- jul 20, 2009 • 10:55h
- 6 comentarios
La escritora haitiana Évelyne Trouillot, autora de La Chambre Interdite, entre otros libros, me había invitado a cenar con su familia: su esposo, y sus tres hijos, en un restaurante de Petionville. Acepté gustosa. A la entrada del sitio los guardias de seguridad, armados con fusiles, vigilaban a todo el que entraba y salía.
—¿Es así siempre? –pregunté.
—Es por épocas, pero con mucha frecuencia sucede así –respondió mi amiga.
Cenamos al calor de la conversación familiar, una cena suculenta rociada con cerveza fría. Pescado como plato principal, frutas diversas como postre. Evelyne me observaba mientras yo comía, desganada.
—Sé en lo que estás pensando. No es así en todo el país, no todo el mundo posee los medios para cenar de este modo. Pero en este país la gente, al menos trabaja, lucha, se defiende.
Silencio de mi parte, ¿qué podía responder? Se me atragantó el buche. Ella rectificó apresurada.
—No quise decir que en tu país la gente no se esfuerce.
Hice un gesto con la mano:
—Lo sé, Evelyne, sé lo que quisiste decir. No tengo ganas de hablar de Cuba, te lo ruego.
En efecto, no tenía ganas de saber nada de la isla. Me había pasado el día entre lecturas de poetas haitianos, también había visitado barrios pobres (aunque menos pobres que algunos barrios habaneros, como El Fanguito, Palo Cagao, etc.), y La Habana no se me quitaba de la cabeza a la hora de comparar ambas realidades: siempre salía perdiendo mi ciudad, por más que quisiera justificar la situación, invariablemente La Habana perdía, en ocasiones con amplia desventaja. Al final del día sentí una vergüenza íntima, experimentaba contradicciones difíciles de explicar, incluso a mí misma, y me mataba la impotencia de no poder hacer lo mismo en mi país, ayudar a la gente que lo necesita, de la misma manera en que podía hacerlo en otros lugares, aunque fuera con una conversación sobre literatura, leyéndoles poemas, proyectando con ellos algunas publicaciones en Francia y sensibilizando a los políticos con la situación en la que viven los pobres en algunas regiones del planeta. Con Cuba ni siquiera eso es posible, ni siquiera me lo puedo permitir.
Por otro lado, evitaba las conversaciones que tuvieran que ver con la isla, la mayoría de los intelectuales haitianos se sienten en la obligación de defender el castrismo. No es el caso, como advertí, de las mujeres. Es un problema masculino, alguna barrera oculta que no pude descifrar. Las escritoras que encontré, en su gran mayoría, no sólo están muy al tanto de las verdades acerca de lo que acontece en la isla, además no están de acuerdo con la dictadura, y lo expresan claramente. No hablan por gusto, muchas de ellas han visitado el país y han sentido en carne propia los efectos del racismo y del machismo. Confundidas, en la mayoría de las veces, con cubanas, a la entrada de sus propios hoteles, han sido tratadas por la policía como putas, como putas cubanas, por supuesto, lo más bajo en la escala de la putería mundial.
Aquella noche, Evelyne y yo intentamos retomar el tema de la literatura caribeña, que a mi juicio no existe como unidad, como han querido promoverla desde Cuba. Y ahí volvimos irremediablemente al tema prohibido, a esa especie de chambre interdite —para citar a mi amiga—, que nos limitaba los sentimientos. Porque una de las cosas más horrendas del tema de Cuba es que una vez que aflora en una conversación, los sentimientos son alterados al instante, se desploma la espontaneidad y la sinceridad se amarga. Nadie habla de la misma manera, el balbuceo o el cantinfleo toman la batuta. Yo, por mi parte, me he propuesto hablar libremente, y al que no le guste que se ponga tapones, o sencillamente que se retire; pero no acepto que nadie me venga con una versión, cuando menos irreal, de mi país. Por suerte, Evelyne estaba de acuerdo conmigo, no hay una escritura caribeña, existen los escritores, cada uno con su estilo, con sus vivencias, con sus locuras, sueños y demonios.
—¿Por qué cuando se trata de nosotros, los europeos siempre necesitan encasillarnos, y “rejuntarnos”?
—Por pereza, a ellos les resulta más fácil hablar de la literatura latinoamericana en general, que de la diferencia entre un Mario Vargas Llosa, un Juan Carlos Onetti, un Gabriel García Márquez, un Guillermo Cabrera Infante… Lo mismo ocurre con El Caribe, aunque con nosotros deben asumir un problema para nada desdeñable: en el Caribe están Cuba y Haití, dos potencias literarias insuperables…
Y rompimos a reír a carcajadas.
Le conté a Evelyne que había tenido un pequeño altercado con uno de los escritores haitianos, uno que vivía en Canadá, bastante editado y reconocido, por cierto. Me hablaba de sus muertos, de sus amigos asesinados a manos de Duvalier, y sin embargo, cuando yo le contaba de los míos, de los crímenes del castrismo, viraba la cabeza a otro lado, y añadía y se regodeaba en la sospecha de que si realmente se trataba de disidentes, ¿no serían delincuentes pagados por la CIA? El mismo cuento de siempre, qué aburrimiento, santo cielo. Y que a los tiranos, continuó, no había que demostrarles tristeza, que había que aplastarlos con alegría. Y que él veía a los cubanos muy alegres, lo que sólo podía corresponder con dos alternativas: o lo eran de verdad, o respondían sabiamente frente a la estructura de terror del dictador.
