- ene 04, 2009 • 12:32h
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Desde que en 1959 llegó al poder, Fidel Castro se empeñó en desbaratarlo todo. Eliminó infinidad de costumbres y creó otras. Arbitrariamente cambió fechas: los carnavales ya no se celebrarían en febrero, sino en julio. Y los niños no tendrían más juguetes el 6 de enero, sino también en julio, en un artificial Día de los Niños creado para la ocasión.
¿Qué había ocurrido en julio para ser escogido el mes más importante del calendario revolucionario cubano? Nada más y nada menos que el asalto a un cuartel militar, en Santiago de Cuba, con víctimas mortales en uno y otro bando, el 26 de julio de 1953. Un hecho sangriento se convirtió en el centro de tres días de festejos. Desde entonces, el 25, 26 y 27 de julio es el feriado más largo de los cubanos.
A partir de marzo de 1962, cuando el gobierno implantó dos libretas de racionamiento, una para alimentos y otra para productos industriales, los padres que deseaban mantener la tradición de los Reyes Magos se las vieron negras, a no ser que tuvieran familiares en el exterior, fueran habilidosos en la fabricación de juguetes o les quedaran algunos de su infancia.
Un año antes, en abril de 1961, el propio Fidel Castro había proclamado el carácter socialista de la revolución. Y para que la niñez cubana volviera a tener con qué jugar, la solución fue estatal y equitativa: todos los menores de 0 a 13 años tenían derecho a un juguete básico y dos adicionales. Una vez al año, en el mes de julio: por la libreta de “productos industriales” y en la tienda asignada por el Ministerio de Comercio Interior (MINCIN).
El método inventado por los burócratas del MINCIN no pudo ser peor: había que llamar por teléfono a la tienda que a uno le correspondía, casi siempre cercana al domicilio. Desconozco las cifras de entonces, pero en la década de los 60, no era tan alto el número de hogares con teléfono, por lo que una gran cantidad de personas teníamos que acudir a vecinos con conexión telefónica. Y a su amabilidad, toda vez que uno podía pasarse horas tratando de comunicar para reservar un turno de compra.
A cada tienda le asignaban un determinado número de clientes e igual cantidad de juguetes básicos y adicionales. Una muestra de ellos, con sus correspondientes precios, había que mostrarlos en las vidrieras con una o dos semanas de anticipación, para que niños y padres tuvieran idea de lo que en ese comercio podían adquirir.
A nosotros siempre nos tocó comprar en La Casa Mimbre, en Monte entre Romay y San Joaquín, en el Cerro, al doblar de nuestra casa. Mis dos hijos nunca tuvieron los juguetes deseados porque el turno telefónico de compra nunca lo conseguí para el primer ni segundo día, sino para el tercero o el cuarto, cuando ya habían sido vendidos los juguetes más atractivos. Solía ocurrir que en otras tiendas quedaban los juguetes que mis hijos querían, pero como no era la asignada, teníamos que conformarnos con nuestra mala suerte.
Pese a lo desastroso del sistema “ring ring” , el MINCIN volvería acudir a él en los años 70, para reservar en restaurantes, cafeterías y pizzerías de la capital.
Ya no existe la libreta de productos industriales ni hay que llamar por teléfono para un turno con derecho a comprar tres juguetes por cada menor de edad registrado en las antiguas Oficodas, oficinas de control y distribución de alimentos. El límite ahora es la moneda dura: los niños cuyos padres poseen pesos cubanos convertibles serán los que recibirán los presentes de Santa Claus y los Reyes Magos. Los otros, tendrán que conformarse con verlos en las tiendas recaudadoras de divisas.
Tania Quintero
Lucerna




Y por cierto, hablando del Hotel Habana Libre:
Siempre se habla de la cadena Hilton, pero no he visto articulo sobre el otro dueño del inmueble:
El Sindicato Gastronomico.
Quizas algun historiador tome el tema algun dia de los sindicatos y los planes de pensiones de los profesionales, que contribuyeron a la construccion de los edificios de La Habana.
David Lago:
Efectivamente, seria magnifico hacer la ‘pequeña historia”, con todas las recolecciones de anecdotas y peripecias de los ultimos 50 años.
