- may 01, 2009 • 20:20h
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Por Christopher Hitchens
El difunto Huw Wheldon de la BBC, me habló en una ocasión de una serie, hecha en los comienzos de la radio, sobre exiliados célebres que habían vivido en Londres. En algún momento, esto supuso rastrear a un viejo jubilado que había trabajado en la sala de lecturas del British Museum durante la era victoriana. Interrogado sobre si podía recordar a un tal Karl Marx, el viejo y agotado pensionista al principio se quedó en blanco. Pero cuando se le dieron pistas con diferentes datos sobre el usuario diligente de antaño (que monopolizaba siempre el mismo asiento, estaba siempre allí entre la apertura y la hora de cierre, con una gran barba, aquejado de furúnculos, que solía almorzar en la Museum Tavern, y se mostraba muy interesado en obras de economía política), dejó que la fuente de la memoria se abriese. “Oh, el señor Marx, sí, claro. Nos daba mucho trabajo, con todas sus peticiones de libros y periódicos…” Sus entrevistadores se estiraron hacia delante, ansiosos, para oír al hombre decir: “Y un día dejó de venir. ¿Y sabe qué es lo gracioso?”. Una pausa cargada. “Nadie volvió a oír hablar de él después de eso”. Se trataba, claramente, de uno de esos proletarios testarudos para los que Marx trabajó en vano, tratando de liberarlos de su falsa conciencia.
Hasta hace comparativamente poco tiempo, tal vez con la pequeña excepción de algunos núcleos dentro del mundo académico, era una tendencia general entre la gente educada, incluso entre aquellos de tendencia radical, colocar sus viejos libros de Marx en la estantería reservada para la teoría del phlogiston. ¿Necesitaremos alguna vez volver a consultar la Crítica del Programa de Gotha, o sus celebrados ataques a Dühring y Lasalle? Algunos de nosotros mantuvimos un poco de pólvora en reserva, por si acaso los tiempos volvían a tornarse dialécticos. Uno o dos escritores predijeron que Marx volvería a ser revalorado: John Cassidy fue desde luego el más sorprendente, porque nadie lo esperaba de él. En otoño de 1997, el especialista económico de The New Yorker escribió un ensayo donde anunciaba que el coautor del Manifiesto Comunista de 1848 podía llegar a ser el “siguiente” intelectual significativo para aquellos que se dedicasen al estudio de los mercados. James Ledbetter, un periodista económico de renombre, ha anotado la admirable edición Penguin del periodismo de Marx (la mayor parte del cual, auténticamente bueno, fue hecha para el New York Tribune de Horace Greeley). Y Francis Wheen, que escribió una notable biografía de Marx en 1999, ha publicado ahora una anatomía de El Capital, que concluye con la opinión de que Marx “puede convertirse en el pensador más influyente del siglo XXI.”
Mientras escribo esto, todos los periódicos me informan de los desesperados esfuerzos de los comerciantes para descargar sobre el consumidor, casi a cualquier precio, el amplio exceso de mercancías no vendidas que se ha acumulado desde que comenzó la crisis del crédito. La frase “crisis de la superproducción”, que aprendí hace ya tantos inviernos en reuniones “de agitadores”, regresa a mi mente. Otras páginas me enseñan que el orgullo del capitalismo americano ha comenzado a oxidarse, y que los automóviles pueden dejar de hacerse en Detroit como consecuencia de la insana especulación en “derivativos” de papel sin valor. ¿No leí en alguna parte sobre la amarga lucha entre el capital financiero y el industrial? Las colas de parados y hambrientos comienzan a alargarse, y ¿qué imagen de esas colas puede ser más potente que la de un “ejército de reserva” de parados, el mejor arma del capital en su lucha contra el salario mínimo y el aumento de las horas de la jornada laboral? Un problema en una esquina remota del mercado mundial lleva al caos y el pánico en el mismo centro del sistema (y esos síntomas tienen un efecto multiplicador cuando los dolores comienzan en el mismo centro). Y John Micklethwait y Adrian Wooldridge, bravos campeones del capitalismo en The Economist, admiten claramente en su libro sobre las ventajas de la globalización que Marx, “como profeta de la interdependencia universal de las naciones, como llamaba a la globalización… puede seguir siendo relevante…. Su descripción de la globalización sigue siendo tan aguda hoy como hace ciento cincuenta años.” La caída de los porcentajes de las ganancias, la tendencia al monopolio… ¿qué tan equivocado estaba aquel viejo usuario de la biblioteca?
