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Recuerdos de 1959 (I)

  • Nov 25, 200810:47h
  • 9 comentarios

Corría diciembre de 1958. Desde una azotea de una casona de la Habana Vieja, buena parte de la visita a una familia amiga de mis padres me la pasé ensimismada, asustada, con una mezcla de temor y curiosidad, mirando el movimiento de tropas militares que sin necesidad de anteojos se divisaba desde el privilegiado lugar, muy cerca de la entrada del túnel.

En noviembre había cumplido dieciséis años y mis preocupaciones guardaban estrecha relación con aquel ir y venir de militares: el Ejército Rebelde, me lo había dicho mi padre, estaba a punto de tomar la ciudad de Santa Clara, en el centro de la isla. Pero mi padre, que todo me lo decía, no me había dicho que el bulto grande y pesado que yo había recibido de un desconocido y guardado en un recoveco de nuestra casa, eran luces de bengala, para ser utilizadas en el descarrilamiento de un tren en Las Villas.

Hace cincuenta años, en diciembre del 58, tampoco podía imaginarme que la dictadura de Batista estaba llegando a su fin. Ni que apenas un mes después de pasar varias horas embobecida mirando los movimientos de vehículos militares, yo estaría allí, en La Cabaña. Y almorzaría frijoles colorados en el comedor de los barbudos. Y vería por vez primera al Che y le daría la mano.

Los meses de enero a julio de 1959 los recuerdo como si hubiera estado viviendo en un limbo. A pesar de las noticias y las corazonadas, los acontecimientos se sucedieron a una velocidad de vértigo. De pronto el rojinegro se convirtió en la combinación de moda, desplazando a los colores de la bandera. Los católicos, por si acaso, decidieron mantener oculta la imagen del Sagrado Corazón. Los espiritistas, seguidores de Clavelito, sí dejaron el vaso de agua a la vista. Pero fue mayoría los que se sumaron a la catarsis fidelista y en las puertas de las casas comenzaron a aparecer cartelitos de “Gracias Fidel”. En mi casa nunca hubo ninguna imagen religiosa y a no ser una tía, nadie creía en el espiritismo. No éramos fanáticos y no pusimos ningun cartelito. Mi padre no veía con buenos ojos a Fidel Castro. Cuando el día después del asalto al cuartel Moncada vi aquellos titulares en la prensa, le pedí una explicación. Y me lo dijo rápido y corto:

—Eso fue un putsch y ese Fidel Castro es un putschista.

Me quedé en China. Decidí no preguntarle, pero él se dio cuenta y a China me mandó. Fue al escaparate y sacó un pequeño libro. Se titulaba Cómo ser un buen comunista, de Liu Shao Shi.

—Léetelo bien, así no tendrás que preguntar más.

Cuando terminé de leer aquel panfleto seguí sin saber qué era un putsch, quién era en realidad Fidel Castro y por qué para ser un buen comunista debía orientarme por un chino.

Blas, el explotador

Febrero de 1959. Con el tíbiritabara de la Revolución, en la Escuela de Comercio no habían empezado las clases, y había tremenda fajazón entre los del 26, el Directorio y la Juventud Socialista por controlar la Asociación de Estudiantes. Yo me había sumado a la huelga estudiantil decretada en el 58 en todo el país y llevaba casi un año sin estudiar. Y de pronto me entraron ganas de empezar a trabajar para tener mi propio sustento.
Una noche, después de comer, a boca de jarro le dije a mi padre que quería trabajar:

—¿Trabajar? ¿En qué? Si tú nada sabes hacer.

—Yo di clases de corte y costura con mi tía Cuca…

—-Sí, y qué, ¿vas a trabajar en un taller de confecciones?

—A lo mejor, o puedo coser para la calle. Ya sé hacerme mi ropa.

—Mira, acuéstate a dormir y mañana seguimos hablando.

Al día siguiente le traje una propuesta: pasar un curso de mecanografía y taquigrafía en inglés y español, en la Havana Business Academy, al doblar de la casa. El problema era que costaba ocho pesos al mes. Logré convencerlo —al final era su única hija— y me pagó dos meses, marzo y abril. Pero para mecanografiar con velocidad y poder conseguir pronto un trabajo tenía que practicar todos los días. Y mi padre sí que se negó a comprarme una Remington que un vecino vendía en cuarenta pesos.
La solución fue irme todos los días para las oficinas del Comité Nacional del Partido Socialista Popular, donde él trabajaba cuidando el local. Y tantas veces fui que terminé sustituyendo a Aleida, la mecanógrafa, a punto de dar a luz. El administrador era Secundino Guerra, alias Guerrero. Y el tesorero, Manolo Luzardo. Él fue quien determinó mi salario: 46 pesos. Cuando me lo dijo, formé bateo. Y él, grande y gordo como mi padre y también tacaño como él, me respondió: “Todavía no has cumplido los 17, ¿para qué necesitas tú más dinero? ¿No sabes que el dinero corrompe?”.

