Para Vicente Echerri, que ha visto claro.
A veces podemos ser unos extraños para nosotros mismos. Un país, una ciudad, ciertas fotos, nos descubren de pronto un trozo de autobiografía desconocida, el recuerdo que llevábamos con nosotros sin saberlo y que sigue latente, esperando para ser revelado. Algo parecido sucede con algunas zonas de la memoria de un país, tironeadas por los historiadores, manoseadas por los ideólogos, pero capaces de conservar su poder de fascinación, no tan ajeno a aquello que Barthes llamaba el punctum, ese detalle que rebasa la superficie de una foto antigua para provocar una respuesta emocional inesperada.
Ese es el ritual que recomienza cada 20 de mayo, nuestro recordatorio de una imagen pospuesta, la atracción por un punctum histórico. Ni siquiera los nacidos después de 1959 podemos evitar cierta fascinación por la República, menospreciada, vilipendiada y rebajada por la historiografía y la doxa revolucionarias. Sobre ella pesa el estigma de un adjetivo, plattista, como recordatorio de la tutela —cierta— que sobre la isla ejercieron los Estados Unidos, amenazas militares incluidas. Pero no es difícil descubrir también muchas evidencias de que todas las facciones políticas cubanas utilizaron a los norteamericanos de la manera más conveniente para sus intereses —que no siempre fueron los de la plena soberanía o los del altar cívico. Leer la historia del nacimiento de la República desde el patrioterismo barato de la ideología revolucionaria es condenar de antemano no sólo esa multitud de evidencias historiográficas, sino también el sustrato de una fundación democrática, que cumplió las exigencias mitológicas de nuestro nacimiento como nación.
Es fácil hacer burla y escarnio de la supuesta falta de realismo de nuestro primer presidente, su vocación de “suizo”, sus prejuicios antimilitaristas, su tono reverente de pater familias o su indeclinable certeza de que los Estados Unidos eran el único garante posible de la paz y que sólo bajo esa tutela podía Cuba llegar a ser una nación moderna, capaz de saltar sobre males acumulados durante siglos para conseguir la ansiada estabilidad.
Convendría también recordar más a menudo su honrada gestión económica, su celo de administrador, su integridad moral, su martiano horror ante la anarquía, su pulcritud y su fe en la instrucción pública como única manera de preparar al país para la democracia. El reto de Estrada Palma fue convertir en país a un gigantesco campamento, alejar los fantasmas de nuevas guerras civiles. Para ello tuvo que resistir (y resistió) muchas presiones políticas: las de aquellos insurrectos que ahora querían entrar en el nuevo gobierno (el Tiburón Gómez declaró premonitoriamente: “este viejo nos va a dar muchos disgustos”) y la de quienes aspiraban a que la liquidación económica de los veteranos se convirtiera en gigantesco sucedáneo de Lotería nacional.
La austera política económica de Estrada Palma causaba, por supuesto, gran irritación entre quienes presionaban para conseguir cargos públicos y estimulaban la codicia de los antiguos generales, sedientos de favores. Para evitar que los preciados millones del erario fueran dilapidados o malversados (como en efecto, ocurrió) y persuadido de la eficacia de su programa de gobierno, Estrada Palma buscó su reelección. También creía gozar del beneplácito y la aprobación de Washington, expresada en numerosas cartas y documentos oficiales. Sin duda, fue un error; pero lo que vino después también fue un error, el comienzo de una pifia gigantesca que todavía estamos pagando.
Conviene, entonces, volver con cierta nostalgia a esa imagen patriarcal de quien supo mantener a raya tantas y tan funestas ambiciones. Adusta, tal vez un poco ingenua, como litografía de un mundo artificial o, más bien, como recuerdo de una civilización perdida, pero capaz de irrumpir en el mezquino y ruinoso escenario de la Cuba de hoy con la misma dignidad con que irrumpe el Presidente en el banquete del capítulo quinto de Paradiso, la famosa novela de Lezama.
