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Recuerdos de 1959 (II)

  • nov 27, 200811:48h
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Corta y clava

En la planta baja quedaba un local de conferencias. Allí se celebraban las “Charlas de los Jueves”. No me perdía ninguna. Fue mi primera escuela de comunismo. Habían pasado seis años y ya había olvidado a Liu Shao Shi y su manual. Resuelta a zambullirme en la doctrina marxista leninista, le pedí al “tío Paco” una lista de libros para leer. Me hizo dos listas: una contenía la literatura básica, elemental, y otra más avanzada. A raíz de su muerte, en 1985, doné al Instituto de Historia del Comité Central del Partido Comunista de Cuba los manuscritos de Blas Roca, entre ellos los dos listados para un adoctrinamiento que nunca seguí al pie de la letra.

Los comunistas no eran nuevos en esa plaza: hasta julio de 1953 en esa misma cuadra y acera de la céntrica avenida de Carlos III, habían tenido sus oficinas nacionales, pero tras la represión desatada por el asalto al cuartel Moncada, fueron obligadas a cerrarlas. Volvieron a abrirlas en 1959, aunque no en el mismo sitio: el antiguo local había sido convertido en almacén de tabacos. En la misma esquina de Marqués González tuvieron la suerte de encontrar y poder alquilar una casona de dos plantas con amplios salones. La planta baja, con acceso directo a la calle, la destinaron para actos y conferencias como las “Charlas de los Jueves”.

Cuando se subía por la amplia escalera, en el primer piso, a la izquierda, estaban las oficinas nacionales y a la derecha las del comité provincial del PSP en La Habana, entonces una sola provincia. Su secretario general era César Escalante, hermano de Aníbal. Los Escalante eran una familia con raigambre patriótica. César, alto y delgado, no se parecía a Aníbal, más gordo y siempre con un sombrero tejano. En el carácter sí: los dos tenían personalidades fuertes. A César se debe la creación de la primera COR (Comision de Orientación Revolucionaria), después devenida en DOR. Charlas, folletos, propaganda: todo eso y más se le acreditaba a César y su equipo de colaboradores.

Los días previos a la ley de nacionalización de las compañias extranjeras, estadounidenses en su mayoría, César tuvo una actividad febril, junto a otros miembros del comité nacional del PSP. Lo recuerdo ir y venir desde sus oficinas a las nuestras, serio, apurado. Fueron dos días con sus noches muy tensos y de mucho correcorre, con reuniones continuas, llamadas, idas y venidas, imagino que para deliberar con Fidel y Raúl. Y yo, claro, mecanografiando, cambiando párrafos, rehaciendo cuartillas.

El colofón sería el acto en el Estadio del Cerro (actual Estadio Latinoamericano). Por si no bastara su repercusión, aquello tuvo un ingrediente mediático extra: en medio de su discurso, Fidel Castro enmudeció. De aquella Ley trascendental, la imagen que me ha quedado es el caminar apresurado de César Escalante, Fidel afónico, los americanos encabronados y yo muerta de cansancio.

Si en aquel potaje la “especialidad” de César era la ideología, la de su hermano Aníbal era el rumbo político de la Revolución. O al menos eso era lo que me parecía, pues Aníbal era el enlace entre la dirección nacional del PSP y “Alejandro”, pseudónimo de Fidel Castro. Cada vez que un mensaje escrito debía ser enviado a “Alejandro”, Guerrero me hacía dejar lo que estuviera haciendo y de prisa me llevaba para la oficina de Aníbal, al fondo del local.

En una Underwood situada en un rincón, Aníbal me mandaba a sentar, mientras él, dando zancadas de un lado a otro, empezaba a dictarme. Y yo tiquitiquitiquiti. Si le parecía bien seguía dictando; si no, me hacía sacar el papel, lo rompía y empezaba a dictar de nuevo. Aníbal me decía las comas, puntos y aparte, punto y seguido, aunque no se necesitaban demasiadas reglas ortográficas: siempre eran mensajes cortos, apremiantes.

Desde que veía a Guerrero venir a buscarme como un gallito culeco, para mis adentros decía: “Uff, un corta y clava de Aníbal”.

