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“¿Por qué blogueo”, de Andrew Sullivan

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    Editor Jefe
  • oct 21, 200814:53h
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El último número de The Atlantic trae este excelente ensayo de Andrew Sullivan que resume de manera inmejorable muchas de las cosas que los bloggers siempre queremos decir, pero no tenemos tiempo. Es, sencillamente, un texto clave para entender en qué consiste el “arte de bloguear” y cuáles son sus principales virtudes y problemáticas. Lo recomiendo vivamente a todos los colegas, cubanos o no.

¿Por qué blogueo?

por Andrew Sullivan

La palabra blog es la conjunción de dos palabras: web y log (cuaderno de bitácora). Contiene en sus cuatro letras una autodescripción concisa y ajustada: es una bitácora de pensamientos y escritura colocada públicamente en la World Wide Web. En la jerga monosilábica del Internet, Web log pronto se convirtió en la palabra blog.

Esta forma de autopublicación instantánea y global, hecha posible por una tecnología ampliamente disponible desde hace más o menos una década, no permite una edición retroactiva (aparte de corregir errores tipográficos mínimos o pequeños fallos) y excluye del acto de escritura cualquier revisión considerable o larga. Es la expresión espontánea de un pensamiento instantáneo, que no permanece más allá de lo efímero del periodismo diario. Tiene que rendir cuentas de forma inmediata e inevitable a lectores y a otros bloggers, y se conecta a través del hipertexto con referencias y fuentes que lo multiplican. Al contrario que cualquier simple muestra del periodismo escrito, sus límites son extremadamente porosos y su verdad inherentemente transitoria. Las consecuencias de esto respecto al acto de escribir todavía se están asumiendo.

La bitácora de un barco (log) debe su nombre a una pequeña tablilla de madera, a menudo lastrada con plomo, que durante siglos se ataba a un sedal y se arrojaba por la borda. El peso de la madera la mantenía en la misma posición dentro del agua, como un ancla provisional, mientras el barco se movía. Midiendo la longitud del sedal en un periodo de tiempo determinado los marinos podían calcular la velocidad de su etapa (la cuerda estaba marcada por “nudos” equidistantes para medirla rápidamente). A medida que el viaje progresaba, la ruta se marcaba en un cuaderno llamado “de bitácora”.

En viajes marítimos que tenían lugar antes de la radio, el radar, los satélites o el sonar, esos cuadernos de bitácora eran una fuente indispensable para registrar lo que pasaba en realidad. Ayudaron a los navegantes a suponer dónde estaban, qué tan lejos habían viajado y cuánto tenían que estar aún en el mar. Proveían una contabilidad para los dueños del navío y los comerciantes. Fueron diseñados para ser lo más inmunes posible a la falsificación. Lejos de tierra, no había manera posible de corroborar los hechos aparte de la propia narración de la tripulación en medio de una gran masa azul, gris y verde, y en los viajes largos los recuerdos siempre se difuminan y los hechos se dispersan. Una bitácora proveía un recuento lo más exacto posible, tal y como éste podía colegirse en tiempo real.

A medida que avanzas en la lectura de una bitácora, tienes la curiosa sensación de retroceder en el tiempo –justo lo contrario que sucede con un libro. Cuando le unes una narrativa que no fue pensada como tal, parece –y resulta– más auténtica. Las bitácoras, en este sentido, fueron una forma de autocorrección humana. Enmendaban la percepción retrospectiva, las maneras en que seres humanos ordenan y construyen la historia de sus vidas a medida que la recuerdan. Las bitácoras requieren de soltura narrativa porque no permiten conocer el final. Así que tienen una trama pero también una dramática ironía: el lector ya sabe el final antes de que el escritor lo conozca.