Paran los valses de Strauss, y Estrada Palma atraviesa ceremonioso el salón de baile “con la lentitud de una reverencia gentil en el ornamento de una caja de tabaco”. Sale Rialta a su encuentro (“¿No se acuerda de mí, Don Tomás?”) Y sí, resulta que el presidente que tantos acusaban de anexionista se acuerda muy bien de la hija de don Andrés Lima, y de las Navidades de Jacksonville, y de la desdichada tómbola… trozos novelescos de una mitología familiar, memoria de un exilio rebelde trocada en tristeza ante el pedido de Don Tomás: “No se olviden de traer sus restos, pues hay que mezclarlos con la tierra nuestra”.
Así se empieza a hacer una República: con el ritual de la memoria imponiéndose a las burlas de salón y al eco sordo del funeral.
Ernesto Hernández Busto
Barcelona
Foto: Cuarto de música en el Palacio Presidencial durante el gobierno de Estrada Palma. Tomas Estrada Palma Collection-Cuban Heritage Collection/University of Miami.
PD: Si alguien prefiere leerlo en inglés, ahí lo tiene. La traducción es cortesía de MJ Porter:
Image of the Republic
Sometimes we can be strangers to ourselves. A country, a city, some photos, suddenly we discover an unknown piece of autobiography, the memory we unknowingly carried within us, dormant, waiting to be revealed. Something similar happens with some areas of memory of a country, tugged at by historians, manipulated by ideologues, but able to keep its power of fascination, not so far from what Barthes called punctum—that which pierces the viewer—the detail that goes beyond the surface of an old photo to call forth an unexpected emotional response.
That is the ritual we begin again each May 20, a reminder of an image postponed, the attraction of an historic punctum. Not even those born since 1959 can avoid a certain fascination with the Republic, despised, vilified and diminished by the revolutionary historiography and orthodoxy. Weighed down by the stigma of an old adjective, plattista, a vestige of the Platt Amendment and a reminder of the guardianship exercised over the island by the United States, including the military threats. But it’s not difficult to find a great deal of evidence that all Cuban political factions used the Americans as best suited their own interests, which were not always those of full sovereignty or of the civic altar. To read the history of the birth of the Republic from the cheap jingoism of revolutionary ideology is to condemn in advance not only the vast historical evidence, but even the substrate of a democratic foundation that served the mythological exigencies of our birth as a nation.
It is easy to mock and scorn the supposed lack of realism of our first president, his vocation as a “Swiss”, his anti-military prejudices, his reverent pater familias tone, and his undeniable certainty that the United States was the only possible guarantor of peace, that only under its tutelage could Cuba become a modern nation, capable of throwing off the evils accumulated over centuries to obtain the longed-for stability.
We would do better to recall more often his honest economic management, his conscientious administration, his moral integrity, his Martí-like horror of anarchy, his meticulousness and his faith in public instruction as the only way to prepare the country for democracy. The challenge of Estrada Palma was to turn a giant military camp into a real country, and away from the phantoms of new civil wars. To do it, he had to resist (and did resist) many political pressures: those of the insurrectionists who now wanted to enter the new government (Tiburón Gómez declared premonitionally: “This old man is going to give us much grief”), and of those who hoped the payout to the veterans would become a huge ersatz national lottery.
The austere economic policy of Estrada Palma caused, of course, great irritation among those who pressed for public office and stimulated the greed of the former generals, thirsting for favors. To prevent the precious millions in the treasury from being squandered or misappropriated (which is, in fact, what happened), and persuaded of the effectiveness of his government program, Estrada Palma sought reelection. He also believed he enjoyed the blessing and approval of Washington, as expressed in numerous letters and official documents. Without a doubt, he was wrong; but what happened next was a mistake, the beginning of a huge blunder we are still paying for.
It is appropriate, then, to return with a certain nostalgia to this patriarchal image of one who knew how to control so many people and such disastrous ambitions. Austere, perhaps a bit ingenuous, like a lithograph of an artificial world or, better yet, like the memory of a lost civilization, but capable of bursting onto the petty and ruinous scene of today’s Cuba with the same dignity that the President burst into the banquet in the fifth chapter of Paradiso, Lezama’s famous novel.