Ninguna de esas urgencias me causaban mayor preocupación. Era joven y aquellos dimesidiretes políticos no me quitaban el sueño. Joven, pero no tonta, me daba cuenta de cuánta tenían razón los críticos incipientes de la revolución cuando comenzaron a propagar que “la revolución era como un melón: verde por fuera y roja por dentro”. Sin sonrojarse, Fidel los desmentía y aseguraba que era más verde que las palmas. Y yo pensaba en las palmas del soviet de Mabay. El 13 de septiembre de 1933, dirigidos por el comunista Rogelio Recio, los campesinos del ingenio Mabay, en el poblado del mismo nombre, en la antigua provincia de Oriente, decidieron unirse y fundar un gobierno popular, bautizado con el nombre de “Soviet de Mabay”; ese día, en lo más alto del central azucarero, ondeó la bandera roja con la hoz y el martillo).

Por suerte, siempre que aparecía un “corta y clava” yo estaba ahí y no tomándome un café con leche en la cafetería al lado del periódico Revolución, en Carlos III y Oquendo o más arriba, en otra más pequeña, detrás de la Compañía Cubana de Electricidad, donde por una peseta me tomaba una deliciosa limonada frappé.

Esas salidas eran para merendar. A donde solía escaparme era al periódico Hoy, a tres cuadras, en la calle Desagüe, o a la librería de Lalo Carrasco, enfrente. A veces iba con mi padre a tomar café con leche en Reina y Belascoaín y aprovechaba para comprar algunas de las delicias que vendían en una tiendecita aledaña: cremitas de leche de Cascorro, cucuruchos de Baracoa, raspadura, boniatillo, coquitos prietos o acaramelados, pasta de tamarindo, guayaba en barra, mermelada o casquitos, en fin, dulces tradicionales de toda Cuba.

Agrios, risuenos y legendarios

Tensos fueron también los días en que se trabajaba para desbancar a David Salvador y su grupo de la dirigencia de la Confederacion de Trabajadores de Cuba, cuya sede central quedaba muy cerca del periodico Hoy. En el centro de aquellas pugnas estaba Lázaro Peña, finalmente elegido secretario general de la CTC.
Lázaro tenía una voz ronca, no acorde con su carácter alegre y su sonrisa Colgate. Como casi todos los comunistas de la época, se vestía con guayaberas, de mangas largas o cortas, y cuando la ocasión lo requería, de traje, con cuello y corbata o sólo con el saco.

Desde la década de 1940, la clase obrera había tenido en Lázaro su mayor representante. No fue el único: estaban también Aracelio Iglesias, portavoz de los portuarios, y Jesús Menéndez, líder de los azucareros. A los dos los conocí, a los dos los asesinaron en 1948.

El 22 de enero, cuando descendía de un tren en la estación de Manzanillo, a 800 kilómetros al este de La Habana, le dispararon a Jesús, por entonces al frente de la poderosa FNTA (Federación Nacional de Trabajadores Azucareros) y campeón de la lucha por el “diferencial azucarero”. El 17 de octubre de 1948, Aracelio Iglesias fue acribillado a balazos mientras se encontraba en la sede del sindicato portuario, en la calle Oficios, Habana Vieja. Pistoleros pagados por compañías navieras foráneas, a las cuales Aracelio se había enfrentado para conseguir mejores salarios y condiciones laborales, sobre todo después que fuera elegido secretario general de la Federación Obrera Marítima Nacional, decidieron eliminarlo del mismo modo gangsteril que a Jesús Menéndez.

La tercera esposa de Lázaro fue Zoila, más conocida por su nombre artístico: Tania Castellanos. Lázaro combinaba muy bien su faceta de dirigente político y obrero con la música y la vida cultural. En los primeros tiempos, los Peña vivieron en el edificio Areíto, en Infanta y Manglar. Más de una vez, cuando Adalberto, el chofer, me llevaba o traía de su casa, coincidí con Bola de Nieve, vecino del inmueble. Lo recuerdo siempre impecable, gentil, con un paraguas negro. Otras veces lo vi caminando por Infanta y tengo la impresión de que siempre fue a pie al Monseñor, restaurante donde cada noche actuaba. Servían buena comida y tenía un bar acogedor, pero lo que realmente valía la pena era disfrutar de Bola tocando el piano. Cualquier canción en su voz era un regalo. No ha nacido otro como él —ni como Benny Moré, a quien mi padre nunca me dejó ir a ver actuar al AliBar. Decía que ése “no era sitio para señoritas”.

