- jun 13, 2009 • 17:49h
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Por Anne Applebaum, The New Republic, 17 de junio de 2009
Spies: The Rise and Fall of the KGB in America
de John Earl Haynes, Harvey Klehr y Alexander Vassiliev
Yale University Press, 2009
Si trataramos de definir el punto más bajo de la larga y venerable tradición del anticomunismo americano, bien podría ser en el 2003, con la publicacion de Treason de Ann Coulter. La “tesis” de Coulter tras su trabajo de corta-y-pega desde Internet, era que podía trazarse una línea recta entre Alger Hiss, que espió para la Unión Soviética en los años cuarenta, y americanos como Barack Obama, que criticaban la guerra de Irak medio siglo después. Ambos grupos —junto a un grupo variopinto de socialistas, liberales, sindicalistas, y casi todos aquellos que ella definirá como “la izquierda”— eran culpables de poco menos que traición: “Ya sea defendiendo a la Unión Soviética o balando para Saddam Hussein, los liberales están siempre contra América. Son traidores o idiotas, y en lo que respecta a la supervivencia de América, la diferencia es irrelevante. Cincuenta años de traición no les ha hecho cambiar.”
Para ser justos, lo que en el caso de Ann Coulter cuenta como ironía, no es el único caso de alguien que ha perdido su sentido de la proporción, tal vez incluso la cordura, al analizar la excesivamente complicada historia de la izquierda americana, y sobre todo su prolongado flirteo con la Unión Soviética. Una locura de distinto tipo —o tal vez de tipo decepcionantemente similar— caracteriza también los escritos de Victor Navasky, antiguo redactor y editor de The Nation. Navasky ha escrito a menudo sobre el tema de Hiss y otros espías soviéticos, con un sentido de lo urgente que el paso del tiempo nunca logra disminuir. Un excelente ejemplo de su forma de pensar sobre este asunto puede encontrarse en un artículo de The Nation de 1997, que describe la labor de los historiadores que por entonces comenzaban a encontrar pruebas en los archivos soviéticos que confirmaban que varios norteamericanos, incluído Hiss, habían colaborado realmente con la Inteligencia Soviética. “Como locos cazadores de mariposas —escribió Navasky—, “intentan capturar cada documento fugitivo para clavarlo en sus tableros de especímenes dedicados a la posguerra fría. Su objetivo maniático es probar que los cazadores de rojos de los años cuarenta y cincuenta, con los que ahora se identifican, tuvieron razón… [y que] toda la suspensión de libertades que caracterizó los años de Guerra Fría fue a fin de cuentas justificable.” La metáfora es hiriente. ¿Usaría Navasky la frase “locos cazadores de mariposas” para describir a quienes siguen investigando, por decir algo, el aún misterioso destino de Raoul Wallenberg? No lo creo.
Entre esos dos extremos —la patológica incapacidad de Navasky para creer que en realidad hubo espías soviéticos en América, y la patológica incapacidad de Coulter para diferenciar entre demócratas liberales y agentes a sueldo del extranjero— descansa la destacable labor de John Earl Haynes y Harvey Klehr. Si existe un terreno común que deba buscarse en este debate particularmente cargado —y por “común” me refiero a históricamente veraz— Haynes y Klehr han hecho todo lo posible para definirlo y ocuparlo. Trabajando durante más de una década, usando de la mejor manera posible el nuevo material disponible de los archivos soviéticos, ambos académicos han escrito múltiples libros, incluyendo tres educados y escepcionalmente cuerdos libros de historia para la esplendida serie Annals of Communism de la Yale University Press.
El primero de esos volumenes, The Secret World of American Communism, usó los recientemente abiertos archivos del Komintern, la organización que dirigió el movimiento comunista internacional, para determinar la extensión de la financiación del Partido Comunista Americano —que resultó sustancial. El segundo, The Soviet World of American Communism, empleó también los archivos soviéticos, pero se centró más directamente en la infuencia ideológica de la Unión Soviética sobre el Partido Comunista de los Estados Unidos, o CPUSA, que era —¡sorpresa!— incluso más sustancial. El tercero, Venona: Decoding Soviet Espionage in America, examina los archivos “Venona” desclasificados por la National Security Agency, así como los archivos soviéticos relevantes al respecto. Venona fue un proyecto criptológico conjunto de americanos y británicos, que descifró los cables soviéticos durante la guerra. Entre otras cosas, los cables aportaron pruebas directas de que la Unión Soviética estaba dirigiendo una amplia red de espionaje en los Estados Unidos durante los años cuarenta —y que Alger Hiss y Julius Rosenberg se encontraban entre los espias soviéticos más apreciados.
