son, aunque algunos son más comunes que otros), como estímulo de buena conducta, podrían mantenerlos una temporada a prueba aquí: en cualquiera de las tantas galerías vacías de bestias. Y enseguida pensé en Kafka y visualicé a nuestro good old Pánfilo ante la canallita infantil, que le tiraría caramelos de consuelo y otras chucherías estrictamente prohibidas por ser deletéreas para su dentición.
Los escasos niños y adolescentes que me topé, en grupitos o con la familia, por algún motivo tendían a articular todos los ruidos que no le oí a ningún animal (excepto las aves). Y me pareció paradójico (y sintomático) esa involución mitad mímesis y mitad juego: esa retórica retro con sílabas que parten de las teleclases del nuevo curso escolar, para terminar en un barboteo mitad bárbaro y mitad veterinario (yo mismo le he hablado así a mi gato, para tranquilizarlo durante una sesión de curaciones sin anestesia en la clínica de Infanta y Carlos III).
Por cierto, una amiga filóloga, oriunda de otra ciudad con H, cuyo primer libro de poesía me han prohibido presentar la próxima semana en la UNEAC, me dijo una vez que ya nunca paseaba por el zoológico porque, a la vuelta de un quinquenio groso, se sentía ridícula de aún sentir dolor por un amor verdadero perdido por aquí: en algún hueco de la canopia cansada de los árboles republicanos o entre las traviesas del trencito fantasma que da vueltas y vueltas en nuestro zoológico imaginado ideal. Su poemario, de apenas 100 páginas, es un museo de mascotas en cautiverio y acaso así cautivó al jurado del Premio David: salmones y sardinas, sierpes y salamandras, gorriones y alondras, cuervos y cornejas y codornices, grajos y cisnes, toros y potros, crisálidas y unicornios, cangrejos y caracolas, vacas y arañas y babosas y un zooroastronómico etcétera (paisaje de palabras más densamente poblado que la institución rasa y real).
El espíritu fiera de lo salvaje no habita en este zoo (en el Nacional del Parque Lenin me consta que puede ser incluso peor). Las últimas rebeldes son las ardillas, que en cada generación emigran para ir colonizando el Bosque de La Habana alrededor del Río Almendares. Para el resto de los reclusos, la domesticación espontánea por tedio no deja resquicio posible a un rebrote de la crueldad (como en esos programas de reeducación inspirados en La Naranja Mecánica).
La ventaja es que, supongo, ya nunca ocurran aquellos casos antológicos de trabajadores aplastados por elefantes o desgarrados por un felino en la cara de un público a la desbandada, antes de que un militar acribillase al criminal a balazos (revolucioncitas de ensayo o tal vez como catarsis).
Percibí una paz sepulcral este sábado de otoño adelantado. Ningún primate me tiró caca ni cáscaras: muchos se expurgaban tocándose los genitales, con gestos de cabroncitos de la buena vida en pareja entre rejas. Ningún pájaro me cagó desde los ramajes. Ningún animal reparó en mi mano extendida hacia ellos, Canon incluida.
“La tarde se puso triste”, como dice una rumbita-blues de Pedro Luis Ferrer, y mi memoria mártir de muñequitos ex-socialistas recuperó al rinoceronte cuya naricita “se hiela” y “no come nada”, porque extraña a un amigo verdadero (como el amor perdido de la poeta Premio David), porque echa de menos una mano no tan imbécil como la mayoría, alguien que lo acaricie aunque sea como despedida, y no lo deje tan expuesto y tan vulnerable en su zooledad de barrotes que cortan como cuchillos.
Me fui. Esperando un tranvía llamado P-3 en la parada del BarBarán, donde tantos espacios alternativos de creación han abortado ante nuestro capitalismo gastronómico de pacotilla, me acordé del mito de la jirafa (dicen que existe hasta un documental que pasaron nadie sabe cuándo por la televisión). Es una de nuestras “leyendas urbanas”. La mayoría de los habaneros asegura haber visto de niños una jirafa en el Zoológico de 26. Los funcionarios ripostan que nunca habitó semejante especie allí. Pero yo también la recuerdo: con su cuello lo bastante largo como para asomarse por encima de las barreras y clavar la vista más allá de los pobres predios de la granjita animal. (Como curiosidad, redescubrí que dentro de la laguna de los cocodrilos (donde no vi cocodrilos) emerge la forma de nuestro país.)
Esto no es poesía y mucho menos periodismo de un órgano oficial. Así que, por favor, nadie desmienta ahora mi penúltimo párrafo. La Jirafa de 26 es real y todavía no ha muerto (tantas mentes sincronizadas tarde o temprano revelarán su oculto significado). Es más: declaro haberla visto de nuevo hoy, y propongo un plebiscito para rectificar este diferendo entre plebe y poder. Tal vez valga la pena defender a la jirafa ausente al precio que sea necesario. Por el momento, aunque suene al eco fañoso de los altoparlantes del parque: gracias a todos por la lectura, y vuelvan pronto por este recinto que siempre los espera con sus rejas abiertas de par en par.
Orlando Luis Pardo Lazo
La Habana








Quede perdido en la poesía nostálgica de este artículo, las palabras del que narraba lograron evocar en mí ese sentimiento de melancolía que comparte nuestra generación. El zoológico de 26, las calles de la habana, los edificios que se derrumban, la gente que hoy ya no está con nosotros… el sentimiento de camino a la destrucción, la sensación que nos embarga cuando todos nuestros sentidos gritan:¡Decadente! La añoranza del ayer, el sufrimiento del presente y la incertidumbre del mañana. No hay momento más oscuro que los segundos antes del amanecer, confío que nos levantaremos como pueblo.
me gusto las fotos del zoologico,se las ensene a mi esposa y me dijo, -donde estan los animales? y yo le dije lo que pasa es que estan camuflajeados pa que no se lo coman.
Cuba es el unico pais del mundo que tiene un zoologico invisible.
Prohibido dar de comer a los animales.
Prohibido robarse la comida de los animales.
and now: Prohibido comerse a los animales.
Yo recuerdo que el rugido de los leones se oía desde mi apartamento al lado del estadio Pedro Marrero. Me cuentan que eso pasó a la historia.
El zoológico de 26 es depresiogénico.
Había un gorila que permanecía sentado, todo el día, le traían la comida (viandas creo) se la comía de un viaje y después la regurgitaba e ingurgitaba sin parar.
No quiero ni imaginarlo ahora, prefiero recordarlo como era en los años sesenta…
Saludos,
MI