- jul 19, 2009 • 14:20h
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Por Martin Amis, The Guardian, 17 de julio de 2009
El escritor Jasón Elliot tituló a su reciente y sonoro diario de viaje iraní Mirrors of the Unseen (Espejos de lo oculto); y yo soy consciente de los peligros habitualmente asociados a escribir sobre el futuro. Pero lo que parece que estamos viendo en Irán es el primer espasmo agónico de la República Islámica. En este proceso, que será muy largo y feo, Mir Hossein Mousavi probablemente tendrá un papel menor al de Neda Agha Soltan, cuya trasformación (de juventud, esperanza y belleza, en cuestión de segundos, a una muerte turbia) cristalizó inolvidablemente la idea central iraní —la tragedia y pasíon chiíta— del martirio frente a la bárbara injusticia. Neda Soltan personificaba también algo más: lo moderno.
También deberíamos tener en la mente el título de Elliot al considerar los sucesos de junio, que están abiertos a dos interpretaciones. Muy posiblemente, las cosas son más o menos lo que parecen: los resultados de una elección fraudulenta fueron presentados al pueblo con una prisa indecente y una incompetencia que invita a la risa (en otras palabras, con un implícito desdén hacia la democracia); la protesta social fue seguida entonces por la aplicación de la violencia del estado. Consideremos ahora. Si, tras el intervalo usual, el Líder Supremo Alí Jamenei hubiera anunciado sobriamente una victoria del 51% a favor del presidente Ahmadinejad, entonces Irán, y el mundo, podrían haber inclinado la frente y seguido adelante. De la misma manera que posiblemente (siendo como es la República Islámica), la victoria aplastante estaba trucada y presentada ostentosamente, para traer consigo el terror y la desesperación. En 1997 el régimen se sentía suficientemente confiado como para aprobar la victoria sorpresiva del Presidente Muhammad Jatami, que venció con el mismo aplastante margen del 69% en una alegre elección que nadie disputó. Jatami, un clérigo, tenía sin embargo unos antecedentes liberales más fuertes que el tecnócrata Mousavi (quien, durante la guerra entre Irán e Irak, estuvo muy a la derecha de Jamenei). Amorosamente saludado como el “ayatola Gorbachev”, Jatami pronto habló del “meditado diálogo” que confiaba en tener con América. Parecía posible que el aislamiento internacional, que abrasa y desoxigena el aire iraní, estuviese a punto de relajarse.
Todo el mundo comprendió que ese proceso llevaría tiempo. En junio del 2001, Khatami fue reelecto con una mayoría del 78%. Siete meses más tarde llegó el discurso del “eje del mal” de George W Bush (uno de los más destructivos de la historia americana) y la primavera de Teherán concluyó. En realidad, Bush fue un regalo del cielo para la derecha iraní; aumentó ciegamente su poder regional (con la guerra con Irak a un tiempo arriesgada y sin embargo experimental), mientras seguía siendo adecuadamente “arrogante” (el más detestado de los atributos para la sensibilidad chiíta-iraní). Ahora los mulás son conscientes de que Barack Obama es más astuto. Si Mousavi hubiera vencido, Obama habría recompensado a Irán, y de forma palpable para todos los iraníes. Esa “conexión” —liberalización igual a beneficios— hubiera tenido consecuencias fatales para los mulás. Ya la tierra temblaba bajo sus pies, con la elección pro occidental, anti siria, anti iraní, en el Líbano. Esto, junto a ciertas fuerzas históricas, explica la actual confusión e histeria de la clerecía armada.
Los mulás saben ahora que están en flotando en un océano de ilegitimidad. Los grandes cabos que anclaban la revolución de 1978-79 se han roto o se están deshilachando. De las cuatro narrativas fundacionales, tres son mitos: la “Revolución Islámica” no fue una revolución islámica; la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), que destruyó una generación, no fue una “guerra impuesta,” como se sigue diciendo: y el ayatola Ruhollah Jomeini no era un gran hombre (Jomeini, como ha comprendido todo iraní con sentido crítico, era un monstruo de la historia mundial). Tal vez más importantemente, por ahora, la cuarta narrativa, o cable (el antiamericanismo… la “Intoxicación occidental,” de la vieja consigna de batalla) se ha roto en la persona de Obama. La República Islámica se ha visto también condenada por la modernidad (bajo la forma de las comunicaciones instantáneas) y el destino demográfico. Persia, una de las naciones más antiguas de la tierra, se está haciendo cada vez más joven.