Haynes y Klehr normalmente se ciñen a los documentos, la evidencia, los hechos. Al menos en sus obras históricas, no escriben de manera polémica ni apoyan enfáticamente al Senador Joseph McCarthy y sus análisis del comunismo americano. En The Secret World of American Communism, se aparten del tema central para condenar a McCarthy por usar el anticomunismo “como arma sectaria.” Sus “excesos,” indican, continuan distorsionando hasta hoy el debate en torno a la historia del comunismo americano. Desde luego, esto no ha impedido que críticos acusen a Haynes y Klehr de mccarthismo.
Su nueva obra, una historia del espionaje soviético en Norteamérica, prosigue su investigación con la misma tónica, aunque usa una fuente distinta. Junto a los archivos soviéticos, los del FBI, y los cables de Venona, Haynes y Klehr esta vez han tenido acceso a un conjunto de archivos operativos de la KGB que no habían sido abiertos con anterioridad a los investigadores occidentales. (A partir de ahora usaré KGB para significar al espionaje exterior soviético aunque éste tuvo otros nombres en los años treinta.) La historia de cómo accedieron a esos materiales es un poco complicada. En un largo prólogo a Spies, su coautor ruso, Alexander Vassiliev, explica su enrevesada trayectoria vital. Vassiliev era un oficial subalterno de la KGB, entrenado a finales de los ochenta. Harto de servir en el momento del colapso de la Unión Soviética, dimitió. Aunque pasó varios años provechosos dedicado al periodismo, las pasadas asociaciones de Vassiliev fueron lo bastante fuertes como para convencer al departamento exterior de la antigua KGB —ahora rebautizado como Departamento de Investigación Exterior o SVR— para convocarlo cuando necesitaban un escritor que ordenase sus expedientes operacionales: parece que un grupo de oficiales retirados pensó que podía dar brillo a su reputación y ganar algo de dinero publicando historias de sus gloriosas hazañas en Occidente. Contrataron a Vassiliev para trabajar en un libro sobre el espionaje soviético en los Estados Unidos, junto al historiador americano Allen Weinstein. El libro apareció en 1999 bajo el título de The Haunted Wood.
Aunque el libro fue un éxito, el proyecto se convirtió en una pesada carga para Vassiliev. Intimidado por la creciente politización de la historia en Rusia y después por el cierre de los archivos, abandonó el país. Irritado por aquellos que cuestionaban sus motivos, demandó locamente a uno de los reseñista del libro. Seguro de vencer, actuó como su propio abogado y se negó a arreglar el problema fuera de los tribunales. Olvidaba que los jurados de Londres no se muestran especialmente cálidos con los antiguos oficiales de la KGB. Perdió. Finalmente se acercó a Haynes y Klehr con la propuesta de compartir con ellos las amplias notas que había tomado de los informes de operaciones de la KGB, y dar los nombres reales de gente y detalles que había ocultado incluso a Weinstein. Sus libretas de notas —junto a los cables de Venona, los archivos del FBI y otras fuentes— son la base de este nuevo libro. Además, están disponibles, en su forma manuscrita original y con una traducción inglesa, en el website del Wilson Center’s Cold War International History Project, donde pueden ser leídos por cualquiera.
Tal vez esa no fuera la mejor forma de acceder a informes operacionales de la KGB, pero fue la única posible. Naturalmente, han surgido preguntas sobre la bona fide de Vassiliev —pero las libretas son demasiado detalladas, y contienen demasiadas referencias a gente y lugares que Vassiliev no podía conocer por adelantado. En cualquier caso, las pruebas de que las notas de Vassiliev son a la vez auténticas y de confianza descansa en el mismo texto. Spies no es una obra literaria, ni siquiera de narrativa histórica, en el sentido ordinario del término. Esta lleno de hechos, cifras, nombres y fechas. Gran parte del libro consiste en comparaciones punto por punto de los archivos de Vassiliev, archivos del FBI, documentos de Venona y testimonio de testigos y desertores. Las afirmaciones se prueban una y otra vez usando distintas fuentes. Las notas a pie de página contienen listas de numerosas fuentes. Una descripción de siete párrafos, por ejemplio, del destino de Morris y Lona Cohen —una misteriosa pareja que trabajó como correo para la KGB desde los años treinta a los sesenta— es sustanciada por once documentos y libros distintos. Este es presumiblemente el tipo de trabajo que Navasky desprecia como caza de mariposas, “capturando cada fugitivo documento.” Es también una lectura imponente.
