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A propósito de “Boarding Home”

  • may 22, 200901:25h
  • 9 comentarios

“Se llamaba Boarding Home pero yo sabía que sería mi tumba”.

Boarding Home es uno de esos raros libros que seguirá siendo bueno donde quiera que se publique. Quería escribir algo sobre Guillermo Rosales y su libro, que para mí —no importa cómo lo bautice la editorial de turno— se llamara siempre Boarding Home, y me han dado las tres de la mañana buscando el nombre del hospital psiquiátrico sobre el que hizo su trabajo Geraldo Rivera, un periodista que probablemente no ha oído hablar ni Guillermo Rosales ni de su libro.

Hay dos hechos que carecen de conexión entre sí y que sin embargo es necesario conocer para entender Boarding Home como una novela realista, a pesar de su ambiente y sus personajes. Uno es la imagen que la comunidad cubanoamericana ha llegado a crear, y a creerse, de sí misma como grupo. El otro, la llamada desinstitucionalización de los enfermos mentales en los Estados Unidos, que consistió —básicamente– en dejarlos en la calle.

Sabemos cual es la imagen que los cubanos han logrado crear de sí mismos y la reacción que causó a muchos de ellos la llegadada de los marielitos. A muchos de los cubanos ya instalados en Norteamérica, la gente que llegó por el Mariel recordaban con su mera presencia la evidencia incómoda de una Cuba distinta que no compartía sus valores: rural, pobre, santera y negra.

Generalizo, y al hacerlo soy necesariamente injusto. No todos los recién llegados, probablemente ni siquiera la mayoría, entraban en esa clasificación, pero muchos eran campesinos o de origen campesino, bastantes eran negros o mulatos, había mucha gente joven formada bajo el castrismo que siendo anticastrista no compartía o no conocía sin embargo la República recordada, a veces imaginada, de la primera generación de exilados.

Staten Island, New York, es un lugar que no aparece en Boarding Home y que Guillermo Rosales probablemente no llegó a conocer. En 1972, Geraldo Rivera, un periodista que arrastraba el peso de pertenecer a dos minorías, la judía y la portorriqueña, en un negocio en que todo el mundo todavía era, o parecía ser, anglosajón, descubrió la fama con un reportaje sobre los hospitales psiquiátricos administrados por el Estado, en concreto el Willowbrook Developmental Center. Su investigación demostró que los pacientes de Willowbrook eran maltratados por el personal, usados en experimentos médicos sin su consentimiento —a algunos se les llegó a usar como cobayas en la investigación de la hepatitis— y rara vez curados. De forma típicamente norteamericana (puesto que algunos hospitales estatales no funcionaban bien, todos fueron suprimidos y los internos fueron desinstitucionalizados), en pocos años los Estados Unidos volvieron a ser, al menos en ese aspecto, una sociedad medieval en la que los locos andaban libres en las calles. Antes del reporte de Rivera, más de la mitad de la gente con problemas psiquiátricos en los Estados Unidos estaba en hospitales, no todos dirigidos de forma tan desastrosamente criminal como Willowbrook, y una pequeña minoría, se cree que un 4%, en prisión. Hoy, en los Estados Unidos, hasta un 90% de los enfermos que necesitan tratamiento psiquiátrico están en la calle, un 2% de los enfermos conocidos está en centros hospitalarios estatales y una cantidad incierta, hasta un 15%, si creemos en el Departamento de Justicia, permanece en prisión. Si los números no cuadran es porque no hay estadísticas fiables al respecto. En Estados Unidos hay ahora mismo tres veces más enfermos mentales en prisión que en hospitales públicos.

Desde luego los párrafos anteriores no tienen nada que ver con la literatura pero ayudan a comprender que esa casa que describe el autor, esos personajes, esa situación de partida, en los que sería demasiado fácil adivinar símbolos del mal absoluto en vez de personas, lugares o situaciones reales, están descritos tal y como muy probablemente han podido existir. Eso es importante porque a la hora de leer literatura demasiadas veces tendemos a ver símbolos donde no los hay. Muchos han visto en Boarding Home una crítica despiadada del sueño americano, otros un panfleto anticastrista.

Ambas lecturas son posibles y en realidad complementarias, pero a veces una pipa es sólo una pipa, un hijo de puta que abusa de alguien sin protección sólo un hijo de puta, e incluso una casa en ruinas y mal cuidada puede ser sólo una casa, no la representación simbólica de la Cuba de Castro o del sistema capitalista, aunque aparezcan descritos en una novela. Este conocimiento nos deja también con la preocupación de que el autor pueda tener más puntos de contacto con ese personaje, condenado al ostracismo por su propia familia, de lo que querríamos suponer los lectores. Siempre nos duele ­—al menos siempre me duele— ver cuando la vida se ensaña con alguien.

