- ene 26, 2009 • 10:18h
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Como en un poema de Poe, el destino de todo un país puede quedar atrapado en un verso reiterativo: never more. Nunca más infancia. Nunca más amor. Nunca más felicidad. Nunca más Cuba. Nunca más Adolfo Llauradó. Y justo en la sala Adolfo Llauradó, se repone por estos días la obra ¡Ay, mi amor! del grupo Teatro El Público.
A partir de recuerdos, recordings, y en general recortería de papelitos de este actor cubano emblemático (dejados al morir a su viuda Jacqueline Meppiel), le toca al poeta, ensayista y dramaturgo Norge Espinosa ensamblar un monólogo fulminante que salta de la candidez a la descojonación, de la historia a la histeria histriónica, de la política bárbara a la poesía bucólica, de la memoria infiel a la fiel mentira, del Kremlin al Cuartel Moncada, de la nada a la nieve, del burdel a la biblioteca, del susurro al ladrido, de la palabra lindo a la palabra pinga, de un Adolfo Llauradó a otro Adolfo Llauradó. Y al otro. Y al otro y al otro.
Lester Martínez no actúa ni por un momento en esta pieza de una hora y un poco más. Lester Martínez la vive. Suda, baila, escupe, canta, llora, culea, se afeita (la cara) y se soba (los güevos). Probablemente así no se actúe, según el canon de la academia o por lo menos el Consejo Nacional de las Artes Escénicas. No deberían pagarle por ser Lester Martínez. Sobre el escenario este actor es sencillamente genial. Y se ofende al genio si se le ofrece un salario (se le humilla, si es en moneda nacional).
Mejor que pase necesidades, que se cague de miedo al punto de olvidar sus bocadillos en cámara. Déjenlo que se joda, que toque fondo y rebote contra las tablas con sus muñecos y su madre y su maletas. Que se muera para siempre a las seis de la tarde, la hora indecisa del espectáculo, y pida ser enterrado en la tierra privada de un patio y no en la promiscuidad colectiva de un cementerio post-UMAP. Ay, déjenlo que se llame a sí mismo revolucionario y que se atragante (con aro, balde y paleta; con boina, botella, machete y pañoleta) en un mea Cuba maravilloso y mortífero con los buches nostálgicos de Fidel y del Ché: ¿alguien del público de El Público los recuerda? Déjenlo que sea macho y maricón —igualmente querible— bajo las luces de utilería. Ay, mi amor, dejen que este Hamlet provinciano sea el cosmopolita Adolfo Llauradó (hay poses y ángulos en los que es tanto el parecido que resulta casi aterrador): descansa en paz y en guerra tú ahora, Adolester Llaurartínez, Rev In Peace.
Como en un poema de Poe, como un pájaro lustroso o luctuoso de buen agüero, como un memorándum del mañana desmemoriado que pudo ser hoy, como una catarsis o cataclismo del corazón, como el never more que en Cuba acaso siempre será (teatro de masas con demasiados monólogos para tan pocos diálogos), como un discurso entre romántico y ridículo que consume en el acting hasta el último de sus recursos, de este parching de biografía nos queda un eco hueco al final. Un no saber qué pasó. Ni cuándo. Ni cómo. Ni por qué ni quiénes. Un dolor que elige la anestesia de la representación con tal de no tener que matar o hacerse matar. Un ya no estás, un dijo Cuba: ¡ay, mi amor!
Adolfo Llauradó en la sala de teatro Adolfo Llauradó. En esa otra sala de teatro que sigue siendo El Vedado, La Habana.
Orlando Luis Pardo
La Habana







Lo del derecho de cita y la libertad de prensa, esta bien….eso lo sé. Ud, o quién sea, puede escribir lo que crea y quiera, no solo de esta, sino de cuanta función de teatro, cine, etc, que quiere. El derecho de imagen es otra cosa, las presentaciones teatrales, de por sí ineficaces fuera del contexto para el que fueron creadas (entiéndase EL ESCENARIO) son propiedad intelectual del director y del resto de los creadores en ella involucradas. La reproducción de textos, o partes de textos, no autorizadas por la persona dueña de los derechos, es una violación de los derechos de copyright….Si usted es una persona asidua al teatro, sabrá que en las salas teatrales ni se filma, ni se fotografía, a menos que usted solicite permiso al director de la sala (en este caso no sé quién es ni me interesa)…No tengo nada que ver con los derechos ni con nada de esa excelente obra que pude diafrutar hace unos meses en su estreno…pero por respeto a ese grupo de teatro que tanto admiramos muchos, y a la magnífica persona que es su director Carlos Díaz, creo que debiera comunicarle, y esperar el consentimiento del mismo, lo que graba y para los fines que lo hace…mera y simple educación ¿no cree? Un saludo afectuoso.
A ver, Sr. Martínez, si no estaba explícitamente prohibido a la entrada del teatro, la difusión es legal, y amparada por el derecho de cita y la libertad de prensa. Le aconsejo que se informe sobre la legislación en Internet.
Si es usted el depositario del copyright y tiene pruebas de ello, puede quejarse a Youtube. Ellos descolgarán los videos de mi cuenta. Espero haber aclarado sus dudas.
Repito..¿Quién autorizó el cuelgue en youtube de esos videos?
qué lindo texto y qué alegría que se reconozca el trabajo de Lester, bravo lester, sigue así…