No todas esas ironías son a costa del capitalismo, al menos no tanto como para que puedan provocar una mueca, no importa si invernal, en la cara triste de un viejo izquierdista. (Después de todo, ¿quién podía predecir incluso hace treinta años que Rusia y China iba a ser sistemas capitalistas, aunque discrepasen en las formas? Y la actual crisis comenzó con un intento “subprime” de trasformar a gente de bajos ingresos en propietarios, aunque fuera con deudas…) Entonces ahí está el aparente truismo sobre otro de los legados de Marx, esta vez tomado de James Buchan, autor de Frozen Desire: The Meaning of Money:
Marx impregna tanto nuestra forma occidental de pensar que poca gente es consciente de lo que le debemos. Todos aquellos que conozco creen que su actitud es hasta cierto punto una creación de sus circunstancias materiales… “que, por el contrario, el ser social determina su conciencia”, como escribió Marx y que los cambios en la manera en que las cosas se producen afectan profundamente los problemas de la humanidad, incluso fuera del taller y la fábrica.
En su ensayo, John Cassidy fue lo suficientemente brutal como para reducir esta interpretación unidimensional a la antaño famosa vulgarización de James Carville: “Es la economía, estúpido.”
Pero Marx no creía en la existencia de “la economía” como un organismo. Lo que postulaba, y lo que lo hizo diferente de otros teóricos anteriores del materialismo, tanto histórico como dialéctico, fue una clara distinción entre las fuerzas productivas y las relaciones de la producción. En el intríngulis de un sistema de explotación, en otras palabras, estaba contenido un conflicto sistémico que, si no se resolvía, conduciría al estancamiento y la decadencia, pero que si se enfrentaba de forma correcta, podía conducir a una síntesis más elevada de abundancia e igualdad. La guerra entre estados capitalistas en competencia, por ejemplo, sería una instancia negativa. La toma del poder por una clase obrera educada que comprendía y podía trascender la lógica de la propiedad privada sería un ejemplo de progreso humano. ¿Deberíamos decir que hasta ahora la historia moderna nos da más ejemplos de lo primero que de lo segundo? Frente a todos esos sucesos aquellos que emplean de manera simplista el término simplista la economía son, según Marx, igualmente “estúpidos.”
En mi opinión, por lo tanto, el libro marxista más poderoso de las últimas cuatro décadas fue La alternativa de Rudolf Bahro, que mostraba cómo y por qué el Estado y la economía de Alemania del Este iba a explotar con toda certeza. El comunismo, decía Bahro —uno de sus antiguos funcionarios— se veía obligado a educar y entrenar a la gente hasta cierto nivel. Pero más allá de tal nivel, les prohibía pensar, o preguntar, o usar su iniciativa. Así pues, mientras producía una vasta cantidad de “exceso de conciencia,” no encontraba la forma de emplear esa energía excepto derrochándola, disipándola y en última instancia, reprimiéndola. El conflicto entre las fuerzas productivas y las relaciones de la producción en la parte oriental de la patria de Karl Marx se convirtió así en un locus classicus del tipo de contradicción que él mismo había identificado originalmente. Incidentalmente, y como Václav Havel —siguiendo a Heidegger— indicó en un discurso a una reunión conjunta del Congreso, esto representa un claro caso de “conciencia” que determinaba el “ser social.”