* * *

En mi expediente laboral aparecía una carta, fechada en agosto de 1959, con papel timbrado del PSP, en la cual Blas Roca Calderío decía que me conocía desde hacía tiempo (él quería poner desde que nací, pero a mí esa realidad no me gustó y lo cambió) y era persona “de toda moral y confianza”.

Esas dos cualidades valían antes y ahora, pero la plaza no me la gané por ser sobrina de la esposa de Blas ni porque mi padre había sido su guardaespaldas durante más de veinte años. Me contrataron porque mecanografiaba con destreza, no tenía faltas de ortografía y sabía redactar cartas.

Al “tío Paco” le tecleé más porque era el secretario general y porque escribía como un condenado, en unos blocks pequeños, de papel gaceta, sin rayas, de ésos que costaban dos quilos en las quincallas. Tenía la letra pequeñita, pero legible y escribía parejito, como si pasara una línea.

Blas, Juan (Marinello) y Carlos (Rafael Rodríguez) eran los más exigentes. No admitían la más mínima chapucería. Tenía una buena goma Pelikan, pero ellos no me pasaban ni un borrón. Cuando me equivocaba tenía que repetir la hoja. Entonces no había esos papelitos para borrar —o sí, pero yo no los conocía. Por 46 pesos trabajaba de lunes a domingo, mañana, tarde, noche y madrugada si era preciso.

Blas decidió reeditar en 1959 su libro Los fundamentos del socialismo en Cuba. Cogió la última edición y la hizo leña. Iba arrancando hoja por hoja y en ellas hacía directamente los arreglos. La complicación venía cuando añadía nuevos párrafos y ponía numeritos aquí, allá y acullá en las hojitas de blocks de dos quilos.

Ser la hija de Quintero y trabajar 12 horas diarias a esa edad tenía sus ventajas: de vez en cuando hacía lo que me daba la gana. Por ello saqué la máquina de escribir de la biblioteca y me la llevé para la oficina de Blas, simple como la de todos en aquella época: un buró, tres taburetes y un librero.

Allí podía trabajar con tranquilidad, pues Blas, para poder concentrarse, estaba pasándose un tiempo en una casa en la playa de Guanabo, él solo, con dos escoltas. A las cinco de la mañana se despertaba, hacía café y se sentaba a escribir. Antes que el sol apretara, caminaba un rato por la arena y volvía a su libro. Con un chofer me enviaba las hojas a mecanografiar y cuando las tenía listas, avisaba y las venían a recoger.

Pero a veces Blas me mandaba a buscar. Me encantaba ir en el Impala, sentada alante, disfrutando el paisaje de la costa norte habanera. La contentura pronto se me quitaba, cuando veía que había hecho arreglos en las cuartillas ya mecanografiadas. Después vendría lo peor: quedarme a almorzar con él.

Blas enseguida se daba cuenta de la cara de mierda que ponía y con su hablar pausado, me decía:

—De verdad que eres vaina. Carmen y Quintero (mis padres) te han criado muy mal, con bistecitos y platanitos fritos. Y no te han enseñado a comer ni calabaza con cáscara, no porque engorda las piernas, sino porque en la cáscara es donde está el alimento.

Y a continuación soltaba una disertación sobre las propiedades de la calabaza. Mientras, tenía que hacer de tripas corazón y tomarme sin rechistar aquella sopa anaranjada y olorosa de flores de calabaza, cogidas del huerto detrás de la casa, cuidado con esmero por el propio Blas.

Desde una ventana los escoltas miraban con disimulo y se reían, los muy cabrones. A ellos, tres veces al día, le traían unas cantinas con comida “normal” y no ese invento de sopa de flores de calabaza.

No recuerdo con exactitud, pero todo el trabajo con Blas a propósito de la reedición en 1959 de Los fundamentos del socialismo en Cuba se hizo en un mes.

Al ser la única mecanógrafa y bibliotecaria en ese momento, no podía darme el lujo de desatender al resto de los que allí tenían oficina permanente: Aníbal Escalante, Secundino Guerra, Lázaro Peña, Carlos Fernandez R., Ramón Calcines, Severo Aguirre y Antero Regalado, entre otros. Posteriormente el “secretariado” aumentaría con tres mecanógrafas más: Dulce, la esposa del sindicalista Rafael Avila; Edilia, esposa de Pancho, el chofer de Joaquín Ordoqui y Maria, una guatemalteca que tras el derribamiento de Jacobo Arbenz habia emigrado a México con su esposo e hijos y terminaría residiendo en La Habana.

Los que trabajaban en sus casas o en otros lugares también venían y si me lo pedían tenía que mecanografiarles, como Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, Salvador García Agüero, Flavio Bravo, Osvaldo Sánchez y los camaradas de las provincias. Cuando había reunión nacional debía salir de la biblioteca porque allí se celebraba, en torno a una gran mesa y taburetes, el modelo de silla preferido por estos comunistas de hoz y martillo. Flavio Bravo hacía las funciones de secretario de actas. A diferencia de Blas, tenía una letra enrevesada e ilegible. Pasaba tanto trabajo para descifrar las notas tomadas por Flavio, que no retenía los contenidos. Y es una lástima, porque en aquellas reuniones se hablaba de la Ceca y la Meca.