Tania Castellanos y Lázaro Peña tenían muchos amigos en el mundo artístico, uno de los más allegados fue Pacho Alonso. Desde que el PSP fundara la emisora Mil Diez, en la década de 1940, la vinculación de los comunistas cubanos con la música, el arte y la cultura fue muy destacada.

Lázaro era un negociador innato. Buena parte de la dictadura de Batista la había pasado primero en Praga, en la Federación Sindical Mundial, y después en México, en otra misión del partido. Sus más cercanos colaboradores fueron Carlos Fernández y Rafael Ávila, sindicalista de buenos modales, pero Carlitos —como le decíamos a Fernández— era más ácido que un limón criollo. Tan berrinchosos como él eran los hermanos Escalante, enérgicos y nerviosos. Carlos Rafael, no era tan pesado como prepotente: él sabía que sabía.

Los más caballerosos: Salvador García Agüero, Juan Marinello y Fabio Grobart. Los más campechanos: Severo Aguirre, Antero Regalado, Ramón Monguito Calcines y, por supuesto, Blas Roca, el “tío Paco”.

No sé cómo (aunque me lo imagino) los del PSP se enteraron muy pronto de que los americanos nos iban a quitar la cuota azucarera y a continuación vendría una represalia (aún sin nombre, después sabríamos que se trataba del embargo decretado en marzo de 1962, aún vigente). Y allí me fui yo otra vez, a la oficina de Blas, ahora a mecanografiarle a Carlos Rafael tablas con decenas de cifras. Tenía que hacerlo con las hojas apaisadas, usando todo el tiempo el tabulador. El destinatario no lo sabía, aunque también me lo imaginaba. Lo mío era ver, oír, mecanografiar y callar.

Los trajines de Joaquín Ordoqui y Osvaldo Sánchez pasaban por el verdeolivo, por las nacientes Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior. Flavio Bravo y César Escalante tuvieron activa participación en la creación de las milicias. La Ley de Reforma Agraria y la creación de la Asociación Nacional de Pequeños Agricultores fueron tamizados también en el colado pesepesiano. Los experimentados en el tema agrícola eran Romárico Cordero, José “Pepe” Ramírez, Antero Regalado y Severo Aguirre. De la vieja guardia provinciana, los más recordados son Juan Taquechel, de Santiago de Cuba, y Gilberto del Pino, camagüeyano. De los poetas, Nicolás Guillén, miembro del comité nacional del PSP, y el manzanillero Manuel Navarro Luna.

Cuando la extraña desaparición de Camilo Cienfuegos, en octubre de 1959, Navarro Luna estaba en La Habana. Por aquellos días yo trabajaba en la oficina de Lázaro, una de las más amplias y cercana a la entrada: era la más visitada. Una mañana vino Navarro Luna y me pidió que le pasara en limpio un poema que acababa de componer. Me dio el papel y cuando terminé, lo declamó: “Tienes que estar muerto, tremendamente muerto, Camilo…”. El poema apareció al día siguiente en el periódico Hoy. También el órgano del PSP publicaría un poema a Camilo escrito por Guillén, mulato camagüeyano, irónico y peculiar.

Del ahora mítico Che Guevara mis primeras impresiones fueron las de una piedra en el zapato. Para referirse a él le llamaban “el argentino”, no por desprecio nacionalista, sino como una forma de distinguirlo. Siempre que algo se estaba adobando o a punto de ir a la candela, aparecía una opinión distinta: la del Che. No es descabellado pensar que la dirección máxima de la revolución quisiera deshacerse del atravesado argentino. Su paso por la revolución cubana fue breve, pero intenso: de 1956 a 1965. Nueve años.

No hay peor ciego…

Cuando las clases se reanudaron en la Escuela de Comercio me matriculé en la sesión nocturna. Así que hasta febrero de 1961, cuando me fui a pasar un curso de maestros voluntarios en Minas del Frío, trabajaba mañana y tarde y por las noches; de lunes a viernes, estudiaba. Si no conseguía “botella” me iba a pie, por todo Carlos III hasta Ayestarán. La carrera de contador público la dejé en segundo año.

