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Memoria de los Ochenta (III)

  • may 01, 200911:52h
  • 2 comentarios

Durante los últimos años de la década de 1980, los escritores de la generación nacida dentro del “proceso revolucionario” recibieron ostentosas influencias del pensamiento contemporáneo. La obra de Freud se empezó a reevaluar —antes había sido expulsado del sistema educativo institucional, y el psicoanálisis, como práctica terapéutica, apenas existía en Cuba: la psicología rusa era la institución— junto a los títulos más emblemáticos de Lacan y Deleuze. Las ideas denominadas como posmodernas (que a mi entender, a pesar de erigirse en “relatos sobre el Fin de la Modernidad”, eran una forma de vanguardia entrecruzada con el pensamiento filosófico de la época) fueron leídas más como una revisión crítica de la modernidad que como una aceptación de la modernidad en tanto ciclo concluído. Se era no tanto posmoderno como post-moderno en relación con un desfase de doble raíz: nuestra “modernidad” era un ciclo incumplido, ya quebradizo antes de que la Revolución viniera a “resolver” el problema; y no obstante, éramos “modernos” de aquella extraña manera en que se puede serlo si se habita una utopía incumplida; o más exacto una realidad burocratizada al máximo y penetrada enteramente por una ideología de Estado. ¿Qué cosa más moderna que un Estado totalitario?

Ernesto Hernández Busto, en su ensayo Recuerdos (cubanos) de una vida dañada, rememora la atmósfera “intelectual” que vivían algunos de los grupos habaneros donde se amalgamaba filosofía y creación literaria:

Por esa época, el arte de citar a los postestructuralistas franceses había conseguido entre nosotros el refinamiento de un ritual oriental y la obligatoriedad de una tratativa cortesana con autoridades indiscutibles. Pero el filósofo ejemplar, el maître à penser de mi generación fue aquel profesor de una universidad francesa de provincias [Foucault], muerto en 1984 sin imaginar que unos lectores cubanos lo elevarían, antes que sus colegas franceses, al puesto canónico de sus maestros: Nietzsche, Freud y Marx.(…)
No es difícil deducir las razones de aquella popularidad: Foucault había escrito sobre nuestra principal preocupación de intelectuales emergentes: el tema del poder y de sus relaciones con el Estado, por un lado, y con el saber, por otro. Sus tesis eran la coartada perfecta para un malestar político que desbordaba los límites epistemológicos de la filosofía del compromiso, ese omnipresente engagement que durante décadas había sido el “enfoque oficial” de las relaciones entre los intelectuales y el Estado… La sociología del postestructuralismo propiciaba la ilusión de un nuevo Estado (red de comunidades abiertas, fragmentadas en micropolíticas), que acogería, pródigo, a los futuros intelectuales. Al menos desde esa perspectiva, Cuba parecía capaz de comunicarse en igualdad de condiciones con la vanguardia del pensamiento occidental.

Para Hernández Busto, este proceso que se libraba en una zona harto estrecha que podríamos denominar, paródica —o paradójicamente—, “espacio público”, fue más que nada una “mala lectura” del pensamiento occidental más reciente, una especie de incongruencia entre discurso y realidad política. El poder, finalmente, según su análisis, no era tan “capilar” como se podría suponer. Las reflexiones de Foucault acerca de la naturaleza del poder no podían servir para una realidad totalitaria del tipo que se vivía en Cuba. A mi juicio, además de los motivos mencionados por Hernández Busto, el “movimiento” aquel —grupos de filósofos, escritores y artistas que querían dialogar con el Estado y transformarlo gradualmente— estaba condenado al fracaso de antemano, además, por la propia “naturaleza” de los intelectuales que conformaban los grupos y sus distintas expectativas. Era imposible poner de acuerdo una “práctica política” que en algunos venía del marxismo con tácticas “posmodernas” y que veía en el poder “partes” o “nudos” que debían desbloquearse, como si trabajásemos con aspectos de la física o de la “teoría de los sistemas”.

Lo que pesó fatalmente para aquel conato de “movimiento” que se articuló, por ejemplo, en el grupo PAIDEIA —un grupo que sin duda puso en guardia a las estructuras ideológicas y represivas del Estado, y que para varios de sus participantes resultó una inflexión decisiva vitalmente— fue la proverbial división en el intelectual cubano entre sus poderes creativos y sus poderes públicos. Creo que por entonces había dos tensiones difíciles de conciliar: la idea de un intelectual gramsciano, cuyo papel sustentaba la “responsabilidad- participativa”, y un intelectual de nuevo tipo, algo así como una suerte de “guerrillero táctico” de la cultura, que podía entrar y salir a su gusto de las madrigueras o de los pliegues que conformaban el tejido social y del poder. Por otro lado, había la indecisión connatural a una empresa de la intelligentzia, de si resolver el problema con los medios de la política —cosa que puede ser vista como escasamente posmoderna, a no ser que entendamos la política en su acepción más frívola— o con las tácticas propias de un intelectual ad usum: que no deja de localizar el poder en las cimas verticales aunque a su alrededor surjan, como peleles mecánicos en una casa encantada, las instancias más próximas del poder: funcionarillos, policías de turno y modestas instituciones.

De tal revoltijo fueron definiéndose, por decantación, grupos e individualidades más ligados al problema de cómo crear una literatura o un pensamiento en relación con el poder, y otros que se adentraron en la oposición política directa, sea fundando nuevos grupos, sea incorporándose a la disidencia ya organizada, cuyos programas no se sustentaban en elementos de signo estético. (Recuerdo que para mí, por ejemplo, no estaba muy claro si antes de escribir había que encontrar parte del “don” en la actividad con el afuera. A veces decía que sí: que primero el acontecimiento, el eventum, o al menos la “atmósfera”; otras que no: que ya las palabras bastarían por sí mismas para insertarse en la realidad, o para quedar fuera de ella pero expectantes.)

Si a esto se suma el desencanto tradicional del intelectual cubano, que no dejaba de ver el fantasma del pasado en aquello que estaba sucediendo —el descreimiento del papel del intelectual, aquello que Lezama Lima llamó, refiriéndose a Virgilio Piñera, “la obscura cabeza negadora”—, y el “trabajo” directo que efectuaron las instituciones políticas y represivas sobre el nuevo movimiento de los años 80, puede concluirse que la efervescencia teórica de aquellos años fue un puro milagro dadas las circunstancias.

Rolando Sánchez Mejías
Barcelona

Memoria de los Ochenta (II)
Memoria de los Ochenta (I)

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2 respuestas
Comentarios

  • Zenius dice:

    Le dejo estos dos artículos publicados hace tiempo en el blog “LITERATURA DEL MAÑANA”:

    http://literaturadart.blogspot.com/2008/10/el-futuro-de-la-literatura.html

    http://literaturadart.blogspot.com/2009/04/vamos-la-deriva.html

    Espero le sirvan de lectura y a la vez, réplica del suyo.

    Atentamente,
    ZENIUS

    Desde el blog LITERATURA DEL MAÑANA apreciamos la poesía innovadora y desenfadada de su amigo Pedro Marqués de Armas. Reciba sin más un cordial saludo de nuestra parte.

  • Solabaya dice:

    Lastima que la reflexion termina, como diria Lezama, en el momento en que alcanza “su definicion mejor…” Ese momento medular en que como dice el articulista “fueron definiéndose, por decantación” los integrantes de los distintos grupos de intelectuales en Cuba. Creo que aqui falta algo, a mi juicio, el mas importante: el hecho de que la mayoria se fue volando hacia Mexico, Europa o Norteamerica: el exodo.