—Figúrate, en ese momento salté como una fiera, porque el exilio no es un regalo, es un castigo. Y porque estoy tan harta del cuento de la alegría pachanguera de los cubanos…
—Al menos te aceptó que había dictadura…
—Sabes, este señor es un arma de doble filo. Nunca sabes si es amigo o enemigo. Luego andaba por ahí con los escritores oficialistas de la manito, dándose la lengua, a mí me miraba de reojo; se pasó todo el día perreándole a los diplomáticos franceses, dándoles una versión contraria a la que yo daba de Cuba. Y como para colmo, los escritores oficialistas le seguían la rima a él. Y sucedió lo habitual, me quedé completamente sola y apestada.
—No estás sola. Los haitianos saben lo que se traen, y muchos conocemos lo que pasa en Cuba. Los diplomáticos franceses verán lo que quieran ver, aún si estuvieran en tu isla. Son, primero, franceses, luego, para colmo, diplomáticos.
Subimos a un lujoso coche y me acompañaron al no menos elegante Hotel Montana. Los abracé como si abrazara a mi familia, allá en La Habana, a pocos minutos de Port-au-Prince. Subí a la habitación, extenuada, pero me conecté a internet. Allá, en Aquella Isla —así la llamo en mi novela Café Nostalgia— habían encarcelado a un joven rockero.
Zoé Valdés
París





a ese par de ancianos ladrones del pueblo cubano los tienen que colgar de los pies por que es con lo que piensan u hcen creer a todoel mundo que en cuba no pobresa y asesinados,ellos hablan de todos los paises pero de venezuela, bolivia,ecuador y nicaragua no dicen nada en cuba tenemos el caso de artemisa donde fue diezmada una familia,y la del hospital de gente con la razon perdida que mataron muchos y las medicinas que no hay para los cubanos, pero para los 5 paises alcahuetes y tapaderas si ay medicina y medicos. luz de la calle y obcuridad de su casa
Los haitianos que yo he tratado, me miran con el mismo recelo que lo hacían mis jefes negros en el SMO. El asunto es que yo soy uno de los hp que está en contra de que la tiranía les regale a ellos el producto de un trabajo que no es suyo para dar y que pertenece a unas gentes que durante 50 años no han tenido nada para regalar. Para ellos “los buenos” son quienes les dan a ellos. Claro, que no he encontrado a ninguno que esté dispuesto a dar $50.00 mensuales para las víctimas de Darfur. Me refiero a tiempos anteriores al terremoto. Hace como dos años que no hablo con haitianos.
He trabajado con haitianos por mas de 15 anos. Son presa facil de confundir, sin embargo, una vez se les aclara ciertas cosas… entienden perfectamente… son rebeldes y aman la libertad como cualquier cubano… tienden a creerle a los democratas quienes los enganan miserablemente… pero no es siempre…
Mis argumentos favoritos:
1. Es cierto que los cubanos no son deportados cuando llegan a EEUU… y los haitianos si lo son… juntos con los polacos, los chinos, los franceses, los canadienses, y todo el resto del planeta…
2. Una vez logran papeles… los cubanos no pueden volver… los haitianos?
Hay mucho mas… Claro, solo si tienes un interlocutor que quiera escuchar… podras poner los puntos sobres la ies!
zoe de verdad que hay que tener.. corcheas para aguantar que gente que nunca ha estado en la isla y que no sabe un carajo de lo que hemos pasado alla venga y solo porque eres cubana te empiesen a hablar del che y quieran convencerte que ese h de p fue un benefactor, y que en cuba es una maravilla vivir….. le ronca…….
gracias por ser parte activa de los que estamos solos regados por el mundo.
ache pa ti mamita.
Zoe muchos cubanos nos sentimos como tu solos , solos ante esta mundo que parece que esta empecinado en hacer de la dictadura de los castros un gobierno legitimo.
Lo que me parece peor es que habeces ante los mismo cubanos parecemos recalsitrantes , cicritillados , los que los perdimos todo y no perdonamos.
Pero gracias por seguir haciendo lo que haces tu si tienes un par de ovarios bien grandes.
Y ni pinnn estamos solos pero algun dia recobraremos la libertad y haremos nuevamente de Cuba que sea la perla del caribe, aunque eso le moleste a muchos.
Viva Cuba libre.
Ache pa los cubanos donde quieran que esten.
que dios los bendiga los de alla, los de aca y los de casa el carajo.
[...] Haití, Zoé Valdés by Zoé Valdés De mis Crónicas haitianas: Una cena en Pétionville, en Penúltimos días. Estas crónicas hasta ahora inéditas forman parte de un libro que preparo sobre Haití. Ver la [...]