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La casa de los muertos

  • ene 24, 200911:25h
  • 5 comentarios

Está considerado uno de los cementerios más artísticos del continente. Rectifico: estaba. Porque ahora, para descubrir las esculturas fúnebres y los valores arquitectónicos del Cementerio de Colón hay que caminar despacio y con la mirada atenta por sus callejuelas enumeradas, sorteando lápidas destrozadas, malas yerbas y brujerías. Lo siguen incluyendo entre los tours turísticos por la capital. Pero hace tiempo que la habanera casa de los muertos perdió su glamour. Hoy es un lugar tan abandonado como el resto de la ciudad.

A partir del entierro de mi madre, el 16 de abril de 2001, varias veces al año iba a ponerle flores en una jardinera que a nombre de su hija, sus dos nietos y su bisnieta le mandé a hacer y coloqué sobre una lápida gris en el área destinada a las tumbas estatales. Flores que un empleado después se encargaba de botar, como medida “sanitaria”.

En 2001 todavía se vivía en “Período Especial” y las personas habían ido perdiendo la costumbre de ponerle jardineras a sus muertos. Por los robos, y porque en el mercado no se encontraban vasijas adecuadas, mucha gente lo que hacía era recortar por la mitad un “pepino” (pomo plástico de agua mineral o refresco, de litro y medio de capacidad) y utilizarlo como florero. Talladas en mármol, a las jardineras se le grababa una dedicatoria. Detrás, un espacio para colocar un recipiente con flores. Pesaban alrededor de cinco kilos y costaban cerca de 300 pesos, unos 12 dólares.

En un país donde conseguir un clavo es una odisea, pensé que me sería muy difícil encargar la jardinera para mi madre. La intuición me llevó a un grupo de sepultureros, que vestidos con sus monos de trabajo, aguardaban por la entrada de nuevos carros mortuorios. Enseguida me remitieron al “decano”: Julio López, negro bajito y zambo, con más de 70 años, orgulloso porque uno de sus bisabuelos fue sepulturero en la primera necrópolis que tuvo La Habana, el Cementerio Espada, inaugurado el 2 de febrero de 1806.

Desde 2001 y hasta mi salida de Cuba, en noviembre de 2003, cada vez que iba al Cementerio de Colón localizaba al viejo Julio y hablaba un rato con él —esas visitas y esas conversaciones me dieron para varias crónicas de periodista independiente. Sebastián, uno de sus hijos, también era sepulturero, y gracias a él pude hacer una exhumación digna de los restos de mi madre, el 16 de julio de 2003, el mismo día de la muerte de Celia Cruz en Nueva York.

Mi última visita al Cementerio de Colón fue para ponerle unas flores a mi madre y recoger una jardinera que le había encargado a Julio, para ponérsela a una tía fallecida un mes antes. Aquel día había amanecido nublado y lluvioso. Julio me esperaba en el pasillo por donde están las oficinas y de ahí fuimos a un panteón abandonado. Pese a su estado ruinoso, uno podía imaginar un pasado de cuidados. Pero ahora se había convertido en el lugar donde Julio y otro constructor de ornamentos funerarios, guardaban sus materiales, herramientas y obras terminadas. El principal cementerio capitalino es objeto de frecuentes saqueos y profanaciones, y por ello Julio y su compañero mantenían cerrado a cal y canto su “taller”.

De pronto empezó a tronar, el cielo se oscureció y cayó uno de esos aguaceros tan habituales en noviembre, último mes de la temporada ciclónica en Cuba. Y yo allí, con un poco de frío y con los huesos de los antepasados de una distinguida familia cubana bajo mis pies. Me faltaba una semana para viajar a Suiza y a la mente me vinieron las “señales” narradas por Paulo Coelho en El Alquimista. Julio adivinó mis pensamientos y me dijo que no había que tener malos presagios, que no se debía tener miedo de los camposantos ni de los muertos (su padre también había sido sepulturero y desde pequeño lo traía a Colón, para que le ayudara a mantener limpias las bóvedas, tarea por la que se buscaban un dinero extra).

La lluvia aflojó y nos sentamos en unos escalones afuera del panteón abandonado. Julio siguió contándome de su vida, su familia y su pasión, el Cementerio. Una hora más tarde, cuando por fin escampó, cogió la jardinera y la colocó encima de la lápida.

Tania Quintero
Lucerna

Foto: JB Moment in Time, Flickr

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5 respuestas
Comentarios

  • Habanera dice:

    Y ademas los paleros y santeros estan saqueandos tumbas y todos los dias se pierden muertos a granel, -por lo que quiero añadir-, que ni siquiera de muerto se puede descansar en santa paz en Cubita la ex bella …

  • Don Pepe dice:

    La necropolis de inspiracion italiana. Monumento a la belleza de un largo viaje sin regreso. Hoy monumento a la miseria social. El dia de la Resurreccion de los Muertos, los que alli descansan, se volverian a morir.

  • El Niño Atómico dice:

    Se me olvidó decir que a los turistas les cobran 1 CUC por entrar al cementerio de Colon, así que se ha convertido en fuente de divisas.

  • El Niño Atómico dice:

    Primero, la foto ha sido retocada con HDR, como las otras del mismo posteador. Segundo, hay muchas fotos del cementerio en Google Earth y en Panoramio que muestran que no todo el cementerio está en esas condiciones.

    Y no quieran ver los cementerios del interior, como el de Cárdenas en http://www.flickr.com/photos/cardenascemetery . Aviso, las fotos pudieran ser chocantes para algunos.

  • Miguel dice:

    Tania,

    Hermoso relato. Siempre estoy atento a sus crónicas tan interesantes. Después que desaparezcan todos los Julios en Cuba, ¿quién podrá decir cómo una vez fue?

    Saludos.

    MI