De este libro breve, más noveleta que novela, se agradece ante todo la brevedad. Doscientas páginas de claustrofobia y malos tratos serían excesivas para cualquier lector. Sé, al menos, que lo serían para mí. Es un homenaje al talento del autor que leyéndolo podamos llegar a oler esa mezcla de miedo, aire viciado, comida agria y orín que es el perfume real de tantos boarding homes.

En el libro hay un director corrupto, Curbelo, que se enriquece a costa de sus pensionistas, y al que no le pasará nada debido a sus conexiones políticas; Arsenio, un administrador/carcelero sádico que golpea, roba y viola impunemente a los internos; Reyes, un tuerto de ojo purulento; Ida, una gran dama de la burguesía venida a menos; un viejo con incontinencia que se mea en todas las esquinas y, desde luego, William Figueras, escritor y alter ego del autor, leyendo a los románticos ingleses en medio del caos y la mierda que le rodea. En el libro vemos el retrato implacable de una brutalidad cobarde y mezquina. Vemos también personajes, pocos, que brillan: un amigo fiel que lleva libros al infierno para que Figueras no enloquezca (varias personas me han dicho que se trata de Carlos Victoria), y una mujer sensible —Francis— de la que el protagonista se enamora.

Figueras es escritor. Francis quiere ser pintora. Entre ellos hay una historia de amor que podría haber redimido todo pero que acaba truncada por la avaricia y la estupidez. La historia de amor tiene que fracasar para que la novela cause el efecto deseado. El autor no desea un final feliz, ni siquiera un final ambiguo. El libro no tiene por tema central el amor y la redención, sino el fracaso, la brutalidad del cobarde sobre el indefenso, la pérdida de la humanidad. Hay una caída final del personaje, en la que nos damos cuenta que ya nunca se levantará sin necesidad de que nadie nos lo diga. En el libro hay, sobre todo, talento. La mugre, la humillación, el olor a perdedor que se desprende de esas casas en las que se abandona a la gente que sobra, nunca han tenido un mejor cronista. Hay también un pasado de desilusiones y fracasos que pertenece a toda una generación y no sólo a sus protagonistas, porque cuando eran jóvenes los personajes soñaron:

—Mi cielo –dice– ¿Fuiste comunista alguna vez?
—Sí.
—Yo también.
Callamos. Luego dice:
—Al principio.
Recuesto la cabeza en la columna y canto en voz baja un viejo himno de los primeros años de la revolución:
“Somos las brigadas Conrado Benítez, Somos la vanguardia de la revolución”
Ella lo completa:
“Con el libro en alto, cumplimos una meta, Llevar a toda Cuba la alfabetización”
Nos echamos a reír.

Pero esta es una risa triste que no tiene que ver con la nostalgia satisfecha y feliz. Figueras llega a Miami junto a la gente del Mariel. Francis fue alfabetizadora: “Yo enseñe a leer a cinco campesinos”. Ambos pertenecen a una generación que creyo en la Revolución. Rosales en su juventud escribió sus primeros cuentos en Mella, la revista de la Asociación de Jóvenes Rebeldes. No faltan entre los exilados antiguos combatientes de la Sierra Maestra, viejos comunistas del PSP, ex milicianos, ex alfabetizadores, ex miembros del partido, ex revolucionarios. Gente que sacrificó su juventud, su futuro, y el de su país, tratando de forzar la historia, para acabar aplastados por ella. Cuanto más sinceros fueron de jóvenes, peor lo pasan ahora en medio de una ciudad en la que todos, sepan o no su pasado, les recuerdan a cada paso su fracaso, Sobre ese fracaso parece construirse una nueva dictadura. Si en su juventud fueron oportunistas, ahora no sólo han sobrevivido sino que incluso han progresado; si en su juventud fueron sinceros tienen que estar, finalmente, entre los seres más infelices del exilio.

Con el pelo largo y sin saberse vestir como debe vestirse una persona “normal” y trabajadora, incapaz de aceptar como propio el mito del cubano vencedor capaz de vender cualquier cosa a cualquier persona, Guillermo Rosales fue apartado por su propia familia de la vista pública y aparcado en un boarding home. Perseguido en Cuba, maltratado allí en hospitales psiquiátricos a los que no siempre se entraba loco y de los que rara vez se salía cuerdo, fue un perdedor crónico también en los Estados Unidos. Desterrado, esto es un hombre sin tierra, y lo que es peor sin tierras ni propiedades, su libro y su vida son el retrato de un Miami incómodo que no aparecera ni en Gata salvaje ni en CSI-Miami, pero tampoco, eso es más grave, en el autorretrato de familia cubanoamericano.

