castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

En Cuba

PD en la red

Socialismo o muerte, valga la redundancia

  • pd
    Editor Jefe
  • ene 02, 200911:00h
  • 1 comentarios

cartel-destrozado.jpg

Por Raúl Rivero

Anoche, en una de esas angustiosas llamadas de Año Nuevo para escuchar a la gente querida y lejana, el hermano de un amigo mío le decía a éste desde La Habana: «Ramón, lo que pasa es que este país, Cuba, está muerto».
El hombre, un ex combatiente de Sierra Maestra jubilado, que sobrevive con las remesas que le envían sus familiares desde España, y que se pasó la juventud al servicio de Fidel Castro, remató la frase con este comentario: «Está muerto, pero nadie lo acaba de enterrar».
La metáfora, con todo su trasfondo patético y su mensaje de tedio cardinal, retrata la fatiga con la que los grandes sectores de la ciudadanía cubana reciben el amanecer de los 50 años de socialismo con pachanga. Un ritmo sabrosón de negros santiagueros (que inventó el músico Eduardo Davidson), deformado por el acompañamiento obligatorio de un acordeón soviético, primero, y de un cuatro venezolano ahora, al final.
Es cansancio de exportación. Desaliento y desidia porque en la experiencia de tres generaciones de hombres y mujeres, después de medio siglo de promesas y anuncios de planes fantásticos y triunfalistas, hay una sensación de clausura y atolladero, de desconcierto y falta de brújula, acompañada por la certeza: la materia pura de la pobreza sin esperanza.
Esa es la realidad del hombre de la calle, de la gente de bicicleta china como único vehículo, de la cartilla de racionamiento, del peso cubano (24 por un euro); es la realidad del cubano de a pie que ve a los turistas como diosecillos y que sigue, desde su casa desvencijada, la función de teatro que trasmite la televisión estatal y que reseñan los panfletos del Partido, publicados con cabeceras de diarios. Es el desplazamiento en escena de un grupo de dirigentes que ha envejecido delante de las cámaras. Con las entradas y salidas al golpe de los mismos uniformes (hoy apenas disimulados por guayaberas y trajes mal cortados), sus gestos, los discursos, el papeleo, las estadísticas, las consignas roncas por la repetición y desleídas por el uso, desnudas en el casco y la mala idea.
Se trata de un agotamiento que produce una reacción natural de quejas y lamentos, pero que no puede -o casi no puede- pasar de ahí porque ese proceso de cierre y empobrecimiento sistemático está protegido por la algazara de la propaganda. Y, sobre todo, por la maquinaria (más discreta) de la policía política y su aparato de represión científica, uno de los dos organismos estatales que funcionan con cierta eficacia -el otro es el Ministerio de las Fuerzas Armadas.

