- jun 16, 2009 • 18:52h
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Por FARNAZ FASSIHI, The Wall Street Journal, 16 de junio de 2009
TEHERÁN – El sol se ponía y yo esperaba con un colega iraní frente a una oficina municipal, en lo que mi compañero regresaba con el auto, estacionado a varias millas de distancia. Durante buena parte del día, una multitud aparentemente interminable había alfombrado un tramo de seis millas de la Avenida de la Revolución en el centro de Teherán, desfilando pacíficamente bajo la vigilancia muda de las fuerzas de seguridad.
De todos los rincones de la ciudad habían llegado los manifestantes, gente de diversos orígenes religiosos y seculares, para protestar contra los resultados electorales que, a su juicio, habían sido alterados. Durante meses, muchos de ellos habían hecho campaña día y noche por Hossein Mousavi, el candidato que ha desafiado al Presidente Majmoud Ajmadineyad, con la promesa de construir un Irán reformado y moderado.
Charlamos con dos jóvenes pulcramente afeitados, enfundados en relucientes trajes de color gris y café, que se habían sentado cerca de nosotros. Se quejaron de haber malgastado sus votos, manifestaron su indignación por la violencia reciente, y también su admiración por el civismo que había adornado toda la jornada. Entonces, Mojamed, el más joven de los dos, reveló que era miembro de la Basij, un cuerpo nacional de policías de civil; pero dijo que era partidario de Mousavi, y que por eso había desobedecido la orden de golpear a los manifestantes.
“Nos ordenaron golpearlos desde el principio”, explicó Mojamed. “Ahí arriba hay una cuadrilla de miembros de la Basij armados con palos y pistolas, pero no alcanzarían a someter a la multitud. Es demasiado grande”.
Fue entonces que escuchamos los primeros disparos, que aparentemente no venían de ninguna parte. Alzando las cabezas distinguimos una gigantesca columna de humo próxima a nosotros. Mojamed y su amigo entraron precipitadamente al edificio municipal. Los ánimos empezaron a caldearse. La gente huía desaforada de la Plaza Azadi del centro de Teherán, mientras algunos gritaban que la Basij había empezado a disparar contra la muchedumbre, y que habían matado a un joven. La humareda parecía subir de una motocicleta en llamas, perteneciente a los gendarmes. Los manifestantes habían ripostado prendiéndole fuego.
Una mujer me dijo que había visto a un hombre que agitaba una camisa ensangrentada. Otra me contó que vio a uno con las manos ensangrentadas. Un joven llegó corriendo y me preguntó si tenía Bluetooth en mi celular. Le respondí que sí. Quería enviarme el video clip sobre el joven abatido por las balas, donde los manifestantes aparecían cargando su cuerpo.
Ya había oscurecido y los que retornaban del sangriento escenario vociferaban su indignación. Empezaron a corear “Allahu Akbar” y “Muerte al dictador”. Un motociclista pasó zumbante y lanzó dos botellas contra el asfalto, levantando una lluvia de cristales rotos, diminutos como confetti. Mi colega y yo nos cubrimos el rostro. “No se queden aquí, no se queden aquí. Van a atacar este lugar”, nos advirtió un hombre ya mayor.
Yo presentía que el lunes la violencia se desataría, después de haber presenciado el fin de semana, en todo Teherán, una erupción de disturbios que fueron brutalmente aplastados por efectivos de seguridad y milicianos de civil armados con palos, cachiporras y cadenas. Por eso me sorprendió que durante la jornada del lunes la policía antimotines y la de seguridad permanecieran vigilando desde las aceras.
La tarde se había revestido a ratos de una atmósfera casi carnavalesca. Los niños lamían sus conos de helado, las mujeres batían palmas y los hombres chiflaban. Unos a otros se prodigaban sonrisas, y agitaban en el aire las manos haciendo la señal de la victoria.
A pesar de mi experiencia en cubrir situaciones tensas, me contagié con esa actitud desenfadada y desafiante. Me había permitido creer que tan enorme multitud podía disuadir cualquier ataque violento. Paseaba confiada, entablando conversaciones en las esquinas, caminando millas en medio del gentío y subiendo a las azoteas para calcular la concurrencia.
La última vez que vi desfilar por la Avenida de la Revolución una manifestación antigubernamental de estas dimensiones fue en el apogeo de la Revolución Islámica de 1979. Tenía entonces 8 años.
Mi madre y mi tía me habían llevado con ellas para que fuera testigo. La atmósfera estaba cargada y hasta para una niña resultaba emocionante ver a la gente levantando los puños y coreando aquellas consignas de “Independencia, Libertad y República Islámica”. Este lunes no pude evitar la evocación, mientras los manifestantes me aseguraban que habían venido a proteger la “República” y a asegurarse de que sus votos contaran.
El viernes, cuando, menos de dos horas después de que se cerraran las urnas, el Estado anunció que Ajmadineyad había obtenido una victoria abrumadora, los partidarios de su rival se sorprendieron. Más tarde, cuando empezaron a circular las versiones de fraude masivo y alteración de votos, su reacción fue de indignación.
“Han insultado nuestra inteligencia”, dijo Azzam, una abuela de 64 años ataviada de pies a cabeza con el típico chador negro.
“No somos corderitos, no pueden engañarnos una y otra vez y esperar que nos quedemos así, como si nada”, aseveró Alireza, un vendedor de libros de 30 años que tenía su tienda al doblar de la esquina.
“Fíjese en toda esta gente, fíjese en cuántos somos. Si saliéramos así a la calle todos los días, ellos no podrían hacer nada”, dijo Jila, una maestra retirada de 53 años que fue a desfilar con sus dos hijos.
Tras los disparos de la noche del lunes, los manifestantes cerraron filas y empezaron a corear con más fuerza sus consignas. Nosotros nos desplazamos hacia la parte trasera del edificio municipal. Entonces los miembros de la Basij acantonados allí rompieron desde dentro las ventanas del segundo piso, cargando a ladrillazos y pedradas contra los manifestantes.
“¡Cállense, traidores!”, increpaban a la muchedumbre.
“¡No me peguen, no me peguen!”, gritó alguien. Vidrios rotos, ladrillos y piedras volaban en todas direcciones, y nosotros habíamos quedado atrapados en el medio. Agachando las cabezas corrimos a refugiarnos en un callejón oscuro. Los motociclistas nos seguían mientras saltábamos entre los autos estacionados, tratando de esquivarlos. Entonces vi a un joven parado en el umbral de su casa. Él y su esposa nos hicieron entrar. Nos quedamos por dos horas en el domicilio de la joven pareja, intercambiando relatos sobre los disturbios y las elecciones. Llegamos a pensar que tendríamos que pasar la noche en su pequeño apartamento de un cuarto. Ella nos sirvió tajadas de melón y té.
Llamé a casa de nuestro chofer y le dejé a su esposa indicaciones para que nos saliera a buscar, en caso de que llamara.
Cuando mi compañero llegó a donde nos había dejado, él y el chofer vieron los vidrios rotos y la sangre en las aceras. Después de indagar por nosotros en una clínica cercana, y pasar una hora intentando comunicarse con mi celular, llamaron finalmente a la esposa del chofer y vinieron a buscarnos.
Escríbale a Farnaz Fassihi: farnaz.fassihi@wsj.com
[Traducción: Rolando Cartaya]







Espléndido trabajo, Ernesto.
Un saludo