No puedo presumir de haber conocido a Guillermo Rosales como lo conocieron sus amigos de Cuba. Sólo lo traté como librero y tengo el recuerdo de un hombre callado y desconfiado que, como tanta gente que ha pasado media vida recibiendo golpes, parecía siempre en guardia. El negativo exacto del cubano expansivo y dicharachero que te encuentras diariamente en la Calle Ocho. Un hombre difícil de tratar pero, por la fidelidad que hasta el final le guardaron sus amigos, supongo que en algun momento de su vida anterior tuvo que ser un buen amigo, además de un escritor de talento.

En cualquier caso, Rosales no era un escritor improvisado de esos que escriben un libro autobiográfico y después descansan. Había pertenecido al grupo de amigos que rodeaban a Reinaldo Arenas en Cuba primero y Miami después. Ahí estaban los hemanos Abreu, Luis de la Paz, Carlos Victoria, que lo retrata en uno de sus cuentos, Ismael Lorenzo, creo que René Ariza, todos ellos buenos escritores que con más o menos fortuna han logrado publicar su obra estando ya fuera de Cuba. Vine a conocerlo, a tratarlo mínimamente, después de que ganara el Premio Letras de Oro con Boarding Home, un libro que fue desgraciado incluso en la victoria

Juan Carlos Castillón
Barcelona

Foto: Ana Trip, en Flickr.

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9 respuestas
Comentarios

  • Juan Carlos Castillon dice:

    Comentarios a los comentarios

    A. El título

    Un Boarding home es desde luego una casa de huespedes en la mayor parte de los Estados Unidos pero en el inglés de los cubanos de Miami ha pasado a definir sobre todo a esas casas en las que se aparca a los miembros perdidos de las familias, a aquellos que uno no quiere ver en la casa familiar… No todos son como el descrito en la novela pero hay unos cuantos así…

    B. Rivera

    Que Geraldo Rivera fuera en su juventud un Young Lord es tan poco importante para el artículo como que años después trabajase para la conservadora FOX: los datos que dio eran en su día correctos y la solución que se dio al problema por él expuesto, en mi opinión fue la incorrecta… Lo que nos lleva a…

    C. La medicina social y el cuidado de los locos

    No estoy a favor del free lunch en muchas cosas pero la salud pública DEBIERA ser eso, “pública”, como la educación, y Europa ha demostrado por mucho tiempo que sí es posible compaginar unas sociedades libres, tanto conservadoreas como liberales o socialdemocratas, con una medicina social y que la existencia de una medicina social no es encesariamente un primer paso al comunismo sino que, precisamente el welfare state es la mejor de las defensas contra la demagogia comunista… Yo que en cuestiones de política internacional continuó estando del lado del partido republicano tengo que decir que en cuestiones de política social cada vez veo con más simpatia lo que fue el New Deal de Roosevelt.

    D. Los antiguos comunistas
    Alguien debería hablar, aunque ya se ha hecho, sobre los ex comunistas en el exilio. Sobre la gente que comprometió, a menudo de forma sincera, su vida entera al servicio de una causa que después resultó no sólo fracasada sino criminalmente fracasada. Los análisis que se ha hecho sobre esa gente han sido normalmente simplistas, lo que es normal porque después de todo su fallo ha sido grande, y la culpa y el costo humano de los regimenes que han construido incalculables.
    Sin embargo varios de los más influyentes anticomunistas fueron en su juventud comunistas. Es el caso de Jean Valtin, Whittaker Chambers o Arthur Koestler, los autores de los tres libros que convirtieron ante la opinión pública norteamericana al “Tio Joe” de la propaganda aliada de la Segunda Guerra Mundial en el Stalin contra el que los Estados Unidos se alzó a partir de 1948. Hay que decir que fueron valientes en su deserción… por muchos años Whittaker Chambers estuvo convencido de que al apostar por los Estados Unidos y la democracia estaba apostando por el caballo perdedor y que moriría por cambiar de bando y pese a todo lo hizo por una cuestión de principios… Eudocio Ravines en Chile, Masferrer en Cuba (y esos dos sí murieron aunque en distintas circunstancias) fueron otros comunistas que cambiaron de bando y combatieron aquello en lo que habían creido… Hasta ahí aquellos excomunistas que recordamos y normalmente perdonamos (Masferrer sigue siendo criticado por haber apoyado a Batista pero rara vez por haber sido rojo), pero ¿y los alfabetizadores, los que creyeron en la nacionalización de la Coca Cola o el Bacardi, los que en un momento de locura o entusiasmo se hicieron CDRs, y ahora no saben escribir libros con los que disculparse? Miami está llena de gente que incluso en medio del éxito económico de su comunidad — ¿cuantas comunidades desterradas han llegado a ser de clase media en solo una generación? — saben, aunque no lo confiesen, que su principal contribución a ese éxito no está en la forma en que han trabajado en Estados Unidos sino en todo lo que ayudaron a destruir en su país natal.

