- ago 07, 2009 • 17:48h
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Por The Economist, 6 de agosto de 2009
La promesa de reforma y renovación se estanca bajo Raúl Castro
CUANDO Cuba celebró el aniversario de su revolución a fines del mes pasado, con una concentración en la ciudad de Holguín, un edificio cercano había sido tapizado con una gigantesca foto de Fidel y Raúl Castro con las manos tomadas y levantadas al cielo bajo las palabras: “La Revolución sigue adelante, vigorosa y victoriosa”. Pero esta habitual manifestación de triunfalismo contrastó fuertemente con los mensajes que Raúl, instalado como presidente el pasado año en lugar de su achacoso hermano mayor, presentó en su discurso a la multitud, y también en otro durante la semana ante la Asamblea Nacional. El gobernante anunció la indesperada e indefinida posposición de un dilatado Congreso del Partido Comunista, que estaba programado para fines de este año. Y habló sin rodeos sobre los problemas económicos de Cuba.
Los precios más bajos del níquel en el mercado mundial y una caída en los ingresos del turismo han llevado al gobierno a reducir su pronóstico de crecimiento económico para este años de 6% a 1.7%. La isla todavía se está recuperando de tres devastadores huracanes que la azotaron el año pasado, y que según el gobierno causaron daños por valor de 10.000 millones de dólares. Además, todavía persiste el embargo económico de Estados Unidos.
Pero Raúl Castro atribuyó a “nuestras propias deficiencias” el hecho de que “muchas veces dos más dos suman tres”. Mientras trata de resolver algunos problemas, otros aparecen. Castro ha respondido a antiguas quejas sobre el transporte público reparando las calles llenas de baches de Cuba y comprando nuevos autobuses chinos. El mes pasado ordenó un aumento de salarios para 543,000 maestros y otros trabajadores de la educación.
Pero también ha ordenado recortes en gastos considerados “no esenciales” de la educación y la salud pública, así como en las magras raciones alimentarias que los cubanos reciben del Estado. Algunas de estas medidas responden a un deficit commercial que creció en un 65% en 2008. En parte debido al costo más elevado de los alimentos y combustibles, las importaciones aumentaron un 41%, alcanzando los 14.200 millones de dólares, mientras las exportaciones totalizaban apenas 3.700 millones.
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, suministra a Cuba petróleo barato a cambio de los servicios de médicos y especialistas en seguridad e inteligencia cubanos. Pero el consumo de combustible de Cuba parece haber aumentado abruptamente, en razón de que el gobierno enfrentó los crónicos apagones adquiriendo miles de generadores de alto consumo de diesel. Para ahorrar energía, el gobierno ordenó en junio que en todas las fábricas, tiendas y oficinas se encendiera el aire acondicionado en las tardes y durante sólo cinco horas al día. De modo que las tiendas están mayormente vacías en el horario matutino, mientras empleados ociosos permanecen sentados cerca de las puertas y ventanas abiertas.
La comida también escasea. Pese a sus abundantes tierras cultivables, Cuba importa el 80% de sus alimentos (gran parte de ellos de los Estados UNidos, aprovechando una excepción en el embargo aprobada en el 2001). Ineficientes granjas estatales ocupan las tres cuartas partes de las mejores tierras, pero mantienen muchas improductivas. Raúl Castro ha intentado elevar la producción ofreciendo parcelas a agricultores priivados. Pero este programa ha demorado en despegar: la producción agrícola en realidad cayó un 7.3% en el primer trimestre del año, y la de carne en una 14.7%. “La tierra está ahí, aquí están los cubanos, veremos si trabajamos o no”, dijo en Holguín.
Tras asumir la presidencia, Raúl Castro llamó a realizar “cambios estructurales y de concepto” en la economía, despertando en algunos círculos esperanzas de que Cuba imitaría a Vietnam avanzando hacia una economía capitalista bajo el control político comunista. Esas esperanzas no se han materializado. En lugar de ello, Castro se ha concentrado en fortalecer su administración, promoviendo discretamente a sus ayudantes a posiciones claves dentro de la burocracia estatal. Ha puesto énfasis en la disciplina y el control. La Asamblea aprobó una ley para crear una nueva Contraloría General, con el fin de erradicar la corrupción. El ministro de Educación y el rector de la Universidad de La Habana fueron despedidos después de que una encuesta mostrara la falta de espíritu revolucionario entre estudiantes y profesores.
Este espíritu de cautela se reflejó en la decision de posponer el Congreso del Partido, evento que definirá, según Castro, “el modelo económico que regirá la vida de la nación”. También se esperaba que fuera el marco para el traspaso de la dirección política de la añeja nomenklatura que hizo la Revolución a una generación más joven. Pero Raúl Castro adujo que el partido aún no estaba listo. La razón de fondo parece ser la continua influencia de Fidel. Obligado a ceder la presidencia cuando fue sometido a una cirugía abdominal hace tres años, todavía ejerce detrás del telón su influencia y un aparente poder de veto. En vez de un congreso, Raúl Castro convocó a una “conferencia nacional” para elegir a los nuevos dirigentes del partido.
El régimen y el pueblo cubano se enfrentan a un verano inusualmente tórrido. Pero no se ven señales de relajamiento del control político. A diferencia de Fidel Castro, Raúl evita recurrir a una retórica ideológica estridente. En sus recientes discursos hizo pocas alusiones a Estados Unidos y su embargo. Saludó la reanudación el mes pasado de las charlas migratorias, suspendidas bajo la administración de George Bush. Pero le recordó a la Asamblea, y al mundo que “fui elegido para defender, mantener y continuar perfeccionando el socialismo, no para destruirlo”.
[Traducción: Rolando Cartaya.]






