castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

En Cuba

PD en la red

“La Ola” en La Habana

  • jul 01, 200921:06h
  • + comentarios

Alemania, hoy día. El profesor de una escuela secundaria comienza con sus estudiantes un proyecto de una semana para que puedan comprender cómo surge una dictadura fascista, experimento pedagógico que tendrá desastrosas consecuencias. Lo que comienza con conceptos como la disciplina y el igualitarismo, se convierte en un movimiento incontrolable llamado “La Ola”. Pronto sus integrantes comienzan hostigar a aquellos que piensan diferente y entonces será demasiado tarde para que el profesor pueda cancelar el proyecto…

Un filme inspirado en un hecho real: el experimento que realizara junto a sus estudiantes el profesor Ron Jones en California, en 1967, trasladado por el director Gansel a la actual Alemania.

Esta es la sinopsis con que se presenta Die Welle en el catálogo de la Semana de Cine Alemán en La Habana. A primera vista llamativa, a primera vista interesante. Así que me animé y me pasé por allí. (A falta de conexión, cine Chaplin)

La daban en la tanda de las cinco, única y última vez dentro de la programación, donde todas las demás películas (siete en total, bien pobre representación) se repitían en varias tandas a lo largo de la semana. Todas, menos La Ola, que se pudo ver únicamente a las 8:30 de la noche del pasado miércoles en la inauguración, y sólo para los privilegiados acreditados y los estudiantes de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños.

Según la poco confiable Cartelera de la Cinemateca, la película fue vista en Alemania por 2,5 millones de espectadores. Aquí, si sumamos las ochocientas butacas del Chaplin y no descartamos la distribución pirata en bancos de video clandestinos, podemos aproximar una cifra cercana a las diez mil personas… aunque creo que estoy siendo inexacta, y menos confiable que la vilipendiada cartelera.

Llegué siete minutos antes de las cinco y la multitud doblaba la esquina de la calle 10 hasta casi el final de la cuadra. Nunca imaginé tal concurrencia, sobre todo por el evidente conocimiento de la existencia de la película, muy reciente si se compara con las demás anunciadas (todas del 2006 y el 2007, incluso varias de ellas ya vistas años anteriores en esta misma Semana de Cine Alemán). La mayoría del público era bastante joven. El cine desbordó su capacidad; yo entré con media hora de retraso —y detrás de mí siguieron entrando y subiendo más personas hasta que no cupo más nadie.

Como es política del Chaplin ser estrictamente puntuales, no presencié los incipientes y espontáneos aplausos que provocó una de las primeras escenas, cuando este carismático y popular profesor —el protagonista de la historia— explica a sus estudiantes que un autócrata dictador es aquel que cambia y dispone de las leyes cuando más le conviene. Ni tampoco pude oír el murmullo general de descontento —ondulante como una ola— que llenó la sala por encima del Dolby Sorround Digital System cuando el primer actor abrió la boca y de ella salió un acento madrileño del peor gusto. Después de todo, somos un público educado y exigente, que pocas veces puede admitir un espantoso doblaje de estos, con el poder de arruinar las mejores cintas. (“Así la mandaron los alemanes, pero no por eso dejes de verla”, fue la respuesta que obtuve afuera de algún enterado que me previno.)

Pero esta suele ser la clase de película destinada a un público masivo: jocosa, ingenua y efectista. Público que rápidamente superó y toleró la copia doblada que nos asistía, donde los germánicos adolescentes se expresaran con joder, la ostia y vale, tío. Y aunque no se puede negar que se trata de una buena historia, el guión tiene baches irreparables. A mí me dejó descontenta, pero reconozco que terminó conquistando a los más entusiastas seguidores de este tipo de cine. Una señora decía a la salida que cada vez que se habla de dictadura aquí, la gente se reconoce y se identifica, y este es el secreto del éxito de Die Welle en La Habana. (Leí azorada en el suplemento mensual Cartelera, Cine y Video, que su director Dennis Ganset, era el ganador del Oscar por su anterior producción: La vida de los otros. Falso: Florian Henckel von Donnersmark fue el guionista y director de Das Leben der Anderen —película bastante mejor que ésta, y que me hizo desarmar las cajitas del teléfono y pasarme una semana paranoica, hablando en monosílabos con mis amigos cuando me llamaban.)

Pedagogía demagógica y moraleja, dos repelentes que rehúyo siempre que puedo, aquí se hacen presentes. Los personajes de La Ola son ambiguos, confusos o en el peor de los casos han sido caracterizados de manera incompleta. El protagónico queda cojo al no definirse bien qué es lo que en realidad persigue con su “experimento”. Y esto me hace recordar El Experimento, con la maravillosa Franka Potente (Lola rent), con una trama mucho más lograda.

Lo que no se entiende es por qué este filme, de cierto modo “inocente”, no se puede exhibir “normalmente” en nuestras salas, para el gran público que amerita. ¿Por qué limitarla con esta única presentación y no atender a la gran demanda que supone el tratamiento de este tema? ¿Por qué no ponerla incluso en la televisión, que sería una mejor plataforma para este tipo de filme? Pero fue, es y ha sido siempre igual.

Así ocurrió también con Goodbye Lenin (Wolfgang Becker, 2003) que se nos concedió atisbar sólo dos años más tarde; y con Das Leben der Anderen (2006), exhibida en diciembre del 2007 en el 29 Festival Internacional de Cine Latinoamericano muy pocas veces (si no me equivoco, tres) y con la consabida, incómoda y violenta seguridad policial impidiendo el paso y dispuesta a propinar porrazos a todo el que intentara el peligrosísimo y arriesgado acto de entrar a ver una película que ha sido marcada y censurada por el ministerio pertinente. ¿Hasta cuándo hay que aguantar estas ridiculeces? ¿Cómo no pensar que el doblaje al español era un sabotaje contra la película y contra sus espectadores, restándole además mucho mérito a todas las actuaciones? ¿Y por qué debo salir doblemente insatisfecha del cine pensando en todo esto?

Alguien me consuela: Por lo menos había aire acondicionado. Algo muy difícil de encontrar en una sala cinematográfica por estos tiempos en La Habana, más calurosa que nunca.

Lia Villares
La Habana

Publicado en
0 respuestas
Comentarios