Marx era un admirador de aquel otro gran victoriano, Charles Darwin, y según Engels quería hacer por el sistema económico lo que el autor de El origen de las especies había hecho por el orden natural: desnudar las leyes objetivas del movimiento y hacer posible por fin prescindir de las interpretaciones subjetivas e idealistas. El término explotación, por ejemplo, no debiera ser moralizante sino una fría medida de la diferencia entre el valor de uso y el valor de cambio, o entre los salarios ganados frente al carbón y el valor real que ese trabajo suponía para el propietario de la mina. A veces, usando los “Blue Books” de estadística facilitados por el admirable Engels, Marx logró iluminar las formas en que el sistema industrial funcionaba realmente. Pero a menudo dejaba que la indignación pura guiase su pluma, y traicionase un desprecio hacia el dinero y los negocios en sí mismos. En el primer volumen de El Capital (el único publicado durante su vida, los sucesivos fueron volúmenes de exégesis talmúdica de sus discípulos), hace hablar al capitalismo por boca de Shylock, incluye un extracto del Timón de Atenas en el que el dinero es descrito como la “puta de la humanidad”; y ofrece aún otras citas sobre el dinero en la Antígona de Sófocles.
Una de las frases más famosas de la vasta correspondencia de Marx, durante la escritura del libro, muestra su rencor por tener que trabajar sobre “la mierda económica,” y nos recuerda la reveladora opinión de Lenin sobre el oro —que sólo era bueno como suelo de urinarios públicos. Uno de los placeres de volver a leer a Marx es saborear lo cortante y apropiado de sus alusiones literarias. En realidad fue Engels el que dijo que un Balzac valía muchos Zolas, pero fue Marx quien —no siempre de una forma rigurosamente consistente— intentó mostrar la diferencia entre el novelista y el panfletista.
No importa si uno adopta una aproximación moralista o analítica, hay pocas dudas de que el capitalismo continúa superando todos los intentos de los asalariados de desplazar las oportunidades a favor de menos horas y más paga. En la historia de la lucha de clases, invariablemente estamos frente al caso de un paso adelante y dos paso atrás. Conozco dos citas que explican el por qué de todo eso. Uno es el capítulo del la gran novela proletaria de Robert Tressell, The Ragged Trousered Philanthropists, en la que Owen, un obrero de la construcción autodidacta, toma algunos cuscurros de pan durante la pausa de la comida y los emplea en un improvisado juego pensado para mostrar a sus compañeros obreros lo fácilmente que son engañados. El segundo es el capítulo central del libro de Wheen, que presagia la propia versión de Marx sobre la misma carrera, o mejor aún sobre la misma pelea perdida.
Como Wheen muestra hábilmente, existía una relación subyacente de amor-odio entre Marx y el capitalismo. Ya en el Manifiesto, había escrito sobre las operaciones del capitalismo con temor, describiendo como la burguesía había revolucionado todas las relaciones humanas, sociales y económicas y había liberado capacidades productivas con las que ni siquiera se habían soñado en tiempos feudales. Wheen especula que Marx estaba siendo magnánimo porque pensó que estaba escribiendo la necrológica del capitalismo, y pensó que eso era un bonito concepto, aunque no explica suficientemente el fracaso posterior de Marx, en El Capital, a la hora de captar cómo era realmente la innovación revolucionaria del capitalismo. El capítulo sobre la nueva maquinaria industrial comienza con una cita snob de los Principios de Economía Política de John Stuart Mill: “Es cuestionable que todas las invenciones mecánicas hechas hasta ahora hayan iluminado el trabajo diario de cualquier ser humano.” Esto debió parecer absurdo incluso en aquel momento, y parece absurdo después de la tercera ola de revolución y racionalización tecnológicas que el capitalismo moderno ha traído consigo. Está también la no menos importante cuestión de la habilidad del capitalismo para decidir, si no el valor de un bien, sí al menos algún tipo de precio por el maldito trasto. Eugen von Böhm-Bawerk y los otros miembros de la escuela austriaca fueron capaces de señalar esta crítica limitación de El Capital —la ausencia de una política de precios— en vida de Marx, y hubiera sido bueno si Wheen hubiera encontrado algún espacio para la discusión (especialmente ardiente entre los austriacos por alguna razón) que tuvo lugar entre Rudolf Hilferding y Joseph Schumpeter, cuya imponente teoría de la “destrucción creativa” del capitalismo tiene su propio dualismo.
