Hace poco más de un año, Eric Alterman publicó en The New Yorker uno de los artículos más interesantes que he tenido ocasión de leer sobre el tema de la muerte de los periódicos impresos y el lugar de Internet en el complejo mundo de las noticias y el periodismo. “Out of Print. The death and life of the American newspaper” es una mezcla de reportaje, ensayo e informe estadístico que apunta tendencias, describe actores y reseña un momento crítico en la tradición del periodismo norteamericano —aunque no sólo.
He pedido a Juan Carlos Castillón que traduzca un fragmento, el dedicado a la polémica entre Walter Lippman y John Dewey, para facilitar una lectura más amplia y un debate sobre cuestiones que considero esenciales para aquellos interesados en la relación entre periodismo, Internet y democracia.
Para leer la traducción completa al español habrá que esperar a finales de septiembre, cuando la recién estrenada editorial Duomo pondrá a la venta la antología que he preparado junto con Arcadi Espada, titulada El fin de los periódicos, donde se incluye el texto de Alterman, junto a otros de Philip Starr, Gary Kamiya, Philip Meyer, etc.
PD: Aprovecho para recomendar también el último número de la revista Letras Libres, que trae ensayos de Paul Starr (ya traducido aquí), Gideon Lichfield (subdirector de la web de The Economist) y Arcadi Espada sobre el asunto.
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Entre 1920 y 1925, el joven Walter Lippmann publicó tres libros en los que investigaba la relación teórica entre la democracia y la prensa, incluyendo Public Opinion (1922), al que se concede el crédito de haber inspirado la profesión de relaciones públicas y el estudio académico de la prensa. Lippmann identificó un vacío fundamental entre lo que esperamos naturalmente de la democracia y lo que sabemos en realidad sobre la gente. La teoría democrática demanda que los ciudadanos conozcan los problemas y estén familiarizados con los individuos que los conducen. Y mientras que esas asunciones podían ser razonables para la clase de propietarios, blancos, varones, del Boston colonial de James Franklin, la sociedad capitalista contemporánea había crecido, en opinión de Lippmann, hasta ser demasiado grande y compleja como para que sus sucesos cruciales fueran controlados por el ciudadano medio.
El periodismo funciona, escribió Lippmann, cuando “comunica los resultados de un juego, un vuelo trasatlántico, o la muerte de un monarca.” Pero allá donde la situación es más complicada, “cómo por ejemplo cuando se refiere al éxito de una política, o a las condiciones sociales en medio de una gente extraña —o sea, allá donde la respuesta real no es un sí o un no, sino algo sutil, y una cuestión de información balanceada”— el periodismo “causa no pocos trastornos, malinterpretaciones, e incluso tergiversaciones.”
Lippmann comparó al americano medio —o “intruso,” como lo definió de forma descriptiva— como un “espectador sordo en la última fila” de un acontecimiento deportivo: “No sabe lo que pasa, por qué pasa, qué tiene que pasar,” y “vive en un mundo que no puede ver, no entiende y es incapaz de dirigir.” En una descripción que puede resultar familiar a cualquiera que vea las noticias por cable o atienda a los comentaristas radiales de hoy, Lippmann asumió la existencia de un público que es “lento a la hora de interesarse y se distrae fácilmente… interesado tan sólo cuando los sucesos se melodramatizan como conflicto.” Decidido elitista, Lippmann no comprendía que alguien pudiera encontrar chocantes esas declaraciones. Del ciudadano medio rara vez se espera que domine la física de partículas o el estructuralismo. ¿Por qué deberíamos esperar que comprendiese la política del Congreso, y mucho menos la del Medio Oriente?
La solución preferida de Lippmann fue, en esencia, despreciar enteramente la democracia. Lo justificó arguyendo que eran los resultados los que contaban. Incluso “si existiese una posibilidad” de que la gente llegara a estar suficientemente bien informada como para gobernarse a sí misma de forma sabia “es extremadamente dudoso que tantos de entre nosotros estuviéramos dispuestos a molestarnos en hacerlo.” En su primer intento de abordar el problema, en Liberty and the News (1920), Lippmann sugirió plantear el problema elevando el estatus del periodismo hasta el de las profesiones más respetables. Dos años después, en Public Opinion, concluyó que el periodismo nunca podría resolver el problema meramente “actuando sobre cualquiera durante treinta minutos cada veinticuatro horas.” En su lugar concibió una de las propuestas más raras de su larga carrera: la creación de “Oficinas de Inteligencia,” a las que se daría acceso a toda la información necesaria para juzgar las acciones del gobierno, sin preocuparse ellas mismas sobre las preferencias democráticas o el debate público. Lo que Lippmann dejó por explicar es qué papel tendría el público en este proceso, si es que tenía alguno.