Cualquiera que haya blogueado sus pensamientos durante largo tiempo reconocerá este mundo. Nosotros los bloggers tenemos pocas oportunidades de espigar nuestros pensamientos y de esperar hasta que los sucesos se asienten y emerja un modelo claro. Blogueamos ahora, mientras las noticias nos llegan y los hechos aparecen. Esto es parcialmente cierto para todo tipo de periodismo, que es, como su etimología sugiere, una escritura diaria, siempre sujeta a revisiones subsecuentes. Y un buen columnista irá ajustando su posición, juicio, e incluso su lealtad política a lo largo del tiempo, en dependencia de los sucesos. Pero un blog no es tanto escribir diariamente como escribir cada hora. Y con ese nivel de temporalidad, la provisionalidad de cada palabra es cada vez más ajustada –y el riesgo de error o la excitación de la presciencia mucho mayor.

Ningún columnista, reportero o novelista tendrá nunca sus cambios instantáneos o sus pequeñas y constantes contradicciones tan implacablemente expuestos como un blogger. Un columnista puede ignorar o evitar un tema menos visiblemente que un blogger, que coloca sus pensamientos en píxeles varias veces al día. Un reportero puede esperar –debe esperar– hasta que cada fuente haya sido confirmada. Un novelista puede pasar meses o años antes de comunicar sus palabras al mundo. Para los bloggers, el plazo de entrega es siempre ahora. Bloguear, en consecuencia, es a la escritura lo que los deportes extremos son al atletismo: algo más libre, más propenso al accidente, menos formal, más vivo. Es, en muchos sentidos, escribir en voz alta.

Acabas escribiendo sobre ti mismo, dado que eres un punto relativamente fijo en constante interacción con las ideas y los hechos del mundo exterior. Y en ese sentido, la forma histórica más cercana a los blogs es el diario. Pero con esta diferencia: el diario es casi siempre un asunto privado. Su cruda honestidad, su dedicación a marcar la vida a medida que sucede y a recordar la vida tal y como era, lo convierte en una bitácora terrestre. Pocos diarios están pensados para ser leídos por otros, desde luego, de la misma manera que la correspondencia –que suele serlo sólo póstumamente, o como una forma de compilar hechos para un acercamiento autobiográfico más completo. Pero un blog, al contrario que un diario, es instantáneamente público. Transforma la más personal y retrospectiva de las formas en algo dolorosamente público e inmediato. Combina el género confesional con la forma de la bitácora y expone al autor de una forma en que ningún autor había sido expuesto anteriormente.

R ecuerdo mis primeros agarrones sobre qué poner en mi blog. Era durante la primavera del 2000 y en aquel momento, como escritor freelance, tenía la vaga noción de que necesitaba estar presente “online.” No sabía claramente qué hacer, pero un amigo que dirigía una compañía de diseño de webs se ofreció a crearme un sitio web, y, puesto que yo era tecnológicamente inepto, también accedió a colocar en el mismo varios ensayos y columnas a medida que yo los iba escribiendo, hasta que me llamó un día y me dijo que había encontrado una plataforma en línea tan simple que en lo adelante yo mismo podría colocar todo lo que escribía. La plataforma se llamaba Blogger.

A medida que colocaba columnas o links a libros o viejos ensayos, se me ocurrió que podría colocar también nuevos escritos, escritos que podrían ser exclusivos para el blog. ¿Pero qué? Como cualquier nueva forma, a bloguear no empecé desde cero. Evolucioné a partir de distintas tradiciones periodísticas. En mi caso, tome cosas de mi experiencia con la gran prensa para navegar en un mar virgen. Tuve varias inspiraciones previas: la vieja sección “Notebook” de The New Republic, una revista que, bajo la dirección de Michael Kinsley, había presentado una manera más inglesa de comentario agudo, cortante, dentro de lo que había sido el hgénero más elevado de escritura norteamericana de opinión. The New Republic fue también un pionero del comentario de última página, concebido como una forma más personal, ensayística, del periodismo de opinión. Mezclando los dos géneros, hice aquello para lo que me habían entrenado –e improvisé.