“En la historia del altiplano iraní —escribe Sandra Mackey en su clásico magistral The Iranians: Persia, Islam, and the Soul of a Nation— el sol se ha alzado y caído cerca de un millón de días.” Pero antes de llegar al alma iraní y al millón de días, examinemos las tres mentiras en torno a la República Islámica.
La revolución de 1979 no fue islámica sino hasta su conclusión. En sus orígenes, era un movimiento de masas de amplio espectro, una avalancha de manifestaciones, disturbios y huelgas tan incontenibles que oscurecieron el Palacio del Pavo Real; el ejército sufría más de un millar de deserciones diarias. Los sucesos de junio del 2009 constituyen tan sólo un susurro de respetuosa crítica si se los compara con el ensordecedor crescendo de 1978. El ruido no se hacía a favor de un régimen clerical: el ruido estaba provocado porque una monarquía decadente había perdido el Farr —y el aura inherente del reinado.
Resulta educativo comparar la revolución iraní con las dos revoluciones rusas de 1917; la revolución de febrero: una revuelta popular, y la de octubre, un golpe de estado leninista (con un gobierno provisional impotente en el interino). Trotski dijo que los bolcheviques encontraron el poder caído en la calle y “lo recogieron como una pluma.” Y entonces, desde luego, comenzó el trabajo real —contra los blancos, contra los verdes (el campesinado), contra los sindicatos, contra la iglesia, y todo lo demás, hasta que cada centro alternativo de poder (y de opinión) fue erradicado, hasta el extremo de prohibir incluso las reuniones de tres personas.
El 16 de enero de 1979, Muhammad Reza Shah escapó volando de Teherán —a su exilio en el Cairo. El primero de febrero, el ayatola Jomeini voló a Irán —desde su exilio en París (donde uno de sus más lamentables vecinos, me siento obligado a mencionarlo, fue Brigitte Bardot). Así concluyó la revolución política; comenzó entonces la revolución cultural. El gobierno provisional fue sucesivamente erosionado por los komitehs (milicias que tenían por base las mezquitas, conocidos después como Basij), por los Guardias Revolucionarios (más tarde el Pasdaran, o el ejército iraní), y por los tribunales revolucionarios (que se dedicaron a linchar a los supervivientes del viejo régimen y a otros tipos de indeseables). El 4 de noviembre, un grupo de piadosos estudiantes entró espontáneamente en la Embajada de los Estados Unidos y se apoderó de 53 rehenes. Jomeini manipuló este gesto de victoria dirigido contra el Gran Satán de tal manera que en el inminente referendum de la nueva constitución un “99.5%” de un total de diecisiete millones de votantes bendijo la autocracia islámica.
Pero seguía existiendo ese “0.5″ con el que tratar. Y Jomeini se enfrentó a una vigorosa oposición que llegaba desde todas partes —sobre todo de los Mujahedin-e Khalq. Establecidos una década y media antes, en oposición al Shah, los Mujahedin (marxistas, de la izquierda islámica y comprometidos con los derechos de las mujeres) tenían medio millón de partidarios y podían colocar sobre el terreno un ejército guerrillero de 100,000 combatientes experimentados. Cuando Jomeini los excluyó del nuevo poder político como “no islámicos”, recurrieron al terror. En 1981, si recordáis, los Mujahedin estaban volando mulás al por mayor (74 en un único ataque en Teherán); y llegaron a asesinar más de un millar de funcionarios del estado en los últimos meses de aquel año. Lo que siguió fue un terrible enfrentamiento civil. Para septiembre la Guardia Revolucionaria de Jomeini estaban ejecutando cincuenta personas al día por “hacerle la guerra a Dios” (el mismo crimen y el mismo castigo invocado por los clérigos el 2009). Empujados por un celo a la vez revolucionario y religioso, los mulás vencieron de manera sangrienta.
