- nov 01, 2008 • 11:03h
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Visto por casi todos los ángulos, lo más parecido a la obra fotográfica de Jan Saudek es una pieza narrativa poco conocida de Philip Roth titulada La orgía de Praga.
Estamos en febrero de 1976, lejos ya de los efluvios de la célebre Primavera de 1968, y Nathan Zuckerman —nuevamente él, precipitado, absorbido por sí mismo— decide, en un gesto cuyos móviles no logra descifrar del todo, desembarcar en Praga en busca del manuscrito inédito de los relatos en yiddish escritos por un modesto profesor fallecido más de treinta años atrás, a inicios de la guerra.
“Desde que llegaron los rusos, las mejores orgías de Europa se montan en Checoslovaquia”, le revela al fino escritor norteamericano (traje de espiguilla de tweed incluido) su guía en la ciudad: “Vente a la orgía, Zuckerman: así verás la fase final de la revolución”. Sin embargo, contrariamente a esa novela emblemática de Roth que es El mal de Portnoy, no es carne ardiente, ni siquiera confesiones sobre sexo autoinfligido, sino tensión y paranoia, lo que se desprende de este texto breve, más próximo a Orwell que a las anteriores y siguientes novelas del propio Roth, cínicas, palabreras, autorreferenciales. Más allá del tono y el estilo, es la Praga ocupada, Estado Total, esa ciudad árida de rostros sin rostro y muros húmedos, tan usual en la fotografía de Jan Saudek y que francamente a estas alturas del juego cubano no nos resulta para nada ajena, la escenografía, el decorado sórdido que matiza y distingue esta nouvelle:
“Para cuando llego al museo, ya me parece haber conocido esta ciudad toda la vida. Los viejos tranvías, las tiendas yermas, los puentes que el hollín ennegrece, las avenidas con túneles y las callejas medievales, la gente en estado de estolidez impermeable, con los rostros cerrados por la solemnidad, rostros que parecen en huelga contra la vida…”
El caso es que en busca de ese texto perdido a miles de kilómetros de New Jersey, Nathan Zuckerman (suerte de Harrison Ford tras el telón de acero del comunismo), se presenta en una fiesta en un palacio privado a donde acude la intelectualidad defenestrada tras la euforia del 68 (“Aquí viene lo mejor de lo mejor. También lo peor. Ahora todos somos camaradas” —asegura Bolotka) para tropezarse con un periodista despedido; un pintor abstracto malísimo, dueño de “la polla más larga de Praga”; un buen escritor al que todo le da miedo y que gusta de los hombres impúberes, y obviamente, una buena banda de informantes del Estado y/o un sinfín de micrófonos para el debido registro de la decadencia de esa burguesía que el comunismo aún no ha logrado barrer. También está Olga, musa y amante de altos quilates en los viejos tiempos, “las mejores piernas de Praga”, un ser en caída, etéreo y rimbombante a la vez, que insiste en que Zuckerman se la folle y luego la saque del país. Sin embargo, para asombro de quienes lo hemos venido siguiendo de libro en libro, Nathan Zuckerman aquí ni siquiera se abre la portañuela: “qué comedia de costumbres tan ocurrente y elegante montan estos desamparados de Praga en su intolerable situación, en la apabullante coyuntura de estar totalmente impedidos, recorriendo una y otra vez los caminos de la humillación”.
Le seguirá la visita al cubil de Bolotka, su guía, un director de teatro, ahora conserje de un museo, al que la policía política ha intentado en vano expulsar del país; luego la llegada de un supuesto estudiante de literatura que le anuncia que está siendo investigado por espionaje y le conmina a abandonar la ciudad, para luego citarlo en la estación de ferrocarril, adonde nunca llegará, lo que dará paso a una escena de temblor y persecución mental: “Dado que, al decir de Olga, la mitad del país trabaja espiando a la otra mitad, hay grandes posibilidades de que por lo menos uno de ellos esté al servicio de la policía. (¿Me estaré volviendo paranoico, o es que estoy empezando a comprender?)”.
En las siguientes y últimas ocho páginas, Nathan Zuckerman logrará que Olga finalmente le entregue el manuscrito, para un cuarto de hora más tarde ver cómo dos policías de paisano que han invadido su habitación del hotel terminan incautándoselo. Al final, acompañado al aeropuerto por el mismísimo Ministro de Cultura en su Tatra 603 negro oficial (¿azul ministro, decíamos?), Zuckerman pensará en Olga y en el conserje del hotel y en los tantísimos micrófonos como vehículo de la delación. “Swissair. La palabra más hermosa de la lengua”, admite aliviado cuando, tras la filípica patriótica del Ministro (de todo ministro), al escritor se le comunica su inminente deportación a Ginebra, única escala con destino a Nueva York.
Es esta la novela más escueta y dialogada de las que Philip Roth haya producido hasta el momento. Quizás también la más sardónicamente política, pues incluso sin echar mano a su bragueta, Nathan Zuckerman descubre en pleno Estado Total los curiosos filamentos que conectan la falta de libertad civil con el goce carnal como sola expresión posible, la uniformidad del pensamiento, la rigidez de la maquinaria totalitaria, la ubicuidad policial, el absurdo expandido y el sexo como única válvula de escape.
“Que le echen a una un polvo es la única libertad que nos queda en este país. Follar y ser follado es lo único que nos queda que ellos no pueden impedir”, escupe Olga. Lo mismo para Bolotka, que no abandona el país por causa de las dieciséis amantes que le hacen olvidar la frustración de sus obras teatrales prohibidas. Lo mismo para la Teresa de Milan Kundera, con su cámara a cuestas, tomando fotos de la ocupación soviética: “Las muchachas con minifalda llevaban mástiles con banderas nacionales. Aquel era un atentado sexual contra los soldados, mantenidos durante varios años en régimen de abstinencia”. O como el mismo Tomás, cirujano incómodo que ha sido reducido al mínimo y que ahora lava vidrieras públicas, ventanales privados, y que posee a todo tren las mujeres más cálidas e insólitas de la ciudad invadida.
Y aquí reaparece Jan Saudek, sus cuerpos desnudos ante una pared desconchada, sus mujeres ebrias, malsanas, en lugar de las laboriosas obreras que edifican el porvenir; escenas donde aparecen puñales, revólveres, esa “incitación a la violencia” (la del cuerpo desnudo, desatado) de que también fuera acusado el Tomás de Kundera tras un artículo publicado en pleno furor sesentaiochesco y una propuesta de retractación que rechazara firmar; Jan Saudek que toma fotos de niñas semidesnudas y de gordas esperpénticas en un sótano húmedo sobre el que transitan, de día, al sol, los verdaderos constructores de la nación.
Veinte años antes de la aventura praguense de Nathan Zuckerman y de las fotos coloreadas de Jan Saudek, George Orwell ya había anticipado tal estado de cosas: “Ninguna emoción era pura porque todo estaba mezclado con el miedo y el odio. Su abrazo había sido una batalla, el clímax una victoria. Era un golpe contre el Partido. Era un acto político”.
Gerardo Fernández Fe
La Habana





Muy buen artículo, ojalá Gerardo escribiera más…
Muy bueno. Gracias.
Gerardo la tira en estéreo; sus ensayos son de una buena escritura que no abunda en los pensadores cubanos, de ahora.
El tipo piensa y escribe bien.
Ch.