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Cuba y Obama

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    Editor Jefe
  • dic 08, 200815:50h
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Jorge Castañeda, hoy, en El País, sobre los desafíos de Obama en la política exterior hacia Latinoamérica:

El tercer problema [después de Nicaragua y Venezuela], por supuesto, es Cuba, detonante de pesadillas para tres presidentes norteamericanos demócratas, a saber: Kennedy, Carter y Clinton. Debido a los sufragios a su favor de parte de la comunidad cubano-americana de segunda generación, el ex senador de Illinois ganó el Estado de Florida, cosa que no había sucedido desde Clinton en 1996, y antes de eso sólo con Carter en 1976. Un sector importante del Partido Demócrata va a empezar a presionar al presidente para que emprenda una normalización con La Habana. Y muy posiblemente haga algo casi al inicio de su mandato: suspender las restricciones a los viajes y al envío de remesas de cubano-americanos a la isla. Pero también lo van a presionar otros y en otro sentido. Los latinoamericanos, y España también, han adoptado cada vez más la visión castrista para la salida cubana del atolladero: la vía vietnamita. En términos concretos esto significa (con toda razón) que EE UU levante unilateralmente el embargo, que (sin razón alguna) se readmita a Cuba sin condiciones a distintos organismos de la comunidad hemisférica, y que realice las reformas económicas que considere necesarias a su ritmo, dejando a un lado cualquier reforma política remotamente imaginable.
Prueba de que ya empieza a darse esa tendencia es la reciente decisión del llamado Grupo de Río, en Zacatecas, México, de readmitir a Cuba en dicho grupo, a pesar de que desde su creación como ampliación del Grupo Contadora de los años 80 siempre consistió en una asociación de carácter político, y en los hechos siempre estableció como condición la vigencia (relativa) de la democracia representativa, y el respeto (relativo) a los derechos humanos. A tal grado que, en 1989, Panamá fue suspendido por las “violaciones a los derechos humanos” de Antonio Noriega y Perú fue suspendido en 1992 por el cierre del Congreso decretado por Fujimori.
El problema de Obama yace en que el embargo es desde 1994 un acto del Congreso, y no un decreto del Ejecutivo como lo había sido desde 1962. Necesita 60 votos en el Senado para levantarlo unilateralmente, y sortear las trampas y los desafíos que seguramente el Gobierno de Cuba le tenderá durante las primeras semanas o meses de su residencia en la Casa Blanca, al igual que lo ha hecho La Habana con los últimos nueve presidentes de EE UU y tendrá también que lidiar Obama con la postura de su secretaria de Estado, Hillary Clinton, cuya cuñada, María Victoria Arias, nacida en La Habana en 1958 y abogada militante y activa en la comunidad cubano-americana de Miami, se autodescribe como pro-embargo. Ya Arias incidió en la política de su concuñado Bill Clinton hacia Cuba en 1992 y 1994; es de esperar que lo haga con su cuñada.
De nuevo, sin duda lo último que quisiera Obama es verse obligado a afrontar una crisis cubana, migratoria, internacional o interna, durante los primeros meses de su Gobierno, o juntar los votos en el Senado para levantar el embargo y darles gusto a los latinoamericanos. Welcome to Latin America, president Obama.

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