Las revoluciones, casi por definición, son fieramente anticlericales. Tan tarde como en 1922, para tomar el más terrible de los ejemplos posibles, Lenin ejecutó 4500 sacerdotes y monjes, y 3500 monjas. Por el contrario, Irán nadó contracorriente. En diciembre de 1982, Jomeini se había asegurado el monopolio de la violencia, y los iraníes se encontraron viviendo en la única teocracia revolucionaria del mundo. La República Islámica era islámica pero había dejado de ser una república. Los iraníes han disfrutado desde entonces tan sólo de una sombra de soberanía popular, y desde 1982 además tenían otra cosa acerca de lo que pensar: el devastador conflicto con Irak.
La guerra de Irán e Irak puede justamente pensarse como la Guerra Impuesta, pero sólo si comprendemos que la impuso Jomeini. Es una dura prueba para la imaginación histórica llegar a sentir la horrible consternación que causó a lo largo de la región, con la llegada del ayatola loco. Stalin, al final, se contentó con el “socialismo en un país.” Jomeini, de forma proclamada, quería una teocracia chiíta en cada país de la tierra. A lo largo del transcurso de la guerra entre Irán e Irak, Jomeini estuvo presente en otras partes, con bombas, intentos de asesinato y subversión armada en Bahrein, Kuwait, Líbano y Arabia Saudita. En la Meca, el hajj se convirtió en una escena de agitación anual; en 1987 un enfrentamiento entre milicianos iraníes y la policía antidisturbios saudita dejó más de 400 muertos.
¿E Irak? En 1979 Saddam Hussein extendió una temblorosa mano de amigo hacia el nuevo Irán; esperaba claramente mantener una continuación de la detente que había establecido con el Shah. Irán respondió reiniciando el apoyo a los separatistas kurdos (suspendido desde 1975) y a la resistencia chiíta; hubo intentos de asesinato contra el delegado del Primer Ministro y contra el ministro de Información, y el exitoso asesinato de por lo menos veinte prominentes funcionarios tan sólo en abril de 1980. Jomeini, mientras, retiró su embajador de Bagdad; en septiembre, Irán bombardeó las ciudades fronterizas de Khanaqin y Mandali.
Durante la guerra de Irán-Irak (1980-1988), Efraim Karsh indica en su cronología ocho ofertas iraquíes de alto el fuego, la primera el 5 de octubre de 1980, 12 días después de comenzar la guerra, la última el 13 de julio 1988, cinco semanas antes de que acabase. El objetivo militar de Jomeini era la teocratización, o desatanización, de Irak; así pues la guerra se convirtió en un test (fallido) del Islam, y se degradó, en palabras de Mackey, en una “interpretación diaria de los temas chiítas del sacrificio, la perdida y el luto.” Así pues: niños de doce años atacaron en bicicleta nidos de ametralladoras iraquíes; 750 mil iraníes llenaron los grandes cementerios, y tal vez el doble quedó mutilado en cuerpo o mente. Once meses después el propio Jomeini se unió a los caídos en la tierra de los muertos.
Te puedes preguntar qué queda entonces, cuando bajas del avión en el Aeropuerto Internacional “Imán Jomeini” de Teherán, y entras en una ciudad en la que ningún conductor de taxi se detiene por un clérigo —¿qué queda del legado dejado tras de sí por el Padre de la Revolución, o alternativamente por “that fucking asshole,” como lo llaman reflexivamente, en inglés, los jóvenes de las ciudades de Irán? La noción de Jomeini del Velayat-e Faqih, o gobierno del vice regente de Dios (por ejemplo, el mula más importante, por ejemplo el mismo Jomeini) es tan ahistórica que muchos de sus más irritados opositores surgieron del clero. La participación política, en la teología chiíta, es vista como contaminante. Y por buenos motivos; que el poder corrompe no es una metáfora; y el poder absoluto, combinado con un absoluto fariseísmo, define la malsana pesadilla del gobierno de Jomeini.