La Mora era la encargada de una pequeña cocina donde se la pasaba colando café. Los días de reuniones, ella, Mario (el encargado de la limpieza) y yo íbamos a almorzar a La Fama China, restaurante situado en Belascoaín y Maloja, a dos cuadras, a buscar las treinta y pico de cajitas, unas con arroz frito y otras con chop suey de puerco o pollo, encargadas con antelación. El almuerzo lo acompañaban con refresco y al final, café de nuevo. Algunos fumaban, mas en aquella época la Organización Mundial de la Salud no le había declarado la guerra al tabaco y a quienes como a mí molestaba el humo teníamos que salir a tomar aire fuera.

Atender la biblioteca no daba complicaciones. En una ocasión, del Ministerio de Relaciones Exteriores me mandaron a pedir unos libros de filosofía y marxismo y enseguida se los envié con un chofer. Cuando venció el préstamo, junto con los libros adjuntaron una carta muy gentil, dirigida a la “Dra. Tania Quintero, directora de la Biblioteca del Partido Socialista Popular”. Todavía la estoy vacilando.

La cara grata era ésa: ocuparme de la biblioteca, ayudar a la Mora a repartir café y cajitas de comida china, ir al correo a comprar sellos y enviar montones de cartas y andar en carro pa’rriba y pa’bajo. Los 46 pesos dejaron de ser un trauma desde el primer mes: en El Encanto me compré un frasco de Miss Dior por cinco pesos (sí, pesos, la moneda nacional). Crucé al Ten Cent de Galiano y después de merendar llevé para la casa una libra de chocolate con almendras (0,99 centavos). Seguí hasta Ultra y allí terminé de gastar mi primer salario. Todavía me quedó algo para regresar en taxi a la casa.

El lado ingrato yo lo veía en el revolico y la incertidumbre que habíamos empezado a vivir los cubanos en la isla entera. Pese a mi juventud y mi inexperiencia política, me daba perfecta cuenta de que por aquel local de Carlos III y Marqués González, donde laboré desde agosto de 1959 hasta febrero de 1961, pasaba todo lo que en ese momento se cocinaba en el fogón de la Revolución.

(Continuará…)

Tania Quintero
Lucerna

Foto de Ed Clark: Blas Roca, en las oficinas del PSP (1945). Archivo Life, © Time Inc. Pinche para ver completa.

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9 respuestas
Comentarios

  • Raul Avila dice:

    Hola Tania, me llamo Raul Avila y soy el hijo mediano de Rafael Avila Gonzalez y Dulce Maria Artigas.Tu relatos resultan fascinantes y de gran interes para mi, pues tambien lo es la epoca y la historia de la “vieja guardia”. Me gustaria saber mucho mas sobre mi papa y sobre los riesgos y conflictos a los cuales se enfrento.

  • Max dice:

    Tania, ¿ese es el local de Carlos III donde después se estableció el periódico HOY ?

    Me ha gustado mucho tu artículo.

  • Sergio Comas dice:

    Excelente Tania:
    Eres una joya y los relatos que se han vivido para mi son la mejor literatura que existe.A eso le añades una redaccion clara como la tuya y todo parece cinamatografico .
    Conoci al viejo Secundino Guerra en el 1977, ya mayor,con un chevrolet del 56 que destacaba entre los modernos alfa romeos del Comite Central.Era curioso el apego que le tenia a ese carro. Cosas raras de los viejos comunistas cubanos que a mi juicio fueron los mas ilustrados entre los que se vio obligado a usar Fidel.

  • Eon Flux dice:

    Tania, tienes que escribir ( y con lujo de detalles ) todos esos acontecimientos!, que son parte de nuestra memoria historica.

  • maite dice:

    Muy bueno Tania. Gracias, tienes que escribir de esa época a mí me encantan las historias de los 50, las fotos de los cubanos y cubanas elegantes, hay que recordar, no por nostalgia, sino para saber cómo era realmente La Habana y Cuba.

  • Güicho dice:

    ¡Qué memorias y qué memoria!

  • Tania dice:

    Querido Ernesto, me ha gustado mucho esa foto, de los archivos de Life. Es del local que tuvo el PSP hasta 1952 y donde posteriormente pusieron un almacén de tabaco. Cuando fue tomada, en 1945, tenía 3 años y ya correteaba por ese balcón. En esa época Blas, al igual que otros líderes comunistas y políticos cubanos, vestían de traje, cuello y corbata. En el 59 se cambiaron a la moda de la guayabera. Gracias y un abrazo, T.Q.

  • Jorge dice:

    Muy bueno Tania.