- may 17, 2009 • 22:11h
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Emilio Ichikawa publica hoy en su blog la reseña de una curiosa sátira política, Cubilinganga, firmada por un tal “James Toopinje Scaye”, y fechada en 1908. Los interesados pueden leer el texto aquí, por cortesía de la biblioteca virtual de Harvard University. La lista final de definiciones de la República es uno de los mejores ejemplos imaginables de “choteo” cubano. El libro, en general, no tiene desperdicio, aunque valen para él todas las prevenciones que enlistó Mañach en su famoso opúsculo.





Pomar, sin ser critico literario sospecho que el autor era Jesus Castellanos, hay algo del estilo que me hizo pensar en Cabezas de Estudio.
Concuerdo contigo, Ernesto. Me leí la sátira cabo a rabo, de un tirón. Confieso que, fuera de dicharachos y paródicas, maldita la gracia que me hizo el contenido: demasiados prejuicios y lugares comunes…
Caro Güicho, es de suponer que el autor haya sido algún poeta cubano del corte de Bonifacio Byrne. O sea, él mismo o un admirador suyo, pues hay un pasaje que deja entrever lo que se me antoja una referencia al poema “Mi bandera”.
Sin embargo, aunque también con un enfoque catastrofista del 20 de mayo, el presuntuoso –y picúo– aguafiestas que compuso ese poema patriotero no debía de poseer tanto sentido del humor.
Estoy queriendo decir que el bochinche republicano fue más bien una continuación del ambiente colonial en “Mi tío, el empleado”, del cual eran deudos los generales y doctores mambises, que resultado de la supuesta mala fe del gobierno interventor.
En efecto, los yanquis volvieron dos veces más, y meterían la cuchareta diplomática a fondo en los años 30, siempre por las mismas razones que recomiendan las intervenciones humanitarias de la ONU en países del Tercer Mundo que aún no han aprendido a autogobernarse.
No hay más que echar un vistazo a las Españas de las distintas épocas –la actual de Zapatero incluida– para darse cuenta de dónde vienen nuestros males. La fruta, dice el aforismo, nunca cae lejos del árbol…
Sin igualar a Ramón Meza en nivel literario y profundidad de la mirada (desde luego, se trata de es un género más liviano), el panorama descrito en “Cubilanga” remite a las corruptelas de la picaresca peninsular en la elocuente novela costumbrista “Mi tío, el empleado”.
En todo caso, quien quiera que fuese, el desconocido autor padecía temprano del endémico complejo de inferioridad de la mayoría de nuestros intelectuales republicanos y posrepublicanos consistente en pedirle peras al olmo.
Amén de que la evidente combinación de hispanofilia y gringofobia del texto, acoplada al exceso de exigencia de rigor ético a los nativos, han sido el leitmotiv número uno de la narrrativa criolla hasta el sol de hoy…
Por supuesto, lo antes dicho no va ni con Ernesto ni con Güicho, que al respecto saben tan bien como yo dónde el jején le puso el huevo clueco a la cubanidad. A ustedes no les hace falta en absoluto. Me explayé por pura necesidad de descargar tensiones después de la lectura. ¿Vale?
Saludos a ambos,
El Abicú
¡Formidable! ¿Quién habrá sido el autor?
Impresionante la terminología, que sobrevivió prácticamente intacta hasta los años 80 del siglo pasado, antes de ser liquidada por la última camada concebida y cocinada en la guetificación revolucionaria.