- abr 29, 2009 • 12:28h
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En lo que concierne a la literatura, el proceso de cambio ocurrió con la lentitud proverbial de unas letras atrasadas, limitadas seriamente por un realismo que venía del XIX; y que tuvo su punto álgido en “realismo” que germinó en la década de 1960, y que ignoraba lo mejor del realismo cubano republicano —el “absurdo”, la burla, la impaciencia trágica. El “realismo” cuasi-socialista cubano (sus practicantes han asegurado hasta la extenuación que estaban lejos del “realismo socialista”) dijo apoyarse en Hemingway, Isaac Babel, Novás Calvo y otros “duros”, simulando situaciones de “conflicto” para crear una dramática espúrea con un lenguaje empobrecido y empobrecedor. Ambrosio Fornet, crítico que apadrinó o sirvió de portavoz a esa “generación de realistas”, ya en 1968 planteó el “problema” al que habría de enfrentarse el “nuevo lenguaje”, un “problema” donde la política y la psicología “absorberían” las energías creativas de aquellos “artistas nuevos”:
Lo primero que descubre el intelectual de un país en revolución es su propia ignorancia. Acostumbrado a plantearse problemas ajenos a su medio y a hablar por boca de ganso, comprende que no está preparado para aceptar el desafío intelectual de la revolución cuando, al mirar en torno a él, siente una especie de vértigo: la realidad ha estallado ante sus ojos y no cesa de transformarse. Entonces va moviéndose a tientas entre su viejo escepticismo y un nuevo entusiasmo.
La poesía —género de las “esencias reveladas”— tampoco escapó a la nueva mutación política, y aunque dio lugar a mejores resultados que la prosa, no consiguió liberarse de la fatalidad a que estaba condenada.
El llamado “conversacionalismo” había sido la carta de triunfo de los poetas cubanos que buscaron en los primeros años de la Revolución un “tono oral acorde con la realidad y el entusiasmo”. Era la vía opuesta a la escritura ceremoniosa de Lezama y otros poetas del grupo Orígenes. Los poetas “conversacionalistas” tal vez venían de una tradición más mundana, más ligada a la “prosa de la ciudad republicana”, y sin embargo su poesía no pudo lograr la extensión hacia espacio público que presumiblemente la Revolución les había abierto. Practicada por burgueses “culpables” o por hombres que provenían de la pobreza —no de la pobreza “irradiante” lezamiana—, el “conversacionalismo” se trocó en soliloquio conversado, y supongo que para estos poetas fue demasiado tarde, como para dar marcha atrás a sus palabras “públicas”. Uno de sus poetas más prometedores, Rolando Escardó, “alumno” de César Vallejo y alguien que realmente vio en la Revolución una salida no sólo a su pobreza personal sino algo más “espiritual”, escribió en los primeros años revolucionarios en el poema “Isla”:
¿y cómo puedo yo mismo así negarme
cómo podría yo mirar el Sol y no cegarme?
Pero lo que importa es la Revolución
lo demás son palabras
del trasfondo
de este poema que entrego al mundo
lo demás son mis argumentos.
Un cuasi-origenista pequeñoburgués como Fernández Retamar (rondó en sus inicios la “estética” de Lezama: la búsqueda de los “orígenes” de la nación y la poesía “metafórica”, luego se convirtió en uno de los poetas oficiales del Estado totalitario, aunque su poesía representó, en la década del 60, una “alternativa” al neo-origenismo insular) tuvo que readaptar su “lírica” a un tono menor, ramplón:
Nosotros, los sobrevivientes,
¿A quiénes les debemos la sobrevida?
¿Quién se murió por mi en la ergástula,
Quién recibió la bala mía,
La para mí, en su corazón?
Lírica y redención parecían, al fin, encontrarse en el nuevo abrazo estético, donde aún los residuos de la vieja sociedad permitían la contradictio poética:
Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela.
Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo,
Pero los hombres y los muchachos que en sus harapos esperaban
Todavía me dijeron señor.
Lo que comenzó a importar para estos poetas e intelectuales “orgánicos” fue la poesía y la prosa en función de la Historia que comenzaban a vivir, unos como “emancipación”, otros como “revelación dentro de las posibilidades de la Historia”, lo cual los separaba del “nacionalismo esencialista” de los escritores de Orígenes. La trampa, en el espacio “público” y “privado” estaba servida para estos poetas. En el espacio “público” tuvieron que acatar las “normas y directrices” que se pergeñaron desde la década de 1960 hasta la institucionalización que se completó en forma de Estado totalitario en la década de 1970. En el “privado”, el mal fue peor, pues su poesía se fue desprendiendo de cualquier afectividad auténtica, cosa que redujo el “conversacionalismo” a una retórica social.
Ya desde muy temprano, los intelectuales cubanos habían recibido los dictámenes de la nueva política cultural, casi siempre a través de discursos “teórico-ideológicos” de sus líderes, como es el caso del antologado texto El socialismo y el hombre en Cuba, de Ernesto Ché Guevara:
Cuando la Revolución tomó el poder se produjo el éxodo de los domesticados totales; los demás revolucionarios o no, vieron un camino nuevo. La investigación artística cobró un nuevo impulso. Sin embargo, las rutas estaban más o menos trazadas y el sentido del concepto fuga se escondió tras la palabra libertad. En los propios revolucionarios se mantuvo muchas veces esta actitud, reflejo del idealismo burgués en la conciencia.
Con la frase “domesticados totales”, Guevara alude al intelectual de “ideología burguesa”, que había preferido ir al exilio que oponer resistencia desde una posición revolucionaria o al menos expectativa.
En verdad, este fue uno de los factores de la rápida institucionalización “revolucionaria”: la fuga en masa de una burguesía poco preparada para oponer una resistencia pública. Para aquellos intelectuales que habían quedado, se les reservaba, sin embargo, otro género de domesticación:
Resumiendo, la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios. Podemos intentar injertar el olmo para que dé peras; pero simultáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original.
Así se abriría el espacio para el “nuevo arte”, y el “pecado original” se investíría de la intemporalidad necesaria, atravesada por el mito del “hombre nuevo” como posible fulguración histórica durante y al final del “proceso político”, y por qué no, “antropológico”. “Es un proceso que requiere tiempo” —decía Guevara, con cierto cinismo.
La realidad es que no hizo falta más de una década. La domesticación del sector “intelectual” —que acató la institucionalización en todos sus niveles, incluyendo los del lenguaje— colocó bruscamente a la tradición literaria cubana en un callejón sin salida, proceso que ha durado más de cuarenta años y que casi rebaja la prosa a un punto cero —y no precisamente el “grado cero” del lenguaje del que hablara Roland Barthes—, con excepciones notables como Reinaldo Arenas, Cabrera Infante, Severo Sarduy y otros pocos.
(Continuará)
Rolando Sánchez Mejías
Barcelona







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Esto se pone interesante. Uno aprende.