Stop the Strauss waltzes, and Estrada Palma ceremoniously crosses the ballroom “like a nicety on the lid of a cigar box.” Rialta comes to meet him (“Don’t you remember me, Don Tomás?”). And yes, as it turns out, the president, accused by so many of being an annexationist, remembers the daughter of Don Andrés Lima very well, and that Christmas in Jacksonville and the horrible bazaar, fictional pieces of a familiar mythology, memory of an exiled rebel turned to sorrow before Don Tomás’ request: “I hope you are planning to bring his remains back, he must become part of our soil.”
So we begin to make a Republic: with the ritual of memory asserting itself to the mockeries of the salon and to the deaf echo of the funeral.
Ernesto Hernandez Busto
Barcelona






Muy bueno. La nostalgia de esa republica que no conocimos es evidente en muchos de nuestra generacion.
Existe algun libro sobre Estrada Palma que me pudieran recomendar?
Brillante, gracias, le pongo link.
Imagen de la República. Ernesto Hernández busto. « Zoé Valdés // May 20, 2009 at 13:34
[...] Imagen de la República. Ernesto Hernández busto. 2009 Mayo 20 tags: Ernesto Hernández Busto by Zoé Valdés Excelente post de Ernesto Hernández Busto en Penúltimos días. [...]
Busto, tu hubieras militado con orgullo en el partido de Menocal
Estupendo y necesario. Gracias.
Muy de acuerdo Ernesto. Hace 7 años eramos solo un puñado de cubanos los que festejamos como se debia el centenario de la republica. Habra que esperar 100 años mas?
Lo triste es que nunca merecimos a alguien tan decente como Estrada-Palma.
Ernesto, mis respetos. Excelente, y loable la necesidad de revisar punto a punto y con espíritu de justicia la historia republicana, manchada desde mucho antes del 59 por todo tipo de intereses, en especial los de aquellos que odian y destruyen. Ponte las pilas y sigue elaborando este tema.
Bueno, y que apellidos para el primer presidente de una isla cubierta de palmas.
Magnifico….Si todo tiempo pasado fue mejor, yo agrego todo tiempo pasado, antes de 1959, fue mejor. Que duda cabe?
Y deberiamos establecer un paralelismo entre “Plattismo” y “Krushevismo”. Que no solo el Senador de Mass. tenia designios imperiales
Me cuadra esta nota. Un trago de ron por la primera república. Salud, paisanos!
El prócer puertorriqueño, Betances, sostuvo una entrevista con Estrada Palma, en 1878, y lo retrató en sus verdaderas dimensiones (que según Betances no eran muy impresionantes). Se puede notar que entonces, como siempre, era Estrada Palma enemigo de la independencia hasta el punto de separarla por completo del concepto de la libertad, y que la “libertad” ofrecida por la autonomía o por el anexionismo le eran preferibles, como lo demostró 25 años más tarde, cuando, consumida la independencia, reclutó a los autonomistas y anexionistas más prominentes para su gobierno, lo cual hubiera sido admirable sincretismo si no hubiera excluido a la misma vez a los que con su sangre nos ganaron la independencia y la libertad.
Dice Betances:
[A]quí está el expresidente Estrada. Es un hombrecillo nervioso que, sentado en un sillón, alcanza apenas el suelo con el pie.
Cuando está hablando (vulgaridades) y diciendo que nadie ama más que él la libertad — en el orden — y que todo se ha de hacer — en el orden — le sucede que a veces le falta la palabra, y entonces extiende la punta del pie e involuntariamente da dos o tres golpecitos, y escupe. Me dicen que en su pueblito lo llamaban “El Bobo de la Punta”; y le aseguro que si yo hubiera conocido al hombre antes de que cayera el poder en sus manos, no me hubiera tomado el trabajo de ponerme a hacerle la oposición; que desde luego hubiera pensado que estaba perdida la revolución.
Es evidente que este hombrecillo, mellado por más señas, fue escogido por los que quieren manejar al gobierno de Cuba, sin responsabilidad, para echar abajo el monumento de Céspedes.
A él mismo se le ocurrió decir, en la conversación que tuvo delante de mí:
“En cuanto entró la desunión en el campo cubano cada jefe se hizo amo en su puesto, y hubo de perecer la revolución.” — Y quien había de someterse a ese pobre personaje, tan nulo intelectualmente como físicamente ridículo?