Es increible como se van olvidando las cosas.
A finales de los 60, despues de la epoca de llamadas por telefonos a los restaurantes, habia que hacer cola la noche anterior, para poder reservar un asiento en los restaurante.
Las veces que dormi la madrugada afuera del Centro Vazco y otros restaurantes. La cosa era llevar una jaba y una bolsa plastica, y cuando el camarero se iba, poner el lacon dentro de la jaba.
O comprar el pan con chorizo en la Casa de los Vinos y llevartelo para cocinar.
Lo mismo en las ‘mesas suecas’ de los hoteles Libre y Riviera.
Misha
claro que en todas las épocas hay quiénes han podido complacer a sus hijos, porque tenían los medios, salarios, coches para desplazarse…
Hace poco conversaba con un cubano que su abuela que los criaba, tuvo que vender los “turnos para el primer día” para poder tener dinero y comprar los juguetes el último día, el cuento era simpàtico y cruel porque a ellos en teoría les había tocado la bicicleta pero fue el vecino el que logró comprarla, quizàs no supe expresar bien lo que quise decir, que hay padres que no pueden NI PENSAR en complacerlos porque tienen que pensar en sobrevivir
“Muy bueno Tania, aquello para la generación que tuvo que complacer hijos debe haber sido desastroso, como casi todo.”
Maite.
Maite, todas la generaciones de todas las épocas tuvieron que complacer hijos o ¿hubo alguna que no complacía as sus hijos?
Qué confusión!
Muy bueno Tania, aquello para la generación que tuvo que complacer hijos debe haber sido desastroso, como casi todo.
Yo recuerdo que mis tíos que no tenían hijos y nos regalaban, reciclaban juguetes de mi prima mayor, y compraban a gentes que se iban del país, o inventaban, hubo unas colas enormes en el PArque Almendares para los juguetes debe haber sido 67 o 68, era muy pequeña pero recuerdo a mi tío que no pudo alcanzar una bicicleta para mi primo y estaba desolado.
Aprendí a montar bibicleta en el parque Villalón con una 26, y tenía que darle con el pie y esperar que el pedal diera la vuelta, esto en el 1968 o 69 con seis años, ya en esa época no había bicicletas en La Habana para los niños.
Y a quien le tocó el primer dia (y tenia para comprar)? Hay alguien que pueda testimoniar?
LO QUE DICE TANIA ES CIERTO, SOLO QUE LO DEL TELEFONO FUE SOLAMENTE 1 AÑO, DE AHI QUE POR AQUEL ENTONCES LA LINEA DE LOS TELEFONOS QUE COMENZABAN CON EL 5 COLAPSO, QUEDO INUTILIZADA.
DESPUES SE HACIA POR LA LIBRETA Y PUBLICABAN LOS LISTADOS EN LA BODEGA QUE TE CORRESPONDIA. TENIAMOS MUY MALA SUERTE, A NOSOTROS NUNCA NOS TOCO EN LOS 1EROS DIAS.
Lamentablemente el asunto se deformó a partir de las bacterias y los merolicos. Lo preguntaba sin segundas intenciones y de los demás comentarios intuyo que tal vez esa palabra se pondría de moda después que yo me fui (marzo del 82) pues no la recuerdo ni recuerdo por aquel entonces a nadie vendiendo cosas por la calle. Y lo de las bacterias… bueno, prefiero no opinar demasiado porque me interesa más la paz de mis muertos. Desgraciadamente se cargaron el relato de Tania Quintero. El choteo, la coña, la parodia, el hablar en tono de “relajo”, el desvalorizar a algo o alguien a través de esa insidia que pretende rebajar, no es una virtud del cubano, sino una de sus mayores desgracias.
Y al Anónimo, yo no le doy el título de historiador a Rafael Rojas: simplemente repito el epíteto que le adjudican los medios de comunicación y etcétera.
No son bacterias. Son seres humanos.
Y como ustedes no dejen de pensar en esos terminos la situacion de Cuba continuara dilatandose hasta el infinito.