Dejando a un lado las más familiares historias de espionaje atómico y a Alger Hiss, sobre el que habrá más en un momento, hay mucho en Spies que resulta absolutamente nuevo. Entre otras cosas, los archivos de la KGB permitieron a Haynes y Klehr identificar a docenas de personas que hasta entonces el FBI sólo conocía por sus nombres en clave. Un científico listado en los cables de Venona como “Fogel” o “Persian,” que durante largo tiempo se pensó que era J. Robert Oppenheimer, resultó ser Russell McNutt, un oscuro ingeniero del Manhattan Project, que en un momento dado trabajó en diseños estructurales para las plantas de procesamiento de uranio y plutonio en Oak Ridge, Tennessee. En un momento el FBI condujo una investigación superficial sobre su relación con Julius Rosenberg, que de hecho era su reclutador. No encontraron nada. Como resultado, McNutt escapó la notoriedad pública que rodeó a Rosenberg, por no mencionar a la pena de muerte. Vivió hasta el final de sus días como ingeniero jefe de Gulf Oil.
Una historia similar peude contarse sobre un personaje muy distinto, un infiltrado en el Departamento de Estado, conocido por el nombre clave de “Willy,” que puede ahora ser identificado como David Salmon. En el momento de su reclutamiento en 1934, Salmon era un envejecido y mal pagado protegido del ex secretario de Estado Elihu Root. Como jefe de la División de Comunicaciones y Archivos, Salmon era responsable de todos los cables mandados por el Departamento de Estado, alguno de los cuales pareció feliz de poder vender por $15,000 al año (equivalentes a $230,000 en dólares contemporáneos). Salmon lo hizo durante tres años, pero parece haber sucumbido al pánico en 1937, cuando el embajador norteamericano en Moscu se quejó al Departamento de Estado de que sus homólogos soviéticos parecían conocer el contenido de sus informes “secretos” a Washington. Una rápida investigación fue llevada a cabo y abandonada poco después. Nadie sospechó nada durante su vida, y Salmon fue considerado tan digno de confianza que muchos años antes de su retiro el Comite de Actividades Antiamericanas del Congreso le pidió que autenticase los cables empleados como pruebas durante la investigación de Alger Hiss. Lo que hizo.
Spies ofrece también una gran cantidad de información adicional y —seamos francos— jugosos detalles sobre algunas figuras menores cuya afiliación era ya conocida. Una de ellas es Michael Straight, una persona nada seria que los lectores de esta revista pueden reconocer como el hijo de uno de los primeros propietarios de The New Republic —y que fue después editor y director de la revista. Mientras estudiaba en Inglaterra durante los años treinta, conoció a Anthony Blunt y Guy Burgess, dos de los infames espías de Cambridge. Burgess le reclutó a pesar de que Straight no estaba “listo para abandonar algunas nociones románticas,” tal y como este escribió a su orientador de la KGB. Otro oficial de la KGB describió a Straight —nombre clave “Nigel”— como un “un diletante.” Cierto número de funcionarios americanos parecen haber tenido una opinión similar, y Straight nunca progresó demasiado en su corta carrera gubernamental. Cayó en desgracia con el Partido Comunista y la KGB tras el pacto nazi-soviético de 1939. Haynes y Klehr apuntan, sin embargo, que mantuvo una tambaleante afiliación, recomendando amigos a la KGB tan tarde como en 1942, y guardando silencio sobre Burgess y Blunt hasta 1963.
