- dic 23, 2008 • 14:44h
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Las familias numerosas en La Habana de mi infancia solían llevar el 23 de diciembre un puerco, ya adobado, a la panadería más cercana para que se lo asaran. Los que vivían en las afueras, preparaban condiciones para asarlo en el patio. Quienes tenían cocina de gas con un horno grande compraban un puerquito pequeño. En mi época, no se cenaba el 24 con una pierna asada, como ahora se estila en Cuba, sino con un puerco completo, como el de la foto. Pero lo que estaba al alcance de todos era comprar las partes del animal que uno prefería, ya asado, en los cientos de timbiriches que se montaban en todos los barrios habaneros y que inundaban la ciudad de un inolvidable olor a lechón asado.
También vendían pan con lechón, a 0.20 centavos. El pan era fresco, de flauta, y luego de servidas las masas con sus correspondientes gorditos crujientes, el vendedor lo rociaba con un mojo de naranja agria, ajo y cebolla.
El 23 era el día de los preparativos, cuando se revisaba si no faltaba nada o si había que comprar más. Entonces mandaban a los muchachos a la bodega de la esquina, a comprar más nueces, avellanas, dátiles, higos… Mis padres y yo siempre cenábamos el 24 en la casa de mi abuela Matilde, en Luyanó. Nos íbamos temprano, para ayudar en lo que hiciera falta. Como vivíamos cerca de Frutas Rivas, un almacén importador de frutas de California, frente al Mercado de Cuatro Caminos, llevábamos un cartucho grande con manzanas, peras y melocotones, que mis tías cogían para adornar la mesa. En Nochebuena no comíamos uvas: éstas se dejaban para despedir el año, el 31 de diciembre, a razón de doce por persona.
Mi familia por parte de padre pertenecía a la clase trabajadora. Mis tres tías, Cuca, Lala y Victoria, eran modistas: mis dos tíos, Agustín y Máximo, carpinteros y Manolito, mi padre, barbero ambulante. Cirilo, el esposo de mi tía Cuca, era militar, y Luis, el esposo de Victoria, hacía prótesis dentales. Montalvo, tío de mis tías, era procurador, trabajaba en el Juzgado de Puentes Grandes y le decían “doctor”.
Si alguno de ellos se le presentaba un compromiso y no podía ir a cenar con la familia, tenía que pasar y disculparse personalmente con la abuela Matilde, una mulata que medía 6 pies y pesaba 200 libras. Y dejar algo, bien fuera un turrón, una botella de vino o veinte pesos. Era la matriarca. Y para ella, Navidad y Nochebuena eran las grandes ocasiones de reunión familiar.
Tania Quintero
Lucerna