Ya había escrito con anterioridad para internet, colaborando en un listserv de escritores gays y ayudando a Kinsley a iniciar una forma más discursiva de escritura en línea para Slate, la primera revista publicada exclusivamente en la Red. Tan pronto como comencé a escribir así, me di cuenta que la forma online recompensaba un tono coloquial, inacabado. Durante uno de mis primeros experimentos guiados por Kinsley, éste me urgió a no pensar demasiado a fondo antes de escribir. Así, pues, escribí como si escribiese un e-mail, con tan sólo una pizca más de circunspección. Esto es arriesgado, desde luego, como podrá atestiguar cualquiera que haya clicado Enviar en un momento de cólera o dolor. Pero bloguear requiere aceptar esos riesgos, más una voluntad de caerse del trapecio que de fallar a la hora de dar el salto.

A los pocos días de usar la forma, ya estaba enganchado. La simple experiencia de ser capaz de comunicar directamente mis propias palabras a los lectores era una estimulante liberación literaria. Al contrario que la actual generación de escritores, que nunca han hecho nada más que bloguear, yo conocía de primera mano lo que significaba la alternativa. Había editado un semanario impreso, The New Republic, durante cinco años, y escrito incontables columnas y ensayos para numerosos medios tradicionales. Y durante todo ese proceso me había irritado, como sucede a muchos escritores, ante los interminables retrasos, revisiones, política de oficina, peleas editoriales y recortes de último minuto debido al espacio que trae consigo la edición sobre árboles muertos. En comparación, bloguear –incluso para una audiencia de unos pocos cientos de personas– era intoxicadoramente libre. Como tomar un narcótico.

Era obvio desde un principio que se trataba de algo revolucionario. Desde la aparición de la imprenta, cada escritor ha deseado una manera de publicarse a sí mismo y alcanzar –instantáneamente– a cualquier lector sobre la tierra. Cada escritor profesional ha pagado algunos derechos de peaje esperando la aprobación de un editor, o sufriendo la incompetencia del editor, o siendo reducido a polvo literario por una legión de revisores de datos y correctores. Si a todo ello añades el tiempo que un escritor tenía que emplear antaño en buscar una editorial, impresionar a los editores, adular a los propietarios y revisar las galeradas, encontrarás toda otra vida enterrada en esos intersticios. Pero con un click en el botón de Publicar, todos estos problemas se evaporan.

Por desgracia, como pronto descubrí, esta súbita libertad llegada desde lo alto fue inmediatamente remplazada por una insurrección desde abajo. A los pocos minutos de colocar yo algo, incluso en los primeros días, los lectores respondían. El correo electrónico parecía haber desatado su bestia interna. Eran más brutales que cualquier editor, más quisquillosos que cualquier editor y más emocionalmente inestables que cualquier colega.

De nuevo, es difícil exagerar lo diferente que es esto. Los escritores pueden ser sensibles, almas vanidosas que requieren el gentil cuidado de editores, y extrañamente susceptibles a los golpes recibidos por los reseñistas. Sobreviven, en su mayoría, pero la delgadez de sus pieles es legendaria. Aún más: antes de la blogosfera, reporteros y columnistas estaban ampliamente escudados frente a este tipo de ataque directo. Sí, podían llegar las cartas al editor y se podían anular suscripciones. Pero los reporteros y columnistas tendían a operar dentro de un relativo santuario, respondiendo tan sólo ante sus editores, no ante los lectores. Durante largo tiempo, las columnas fueron esencialmente monólogos publicados frente al aplauso, los murmullos apagados, el silencio, o un distante abucheo. Me habían destrozado antes –pero de una forma amorfa, distante y con retraso. Ahora la respuesta era instantánea, personal y brutal.