Está también Martha Dodd —nombre clave “Liza”— que, mientras vivía con su padre, el embajador de Roosevelt en Berlín, se enamoró de un diplomático soviético llamado Boris Vinogradov. Como Straight, más tarde publicó unas memorias muy detalladas. Pero Haynes y Klehr añaden detalles a su historia, inluyendo el informe de una entrevista que conmovió profundamente al agente de la KGB que la entrevistó en 1941:
En algún momento durante nuestra conversación —no recuerdo exactamente cuándo— Martha hizo el comentario de que todos los hombres eran vulnerables… en alguna parte. ¿Significa eso —le pregunté— que podría acostarse con cualquier hombre si así lo decidiese? “Sí,” dijo. Y entonces añadió: “Puede ser ventajoso a veces.” (Esto lo decía en términos de trabajo político.)
Tanto se sorprendió el pobre hombre de la KGB con esta confesión de Dodd que tuvo que ir al baño y refrescarse la cara. Pero volvió, determinado a concluir la entrevista:
Con una calmada y confiada apariencia externa, la sermoneé sobre la moral de las clases medias, la moral proletaria, cuándo el sexo es permisible en nuestro tipo de trabajo y cuándo no… lo anterior puede parecer tonto pero ejerció un buen efecto en Martha. Se volvió más sobria.
Algunos de los detalles operativos en Spies son también maravillosos, como las “instrucciones de contacto,” salidas directamente de una trama de Hollywood, y entregadas a un agente: “La fuente llevará una revista Life en el bolsillo derecho de su abrigo, y si el clima es bueno, un sombrero en la mano izquierda. Le dira, en inglés, ‘Saludos de Alice.’ Contestará, ‘Gracias, me gustaría visitarla.’ Usted dirá: ‘Estará muy feliz de verle.’ Tras eso, pueden comenzar a trabajar.”
Pero por muy divertidos que puedan ser los detalles, la contribución más interesante del libro de Klehr y Haynes es la revelación de la amplia extensión del espionaje soviético en América, y la cantidad de gente implicada en el mismo. A pesar de la longitud de de este grueso volumen, Haynes y Klehr se ocupan sólo de algunos de los quinientos agentes que en algún momento trabajaron para la KGB y sobre los que pueden encontrarse detalles en las notas de Vassiliev o en los archivos de Venona. En realidad, no toda esa gente pasaba información. Algunos trabajaban como manejadores, correos, reclutadores o buscando talentos. El papel de otros bien podría haber sido exagerado, como algunos críticos han señalado, por los voluntariosos trabajadores de la KGB —aunque ciertamente no por todos ellos, dados los detalles específicos de la información dada.
Con que tan sólo una cuarta parte de aquellos cuyos nombre aparecen en los archivos fueran realmente agentes, los numeros siguen siendo mucho mayores de lo que con anterioridad sospechó nadie, y suponen una mayor penetración de la sociedad americana que la reconocida hasta ahora. Resulta que la KGB en los años treinta tenía agentes o contactos en el Departamento de Estado, Comercio, Justicia, y en el OSS, la agencia de inteligencia creada en tiempo de guerra. Asociados de la KGB estaban desplegados en el Manhattan Project, así como en las instituciones de investigación y compañias privadas que se especializaban en química, ingenieria aérea y física. Habían agentes en la prensa y el mundo literario. La KGB intentó incluso, sin mucho éxito, reclutar a Ernest Hemingway.
El muy amplio espectro educacional y la experiencia de los agentes de la KGB era impresionante, prueba adicional de lo profundamente que sus tentáculos llegaron al mundo de la cultura. Algunos de los agentes americanos de la KGB eran, por supuesto, inmigrantes recientes de origen ruso y europeo oriental. Otros, como Hiss, pertenecían al establishment WASP. (He contado entre otros a graduados de Princeton, Stanford, Harvard, Columbia, Cornell y el Union Theological Seminary.) Samuel Dickstein fue congresista y después Juez de la Corte Suprema de Justicia de New York. Henry Ware era asesor de los Boy Scouts. Harold Glasser, en el otro extremo acabó trabajando para la Liberty Brush Company (una compañía de cepillos —N del T).
Sin embargo muchos de ellos, al final, tenían algo en común. Al margen de unos pocos que entregaron documentos sólo por dinero —Dickstein, por ejemplo, y probablemente Salmon— la mayor parte de ellos eran en secreto o abiertamente miembros del Partido Comunista Americano, un grupo que estaba en aquel momento intimamente asociado con el Partido Comunista Soviético. En otras palabras, no eran en modo alguno “liberales.”