La palabra “merolico” se comenzo a usar en Cuba, no recuerdo si entre finales de los 70 o principios de los 80, cuando la TVC transmitía una plañidera telenovela llamada “Gotita de Gente.” En México nadie conoce esa telenovela y además no se usa comunmente, o no se usa del todo, la palabra merolico.
Merolico es un término mejicano que se popularizó en Cuba a partir de la telenovela Gotica de Gente.
David Gonzales, quien le dijo que RR es un gran historiador? Ser un buen articulista, y RR lo es, no lo hace a uno historiador.
Merolicos se les llama o se les llamaba a los que vendian en la Catedral de La Habana en los 80.
Pero claro, Woland. Son seres humanos. Y con razón regresarán a sufrir. O mejor dicho, a seguir sufriendo, que ellos no son tan sádicos como algunos se imaginan, y ya la vida les está pasando la cuenta.
os merolicos son la gente que vende cosas por la calle..baratijas. sobre todo……con las leyes actuales de que meten preso a cualquiera ni ese debe quedar…..
Merolicos es el nombre que se les da en Cuba a los que venden por las calles objetos de manufacturas industriales caseras,baratijas,generalmente de baja calidad.Se toma ese nombre de una telenovela mexicana de boga en los ochenta.
Bueno, no se qué tienen que ver los “merolicos” con Camagüey o con Aguada de Pasajeros, pero da igual. “Googleé” la palabra y, al parecer, es un mexicanismo. Vale, Sr. Otro, ya tengo una idea de los merolicos. Gracias.
“De Meraulyock al merolico
En la segunda mitad del siglo XIX llegaba a México un tal señor Meroil Yock, Meraulyock o van Merlyck, según señala el brillante Diccionario de mexicanismos, de Guido Gómez de Silva, y su apellido dio nacimiento a la palabra.
La doctora Claudia Agostoni, investigadora histórica, relata en la revista Estudios de historia moderna que en 1864 o 1865 llegó al puerto de Veracruz, en un barco con bandera francesa, un hombre polaco “de extraña y agitada melena rubia, largos mostachos y espesa barba que le caía sobre el pecho” y que afirmaba ser un ilustre médico, un diestro dentista y poseer fármacos infalibles para todas las enfermedades conocidas y por conocer. Usaba, como buen charlatanazo, un disfraz, una túnica de aspecto oriental. El producto que vendía era el “famoso” aceite de San Jacobo, un elixir infalible para todo. Se trataba, claro, de Rafael J. de Meraulyock.
Pronto, munido con los dineros producto de su argüende (sigo resumiendo el estudio de la Dra. Agostoni), Meraulyock se fue a Puebla, precisamente, y de allí a triunfar a la capital, a la Ciudad de México. En el proceso, su apellido de tan difícil pronunciación fue convertido popularmente en “Merolico”, pero respetándole el título que afirmaba tener (y que nunca vio nadie, por si eso le recuerda a usted a alguien más). Así, el Doctor Merolico recorría las calles en una carroza estrafalaria, acompañado de una banda de música y un grupo de ayudantes, para atraer al público al que le vendía sus remedios, le practicaba “operaciones” con el abandono propio de un embusterazo y le sacaba muelas y plata, procedimiento que tenía su elemento de show-business porque, en el momento en que Meraulyock ejecutaba la extracción, uno de los ayudantes disparaba una pistola para, suponemos, sorprender al paciente y disminuir su dolor, o al menos su resistencia, que ésos eran tiempos en los que la anestesia no existía y no faltaba el que se arrepentía al primer tirón.
El “Doctor” Merolico, que de médico tenía lo que tienen de “investigadores” los modernos ocultistas, no pasaba de sacamuelas con pirotecnia, pues, y sus remedios, como los que nos ofrecen hoy los miembros de ese grupo mundial de desvergonzados que se podrían llamar “Merolicos sin fronteras”, no pasaron a la historia como sí lo hizo su desfachatez.
El “infalible” aceite de San Jacobo de este personaje era tan bueno como sus equivalentes modernos: el reiki, la acupuntura, la homeopatía, la quiropráctica, los CD autohipnotizadores curativos y otras supersticiones que llenan los bolsillos de más de un curandero, además de los delirios que venden otros: caras duras, platillos volantes formados con nubes, fantasmas de cartón, grabaciones del máspallá y otros misterios sin más misterio, y que valen tanto como un litro de aceite de San Jacobo (o bálsamo de Fierabrás, para el caso).
