- nov 19, 2008 • 16:45h
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El cielo no siempre tiene aquí ese azul tan cursi de las postales turísticas. Por suerte, pues no puedo imaginarme un año con el achicharrante sol, sin esas semanas de pausa que traen los frentes fríos. Desde el lunes ha llegado uno que aportó nubes londinenses a La Habana e inundaciones severas en el oriente del país. Las calles están llamativamente vacías en la noche, porque el frío asusta a los habituales inquilinos de los parques y las aceras. Subir a un ómnibus abarrotado ya no es la vía más rápida para coger peste en las axilas, sino la entrada a un espacio tibio y amigable.
Con la baja de las temperaturas, el humor y la tolerancia mejoran; a los viejitos le duelen los huesos y una leche con chocolate se vuelve una alucinación recurrente. Diciembre está tan cerca que no vale la pena empezar nada, dicen los que han pospuesto sus proyectos durante todo el año. Viene la época de gastar más, presagian los bolsillos que para esta Navidad estarán especialmente vacíos. No obstante, lo más sensible es el tema de los abrigos y las frazadas, la poca protección ante el húmedo frío que entra por las rendijas de las ventanas.
Veo a la gente en la calle con sweaters, enguatadas y gruesos abrigos sintéticos, pero ninguna de esas prendas ha podido ser comprada con el salario que ganan por su trabajo. Aquel de piel de vaca se lo mandó una hermana que vive en New York y el de rayas que lleva la muchacha fue regalado por un turista de paso en la ciudad. Un niño pequeño tiene un impermeable heredado de su hermano, que a su vez lo obtuvo de un tío que decomisa maletas en la Aduana. La viejita que cruza la calle pone cuidado en sus medias de lana, cambiadas a una vecina por una cuchilla de batidora. Sólo el custodio del hotel ostenta una chaqueta de mezclilla con botones brillosos y nuevos.
Me gusta el invierno y la afabilidad que despierta en la gente, pero sé que para muchos es la estación de ciertos sinsabores y vergüenzas. De no poder dormir en el banco del parque, donde el resto del año aquel señor de la ropa gastada tiene su única morada. De los niños burlándose en la escuela de los que llevan un abrigo comprado en el racionamiento de los años ochenta. El frío enfatiza las diferencias entre los que pueden cerrar la puerta y los que no tienen una casa con ventanas para entornar. Remarca el contraste entre aquellos que llevan una prenda de mangas largas y los que se ponen dos pulovers porque no tienen un abrigo. Todos pendientes del termómetro y de que no baje los diez grados, pues la indigencia habitacional y de vestuario no soportaría un solo copo de nieve.
• Hasta el día 27 de este mes, cada nuevo post llevará un recordatorio de las votaciones online para los premios The Bobs. Recuerden que Generación Y está compitiendo en tres categorías: mejor weblog, premio especial Reporteros sin Fronteras y mejor bitácora en español. Aquí les dejo el enlace:
The BOBs: Votación de los usuarios
Yoani Sánchez
La Habana
*Este post ha sido publicado originalmente en el blog Generación Y. El gobierno cubano ha tomado medidas para dificultar el acceso a los internautas que intentan conectarse a Generación Y y otros blogs dentro de la isla. En un esfuerzo por difundir el trabajo de la bloguera Yoani Sánchez, PD reproduce textualmente sus entradas.





Bueno, me acuerdo de algunos inviernos en Cuba cuando la temperatura bajó a los 5 grados. Lo que es increíble es que en La Habana haya frío cuando aquí en el sur de California todavía estamos en pleno verano. Tal parece que el verano comenzó en octubre y ahora en noviembre ha sido más fuerte que en agosto. Y con incendios y todo.
Cuando entraba el primer frente frío y el mono empezaba a chiflar en La Habana, una amiga nuestra, residente en Palatino, decía: “Ya llegó el carnaval de los pobres”.
Cada cual empezaba a sacar suéters, abrigos y chaquetas del tiempo de ñanaseré. Mi madre en los últimos años se volvió tan friolenta que al mínimo bajón de temperatura se ponía el jacket verde olivo que le dieron a mi hijo en el servicio militar. Un ejemplo de ese “carnaval de los pobres” es la vestimenta que tengo en la foto junto a mi curriculum en mi blog. Me la hizo Marta Beatriz Roque, el 16 de diciembre de 2002, cuando fui su casa, a esperar el San Lázaro (santo del cual Martha es devota). Esa noche habría menos de 20 grados y yo, a falta de un buen envoltorio, me puse varias piezas de ropa. Lo otro viene a la hora de dormir: con ese frío húmedo y las sábanas y frazadas escasas, mucha gente se envuelve o pone debajo papel de periódico. A los niños pequeños los envuelven con toallas, que no dan alergia y calientan. Pero lo peor de todo es irte a la cama sin poder tomarte antes una taza de café con leche o de chocolate caliente, en ocasiones ni tan siquiera de té.
A Suiza mi hija, mi nieta y yo llegamos también disfrazadas: imagínense, de 30 grados en La Habana a 5 grados en Zürich. El disfraz más llamativo era el mío: un chaquetón-chubasquero que un amigo trajo de cuando en los 80 estuvo en la URSS, anaranjado. En el cuello tenía un zipper y se sacaba la capucha, pero como era sintético, apenas abrigaba, me imagino que en la Unión Soviética lo usarían cuando llegaba la primavera. Ahora no tenemos demasiados abrigos ni muy bonitos ni modernos, pero sí los suficientes y adecuados para soportar varios grados bajo cero.