Aunque fue por largo tiempo un tema tabú en la izquierda, la extraordinariamente cercana relación entre el Partido Comunista Americano y la KGB no debería sorprender a nadie, dado lo que ahora conocemos sobre el CPUSA, y sobre los partidos comunistas de otros países y sobre la ideología comunista, cuyo poder nunca debe ser subestimado. Hablando en términos generales, aquellos que creían en el comunismo también creían en lo deseable de la revolución mundial, pensando que esa revolución sería conducida, o al menos inspirada, por el Partido Comunista de la Unión Soviética y su “espada y escudo,” la KGB. Los que asumieron eso podrían haber sido gente bien intencionada, incluso patriotas americanos, como sus defensores proclaman a menudo. Pero eso no cambia el punto fundamental. Para un marxista autenticamente dedicado, los objetivos de la KGB y CPUSA deberían efectivamente haber sido muy similares.
Y tenían razón. Desde los puntos de vista de esas mismas organizaciones, sus objetivos eran muy próximos, por no decir idénticos. Earl Browder, Secretario General del CPUSA desde 1930, reclutó y recomendó agentes a la KGB. Su hermana era una agente, y también, muy posiblemente, su esposa, una antigua comisaria soviética de justicia provincial (y una mujer que se sentó en los tribunales sumarios que condenaron a “contrarrevolucioanrios” a muerte en 1918 y 1919, durante la Guerra Civil Rusa). Los oficiales superiores del CPUSA sabían que su dinero venía de Moscú y no pusieron objecciones. Al contrario. Al menos en los años anteriores a la Guerra Fría, la línea entre la lealtad al CPUSA y la lealtad a la Unión Soviética estaba desdibujada.
Para la KGB, la íntima relación entre la Unión Soviética y el CPUSA fue al mismo tiempo una bendición y una maldición. De un lado, la simpatía que muchos americanos sintieron en los años treinta hacia el comunismo soviético ayudó a la KGB a crear una amplia y variada red de espionaje. Colectivamente esos agentes y contactos eran muy significativos para la Unión Soviética. Sin duda alguna, el material que facilitaron ayudó a la Unión Soviética a desarrollar su bomba atómica más rápidamente de lo que hubieran podido lograr de otra manera, y ayudaron así a la Unión Soviética a reforzar la ocupación de Europa Oriental y atrincherarla en la Guerra Fría. La información que facilitaron también ayudó a Stalin a negociar con Roosevelt en Yalta, y de forma más general ayudó al liderazgo soviético a comprender los motivos de los Estados Unidos antes y después de la Segunda Guerra Mundial, en un momento en que el gobienro norteamericano estaba centrado en otro grupo de enemigos.
A largo plazo, sin embargo, estos agentes ideologicamente motivados resultaron ser inherentemente inestables. Si huvieran estado motivados tan sólo por el dinero, o, como tantos ciudadanos soviéticos, por el miedo, los agentes americanos de la KGB podrían haber permanecido fieles. Pero como estaban inspirados por las ideas, sus lealtades tendieron a evolucionar junto a sus opiniones políticas. Cuando decidían que no les gustaba algún aspecto de la política del Partido, o de la diplomacia soviética, podían abandonar a su contacto, o, incluso, desertar.
Así la KGB perdió una buena cantidad de agentes —no sólo a Michael Straight, sino también a Whittaker Chambers— debido al extendido disgusto ante los juicios-farsa de Moscú de 1937-1938 y el pacto con Hitler en 1939. Perdió incluso más cuando una de sus agentes, Elizabeth Bentley, pasó a desconfiar de sus orientadores soviéticos y a cuestionar sus motivos. Cantó en 1945. El testimonio de Bentley fue devastador, ya que conocía la identidad de más de una docena de agentes a sueldo. Ademas, tomó su decisión de hablar con el FBI en un momento en que la contrainteligencia americana estaba apartándose de la cuestión de los agentes alemanes y japoneses, y finalmente podía centrar su atención en la KGB.