    E. Finalmente los Acentos
    Mea culpa, mea grandisima culpa. Suelo escribir de madrugada y cansado… es mi única excusa para los acentos, de todo lo demás en el artículo asumo mi culpa…

  • Luis Casacó dice:

    Corrijo el garrafal error: el locutor del programa “Ventana al Mundo” de Radio Martí era Gilberto Rosal, y no el reseñado escritor. Lamento la confusión.

  • maite dice:

    No he leído la novela pero la reseña es buenísima. Y como dice Sin Ganas “divino” el resumen de tres renglones:

    “Si en su juventud fueron oportunistas, ahora no sólo han sobrevivido sino que incluso han progresado; si en su juventud fueron sinceros tienen que estar, finalmente, entre los seres más infelices del exilio.”

    Un amigo mío que vive en Madrid siempre me dice que la gente no cambia porque se vaya de Cuba, cambia sólo de contexto.

  • Solabaya dice:

    Buen articulo. Hay typos, como que faltan acentos en “cayo” o “se” pero se lee bien. Se agradece.

  • alina brouwer dice:

    Gracias.
    A.B.

  • Sin Ganas dice:

    Un texto impecable, sentido y nada sentimental.

    En España, y creo que en toda Europa, sobre todo en Italia, también pasó. Vino de la mano de la extrema izquierda, se llamó antisiquiatría, y uno de sus popes fue un auténtico loco llamado David Cooper. autor de un texto alucinado que leí, alucinado, llamado “la gramática de la vida”.

    A los que llevaban la contabilidad de los hospitales siquiátricos les vino muy bien, les salvó la vida.

    Todos a la calle, y entre aquellos todos, salió el “arropiero” que en los alrededores de mi casa mató a más de 16 mendigos y “sin hogar” que se sepa, es posible que a más.

    Pero eran asuntos entre gente que no tenía para pagar, y por lo tanto no podía recibir, lo que les obligaba a “no almorzar gratis”. Depender de la caridad es lo que tiene, que a veces no almuerzas y además te matan.

    Y señor Castillón, esto suyo es divino:

    “Si en su juventud fueron oportunistas, ahora no sólo han sobrevivido sino que incluso han progresado; si en su juventud fueron sinceros tienen que estar, finalmente, entre los seres más infelices del exilio.”

  • El Niño Atómico dice:

    El problema con el término “Boarding Home” es que esto describe una casa de huéspedes. El problema con Halfway House es que describe una casa donde presidiarios viven para tratar de re-adaptarse a la sociedad. Aunque ninguno de estos dos describe los hogares para enfermos mentales, por lo menos Halfway House da la impresión de ser una institución.

    Y parece haber un gran malentendido acerca de la actitud en los EEUU para con los enfermos mentales, el cual es demostrado por la inclusión de lo que ahora se llama eufemísticamente “developmentally challenged” y en el pasado se conocían como retrasados mentales. Estos pacientes no son enfermos mentales como los esquizofrénicos u otros. Pero al igual que los otros, tienen el derecho a participar como miembros de la sociedad. Lo que ustedes llaman “dejarlos en la calle” es un esfuerzo a sacarlos de los hospitales y otros centros de reclusión, y darles la libertad que se merecen. Desafortunadamente, parte de vivir en una sociedad libre es la responsabilidad de tener que financiar uno sus necesidades. Hay dos dichos que deberían ser enseñados a todoa los ciudadanos del mundo, especialmente a los de inclinación socialista. El primero es “Uno recibe lo que uno paga”, y el segundo es “El almuerzo gratis no existe”. Si lo que se desea es ser mantenido por el estado, sin haber contribuído un centavo a éste, se debieron haber quedado en Cuba, ejemplo perfecto de la validez de las dos máximas.

  • Reportero dice:

    Dos datos fuera de contexto:
    1. Se omite decir que el reportero Geraldo Rivera fue dirigente de los Young Lords, un grupo radical marxista puertorriqueño.
    2. Lo que incomodó al exilio histórico de los Marielitos fueron los más de 5,000 delincuentes y locos que Fidel Castro barrió de sus celdas. En el primer año tras la llegada de los Marielitos, los robos y homicidios estaban a la orden del día. Igualmente los secuestros de aviones de expatriados a la fuerza que no pudieron adaptarse. No conozco a ningún Marielito que pueda negar que alguien del exilio histórico no le dió un plato de comida o alguna ayuda.

  • Luis Casacó dice:

    Sentido homenaje. Yo escuchaba su programa “Ventana al mundo” en Radio Martí, uno de los mejores que tuvo la emisora en sus inicios. Recuerdo con gratitud aquel que le dedicó a Jaime Almiral, el conductor del único programa de radio que escuché alguna vez en Radio Progreso: “Esto no tiene nombre”. Pero nunca leí nada de su autoría. Con los años, conocí a su hijo, mi amigo Gilbert.