Penúltimos Días

La danza bajo Hitler

May 30, 2009 · 2 Comentarios

¿Por qué los nazis, que prohibieron mucho del arte moderno, hicieron una excepción con la danza? ¿Por qué fue la danza el único género “moderno” al que le dieron entusiasta bienvenida? ¿Por qué no fue considerada “arte degenerado”, como el expresionismo alemán, la música atonal o la pintura abstracta? Porque desde la década del 20 del pasado siglo la danza moderna alemana enarbolaba conceptos de movimiento y ciertas intenciones formales cercanas al racismo y al nacionalismo de los nazis. La figura más eminente de la danza alemana de la época, Rudolf von Laban, y probablemente la más grande en la danza moderna en el siglo XX, deseaba hacer del cuerpo un “medio de regeneración”, la versión física del “hombre nuevo” anhelado por los nazis. En realidad, tanto la Ausdruckstanz (la danza expresionista alemana) como el nazismo compartían el mismo substrato místico, irracionalista y utopista que floreció alrededor de la Primera Guerra mundial. Una de sus lazos comunes, la doctrina teosófica, queda patente en la antroposofía de Rudolf Steiner, quien creó la eurritmia.
La conexión más importante sería, sin embargo, la esencial, aunque parezca llevada al extremo: la del saludo nazi. Ese movimiento físico convertía a la masa anónima que lo ejecutaba en parte de una coreografía masiva. El propio Führer realizó el potencial de la “danza” para el régimen, como medium (ya los antecesores de Laban preconizaban similares bailes de trance, aunque éste trabajó la herencia más intelectualmente) para hacer visible la ideología nacional-socialista. Hitler declaró en 1942: “La danza, junto con la música, es la expresión cultural primaria del Volk“.
Esta interacción entre la danza moderna alemana y el estado totalitario tiene antecedentes interesantes. Tras la humillante derrota prusiana en Jena en 1806, por Napoléon, empezó a buscarse una encarnación física de la nueva ciudadanía (la cual se logró, en definitiva, y contribuyó luego a su vez a la derrota de Napoleón), a través de la cultura de la excelencia del cuerpo, con vistas a la resistencia. Ese fue el nacimiento de la gimnástica, que se convirtió en la disciplina olímpica que conocemos hoy.
Mutatis mutandis, las grandiosas concentraciones de los nazis y sus espectáculos coreográficos, la “política estética”, instrumentada por Albert Speer e “inmortalizada” por Leni Riefensthal fueron una extensión, aun si más concreta, del interés de los nazis por lo danzario. Éste otorgaba el nexo más profundo: el del cuerpo. Por ello, además del substrato ideológico que compartían, la danza fue el arte connatural al liderazgo nazi.
Como apuntan Lilian Karina y Marion Kant en su libro Hitler’s Dancers (Berghahn Books, 2004), los bailarines más representativos de la danza moderna alemana (además de Laban, Greta Palucca y Mary Wigman, por ejemplo) “no simplemente se adaptaron a los Nazis, sino que comenzaron por asumir que su danza moderna era por naturaleza una imagen de las ideas nazis”. Este libro, que causó cierto revuelo cuando apareció debido a su “incorrección política”, puso de manifiesto no sólo la “arianización” del género bajo el III Reich —es decir, la exclusión de los artistas judíos del espectáculo danzario—, sino cómo Hitler le confió la danza a Goebbels, su ministro de Propaganda. Para ello, las autoras hurgaron, entre otras fuentes, en los archivos de la ex-República Democrática Alemana, los cuales no eran “evidentes”.
Laban, cuyo genio nadie discute, preparó el programa danzario de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, el mismo año en que devino director de la danza al más alto nivel del Reich. Pero enseguida, tras los Juegos, enfrentó problemas con el régimen, fue revocado de su cargo, asignado en “plan pijama”; su célebre sistema de notación, su nombre y sus libros, prohibidos. Pudo escapar a París, y luego a Inglaterra.
A pesar de tal entuerto, intrínseco a los totalitarismos, Hitler había comprendido que, para explotar las reacciones emocionales de los alemanes tenía que “cadenciar” sus movimientos colectivos en un nivel irracional, infraverbal, que es el propio de la danza. De ahí que se propusiera el utilizarla —y metamorfosearla en consecuencia, en esos grandes “rallies”—, perdonándole sus devaneos “modernistas”, que no lo eran tanto, sino lo contrario. El movimiento perfectamente coordinado pasó a ser una técnica política nazi.
En Cuba, ballet clásico aparte, las concentraciones —y sucedáneos— en la Plaza de la Revolución, remedos de las del Führer, han sido menos estrictas formalmente, pero acaso con la “sabrosura” del ritmo de la conga: “Uno, dos y tres, qué paso más chévere…” En el totalitarismo tropical, no hay que esforzarse mucho para uniformar —y controlar— en cadencia a “la masa”.

Isis Wirth
Munich

2 Comentarios ↓

  • CS

    No hay palabras mas falsas que la declaracion de que hay una separacion entre lo artistico y lo politico, de alguna manera u otra siempre hay un link, y Isis es la reina en demostrarlo.
    A proposito de Hitler’s Dancers me acuerdo que hubo un revuelo parecido acerca de un libro de los ochenta o noventa que trataba de como mucho de lo que sabemos hoy dia del cancer del seno viene de las torturas que sufrieron mujeres judias en los campos de exterminacion de los nazis.

  • ZV

    Toda la mímica hitleriana que Chaplin tan bien imitó y se burló de ella en El Gran Dictador es puro movimiento danzario, casi un hip hop. Toda secta tiene como blanco el cuerpo, la inmovilización es siempre primero física, enseguida mental. Excelente artículo.

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