En la noche del domingo a lunes, murió apaciblemente en su casa de Nueva York, Merce (Mercier) Cunningham, uno de los coreógrafos más influyentes de la danza contemporánea del siglo XX. Influencia que alcanzaría asimismo al ballet “moderno”, a la música contemporánea, a las artes visuales y al espectáculo en general.
Nacido el 16 de abril de 1919 en Centralia (Washington), había festejado hace unos días en la Brooklyn Academy of Music su noventa aniversario, con una nueva obra, Nearly ninety. Dijo sobre ella: “Estoy feliz de que hayan asistido a algo que ustedes no habían visto todavía”. Ese era el motto de Cunningham: el in progress, la experimentación constante.
Un mes después de la muerte de Pina Bausch, se apagó “el más gran artista vivo tras la desaparición de Samuel Beckett”.
Creo que la primera vez que oí hablar de él, en Cuba, fue a Alicia Alonso. “El pelirrojo de Martha Graham”, dijo, refiriéndose a él. Entre 1939 y 1945, bailó con la compañía de Martha Graham, la papisa de la modern dance en los Estados Unidos. El crítico Edwin Denby lo llamaba entonces “uno de los más bellos bailarines norteamericanos”.
El inquieto “pelirrojo”, de físico ligero, había ya encontrado en 1938 al compositor norteamericano John Cage, que lo acompañó hasta su muerte, en 1992. Juntos hicieron varias obras claves para entender la danza contemporánea, notablemente la serie Variations.
Fundó su Merce Cunningham Dance Company en 1953, donde Cage sería el director musical. Robert Rauschenberg fue el artista plástico de la compañía hasta 1964. Entre sus consejeros artísticos permanentes estuvieron Jasper Johns, por ejemplo, o invitados como Andy Warhol y Frank Stella.
Bajo el signo de Marcel Duchamp, de James Joyce, del zen, la asociación artística Cage-Cunningham sólo es comparable a la relación estética entre Igor Stravinsky y George Balanchine (aunque más precisa, desde luego, la de John-and-Merce), y consiguió hacer de Cage uno de los compositores más importantes para la danza en el siglo XX.
Primero, fueron las obras “dadaístas”, a partir de estructuras comunes a la danza y a la música. Luego, los procedimientos “aleatorios”, para determinar los elementos y la organización de la coreografía. La música y la danza coincidían en el tiempo y el espacio, y raros serían los casos donde la partitura antecediera al baile. En los años 70, abordó el video y el cine. En los 90, utilizó programas de ordenador (con Windows, 1995) para encontrar movimientos y enchaînements casi inconcebibles. Recordemos también que Cunningham el primero en utilizar los gestos cotidianos como “materia” de baile, ya en 1952. Su célebre “técnica” libera los miembros y el torso, el eje del movimiento remite a la columna vertebral y favoriza el virtuosismo y la velocidad.
Acendrado partidario del movimiento puro, este gran abstracto no sólo prohibía la expresividad del intérprete, como Balanchine, sino también la del coreógrafo. “Si hay un deseo de expresión personal, el psicoanálisis es el campo conveniente”, apostrofaba.
¿Cunningham “revolucionó”? Ciertamente. Cambió las reglas de la composición coreográfica, y la relación con la música y con lo visual. Expuso al espectador, además, a múltiples niveles de lectura.
Apasionado de Joyce, fue un postmodern avant-la-lettre, pero en danza el término no significa “post-modernista”, sino que señala la ruptura con la modern dance. Sin embargo, contrariamente a los postmoderns, jamás abjuró de la noción de “espectáculo”.
Cunningham abrió todas las puertas, y no se comprometió con ninguna. Su verdadera cosmogonía era el “cambio permanente”. Diaghilev, quien pedía sin cesar a quienes creaban para él, “sorpréndeme”, quizás soñó, sin saberlo, a un artista como el que hemos perdido esta semana.
Isis Wirth
Munich






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wow, his stuff feels a bit avant-garde for me. but much respect goes out to his experimentation with music and dance! RIP!