Pero la clave de todo el asunto, para que se vea, se note y se observe, que diría un merolico, que las cosas no han cambiado en el mundo del charlatanaje, nos la ofrece Claudia Agostoni en la siguiente cita de Maximino Río de la Loza, notable bioquímico mexicano de la época, hijo de otro químico notable (Leopoldo Río de la Loza), y en su momento encargado de la Sección de Química Analítica del Instituto Médico Nacional a principios del siglo XX, que nos dice sobre los charlatanes del viejo México:
[...] los hemos visto antes como el que curaba con saliva, y los vemos hoy: ahí está un apóstol que pretende imitar a Jesucristo y curar por su propia voluntad, ó un profeta que dice adivina las dolencias del paciente, y otros, por el estilo, y para darnos la razón, hay quien hable del hipnotismo para hacernos creer en la veracidad de su curación.
Imagínese usted, pues, que las prácticas brujeriles de los sacamuelas del siglo XXI ya estaban totalmente desprestigiadas hace cien años.
El truco, claro, es que usted no lo sepa, y le venga algún cuentacuentos de cuarta categoría a soltarle un rollo mareador sobre las “milenarias tradiciones” que nunca sirvieron para un carajo, sobre los “nuevos descubrimientos” que siempre son “rechazados por la ciencia”, fundamentalmente debido a que se trata de pendejadas que ya se demostró tiempo atrás que tampoco sirven para un carajo o que se ha demostrado que son mentiras descaradas de la manada rascahuele, cuando no prácticas repelentes o peligrosas como el consumo de la orina propia (o la de otros, aunque usted no lo crea). (………)”
Merolico: dícese de una clase de comerciantes, generalmente de poca monta, que proliferaron por castrolandia en la década de los ¿80?, al amparo de alguna de las periódicas “aperturas” económicas del dictador y su camarilla.
Woland,
No le hagas eso a las bacterias.
En los años 70 el turno para comprar los juguetes (básico, no básico y dirigido) llegaba por sorteo a través de la libreta de abastecimientos. A mí me tocó muchas veces comprar el primer día, pero no me sirvió de mucho. A mis padres no les alcanza el dinero para comprar los juguetes que yo deseaba. La bicicleta, de fabricación soviética de 24 pulgadas (que curioso que los cubanos conservamos el sistema norteamericano de pulgadas a la hora de medir las bicicletas) costaba 100 pesos. Con el sueldo de mi madre y mi padre no alcanzaba para comprarla y mantener a dos hijos varones que comían como estibadores. El último año, cuando ya había perdido el interés por los juguetes, había descubierto a las chicas, me tocó el día final de la venta de juguetes. Pude constatar que para entonces ya no quedaba casi ninguno. Al menos en esa época te tocaban tres, hoy solo el que tenga moneda dura puede regalarle a sus hijos algo para jugar. Llegará el día que que todos tengan una moneda con valor y la libertad de comprar lo que se les antoje y puedan pagar.
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rectifico: Merolicos o Merolikos o no se como le llaman en camaguey.
Perdón por mi ignorancia: ¿qué son los merolincos?
Interesante reflexión de Adriana… ¿Es admitida la reencarnación en bacterias por el budismo??
Seria interesante convocar a esa generacion de padres, en los 60 . 70 a contar sus historias y asi, completar las paginas de la realidad social de aquellos tiempos.
Yo recuerdo que al ir a comprar mis juguetes, lo que quedaba era similar a lo que ahora se vende en pesos cubano (plasticos-cuba), o lo que venden los merolicos ahora. Porque son esos juguetes de los merolicos, los que los padres compran para balancear la “Rifas”.
Lo mismo con los juguetes, sucede ahora con los cake. Hacer un cumpleaños es realmente una odisea. El cake de la Libreta, bien pudiera ser la continuidad de aquellas medidas. Hay que reservarlo con antelacion y ….
Yo he presenciado cumpleaños hechos enteramente con las ” bondades de la Libreta.
Seria material para otro post.