Si no caía ninguna tiñosa, los fines de semana me iba a la Biblioteca Nacional, por entonces una maravilla, cuidada, con mobiliario nuevo. En la cafetería siempre pedía lo mismo: bocadito tostado de jamón y queso y batido de mamey. Otras veces iba al Palacio de Bellas Artes, a alguna exposición o curso (asistí a uno de arte precolombino) o a algún concierto en el teatro Auditorium, en el Vedado, hoy Amadeo Roldán.

Los contactos con soviéticos, polacos y otros europeos del campo socialista databan de los años 30 y después de 1959 se mantuvieron y afianzaron. Pero en aquellos diecinueve meses sentí que eran más cercanos y naturales los vínculos del PSP con los partidos comunistas latinoamericanos. El ejemplo más conocido fue la amistad de Blas con Luiz Carlos Prestes, del Partido Comunista de Brasil. La historia de su esposa, Olga Benario, quien murió en un campo de concentración nazi, fue muy conocida en Cuba.

Monguito Calcines era el encargado de las relaciones internacionales. A través de él conocí a un grupo de nicaragüenses que en 1960, después de una estancia en Cuba, viajaron a la República Democrática Alemana. Entre ellos se encontraba Carlos Fonseca Amador. Lo recuerdo alto, delgado, amable, con sus espejuelos de armadura negra y gruesos cristales (yo también era miope, pero no tanto como ahora). El día de la despedida, los nicas me pidieron mi dirección. Se las di, pero nunca me escribieron.

Quien me escribió fue un joven alemán que se acercó a ellos para practicar el español. La carta la recibí unos días antes de irme a la Sierra, en febrero de 1961. La guardé. No le respondí hasta el mes de junio, cuando regresé, con 130 libras de peso y el orgullo de haber subido tres veces el Pico Turquino. Mi amistad con aquel alemán se ha mantenido hasta el presente y tiene casi los mismos años de la revolución. Pero si en Alemania en todo este tiempo muchos cambios han ocurrido, en Cuba las cosas van para peor, desgraciadamente.

* * *

La historia de las relaciones entre los viejos comunistas y los hermanos Castro esta aún por escribirse. En el libro Fidel, el desleal, el francés Serge Raffy especula al respecto, pero algunas de sus afirmaciones, particularmente las referidas a supuestos contactos entre Fidel Castro y Fabio Grobart desde los años 40, deben ser investigadas y comprobadas. No lo dudo, sólo digo que están por comprobar.

Cincuenta años después del triunfo de la revolución cubana me sigo preguntando por qué toda la gente que había fundado y consolidado un partido comunista dentro del capitalismo, dentro de gobiernos más o menos democráticos, y que ellos mismos, con más o menos imperfecciones, en sus organizaciones y publicaciones hacían valer la libertad de expresión y las discrepancias, no vieron o intuyeron la personalidad egocéntrica de Fidel Castro ni el peligro que su poder absoluto representaba para el país. ¿Es que no lo vieron o no lo quisieron ver?

Tania Quintero
Lucerna

Foto: Grey Villet, Archivo Life/© Time Inc.

Recuerdos de 1959 (I)

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9 respuestas
Comentarios

  • nelly dice:

    Quisiera saber mas de Josè Pep Ramìrez
    Nelly

  • Omar dice:

    La cafetería de atrás de la Compañía de Electricidad, en la esquina de Oquendo y Pocitos se llamaba Frisco. Era de mi padre quién la compró después de muchos años de trabajo. Creo que todavía se llama así, pero ya es un local desvencijado.

  • Tania dice:

