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Hitos de un David

  • jun 17, 200911:43h
  • 10 comentarios

Es importante haber nacido en Canadá.

Para la inmensa mayoría de los niños el lugar de nacimiento es algo tan natural que raras veces se detienen a pensar por qué nacieron aquí y no allá. Para Davicito, sin embargo, haber nacido en Montreal es un hecho que siempre le recordará, por haberlo vivido, el coraje que sus padres mostraron cuando decidieron emigrar.

Aceptar que el ballet también es cosa de hombres.

El niño nació muy bien formado. La madre, educada en el Instituto Superior de Artes de la Habana, y acostumbrada a descubrir un bailarín, un actor, o un pintor a muchas leguas de distancia, vio al niño recién nacido y enseguida pensó que ese cuerpo —hecho de músculos que hablan— podía bailar. Pero el niño se negaba. Y él tiene que ser feliz, decían los padres riendo. Si no quiere bailar, que no baile. Si quiere aprender karate, que aprenda karate. Lo único que no es negociable es el estudio.

Y aquello era de asombro. Los movimientos que un karateca tarda años en dominar, el pequeño David los hacía suyos en unos cuantos días. Los amigos de la familia llegaban a la casa —una semana después de haberle enseñado a tirar una mawashi— y Davicito, sin esperar a que soltaran el abrigo, los invitaba a ver y corregir la patada que había estado practicando. Los movimientos eran, sencillamente, perfectos. La madre escuchaba los elogios e insistía en quejarse: Ay, señores, miren a ver si lo pueden convencer de que el ballet no es cosa de niñas, parece que los amiguitos de la escuela le dijeron eso, y ahora no hay Dios que lo haga ir a una clase de ballet. Aunque sea una, que vaya a una clase, y si no le gusta, asunto terminado.

El más importante de esos hitos fue haber emigrado, junto con sus padres, a los Estados Unidos.

En algún momento el niño accedió a ir a una clase de ballet, y le encantó. Pero aquí en Canadá tienen un serio problema con el talento. Con tal de no ser americanos, los canadienses, parecen haber decidido convertirse en un país de segundos-lugares. Eso es muy bonito, porque habla de un rechazo a esa actitud de ganar a toda costa y de una solidaridad diseñada para ayudar a los que realmente lo necesitan; pero conlleva una gran renuencia a entender o aceptar que algunas personas sufren, como una enorme desgracia, cuando ven un talento domado, restringido, o pospuesto, en aras evitar que el que lo tenga se haga un hipotético daño a sí mismo o —más importante aún— que estruje a los demás a través de la comparación.

Por suerte para David, su padre, después de haber terminado un doctorado en la universidad de McGill, encontró trabajo en San Diego, California. Y allá también hay escuelas de ballet con gorditas envueltas en tutúes, y madres que exigen atención constante para unas niñas que jugarían mejor en cualquier equipo de softball. Pero a diferencia del Canadá, en EE UU hay una cultura de reconocimiento, abono y protección del talento. Para los americanos, sean creyentes o ateos, el “gift” es algo sagrado.

En el caso de David Álvarez, eso se tradujo en profesores dispuestos a usar sus horas libres para entrenarlo de forma especial, presentarlo en competencias y moverlo a través de una pirámide de selección que enseguida lo llevó a una beca de mérito completo en la escuela Jacqueline Kennedy Onassis del American Ballet Theatre.

Hoy, a los quince años de edad, Davicito ya ha bailado en el Metropolitan Opera House, ha sido reconocido por la revista Dance Spirit como uno de los diez bailarines jóvenes a seguir, y fue seleccionado, junto con Trent Kowalik y Kiril Kulish, para el papel principal de Billy Elliot, la producción de Broadway basada en la película homónima.

La forma en que las noticias americanas y canadienses se han referido a esta meteórica carrera ilustra la enorme diferencia que existe entre ambos países con respecto al talento. Los americanos insisten en la excepcionalidad de un niño cubano-canadiense, y casi siempre la ponen en boca de bailarines, músicos, o directores de cine con una excelente trayectoria artística. Los canadienses, por su lado, usan la nacionalidad simple; insisten en una historia de padres pertenecientes a la clase trabajadora, hablan de un niño que creció en un barrio pobre de Montreal y se regodean, hasta el absurdo, en el hecho de que fue “entrenado” en una de esas escuelas en las que todos están condenados a ser todos. Para reforzar esa idea muestran unas entrevistas en las que niños y maestros insisten en una afirmación: Si el pequeño David lo logró, todos pueden lograrlo. Una perspectiva tan hermosa y reconfortante que da pena denunciarla como incompleta y edulcorada.