Las consencuencias fueron rápidas y dramáticas. Semanas después de la deserción de Bentley, la extraordinaria red de la KGB —una red que había entregado interioridades cruciales del funcionamiento del gobierno y la industria americana, por no mencionar secretos críticos de la bomba atómica— se desmoronó. Nunca llegó a recuperarse. Con el ascenso del anticomunismo a finales de los años cuarenta, más gente comprendió que la lealtad a la Unión Soviética era una traición a los valores norteamericanos. El CPUSA encogió en tamaño e influencia y, junto con él, se encogió el fondo de posibles reclutas potenciales de la KGB.
Me doy cuenta de que mucho de esto sonara como poco más que distracciones para cierto tipo de lector. Invariablemente, cuando surge el tema de la KGB en América, mucha gente tan sólo quiere la respuesta de tres preguntas ¿Era Alger Hiss un espía? ¿Era J. Robert Oppenheimer un espía? ¿Y qué pasó con el amado periodista radical I. F. Stone? Las buenas noticias, quiero decir para la causa de la verdad histórica, es que Haynes, Klehr y Vassiliev se ocupan de todos ellos.
Consagran todo su primer capítulo a Hiss, prescindiendo de entrada de la controversia más notoria desde el principio. No voy a repetir aquí toda la historia de este caso infame ni a discutir ampliamente los varios pseudónimos que pudieron o no pertenecer a Hiss, dejando a un lado las diversas máquinas de escribir. Baste decir que la documentación de Vassiliev se suma a la montaña de “documentos fugitivos” de los locos cazadores de mariposas. Aparte de las pruebas facilitadas por Whittaker Chambers, aparte de la evidencia reunida por el FBI, aparte de la evidencia en los dossiers de Venona, aparte de la evidencia en los archivos húngaros y aparte del testimonio de múltiples testigos, Vassiliev encontró también documentos de archivo que claramente mencionan a Hiss, con su nombre auténtico, como fuente de información soviética —o, más correctamente, como fuente de la GRU, la inteligencia militar soviética de los años treinta.
El hecho de que Hiss trabajase originalmente para una organización a la que la KGB llamaba “los vecinos” ha sido una fuente de dificultades para los investigadores, como ya lo fue en vida de Hiss. (Su intento en 1936 de reclutar a un colega, Noel Field, para la GRU acabo torpemente cuando resultó que Field estaba ya trabajando para la KGB; detalles de ese incidente aparecen en los archivos soviéticos y húngaros así como en el testimonio de numerosos testigos.) Ya que Hiss fue un contacto del GRU durante el periodo más activo de su servicio, una buena parte de información archivada acerca de su espionaje —qué documentos entregó, por ejemplo— sigue sin estar disponible, ya que nadie tiene acceso a ese archivo. Cuando emerjan, si emergen, los dossiers de esos archivos añadirán sin duda capas de matices y color a la historia de Hiss, permitiendo que alguien, eventualmente, escriba su biografía completa, y nos dé una mejor explicación de su complicada psicología. Será un libro fascinante. Mientras tanto, la evidencia de su colaboración es abrumadora. Haynes, Klehr y Vassiliev tienen pleno derecho a titular su capítulo “Alger Hiss: Caso cerrado.”
La historia de Oppenheimer, el físico que dirigió el Manhattan Project, se presenta de forma distinta. Tras examinar una igualmente vasta pila de documentos fugitivos, los autores concluyen que Oppenheimer era un miembro secreto del Partido Comunista, al menos en 1941. Sabiendo eso, la KGB hizo multiples intentos de persuadirle para cooperar. Rastros de esos intentos aparecen los archivos de Vassiliev, como en otras partes. Pero, al menos de acuerdo con toda la información disponible en esos mismos archivos, los intentos fracasaron.
Mucha otra gente pasó material atómico y técnico a la Unión Soviética. El más famoso de ellos fue el físico Klaus Fuchs, identificado hace ya largo tiempo como una agente soviético. Pero aunque habían otros, incluyendo a McNutt, nadie, hasta donde sabemos, persuadió nunca al mismo Oppenheimer de pasar información al KGB. No sabemos exactamente el por qué: Haynes y Klehr piensan que para cuando el Manhattan Project arrancó —tras el Pacto Hitler-Stalin— ya había perdido su fe anterior. Su conclusión es que Oppenheimer no fue honesto sobre su afiliación partidista, pero no vendió secretos atómicos. De nuevo, caso cerrado.