Sus imbecilidades morales ofrecen un rico filón. Me limitare a dos ejemplos. Tras el “fiasco en el desierto” del Presidente Carter, el fallido raid de Entebbe de abril de 1980, Khomeini anunció que Dios había tirado personalmente arena en los motores de los helicópteros, para proteger la nación del Islam. Escuchar este tipo de charla de un niño de ocho años es una cosa: oírlo de un belicoso jefe de estado, en la radio pública, es otra. El segundo ejemplo viene de Mackey (el momento fue en 1981):
Una película pasada en una estación de televisión controlada por el gobierno mostraba una madre denunciando a su hijo como marxista. El hijo, gimoteando y sujetando a su madre por la mano, trata desesperadamente de convencerla de que ha dejado la política marxista. La madre rechaza sus pedidos diciendo: “Debes arrepentirte frente a Dios y serás ejecutado.” La imagen se disuelve hasta convertirse en la del ayatola Jomeini diciéndole al pueblo de Irán: “Quiero ver más madres entregando sus hijos tan valerosamente sin derramar una lágrima. Eso es el Islam.”
Bueno, eso puede o no puede ser el Islam. Pero no lo que son los iraníes.
* * *
Irán es una de las más venerables civilizaciones en la tierra, hace que China parezca un adolescente y EE UU como un crío. Y su historia de 2500 años está partida casi exactamente en dos por el ascenso del Islam. De la misma manera, el corazón de Irán es bipolar, dividido entre Jerjes y Mahoma, entre Persépolis y Qom, entre lo imperialmente sensual (con su lujo y poesía) y lo increíblemente piadoso. Reconoceréis, creo, esa división cuando os diga que el autor de esta bella cuarteta es el ayatola Jomeini.
Estoy suplicando una copa de vino
De la mano de una amada
A la que pueda confiar este secreto mío,
¿Dónde puedo llevar este dolor?
Ni Firdusi, ni Rumi, ni Hafez, ni Omar Khayyam: Jomeini. Es tal vez el más engañoso rasgo de la vida iraní que su pueblo acuda en peregrinaje no tan sólo a los altares de sus mártires e imanes, sino también a los de sus poetas. El alma persa-iraní se parece a la diosa Proserpina en los magistrales Cuentos de Ovidio de Ted Hughes.
Proserpina, que divide su año
Entre su esposo en el infierno, entre espectros,
Y su madre en la tierra, entre flores.
Su naturaleza también dividida. Un momento
Triste como el rey del infierno, el siguiente
Brillante como la masa solar, cruzando las nubes.
En 1935, los iraníes se encontraron viviendo en un país distinto —ya no Persia sino Irán, la específicamente preislámica “tierra de los arios.” Esa fue la labor de Reza Shah (el hombre fuerte del ejército que se apoderó del trono en 1925). Reza Shah era modernista y secularizador —el Ataturk o Nasser de Irán. Era también un amigo de la Alemania nazi (y fue derrocado por los aliados en 1941). En 1976, los iraníes se encontraron viviendo en un distinto milenio, no 1355 (según el tiempo del Profeta) sino 2535 (según el tiempo de Ciro el Grande). Esa fue la labor del hijo de Reza Shah. Instalado por el golpe de 1953 (el peor crimen histórico de occidente, cuyas desastrosas consecuencias siguen aún con nosotros). Muhammad Reza Shah era un “miserable despojo”, tal y como Jomeini le llamó con razón; pero estaba muy en la onda del dividido Irán. Reza Shah golpeó a mujeres que llevaban velo; Jomeini golpeó a mujeres que no lo llevaban; Muhammad Reza Shah no golpeó a ninguna.