Nada hay de malo en pertenecer a la clase trabajadora. De hecho, si tomamos en consideración que el cerebro humano pesa menos del 2% de nuestro cuerpo y consume más del 20% de la energía, estaremos aceptando que pensar es un trabajo de clase trabajadora. Digo esto porque los padres de Davicito son, por encima de todo, dos excelentes intelectuales. Referirse a ellos como “working class” es lindo. Podría llegar a ser “cute” si no le hurtara al público una buena parte de la biografía de ese niño; las horas y horas que pasó, y pasa, escuchando a sus padres conversar, y discutir, sobre la evolución, las religiones afrocubanas, los tres colores de Krzysztof Kieslowski, la música de Zbigniew Preisner, los banquetes coreográficos de La La La Human Steps, el sonido de Björk, los libros de Borges, el asombroso virtuosismo de Gonzalo Rubalcaba, el teatro de Virgilio Piñera, la humildad de Meryl Streep … Eso, y una lista infinita de otras tardes y noches conversando, aprendiendo, y olvidando, como mejor puede hacerlo un niño: sentado a una mesa rodeada de padres y amigos, escuchando con los ojos bien abiertos mientras reza para que no lo manden a dormir.

Hace unos días Davicito ganó, junto con Kowalik y Kulish, el premio Tony al mejor actor de un musical. Para casi todo el mundo ese premio es un hito en la vida de David Álvarez González. Para los que tenemos la suerte de conocerlo, y saber de dónde vienen esos apellidos, ese premio es, pasados los hurras y los brindis, el anuncio de una carrera que apenas comienza.

César Reynel Aguilera
Montreal

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10 respuestas
Comentarios

  • Maite dice:

    Estaba esperando que escribieras sobre Davicito, sabia que lo harias y te lo agradezco pues me siento incluida, sus padres son muy buenos amigos y a sus hijos los adoramos. Nosotros mejor que nadie sabemos que ha sido un camino arduo,pero el resultado es que todos estamos muy felices.

    Maite.

  • Camilo Lopez dice:

    Cessy bro,
    ~
    me ri’o a vecez a carcajadas con tus stanzas. Esto estuvo muy magistralmente cuerista:
    ~
    “Nada hay de malo en pertenecer a la clase trabajadora. De hecho, si tomamos en consideración que el cerebro humano pesa menos del 2% de nuestro cuerpo y consume más del 20% de la energía, estaremos aceptando que pensar es un trabajo de clase trabajadora.”
    ~
    En serio debes tratar de escribir humor/relajo/cuero poli’tico
    ~
    ;-)
    ~
    lo he lei’do en un lugar pu’blico y no he podido evitar las risotadas bien alto y las miradas molestas de la gente por haber perturbado la paz y la privacidad general. Sorry! ;-)
    ~
    Vi a little David en un pequen~o video en el que haci’a un ballet con una silla. !’!'!’Que’ poesi’a mi madre!!!
    ~
    C

  • chula vista dice:

    No cabe duda que San Diego, California, es un paraiso de la armonia muscular. Sus habitantes somos hermos@s, todo el mundo baila, y por eso hay mucho problema de artrosis y esclerosis. Por fortuna en Tijuana la medicina es mas barata.

  • Miguel dice:

    Muy bueno. Felicidades a David y sus padres.

    Saludos,

    MI

  • Ric dice:

    Bella, excelente nota, y muy justa.

  • alina brouwer dice:

    que lindo cesar, que alegria que el joven david pueda desarrollar su potencial, ciertamente aqui en estados unidos es donde existen unos “talent scouts” que como bien dices estan dispuestos a trabajar duro para apoyar a alguien talentoso como este jovencito…
    gracias por traernos esta vineta sobre este cubanito que ya esta dando “guerra” con su talento..
    un beso,
    a.b.

  • Solabaya dice:

    si, un lindo homenaje a los padres y al ninio. Es hermoso ver como tu hijo crece y se convierte en una persona con talento. Toma trabajo, y hasta un poco de suerte, pero hay algunos que lo logra. Me alegro por ellos.

  • El Niño Atómico dice:

    No recuerdo ahora quién fue, pero una superestrella del deporte dijo una vez que no se debería admirar lo que hace una persona “gifted”, porque después de todo, le es fácil. Se puede admirar como una cosa de belleza, pero, como en el caso de Shaquille O´Neil, por ejemplo, él no tuvo nada que ver con el medir más de 7 pies de estatura. Pero aquel que nació no superdotado y ascendió a los altos niveles, ese es el que merece admiración y respeto. Busquen en You Tube algún video de Spud Webb ganando la competencia de “dunking” y comprenderán. Spud Webb medía 5′ 7″ (1.70 m) de estatura y pesaba 133 lbs (60 kg).

  • César Reynel Aguilera dice:

    Zoé,
    Esos padres merecen más que estos párrafos, son gente muy buena. Creo que tú los conociste en una visita a San Diego.

  • Zoé Valdés dice:

    Bello homenaje, César, gracias.