Tiene grandes proyectos: “la libertad — en el orden” — y “la fundación — en el orden — de buenos ciudadanos”. El entiende que trabajar por la libertad de Cuba (es de notar que el hombre no habla nunca de independencia) es unirse todos los que siguen los tres caminos distintos de la autonomía, de la anexión y de la independencia. “Sin hablar jamás ni de independencia, ni de anexión, ni de autonomía para conseguir un cambio en la situación de Cuba”. Tal es la “fórmula” que ha encontrado. Mientras tanto es preciso “formar ciudadanos virtuosos y amantes de su deber”.
Para esto y para aquello hay que organizar grupos en todos los puntos donde haya cubanos y reunir fondos. Estos servirán — cuando haya ciudadanos virtuosos “que hoy son bastante abyectos” (sic) — servirán, digo, para comprar armas… de aquí a tres siglos.
El hombre nos salió leyendo, o mejor dicho haciendo leer por su secretario Hernández — otra luz mellada — una carta larguísima dirigida a Gener, pintando el estado de su alma y hablando, para llegar a la revolución cubana, de Herbert Spencer, de Darwin, de evolución de tiempos prehistóricos, de selectos y profanos etc., etc., para hacer ver sin duda que estudió latín en su tiempo y que está al corriente de lo que hoy se estudia, pero haciendo ver que ni supo lo que estudió ni sabe lo que habla. Toda la carta escrita en lenguaje tan vulgar y más de una vez disparatado, a pesar de lo enfático de su lectura que hacia dormir a Pérez, que estaba a mi lado, y ¡el pobre! a mí me daba lástima verlo tan satisfecho. ¿Usted se acuerda de Vicente Justiz, a quien Castillo llamaba don Feliciano de Silva (el de Don Quijote) por los disparates de sus escritos? Pues el tipo éste es parecido, aunque inferior, a don Feliciano de Silva.
Y sin embargo ése es el hombre que se atrevió a reemplazar a Céspedes, y que fué, según dice Anita (la señora de Céspedes), uno de sus asesinos; y ése es el hombre que tiene estusiasmados a los muchachos de tal manera que, delante de él y sin que protestara, se atrevio a decir Codina: “¡Ojala que hubieran fusilado a Vicente García, desde el principio, para que no hubiera dado tanto que hacer!”
Manuel,
Estrada Palma ha sido una figura bastante polémica para los historiadores. El retrato de Betances que usted cita es negativo. La gente como Betances preferían a políticos de corte romántico, a esos grandes oradores que no se cansaban de hablar de independencia, y que tenían grandes ansias de poder. Sus razones tendría Betances –y no es difícil deducirlas. Él apoyaba a los enemigos de Estrada Palma, que se sintieron desplazados por la designación del presidente –con el apoyo de Máximo Gómez, por cierto. Pero los hechos están ahí, y es eso lo que ha de juzgarse.
Ernesto:
La frase “la gente como Betances” se puede cambiar, fácilmente, por “la gente como Martí”, pues nadie le gana al cubano en lo que se refiere al romanticismo. Pero Betances era un romántico práctico, como también lo era Martí. Fue Betances quien facilitó el ajusticiamiento de Cánovas del Castillo, el genocida de los cubanos. Aceptó ser el delegado en Europa del Partido Revolucionario Cubano, a petición de Martí, y cuando muere éste, continuó bajo las ordenes de Estrada Palma hasta su propia muerte en 1898. No hay sacrificio mayor para un hombre como Betances que someterse a la autoridad de un hombre como Estrada Palma. Pero la patria — y para Betances no había distinción entre Cuba y Puerto Rico — merecía el sacrifico de su propio ego. Estrada Palma, desgraciadamente, era incapaz de semejante abnegación, como demostró en 1906.
La libertad es mas importante que la “soberania”, con libertad Biscet no estaria pudriendose en una celda.
Sin libertad el hombre tiene un amo, pero sin independencia muchos amos. No debe ser necesario escoger entre uno u otro, y raramente existe uno sin el otro.
Lo más visto del último semestre // Jul 16, 2009 at 18:09
[...] Imagen de la República, por Ernesto Hernández [...]