Después de 1979, Irán se vio sometido a una reislamización militante y brutal. La era zoroástrica fue declarada como jahiliyyah, un oscuro vertedero de ignorancia e idolatría, y un penoso motivo de vergüenza para todos los buenos musulmanes. A mediados de los noventa, por ejemplo, el historiador Jahangir Tafazoli fue asesinado simplemente porque era el más reconocido especialista en el antiguo Irán. Podríamos llamar a esto “matar al mensajero,” y podríamos llamar a toda esa tendencia “negación ilusoria.” La supresión durante treinta años del alma mixta de Irán —que dice sí a la libertad y la tolerancia, sí al amor y el arte, sí al Islam y la modernidad— fue la que aportó energía y valor para los sucesos de junio, y la que trajo consigo la horrible muerte de Neda Soltan.
* * *
Así que ahora tenemos otros cuatro años de Mahmoud Ahmadinejad, que estará más inseguro que nunca, y otros cuatro años de sueños agitados ante la bomba iraní. La única cosa a la que nos obliga Ahmadinejad, de forma legítima, es a usar un tono ridículo, porque es imposible escribir solemnemente acerca del hombre que, entre otros absurdos, se aseguró las elecciones del 2005 por el simple hecho de no tener un jacuzzi. Y no necesitas volver a leer la frase: el “momentum Jacuzzi”, o el momento no-jacuzzi, cuando el candidato reveló que sí, que no tenía jacuzzi, fue ampliamente indicado como el que aseguró su mayoría. Esto bastaba, aparentemente, para hacerle brillar en medio de esa niebla de saqueos e hipocresía que pasa por ser una República Islámica.
El político americano al que más se parece Ahmadinejad —en un aspecto vital— es Ronald Reagan. Las similitudes más generales, estoy de acuerdo, son más difíciles de ver. Ahmadinejad no vive en un rancho con una antigua starlet. Reagan no tenía un título en control de tráfico aéreo. Ahmadinejad no usa tinte Grecian 2000 (como su grisáceo pelo triunfantemente muestra). Reagan, en su juventud, no estuvo implicado en el asesinato de adversarios políticos. Y podemos seguir. Pero lo que tienen en común es esto: ambas figuras viven en ese plano iluminado por las tormentas en que la teología milenarista coincide con las armas nucleares.
Ahora podemos regresar, por un rato, a las diferencias. Ahmadinejad no es controlado y balanceado por instituciones democráticas; Reagan no gastó dinero público en preparaciones cívicas en ocasión de la Segunda Llegada [de Cristo], y no era el producto de una cultura saturada por fantasías extasiadas de mórbido tormento. Ahmadinejad no tiene ese temperamento gracias al que, debido a un “idealismo simplista” (según la fórmula de Eric Hobsbawm), pueda reconocer “el siniestro absurdo” de la carrera armamentista. Y Reagan no tenía que responder ante algún vicario milenario de la ciudad sagrada de, digamos, Baltimore. Finalmente, allá donde Reagan tenía suficiente poder como para matar a todo el mundo en la tierra varias veces, Ahmadinejad carece de ese botón.
Jesucristo, según los dos presidentes, llegará en breve, aunque en la versión de Ahmadinejad el Nazareno será tan sólo parte de la corte de un personaje mayor: el Imán Oculto. ¿Quien es el Imán Oculto? En el año 873, la descendencia del Profeta llegó a su fin cuando Hasan al-Askari (en el Chiísmo el decimoprimer Imán legítimo) murió sin heredero. En ese momento, entre los creyentes, tuvo lugar un clásico pensamiento circular. Se asumió que debía existír un heredero; no existía registro de su existencia, razonaron, porque se habían hecho extraordinarios esfuerzos para ocultarlo; y esos extraordinarios esfuerzos se debían a que ese niñito era un Imán extraordinario —de hecho el Mahdi, o el Señor del Tiempo.