En lo que respecta a I. F. Stone, la historia es un poco más confusa, ya que Stone, al contrario que Hiss o Oppenheimer, nunca tuvo ningún secreto real que pasar. Aún más, su pertenencia a la KGB, tal y como fue, tomó un aspecto más sutil. Aunque se le menciona en los archivos de Vassiliev, sin ambigüedad, como fuente de la KGB entre 1936 y 1938, no está claro a partir del material citado qué significaba eso. Stone sin duda estaba intercambiando información con gente que sabía que eran agentes soviéticos. Indudablemente les dio nombres de otra gente que creyó que les podían ser útiles. Pudo actuar como correo tanto como de reclutador, y probablemente tuvo algo más que unas cuantas comidas con tipos extraños. La KGB también trató de reactivarlo tras la guerra, pero fracasó. Haynes y Klehr concluyeron que entre 1936 y 1938, la KGB creía que Stone era agente suyo, y Haynes y Klehr también piensan que Stone lo sabía. Pero que fuera pagado por sus conversaciones con los contactos locales, o que el mismo considerase sus actividades como “espionaje,” aún no está claro. El caso Stone aún no está cerrado.
Hay una explicación para la falta de claridad. De hecho, la cooperación de Stone con la inteligencia soviética me parece un ejemplo perfecto de las constantes antes descritas. Stone, al menos en aquel momento, mantenía la fe en la bondad esential del comunismo. Se habían cometido errrores, pero entre 1936 y 1938 siguió creyendo que sólo Stalin podía salvar Europa del fascismo. Difícilmente podía quejarse si los agentes de Stalin le pedían que pasase algunos mensajes o que les recomendase algunos amigos. De hecho, es difícil pensar en una buena razón por la que no debió hacerlo hecho, dado lo que estaba escribiendo y pensando en aquel momento. Aquí especulo pero es una especulación plausible.
Comprender a Stone, ayuda a leer el resto de Spies. Cualquiera que se centre tan sólo en los detalles de su caso tendrá dificultades para ver su historia como lo que realmente fue. Los mismo es incluso más cierto enaún más válido para Hiss. Aunque se han escrito tratados enteros sobre las teclas de la máquina de escribir de Hiss y sus costumbres como observador de pajaros, su vida es rara vez comparada con la de sus contemporáneos. Leyendo a través de esos tres recuentos, encontré refrescante verlos colocados en su contexto histórico, junto a figuras menos famosas, como los jefes de estación soviéticos que informaban sobre ellos. Sin ese contexto, ninguna de estas historias es comprensible. ¿Por qué un brillante y joven miembro del establishment como Hiss colaboró con la KGB? ¿Por qué un científico estrella como Oppenheimer habría intentado ser reclutado con tanto esfuerzo, y por qué tantos de sus colegas sucumbieron? ¿Por qué un cascarrabias independiente como Stone fue capaz de hablar con esa gente? Ya que estamos en eso, ¿por qué lo haría Hemingway? Las respuestas descansan en el contexto más amplio: la naturaleza del movimiento comunista internacional en los años teinta, y el extraordinario poder de su ideología.
A pesar de su prosaica insistencia en los nombres, las fechas y las amplias notas a pie de página, algo de la atracción por aquella ideología cruza a través de las obras de Haynes y Klehr. Conjuran de vuelta todo un mundo desvanecido de códigos y entregas clandestinas de correo, de jerga marxista y slang de partido. Las reuniones secretas, los grupos de estudio, el sentido de pertenencia a una vanguardia que haría historia, está ahí. También la ceguera frente a la realidad. Según todas las crónicas, Hiss fue un testigo convincente en su audiencia, mucho más que Chambers; casi todo el mundo coincidió en que sus declaraciones de inocencia sonaban más creíbles que los alegatos de su acusador. Pero Hiss había creído que un comunismo de estilo soviético crearía una utopia en América. ¿Por qué no iba a creer la fantasia de su propia inocencia?
