- jun 17, 2009 • 18:51h
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The Times, 17 de junio de 2009
Sólo una nueva votación podría restaurar la legitimidad de las fallidas elecciones en Irán. Al reprimir el deseo de libertad, los líderes iraníes están hundiendo al país en la vorágine.
Las inmensas manifestaciones, las airadas consignas y la creciente indignación global por los fraudulentos comicios en Irán han estremecido al establishment clerical. Tan acostumbrados están los mulás al poder temporal, tan confiado estaba el presidente Ajmadineyad en los Guardianes de la Revolución y los jenízaros de la policía religiosa para sostener a su régimen, que pocos previeron el mayor desafío al poder del Estado desde la revolución de 1979.
Por lo menos siete manifestantes han muerto ya a balazos. Si las demostraciones ilegales continúan, si más mártires son creados –especialmente mujeres y jóvenes– y si la desobediencia civil arrastra al país a un ciclo de violencia y de vendettas, se deshilacharán la autoridad y la legitimidad de la República Islámica.
En un claro intento por despejar la ira y ganar tiempo, el Líder Supremo, Ayatollah Alí Jamenéi, ha ordenado un recuento limitado de los votos en algunos colegios electorales. Casi no le quedaba otro remedio. Tan flagrante ha sido el fraude —con la victoria de Ajmadineyad a veces declarada aun antes de vaciar las urnas— y tan obvia la falsificación del escrutinio, que hasta sus partidarios han cuestionado los resultados.
El Consejo de Guardianes, entidad que desde las sombras hace cumplir la ley islámica, está nervioso, no sólo por la revuelta generalizada contra sus puritanas ataduras, sino también por el ridículo que semejante engaño está volcando sobre Irán. La concesión no basta para acallar la ira. Sólo una nueva votación podría restaurar la legitimidad de las elecciones. Y eso es, cuando menos, improbable.
La democracia iraní puede ser más vibrante y pluralista que cualquier otra en una región donde el autoritarismo es la norma. Pero no deja de ser una democracia “manejada”, torcida para asegurar el resultado deseado mediante la manipulación, la intimidación y la previa descalificación de los candidatos opositores.
Lo que los gobernantes de Irán están descubriendo ahora es que cualquier democracia puramente formal será desnudada por el pueblo. Aquellos despojados de su voz, insultados por un presidente que compara su ira con los disturbios después de un partido de fútbol, nunca podrán ser engañados con una parodia de democracia. Ni podrá su furia, como descubren ahora las autoridades, ser silenciada. A pesar de los esfuerzos por clausurar los sitios de internet, expulsar a los corresponsales extranjeros o desconectar las redes sociales, una generación que de pronto ha perdido el miedo está utilizando la tecnología —y el activo compromiso de los exiliados iraníes— para superar el ingenio de la Oficina del Censor.
El peligro ahora es que los jóvenes manifestantes sobreestimen su poder. Pueden corear que no temen morir, pero en su mayoría tienen apenas una vaga idea de lo que enfrentan. Las golpizas y tiroteos son sólo el preludio. Los Guardianes de la Revolución y la Basij —la milicia parapolicial islamista— se nutren de los pobres y los estrechos de mente, de aquellos que envidian la riqueza y los valores de las élites urbanas occidentalizadas. Si no los han soltado es sólo porque los mulás saben que la sangre en las calles galvanizará a la oposición
El otro peligro es la falsa esperanza de que el mundo los apoyará. Los líderes occidentales han manifestado su disgusto por lo que está ocurriendo. Pero incluso ese disgusto ha sido restringido —harto restringido— por la cautela. Desde la insurrección en Hungría en 1956, Occidente ha recelado de arengar a aquellos a quienes no puede ayudar. El presidente Obama ha puesto sumo cuidado en no nombrar candidatos ni respaldar con todo el peso de Estados Unidos a la oposición: [ser apoyado por Washington], en Irán, equivale a recibir el beso de la muerte.
Pero sin duda que Occidente podría, al menos, expresar con voz más firme su indignación, su desprecio por esta farsa. ¿O será que, como los pusilánimes líderes de China, Rusia y sus aliados centroasiáticos, que recibieron al Presidente Ajmadineyad en Yekaterinburg, las naciones occidentales sacrificarán una postura moral en aras del pragmatismo político?
Mir Hossein Mousavi no es ni un liberal ni un opositor al Estado islamista. Sin embargo, se está convirtiendo rápidamente en un símbolo de la resistencia a la represión.
[Traducción: Rolando Cartaya]