En la escatología chiíta, el Mahdi regresará durante un tiempo de grandes tribulaciones (digamos una guerra nuclear), liberará a los fieles de la injusticia y la opresión, y supervisará el Día del Juicio. No tan sólo Ahmadinejad, sino también miembros de su gobierno han estado dando al Iman Oculto “alrededor de cuatro años” —en medio del segundo término del Presidente. ¿Y dónde ha estado escondido el Imán Oculto desde el siglo noveno? “Oculto,” no importa donde, El Imán Oculto etambién es llamado Señor del Tiempo —de forma comprensible, tiene mil cien años de edad.
Regla número uno: ninguna teocracia puede desplegar nunca armas nucleares. E Irán, nos permitimos sugerir respetuosamente, no está aún listo para la fuerza que conduce el sol. Todos sabemos lo que Ahmadinejad piensa de Israel (y recordemos su conferencia islamista, o la reunión de sus matones en Teherán para discutir la historicidad del Holocausto). Esto es lo que Ali Rafsanjani piensa de Israel – Rafsanjani, el anciano, antes encarcelado y revolucionario fortuito, un pragmático y un reformista, inmensamente mundano, inmensamente venal: “Incluso el uso de una sola bomba nuclear dentro de Israel destruirá todo”, mientras que un contragolpe sobre Irán sencillamente “dañará” el mundo islámico; “no es irracional contemplar esa eventualidad.” Ciertamente, dado el compromiso chiíta con el martirio, la destrucción mutua asegurada, como ha afirmado un funcionario israelita, “no es un obstáculo sino un incentivo.”
Las armas nucleares, al parecer, nos fueron mandadas para enfrentar a la humanidad una sucesión de dolorosos dilemas. Hasta hace poco la búsqueda por parte de los mulás de la Bomba H parecía parcialmente contenible; las potencias nucleares podían enfrentarse a Teherán, y comenzar a hacer decrecer sus arsenales hasta la opción cero. Pero ahora esos poderes incluyen a Corea del Norte (la tierra de los muertos vivientes); y en cualquier caso la República Islámica, ya no parece dispuesta a apaciguarse. Equipado con armas de fisión o de fusión, el supremo líder puede delegar su primer uso a Hezbollah, o a la Llamada del Islam, o a la Legión de los Puros. O puede ser el primer bombardero suicida que se mida en megatones.
* * *
Mientras, la memoria de los sucesos de junio y de Neda Soltan cumplirá su función, y añadirá peso a las insoportables humillaciones inflingidas al pueblo iraní. Mientras tanto, también, el envejecido régimen (predigo de nuevo cautelosamente) buscará ir más allá de la persecución hasta alcanzar los supuestamente unificadores efectos de la guerra. No una guerra contra alguien de su propio tamaño, o alguien más grande: el diminuto Bahrein, que es en un 60% chiíta, parece un candidato perfecto.
En lo que respecta al islamismo apocalíptico, en todas sus formas, no puedo mejorar al gran Norman Cohn. Esto es del prólogo de 1995 de su Warrant for Genocide (1967), en que el tema es la falsificación zarista de Los Protocolos de los Sabios de Sión y lo que la judería llama Shoah, o el Viento Mortal.
“Existe un mundo subterráneo en que fantasías patológicas disfrazadas como ideas son amasadas por criminales y fanáticos medio educados [sobre todo el bajo clero] para beneficio de los ignorantes y supersticiosos. Hay veces en que ese bajo mundo emerge de las profundidades y súbitamente fascina, captura y domina masas de gente normalmente cuerda y responsable, que dejan a un lado cordura y responsabilidad. Y ocasionalmente sucede que ese bajo mundo se convierte en un poder político y cambia el curso de la historia.”
Traducción: Juan Carlos Castillón





El problema con lo escrito por Martin Amis es que lo unico que demuestra es que los iranies son tan irracionales que todo llega a ser una perdida de tiempo.
Me acuerdo de lo que dijo Richard Grenier acerca del concepto de la “calle arabe”. No es que lo dudo, pero era una preuba de la locura popular de ese pueblo, pudieras imaginar a el General De Gaulle implorando a Roosevelt de no intervenir en la contienda por que “This is a European conflict, we have to work it out ourselves”?
Una locura que me parece que es altamente cubana tambien.