Volviendo a leer aquellas maravillosas polémicas vienesas, recordé una ocurrencia ligera pero difícil de olvidar (en ambos aspectos bastante típica) hecha cerca de mí por el difunto Isaiah Berlin. Su propio libro sobre Marx era tan bueno como inútil, pero a menudo se divertía pretendiendo “poner nota” al viejo por un examen en un curso de filosofía, política y economía en Oxford: “Pienso que probablemente tendría una beta en economía, pero estaría algo mejor en filosofía y una alfa —uno podía incluso pensar que una alfa elevada— en política. Si hubiera sido un examen de historia, la mayor de las musas, ¿quien puede decirlo?” A. J. P. Taylor pensó que El dieciocho Brumario de Louis Bonaparte era, como ensayo histórico, “impecable.” Pero incluso aquí, la estima debe dejar paso a la ironía. En la conclusión de su artículo sobre Marx, John Cassidy escribió: “Sus libros merecerán ser leídos mientras exista el capitalismo.” Eso parece significar que marxismo y capitalismo son simbióticos, y que ninguno de ellos puede esperar sobrevivir al otro, que no es lo que el profeta pretendía al sentarse todos aquellos arduos días en aquella biblioteca en Bloomsbury, y jurarle airadamente a Engels: “Tengo la esperanza de que la burguesía recuerde mis furúnculos hasta el día de su muerte.”
[Esta reseña de Marx’s “Das Kapital”: A Biography, de Francis Wheen (Grove) fue publicada originalmente en The Atlantic, abril de 2009.]
Traducción: Juan Carlos Castillón





[...] —La venganza de Karl Marx, por Christopher Hitchens, The Atlantic, abril de 2009. [...]
Existe otra línea de lectura marxista diferente a la tradicional leninista y centrada en “El Capital”. Fue iniciada por su yerno Paul Lafargue y su “Derecho a la Pereza” y llega a nuestros días con el libro de Sege Latouche “La Apuesta por el Decrecimiento”. Antes André Gorz publicó su “Adios a la clase obrera”.
Entre medias está la publicación de los cuadernos de notas de Marx titulados “Grundrisse”, quizás el menos marxista de sus textos y sin embargo el que mejor se abre a la postmodernidad o la edición de los “Manuscritos Económnico-Filosóficos” de 1844.
Ninguno de estos dos últimos textos forman un sistema cerrado como el de “El Capital” por lo cual están abiertos a la interpretación lo cual es un valor que deberíamos tener presente frente a la lista enorme de discursos verdaderos que circulan tanto en el mundo académico como en los medios de comunicación, de los cuales la Economía Neoclásica es quizás el más repetitivo en nuestros días, tanto como lo fue el Marxismo tradicional en el pasado.
Un saludo cordial,
J.C.
No se quién es más obstinado, si el que desentierra periódicamente la momia y la saca de paseo o el que está en la puerta del camposanto listo para volverla a enterrar.
Y la gran cabeza pensante del S XX fue, y creo que nos fastidia a muchos, Mister Gatrs, Bill Gates.
Felicidades al traductor! por captar la manera de escribir de Htichens.
¿Cómo se mide la influencia de un escritor?
¿Por el número de lectores?
No lo creo. Más bien será por la influencia que su lectura haga sobre el presente y el futuro de la humanidad.
Por eso, cuando contemplamos el mundo del siglo XXI, tal cual es, la impresión que queda es que el escritor más influyente es Adam Smith.
Gabriel
Supongo que el pensador más influyente del siglo XXI será semita también… pero islámico, ¡ejem!
Al igual que algunos niegan la existencia del holocausto,otros creen en los extraterrestres (y no hay que ir muy lejos) y para qué hablar de los millones de seres humanos supuestamente inteligentes que creen en la astrología.