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Tanda del domingo: “Talco para lo negro” (1992), de Arturo Sotto Díaz

  • dic 19, 200816:39h
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Allá por 1991, unos amigos me hablaron por primera vez del cortometraje “sobre Lezama” que estaba haciendo Arturo Sotto, por entonces estudiante de cine en la Escuela de San Antonio de los Baños. El título, casi tan críptico como la trama, era Talco pa’ lo negro (aunque ahora compruebo que ha pasado a los anales y bibliografías sin la criolla contracción), y alguien me dijo que tenía que ver con una frase del propio Lezama o de Carpentier, quién sabe dónde.

Pude ver algunos trozos antes de que se estrenara, en 1992, y hasta le dieran un Premio Coral, entre otros. No era sobre Lezama, como podrán comprobar ustedes, aunque sí es un buen ejemplo de algo que ya he apuntado en otra parte: el rol de Lezama como referencia subversiva en el discurso cultural de la Generación de los Ochenta, antes de que se convirtiera —o más bien, lo convirtieran— en puntal de una nueva política cultural nacionalista.

El argumento de Talco pa’ lo negro, más allá del barroquismo y de esa tentación por el collage que oculta el confuso magma ideológico del cineasta primerizo, tiene todavía cierto atractivo. Un personaje que es una mezcla de detective y comisario nos muestra su tormento ante una explosión de signos perversos. En pantalla aparece, más o menos maquillada, la lucha entre su vocación de censor y el despliegue de lo individual entendido como degeneración. En ese confeso archivo de mitos del subdesarrollo que pretende el director (vean cuando rompe la elipsis para autoexplicarse en un breve cameo, junto a unos falsos Beatles), las inquietantes referencias a Antonia Eiriz, Virgilio Piñera, Lunes de Revolución y, por supuesto, Lezama, ocupan destacado lugar, para desasosiego del comisario que llega a declarar: “A veces pienso que la Revolución es invadida por todas las perversiones, y corro en su auxilio”).

El tema, obviamente, es la censura, uno de los principales desvelos de cualquier creador cubano a principios de los ’90. Y la atmósfera es de nocturnidad y pesadilla, saturada de citas. Pero Talco pa’ lo negro anticipa también, —con otro lenguaje, y apelando más al archivo que al set—, un rasgo que luego hemos visto mucho después, brillantemente consumado en Utopía, el excelente corto de Arturo Infante: esa mezcla tan cubana de alta y baja cultura, de chusmería y highbrow.

Las referencias a Lezama son, en realidad, una especie de hilo conductor dentro de un guión demasiado gelatinoso. Pero de todas formas creo que Talco para lo negro puede quedar bien hoy, día del cumpleaños de Lezama.

Agradezco a Ricardo Vega, que me hizo el favor de subirlo a Internet, y lo dedico a Audry Gutiérrez, que desde Buenos Aires, y quince años después, se divertirá viendo su primera incursión en pantalla.

Ernesto Hernández Busto
Barcelona

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