- mar 19, 2009 • 14:17h
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Salí del preuniversitario en el campo sintiendo que nada me pertenecía, ni siquiera mi cuerpo. Vivir en albergues crea esa sensación de que toda tu vida, tus intimidades, tus objetos personales y hasta tu desnudez han pasado a ser bienes públicos. “Compartir” es palabra obligatoria y se llega a ver como normal el no poder estar —nunca— a solas. Después de años entre movilizaciones, campamentos agrícolas y una triste escuela en Alquízar, necesitaba una sobredosis de privacidad.
Había leído por primera vez los libros de J. R. R. Tolkien y la cálida casa de Bilbo Bolsón era mi ideal de refugio para esconderme. Añoraba un espacio donde poner mis libros, colgar mi ropa, decidir qué foto pegar en la pared y pintar una señal de “stop” en la puerta. Estaba agotada de bañarme en duchas sin cortinas, de comer en bandejas de aluminio e intercambiar los piojos y los hongos con mis colegas de alojamiento. El universo ilusorio de El hobbit me ofrecía ese cálido y reservado hogar que la realidad no me había dejado disfrutar. Hacia ese ficticio agujero en un árbol me escapaba cuando la promiscua convivencia llegaba a niveles insoportables.
El individuo vapuleado que llevo dentro comprendió en estos años que no sólo en los campamentos y las escuelas internas se irrespeta la intimidad de las personas. Mi Isla es, por momentos, como una secuencia de literas donde todos saben qué come el otro, con quién se reúne y de qué manera piensa. La mirada torva de mi director del preuniversitario fue reemplazada por la vigilancia del CDR. Aquel me pedía que llevara el uniforme planchado y los zapatos lustrosos, éste espera que mantenga una determinada postura ideológica.
La impresión de ser un “bien público” o un “objeto de uso social” no ha desaparecido, pues con los años he confirmado que vivo en un enorme albergue controlado por el Estado. En él se escucha la campana llamando al comedor —trastocada ahora en el grito de una vecina, que anuncia un nuevo producto en el mercado racionado—. Sin embargo, ante esa convocatoria no salto inmediatamente de la cama, sino que me tomo mi tiempo para guardar algo bajo el colchón. Es un libro extraño y peligroso, donde un enano de pies afelpados fuma su pipa y disfruta de una cálida e íntima guarida en un árbol.
Yoani Sánchez
La Habana






Gracias por tocar este tema. Trate de hacer lo mismo en mi novela, casi un testimonio, “La beca o la nueva escuela” (Author House, 2008) creo que es el primer libro publicado sobre este tema. Un curso escolar entero como escenario y sentido cronologico para la novela que narra los detallasos del campo, el albergue, los colchones, el pase y toda la intrascendencia de las broncas, los robos de comida y la virtud de los que sobrevivimos en el margen de lo que algunos suelen llamar ‘ser normal’.
Parece que pronto lo vamos a tener en formato digital ebook. Ya me imagino la gente bajandolo en Cuba. Ojala se convierta en un “la Granja” fotocopiado hasta la saciedad y nada menos que en las propias bibliotecas de la ciudad prohibida del Caribe.
Gracias.
Es muy bueno que se narren estas experiencias y cómo ha sido y es la “entre”-vida de generaciones posteriores, y que alguien tenga una manera sencilla y humana de contar todo eso. Amaury Cabrera también lo hace muy bien a veces en su blog hablando sobre la vida en la Lenin. Son cosas por las que no hemos pasado otros, que, en mi caso particular, pertenezco a los anteriores, a los que inauguramos los obligatorios periodos de “trabajo productivo”, los “convenientemente” obligatorios domingos rojos, etc., pero de ahí a permanecer una buena parte de la vida “compartiendo” (, dice Yoani muy acertadamente) va un trecho, un trecho abismal, aun cuando muchos de nosotros estuvimos becados en diferentes etapas de nuestras vidas. No es la misma dimensión. Y sobre todo, el tono (EL TONO) que utiliza ella es el adecuado para comprender y aceptar desde una línea determinada.
Celebro que esta chica –al menos, al parecer– no sea un genio ni que se le ha ido a la cabeza la iconización mediática ni que se lance a la manigua con el pecho descubierto.
Muchas gracias.
David Lago González
De hecho, muchos tolkiendilis le llamamos “Sauron” a quien tú sabes…
Sería bueno, sería bueno. Entonces se pondría de moda jajajajaja
coño ahora van a prohibir a Tolkien!!!
Elen sila lumen omentielvo