- may 15, 2009 • 23:07h
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En el exilio, los cubanos pierden su identidad inicial. Adquieren otra, por más que les cueste adaptarse a un nuevo país, a veces a otro continente. Algunos lo hacen a regañadientes; otros, al contrario, se aferran a nuevos idiomas para olvidar el pasado, las desilusiones y las desgracias.
Eduardo Manet forma parte de los exiliados que decidieron adoptar otra lengua (al igual que un Joseph Conrad, un Elias Canetti con La lengua salvada, un Vladimir Nabokov, un Joseph Brodsky y tantos más), sin abandonar lo que siempre fue su razón de ser: la escritura. Lo que quiso fue traer Cuba a Francia, dar a conocer a los lectores del país en que vive lo que es la isla, con su capacidad de fascinación y sus sinsabores. Los peligros de esa tarea son evidentes: hay una fuerte probabilidad de escribir de manera más o menos costumbrista. Al querer explicar a otros, se incurre en el extremo de romper con el lectorado al que, a fin de cuentas, el texto está destinado: los cubanos, por supuesto.
Entonces el autor se vuelca hacia otros lares, buscando sus raíces en nuevos predios, no los que se esperan. Eduardo Manet descubre sus orígenes tardíamente: no son solamente cubanos sino, sobre todo, judíos, provenientes de España. Es su manera de ser universal.
En muchas de sus novelas, Manet había abordado el tema, de pasada: en La Mauresque, en L’île du lézard vert, en otros escritos más. Ahora, en Marrane! (París, Hugo roman, 2007) vuelve a ello, bajo la forma de un objeto no identificado, como unas memorias noveladas. En realidad, buena parte de su escritura se dirige hacia ese mismo punto: la revelación de ese misterio. Pero no llega al fondo porque es más importante la búsqueda que el descubrimiento. Más vale el viaje que el objetivo final.
Inútil intentar descubrir en Marrane! el génesis, el origen, de la familia que llegó a Cuba en tiempos inmemoriales. Basta con las palabras misteriosas de la madre que le revela al niño, en el momento en que cumple sus trece años, la edad de la Bar-Mitzva, la confirmación judía, el “gran secreto”, a saber que todo el linaje materno siguió conservando, a pesar de los pesares, del miedo, de las persecuciones de antaño, las costumbres religiosas de los antepasados. Manet las va a buscar, en el transcurso de un viaje a Andalucía allá por los años 50 junto con el cineasta Tomás Gutiérrez Alea y con el pintor Servando Cabrera Moreno. Y luego cuando, en 2004, pisó por primera vez la Tierra prometida, Jerusalén.
Hacía tiempo ya que Eduardo Manet quería escribir sobre los marranos, los judíos de España expulsados u obligados a convertirse. Antes había elaborado, para la radio, una obra maravillosa en torno al nazismo, titulada Les poupées noires (“Las muñecas negras”). Con quien escribe esta reseña, tenía el proyecto, hasta ahora abortado, de un estudio sobre ese tema. Este texto es un homenaje a la vez que una perpetuación de un diálogo constante sobre los temas de Cuba y el exilio, de la revolución y de la democracia, de las raíces y de la universalidad.
Resulta extraño constatar que las obras de teatro de Manet (salvo su mayor éxito, Les Nonnes, “Las monjas”), sus libretos de ópera (entre los cuales se encuentra una adaptación de Cecilia Valdés), sus novelas no hayan sido traducidas al español (con excepción de unos capítulos cuya transposición ha sido llevada a cabo con esmero por José Catalán), como si la adopción de una lengua otra significara una ruptura con su quehacer anterior, en Cuba, como cineasta, guionista y autor prolífico.
Al contrario: se trata de una continuación de la escritura por otros medios. Y Eduardo Manet sigue llevando en su mochila de viajero empedernido los recuerdos de la isla, los más exaltantes y los más dolorosos, como en su última novela, La maîtresse du commandant Castro (“La amante del comandante Castro”), y luchando, como todos nosotros, por el restablecimiento de la democracia en Cuba, como siempre lo ha hecho, a través de múltiples acciones y escritos en su país de adopción, Francia, con el simple afán de palpar con el cuerpo y con las palabras, en cualquier idioma en que éstas se transmitan, la libertad.
Jacobo Machover
París






Y que hace Monsieur Manet en el mismo conclave de Estorino y comparsa en el encuentro en Miami de teatristas de los 60s? Solo se critica a los de alla mientras que lo de aca campean por su
respeto. Tres bien.
Hay que recordar que otros cubanos antes de Manet decidieron adoptar el francés como lengua literaria:
José Maria de Heredia (1842-1905)
Severiano de Heredia (1836-1901)
Augusto de Armas (1869-1893)
Armando Godoy (1880-1964)
Monsieur manet, dirigio una de las peliculas mas emblematicas de Cuba; “Un dia en el solar”