    Max, qué bueno que recordaste a Salvador García Agüero, a quien le tuve mucho cariño. Él y Juan Marinello eran los caballeros del PSP, muy educados y a la vez muy sencillos. Ayer en los archivos de Life vi una foto de los dos, uno al lado del otro, ocupando sus puestos como representantes, en el Capitolio Nacional. La foto es de mayo de 1945 y fue tomada por Ed Clark. También había varias del 1ro. de Mayo de ese año, entre ellas dos en las que se ve a Lázaro Peña presidiendo el desfile al lado de Ramón Grau San Martín. Era la postguerra y Cuba vivía uno de sus etapas más democráticas y tolerantes. Es una época que conozco bastante, por investigaciones que hice para trabajos publicados en la revista BOHEMIA en los años 70, uno sobre los alemanes antifascistas que vivieron en Cuba y otro sobre la solidaridad del pueblo cubano durante la Segunda Guerra Mundial. Ya desde mucho antes, en 1936, cuando la guerra civil en España, los cubanos mandaron infinidad de cajas con ropa, comida, medicinas… Cuando la II GM, Cuba enviaba toneladas de tomates y otras verduras frescas a Estados Unidos, donde los procesaban y enviaban secos a Europa. En los archivos del periódico HOY se encuentran fotos de trabajadores y gente humilde llevando latas de leche condensada y tabletas de chocolate, entre otros productos no perecederos, para enviar a la URSS y otros países en guerra. Aprovecho para darte las gracias por el comentario que dejaste en mi blog. También a todos los que me han enviado emails para que continúe recordando. CS: en diciembre de 2002 empecé a escribir un libro en La Habana, cuando vino la oleada represiva de 2003 lo paralicé y así se ha quedado. Antier cumplí cinco años en Suiza y aún no tengo deseos de continuar el libro, lo que he hecho y seguiré haciendo es desgranando algunos recuerdos. En mi blog he publicado varios sobre mi infancia, siempre relacionados con La Habana, la ciudad donde nací hace 66 años. T.Q.

  • Güicho dice:

    ¡Muy cómico! Eso de la raigambre patriótica en aquellos sulacranes de una ideología foránea, alienígena y nacionalmente antigenética. ¡Qué gracioso! Igual que aquello de los comunistas democráticos que no percibieron el peligro de la dictadura. Sí, los comunistas cubanos eran unas sanas prostitutas que no percibieron el advenimiento del chulo.

  • Ric dice:

    Da grima leer esto. No por la persona que lo escribe, sino por el espanto que representa.

  • Anónimo dice:

    Tambien C R Rodriguez sabia lo que se avecinaba.Cuando los viejos comunistas lo iban a ver para quejarse , este les decia que habia que seguir a FC.A los que jodieron fueron a los de abajo,porque los de arriba siguieron viviendo bien.

  • Max dice:

    Dices al final, Tania:

    “…no vieron o intuyeron la personalidad egocéntrica de Fidel Castro ni el peligro que su poder absoluto representaba para el país. ¿Es que no lo vieron o no lo quisieron ver? ”

    Sí vieron el peligro Tania, pero ya era demasiado tarde. En el 1962 recibieron los primeros golpes.

    Salvador García Aguero fue tronado en los primeros años –creo en el mismo 60– por comentar en un grupo que Fidel era un gangster universitario y no un marxista. Lo enviaron de embajador a Bulgaria y regresó a Cuba a los pocos años para morirse de un cáncer de estómago.

    Salvador, un ex congresista, durante el batistato vivía en un humilde apto de la calle Luz, en Lawton, a dos puertas de mi casa, trabajaba como maestro de escuela pública y no tenía automóvil. El mejor orador del Partido.

    Dicen que el gran engaño de Fidel Castro fue decir que era humanista y resultar comunista.

    En realidad el gran engaño fue que aparentó que era comunista y resultó ser fidelista, un engendro del infierno.

    Durante las recientes elecciones en los EU me decían algunos amigos, preocupados, que Obama era marxista, o socialista. Yo les decía que eso no era de preocuparse, lo malo es que sea Obamista, que no sabemos que diablos es. .

    Saludos y felicitaciones por tus artículos, que espero sean más de dos.

  • CS dice:

    Senora Tania, espero que vaya a sacar un libro de estas memorias, me hacen pensar en los recuerdos de Josep Maria de Sagarra, una acumulacion de anecdotas que recrean la Barcelona, Paris, Madrid, Venecia y otras ciudades de su juventud, aunque tengo que admitir que hubiera preferido conocer el ambiente que el conocia, en vez de los primeros pasos de nuestra tragedia nacional.

  • En primera plana de El Mundo de hoy (27.11.08) aparece una columna en color pardo bajo el título de LAS MEMORIAS DE LA HIJA DE FRANCO y la portada del libro que se llama “Franco, mi padre”. A continuación, una serie de recuerdos de Carmen Franco, la niña actualmente venerable anciana lifteada y vuelta a liftear, que, además de inocentes, suenan casi angelicales.