El contexto histórico también importa porque nos permite hacer distinciones útiles. La historia de Hiss difiere de la de Oppenheimer, que difiere de la de Stone. Amontonarlos a todos como “traidores,” de una forma vulgar a lo Coulter, hace imposible comprender tanto sus motivos como la cultura en la que vivieron. Negarse a discutir las desiguales pero fascinantes pruebas disponibles, como Navasky querría que hicieramos, también les perjudica. Si uno está escribiendo la historia del Manhattan Project, es importante saber que el patrón no vendió sus secretos. Si uno escribe sobre la cultura de la Guerra Fría en América es importante saber que sí, Alger Hiss era un espía. Además las biografías de esos hombres puede leerse como una novela de aeropuerto. ¿Por qué no deberíamos seguir investigándoles?
La verdad, desde luego, es que ni Coulter ni Navasky, ni ninguno de los otros muchos que se han implicado en esta batalla concreta, está realmente interesado en la historia. En su lugar ellos, y sus aliados respectivos, desean ganar puntos en la política actual —puntos que están relacionados sólo de manera tendenciosa con los sucesos de los años treinta y cuarenta. Coulter y los suyos quieren que los modernos liberales sean identificados con el CPUSA: Hiss=Obama. Navasky y sus amigos sospechan que cualquiera que investigue a Hiss esta promoviendo de forma encubierta “la supresión al por mayor de las libertades”: investigación histórica=Guantanamo. Hay algo mezquino e inerme en ese tipo de argumentaciones, y es por eso que moverse entre los escritos de los Coulters y los Navaskys es una tortura, como ver un capítulo inacabable de Crossfire.
Demasiada gente ha quitado interés a este capítulo concreto de la historia, al manipularlo por motivos sectarios —como antaño hizo el senador McCarthy. Tal vez la mejor manera de enterrar el fantasma de McCarthy, y devolverle la vida a uno de los momentos más turbulentos de la historia intelectual americana, es seguir el ejemplo de este libro realmente importante y oscuramente fascinante. Seguir los hechos, sólo los hechos, porque ellos pueden conducirte a sitios que son aún más extraños que la ficción.
Anne Applebaum es columnista del The Washington Post y de Slate, y autora de “Gulag: A History” (publicado en Estados Unidos por Doubleday)
[Traducción de Juan Carlos Castillón]






Sr. Claudio,
Si, su explicacion es una buena manera de hacer apologia por los espias. No importa lo de los espias en la administracion de FDR porque esos no hacieron daño alguno, mientras que Bush si que hizo daño. Pero durante la administracion Bush ni Ud ni yo tuvimos mucho que preocuparnos por otro atentado terrorista,no?
Deje de tomar tanto Obama Kool-aid que le esta haciendo daño la sobredosis.
Muy bueno el articulo.
……..,Francotirador,pero a nivel mundial y de respeto para los EEUU, la que mas dan`o causo fue la administracion superconservadora republicana del Sr.W.Bush.
Infinitas gracias por sus dos aportaciones de hoy, señor Castillón. Ya no son cosa de mañana de domingo. Me llevarán toda la semana.
Gracias a Castillón por la traducción.
La administracion democratica de FDR estaba infiltrada por espias sovieticos de punta a cabo. Espias como Alger Hiss, Harry Dexter White, Michael Straight, y otros en el Dept. de Justicia como Elizabeth Bentley. El Dept a cargo de inmigraciones en ese tiempo inflitrado por comunistas hizo todo lo que pudo para impedir que el Coronel de la NKVD Walter Krivitsky se pudiera quedar en USA y declarar ante el Congreso sobre los espias sovieticos infiltrados en USA. Whitaker Chambers los denuncio pero al preincipio ni el propi FBI le presto mucho caso. EL Col. Krivitsky finalmente fue asesinado en el medio de Washington en un hotel despues de haber denunciado que estaba marcado para ser asesinado. La NKVD lo hizo parcer como un suicidio. Los espias Rosenbergs y Alger Hiss por años fueron defendidos por la izquierda norteamericana como inocentes victimas del McArthysmo y hoy los archivos de la antigua URSS los revelan como agentes de inteligencia. Hast el famoso periodista I.F. Stone de la izquierda norteamericana era agente sovietico. No hay dudas de que habia muchos mas que ahoran estaran retirados de sus puestos en el Dept. de Estado y nunca sabremos quienes eran. Ana Belen Montes y los Myers no estaban trabajando solos. Hay muchos mas complices todavia trabajando para los enemigos de USA.