John Dewey definió Public Opinion como “tal vez la acusación más efectiva que se haya podido escribir sobre la democracia,” y pasó la mayor parte de los cincos años siguientes contradiciéndolo. El resultado, publicado en 1927, fue un libro extremadamente tendencioso, denso y sin embargo importante, titulado, The Public and Its Problems. Dewey no discutía las afirmaciones de Lippmann respecto a los fallos del periodismo o a la vulnerabilidad del público frente a la manipulación. Pero sí pensaba que la cura de Lippmann era peor que la enfermedad. Mientras Lippmann concebía la opinión pública como poco más que la suma de cada individuo, como en una encuesta, Dewey lo veía más como un grupo focal. El fundamento de la democracia para Dewey era menos la información que la conversación. Los miembros de una sociedad democrática necesitan cultivar lo que el estudioso del periodismo James W. Carey, al describir el debate, llamó “ciertos hábitos vitales” de la democracia —la habilidad para discutir, deliberar y debatir varias perspectivas de tal manera que se avance hacia el consenso.
Dewey también criticó la confianza de Lippmann en las elites basadas en el conocimiento. Argumentó que “una clase de expertos inevitablemente estará tan alejada de los intereses comunes como para convertirse en una clase con intereses y saber propios”. “El que lleva el zapato sabe mejor si aprieta y donde aprieta, incluso si el zapatero experto sigue siendo el mejor juez para saber cómo se arregla.”
Lippmann y Dewey consagraron gran parte del resto de sus vidas a plantear los problemas que habían diagnosticado. Lippmann como el arquetípico experto integrado en el sistema y Dewey como el profeta de la educación democrática. Hasta el punto en que la posteridad puede declarar un vencedor en esta discusión, el futuro ha acabado pareciéndose más a la versión de Lippmann. La confianza de Dewey en la democracia descansó mayormente en su “fe en la capacidad de los seres humanos para juzgar y actuar de manera inteligente si se dan las condiciones propicias.” Pero nada en sus voluminosos escritos indica que creyese que esas condiciones —que definió con amplitud hasta incluir escuelas democráticas, fábricas, asociaciones voluntarias, y, sobre todo, periódicos— fuera a realizarse en su época (Dewey murió en 1952, a la edad de noventa y dos años.)
La historia de la prensa norteamericana demuestra una tendencia bastante apegada al tipo de profesionalización que Lippmann había defendido inicialmente. Cuando Lippmann escribió sus teorías, muchos periódicos permanecían comprometidos con el modelo partidista de la prensa americana de los siglos XVIII y XIX, en que redactores y editores se veían a sí mismos como apéndices de uno u otro poder o clientela política y presentaban sus noticias de acuerdo con ellas. (Pensemos en Thomas Jefferson y Alexander Hamilton combatiéndose el uno al otro a través de sus periódicos, mientras servían en el gabinete de George Washington.) El modelo del siglo XX, en el que los periódicos luchan por su independencia política e intentan actuar como árbitros entre las partes en conflicto a favor de lo que perciben como el interés público, estaba aún en pañales en tiempos de Lippmann.
A medida que la profesión se hizo más sofisticada y respetable, en parte debido al ejemplo de Lippmann, los principales reporteros, presentadores televisivos y redactores crecieron naturalmente en estatus hasta llegar al punto en que algunos llegaron a ser considerados socialmente como iguales a los senadores, los secretarios del gobierno y los presidentes de las grandes empresas, sobre los que informaban. De la misma manera, resultaba natural que, como Dewey había previsto, esos mismos reporteros y redactores a veces acabasen identificándose con sus personajes, antes que con sus lectores. Dejando a un lado las elecciones cada dos años, a las que concurrían grupos cada vez menores del electorado, la política se convirtió de forma creciente en un negocio para profesionales y en un espectáculo deportivo para la gran masa —tal como Lippmann había esperado y Dewey temido. Más allá de la publicación de alguna carta ocasional al director, el papel del lector quedó definido como meramente pasivo.