Saludos a todos.
incluídas (rectifico)
Independientemente de que el post está bien escrito y relata los hechos como una fotografía, le pregunto a Tania Quintero, a la que admiro por sus memorias y narraciones: ¿Pudiera ud. escribir un post de como eran los Reyes Magos antes de 1959?
En La Habana y provincias uncluidas.
Porque La Habana es la capital pero no es toda Cuba tampoco.
Antes de 1959, cómo fue?
Celebro que sea usted quien haga este fiel recuento de la realidad de entonces, de lo que yo llamo “la pequeña historia”, ésa que acontecía diariamente en las casas y en las calles y de la que seguramente Rafael Rojas ni los grandes historiadores se detendrán nunca a hablar de ella. Y digo que celebro que lo cuente usted porque –independientemente de que en ese momento de 1961 yo tenía 10 años–, por razones del devenir personal y los esfuerzos y sacrificios (en el caso nuestro, ignoro en el de la totalidad de aquella clase en aquellos tiempos) de mi familia y, en particular, de mis padres, ya mi sangre y mi formación estaban podridas por aquella que llamaban “taras pequeño-burguesas”, de modo que si uno se pusiera a contar estas cosas, prácticamente exactas a las que usted narra, sería tildado de “mas radical que nadie” o “tan protestón él” o el gusano más gusano de todos los gusanos.
Las cosas fueron así. Yo vivía en Camagüey y no recuerdo para nada el tema de “coger turno” por teléfono, no recuerdo haberlo oído, pero tampoco recuerdo que por entonces “los Reyes Magos” me trajeran ningún otro juguete ni regalo de los que ya había recibido antes de la Revolución. Lógicamente (y sin lógica también) los métodos pueden variar de una ciudad a otra, de una provincia a otra.
Sí recuerdo lo de “llamar para coger turno” en algunos restaurantes de La Habana en la década de los 70, cosa que me parece recordar que duró una temporada pero no muy larga.
Y sí recuerdo también que La Bodeguita de Enmedio funcionaba exclusivamente, o se supone que funcionaba exclusivamente previa cita telefónica durante los 60 y 70 para el pueblo normal, pero esos teléfonos nunca jamás respondían, de modo que yo nunca jamás (también) pude ir a ese santuario.
El Floridita estuvo cerrado, que yo sepa, hasta algún momento de los 70 en que empezaron a reformarlo (sin saber entonces nosotros todavía que estaría enfocado salvajemente al turismo extranjero). Durante esas obras Queta Pando y yo entramos una tarde a ver lo que estaban haciendo y la verdad es que nos pareció un horror de ridiculez camp todo aquel diseñó de los 40-50. Pero no duramos mucho dentro pues rápidamente vino un operario y nos echó fuera, como si aquello fuera una unidad militar super-secreta.
Verdaderamente alguien, o varios, deberían dedicarse a ir reuniendo todas estas anécdotas que se van contando, teniendo en cuenta que esa realidad cotidiana no es una sino muchas, porque al carecer de historia escrita la oral se va perdiendo y muchos creen, con bastante soberbia (no me refiero a usted ni a nadie en particular, sino en sentido general a generaciones posteriores a la suya y a la mía y a otras inmediatas, que la historia a veces nace a partir de ello.
Muchas gracias. Mejor año.
Suponiendo que la ley del Karma es real, me pregunto qué clase de niñez tendrán los actuales gobernantes de Cuba en su próxima vida.
en los setenta no era por telefono, se realizaba una especie de sorteo en la bodega y se sacaban los turnos, a mi siempre me toco el sexto dia, ya no quedaba nada
era un juguete basico, uno no basico y el dirigido
desastroso
un verdadero desastre……tú cuentas estas cosas y la gente piensa que exageras pero es la pura verdad….que horror……ahora me vine a enterar de porque siempre me tocaban los ultimos dias…al no tener mi mama telph……………yo nunca me explique de nino donde se metian luego en los dias restante del ano los juguetes..pues los recogian y los desaparecian…………..no sabia tampoco eso del cambio de fecha…en fin todo muy maquiavelico……..hay que tener el alma muy negra para crear semejante engranaje……………un saludo y continua con tu buen trabajo…..