Así es que después de 50 años de penurias, hambres, golpizas y candados, guerras fantasmas y reales, cinturones apretados y ausencia de cinturones, el panorama de Cuba traduce ese sentimiento de capitulación que la mayoría recibe con críticas de baja intensidad, chistes, ironías y candelas internas. Otros se van. Usan las pericias de la picaresca, gestiones legales o, sencillamente, desafían al mar y a los tiburones en una balsa… Como se dice allí, le dejan una raya al Comandante y salen al exterior a rehacer sus vidas.
Hay, sí, una tercera parte de la sociedad que se enfrenta a pecho descubierto con la dictadura. Hablo de los partidos y grupos de la oposición pacífica. Los periodistas independientes, los bibliotecarios, los activistas de derechos humanos y las Damas de Blanco, una agrupación de mujeres que trabaja por la liberación de sus familiares presos. Son 55 los que siguen condenados después de una razzia policial en la primavera de 2003 en la que 75 cubanos fueron lanzados a los calabozos con penas de hasta 28 años.
Coincidiendo con este aniversario redondo -50 años desde el triunfo de la Revolución- y entre el júbilo de la izquierda cerrera (que cenó en Nochevieja con amigos), amanecieron, un día más, en las más de 300 cárceles cubanas, 209 presos políticos.
Nadie puede creer que el viaje hasta el desencanto ha sido fácil. Comenzó con una fiesta. Con la alegría de más del 95% de los seis millones de cubanos que vivían en la isla en 1959.
Los viejos que arrastran hoy patologías y vicios de mando por el arruinado territorio nacional, hace medio siglo (llenos de juventud, fusiles, barbas, crucifijos y collares de santajuana) entraron triunfales en los pueblos y ciudades, porque hicieron una guerra de 24 meses contra la tiranía de Fulgencio Batista y Zaldívar, un general negado, durante siete años, a bajarse de la silla presidencial.
Dirigía, enfundado en una colección de trajes dril 100 y con un leve olor a colonia inglesa, un régimen corrupto, producto de un golpe de Estado, que llegó a asesinar a más de 3.000 cubanos. La guerrilla fue recibida como una bendición en aquel Año Nuevo.
Nadie imaginaba entonces que el líder rebelde -un abogado de 33 años llamado Fidel Castro Ruz, que había mostrado indignación por la interrupción violenta de la vida democrática en Cuba- iba a multiplicar por siete los siete años que estuvo en el poder el dictador que le precedió.
El libertador no iba a mostrar sólo sus habilidades para multiplicar. Pronto lo haría también para dividir. A los pocos meses de su llegada al poder, comenzó un proceso de división y encono entre las familias -así, en estos momentos el 20% de la población cubana está fuera de las fronteras del país.
El único presidente electo en democracia que permaneció en Cuba y murió allí, hacia 1968, fue el doctor Ramón Grau San Martín, un agudo profesor universitario. El clavó con una frase el trabajo de demolición que comenzó enseguida Fidel Castro. Le preguntaron su opinión sobre la gestión gubernamental del revolucionario y el viejo médico dijo como una exhalación: «Durante años, muchos malos políticos trataron de acabar con el país y no pudieron. Este hombre lo ha conseguido en poco tiempo». Esa labor de destrucción tiene que ver con el estado de la economía nacional. El abandono de las tierras que debían producir alimentos y producen desolación. Con el control del Estado y su gestión diabólica sobre cualquier dominio que genere riquezas.
Se relaciona con la indigencia de la agricultura cubana, atacada cada año por intensos y erráticos ciclones temporales, pero que tiene su enemigo mayor en el huracán estacionario que es la torpeza enciclopédica con que el Estado la maneja. De modo que en ese país donde uno dejaba caer una semilla y crecía un árbol, según los guajiros de otros tiempos, el Estado socialista no alcanza a producir ni el 15% de los alimentos que necesitan la población.
Entonces, mientras la jefatura criolla y sus amigos de América y Europa empeñados en convalidar su inmovilismo, lloran en los foros internacionales por las presiones del embargo comercial norteamericano, Cuba le compra a Estados Unidos (en este año del 50 aniversario, por ejemplo) productos alimenticios por valor de más de 720 millones de dólares. El rechazo visceral debería ser contra el bloqueo que le impone el gobierno a los 11 millones de cubanos de la isla. Un sitio donde hay que vivir con un salario de entre 6 y 12 euros al mes y en el que un aguacate se vende por 12 pesos.
El cuadro es el de una sociedad enferma, crispada, pobre y dividida. Una nación sin pan, sin sueños, sin libertad y como un barco al pairo. Un país que vivaquea en una corriente de abulia, en el que el anuncio de reformas, que se enseñan y se esconden a conveniencia de los magos del asilo de ancianos, produce sólo un poco más de indiferencia.
Cuba no ha muerto, como dijo ayer el hermano de Ramón desde La Habana. Está paralizada. Asiste al velorio del Frankestein del socialismo tropical, espantoso en su media rueda. Y nadie quiere afeites para esa cara. Ni remedios para su corazón de estopa.

El Mundo, viernes 2 de enero de 2009

Publicado en
,
1 respuestas
Comentarios

  • tato dice:

    un abrazo…..me parece muy bueno tu blog…siempre le doy su vuelta…….con respecto a la situacion de alla solo te dire que aquello esta de tranca……..raul y compania no aguantan mas..el tiempo no pasa por gusto…te fijaste en el detalle de que cambiaron las consignas al final?…..