El modelo Lippmann recibió su primer reto desde la derecha política. Muchos conservadores percibían a las mayores cadenas, periódicos y semanarios —la gran prensa de masas— como árbitros liberales, incapaces de cubrir sin prejuicios el movimiento de los derechos civiles en el Sur o la campaña presidencial de Barry Goldwater. Ripostaron construyendo grupos de estudio y un aparato de prensa diseñado tanto para desafiar como para circunvalar a la gran prensa. La revolución de Reagan, que llevó a los conservadores al poder en Washington, tiene sus raíces no sólo en el atractivo personal del candidato como el “gran comunicador”, sino en una campaña de esgrima ideológica que duró décadas, emprendida por revistas como National Review de William F. Buckley, Jr., y Commentary de Norman Podhoretz, así como en las combativas páginas editoriales del Wall Street Journal, editado durante tres décadas por Robert Bartley. El ascenso de lo que ha llegado a ser conocido como el “contra-establishment” conservador y, después, la llegada de fenómenos de la prensa como Rush Limbaugh, en la radio, y Bill O´Reilly, en la televisión por cable, pueden ser vistos como una comunidad deweyana que intenta quitarle las riendas de la autoridad democrática e informativa a una elite inspirada por Lippmann.
La versión liberal de la comunidad deweyana tardó más tiempo en formarse, en parte porque los liberales tardaron más tiempo en encontrarle fallos a la prensa. Hasta finales de los Setentas, muchos periodistas de la gran prensa exhibían de hecho esos “prejuicios liberales” de los que los conservadores continúan acusándolos, respecto a su incuestionable creencia tanto en un gobierno fuerte y activo como en su responsabilidad moral a la hora de asegurar la ampliación de los derechos de las mujeres y de las minorías étnicas y raciales. Pero un esfuerzo concertado para reclutar polemistas del nuevo contra-establishment conservador, unido a las inversiones de ricos activistas y hombres de negocios de derechas, combinados en una red de grupos de estudio del contra-establishment, grupos de presión, periódicos, estaciones de radio y cadenas televisivas, operaron como una fuerza gravitacional que arrastró consigo a los artículos de la gran prensa y ayudó a crear un contexto más propicio hacia candidatos conservadores, que iba mucho más allá de lo que los partidarios de Goldwater hubieran podido llegar a imaginar jamás.
Duncan Black, un antiguo profesor de economía que escribe un popular blog progresista bajo el pseudónimo de Atrios, explica como él también creía en lo que llama “el mito de la prensa liberal.” Y continua: “Pero la conducta colectiva de la prensa durante la saga del impeachment de Clinton, la campaña de Gore, la era posterior al 11-S, el rápido apoyo a la guerra de Irak y a las absurdas y peligrosas afirmaciones del poder ejecutivo durante la administración Bush han convertido esa creencia en algo absurdo. El 75 por ciento del público americano desaprueba la administración Bush, pero esa perspectiva, incluso ahora, tiene escasa representación en la prensa.”
El nacimiento de la blogosfera liberal, con su habilidad para superar las grandes instituciones de la prensa y conversar con una comunidad afín, representa un renacimiento del desafío deweyano a nuestra comprensión “a lo Lippmann” de lo que constituyen las “noticias” y, de esa manera, parece revivir la noción del filósofo sobre un discurso democrático genuino. La red facilita una plataforma poderosa que permite la creación de comunidades; la distribución carece de fricción, es rápida y barata. El viejo modelo democrático era una nación compuesta por ciudades de Nueva Inglaterra, llenas de bien intencionados y bien informados granjeros. Gracias a la red, podemos unirlos todos en un debate deweyano sobre los presidentes, la política y las propuestas. Todo lo que necesitamos es una conexión decente a Internet.
(…)
[Traducción de Juan Carlos Castillón.]
Fotos: Walter Lippmann en 1960, por Alfred Eisenstaedt; John Dewey en 1949, por Cornell Capa (Life/Time Inc).





29 de agosto // Aug 29, 2009 at 9:20
[...] El libro trata de un asunto crucial en la evolución de las democracias: la relación entre el poder y el periodismo. Lippmann es el arquetipo de esa relación: durante sus 60 largos años de oficio fue la [...]