- jun 30, 2009 • 15:59h
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Historias como la suya no suelen aparecer en revistas del corazón ni en melodramas fílmicos. A pocos les interesa la suerte de los perdedores, de los frustrados. La tristeza no vende. Onelio Martínez era oriundo de Yateras, en la oriental provincia de Guantánamo. Pertenecía a la extensa legión de mendigos sin techo que a diario engordan la cifras de la pobreza en el mundo.
Desde los 15 años, Onelio estuvo presente en cada uno de los avatares y desastres revolucionarios. Como militar, combatió en Argelia y Venezuela. En 1969, mientras se preparaba junto a tupamaros uruguayos para crear un foco guerrillero en las afueras de Montevideo, una orden suprema mandó detener la operación. Los repetidos fracasos en el continente americano, que culminaron con la muerte del Che Guevara en Bolivia, en 1967, hicieron dar marcha atrás al gobierno cubano en su idea de crear “dos, tres, muchos Vietnam”.
Para entonces, Onelio había participado en aquella estupidez colosal que fue el Cordón de La Habana. Al frente de un centenar de reclutas, se dedicó a sembrar café caturra en las afueras de la capital. También participó en la absurda quimera de hacer que las tierras de Banao, en el centro de la isla, produjeran uvas, peras, manzanas y melocotones. Otro rotundo fracaso. Como antes la Zafra de los Diez Millones y el experimento de implantar el sistema comunista y medir sus resultados en una localidad pinareña. En los dos reveses, Onelio puso su empeño.
Con grados de capitán participó en su última aventura: Angola. Por aquel país africano desfilaron 300 mil cubanos, en su mayoría negros y mulatos. Más de 2 mil encontraron la muerte. Muchos quedaron lisiados o tarados. Uno de ellos era Onelio Martínez, considerado un “loco pacífico”.
Durante siete años recorrió de norte a sur el territorio de la República Popular de Angola. Pero fue la batalla de Cuando Cubango la que lo marcó. Ya mostraba síntomas de paranoia cuando ahorcó con sus propias manos a un soldado angolano del cual se sospechaba que era colaborador de la UNITA. “Utilicé las manos porque estábamos rodeados y tratábamos de romper el cerco enemigo. No podíamos emplear armas. Pensaba que todos los angolanos eran traidores. La actitud vacilante del soldado me hizo desconfiar.”
Se le celebró una corte militar que duró tres minutos. En ese momento, Onelio poseía los grados de mayor y decidió que había que matarlo. Nadie quería hacerlo. “Yo mismo ejecuté la orden que dicté”. Pero la imagen del muchacho muerto entre sus manos, no lo dejó vivir en paz. “No estaba seguro de que fuera un delator. Que Dios me perdone”, solía decir en voz baja.
Regresó a Cuba con grados de teniente coronel y una demencia incurable. Lo licenciaron del Ejército. La pesadilla africana lo perseguía todo el tiempo. Se refugió en la bebida, lo que provocó el fracaso de su vida matrimonial y familiar. Al perder su hogar, empezó a merodear por los alrededores del Paradero de la Víbora. La gente llegó a cogerle cariño. A menudo se le veía hurgando en latones de basura. En ocasiones cantaba. Imitaba a los intérpretes de música salsa. Siempre alegre, pero con su culpa en las espaldas.
Onelio Martínez se consideraba líder de los pobres. “Los artistas y poetas se reúnen; los empresarios y presidentes también. Entonces en los congresos donde se debata la miseria debemos acudir nosotros, los miserables” decía. Y hasta llegó a escribir una carta al “máximo nivel”, para que tomaran en cuenta su propuesta.
Lo recuerdo haciendo un saludo marcial, alejándose con un bolso lleno de cachivaches, un bastón colorido y una botella de alcohol de cocina, el trago de los olvidados.
Iván García
La Habana
Foto: Leo Regnier, Flickr.




Cuando se vive del mal entre alimanias y maldad, no se pueden esperar bendiciones.
Ojala sirva de ejemplo a los que aun siguen viviendo del mal entre alimanias y maldad.
Excelente esta historia, da ganas de robar.
Sí: la Selva Ingrata, redentora de nadies, ilusa de todos, perdida de sí, de su propia maleza, de sus hijos ahorcados, fétidos, nuestros. ¡Cabrones!
La ingratitud de la familia Castro con sus esbirros demuestra que no son sicilianos, sino gallegos y, lo que es peor, cubanos.
Y miren que hay de esos olvidados en Cuba. El día menos pensado alguno se levanta decidido a refrescarles la memoria. Es uno de los escenarios bien posibles.