Y es así como el blogueo encontró su propia respuesta frente al defensivo contraataque del periodismo establecido. Ante las acusaciones de falta de inexactitud y falta de profesionalidad, los bloggers podían señalar el salvaje e inmediato escrutinio de sus lectores. Al contrario que los periódicos, que pueden eventualmente publicar correcciones en un recuadro apartado del error original, los bloggers tenían que corregirse en el mismo espacio y en el mismo formato que el error original. La nueva forma era más responsable, no menos, porque no hay nada que impulse más la profesionalidad que ser públicamente humillado por una torpeza. Desde luego, un blogger puede ignorar un error o simplemente negarse a reconocer sus fallos. Pero si persiste, será arrasado por sus competidores, asaltado por los comentaristas y abandonado por los lectores. En una era en que la prensa tradicional se encuentra acosada por escándalos tan distintos como los de Stephen Glass, Jayson Blair y Dan Rather, los bloggers han sobrevivido el primer asalto por su propia valía. Con el tiempo, de hecho, los altos estándares que se esperaban de parte de los bloggers con más tráfico se han convertido en mayor responsabilidad, transparencia y puntillosidad entre los poderes periodísticos que ya existían. Incluso los columnistas del New York Times se han visto forzados a admitirlo cuando se han equivocado.

El blog, desde luego, ha seguido siendo un medio superficial. Por superficial, simplemente apunto que el bloguear recompensa la brevedad y la inmediatez. Nadie quiere leer un tratado de nueve mil palabras en línea. En la red, los links de una sola palabra son tan legítimos como las diatribas de mil palabras –de hecho, a menudo son más valorados. Y, como me dijo Matt Drudge cuando busqué consejo del maestro en 2001, la clave para comprender un blog es asumir que se trata de una emisión, no de una publicación. Si deja de moverse se muere. Si deja de remar, se hunde.

Pero la superficialidad escondía una profundidad considerable –una gran profundidad, desde una perspectiva distinta a la que podía ofrecer la prensa tradicional. La razón era una simple innovación tecnológica: el hipervínculo. Un columnista de la vieja escuela puede escribir ochocientas palabras brillantes analizando o comentado, por ejemplo, un nuevo informe de un equipo de estudios o una encuesta científica. Pero al leerlo en papel tienes que aceptar como acto de fe la presentación del columnista, o ser convencido por una breve cita (que siempre puede estar fuera de contexto). En línea, un hipervínculo a la fuente original trasforma la experiencia. Sí, algunas frases de enlace pueden no ser tan satisfactorias como una columna entera, pero la habilidad de leer el material original instantáneamente –con tanto cuidado o descuido como prefieras– puede añadir más contexto que cualquier cosa impresa. Incluso la cita escogida por un blogger puede ser comprobada, sin esfuerzo alguno, contra el original. Esta innovación, que antecede a los blogs pero ha sido popularizada por éstos, es cada vez más común en el periodismo establecido.

Un blog, en consecuencia, cabecea sobre la superficie del océano pero está anclado en aguas mucho más profundas que aquellas que la prensa impresa es capaz de explotar tecnológicamente. Le resta un poco de poder al escritor, desde luego. El blogger puede apañarse con menos y tener menos pretensiones de autoridad. Es –más que cualquier escritor del pasado– un nodo entre otros nodos, conectado pero incompleto sin los links, los comentarios y los rastreos que hacen la blogosfera; en el mejor de los casos, una conversación más que una producción.

Un escritor completamente consciente de ello y en paz con la provisionalidad de su propio trabajo no es nada nuevo. Durante siglos, los escritores han experimentado con formas que sugieren la imperfección del pensamiento humano, la inconstancia de los asuntos humanos y el paso humillante y castigador del tiempo. Si se compara el incesante vagabundeo, los diálogos inquisitivos y no resueltos de Platón con los tratados definitivos y lógicos de Aristóteles, se ve la diferencia entre el espíritu de un escéptico llevado a la escritura y un espíritu que busca sacar alguna finalidad de la discusión. Tal vez la mejor pieza de apologética cristiana, los Pensamientos de Pascal, no son sino una serie de vagas, cortas e incompletas punzadas de discusiones, observaciones y ensimismamientos. Su falta de conclusión es lo que los hace tan atractivos –polémicamente más atractivos que un pulido tratado de Aquino.

O tomemos las brillantes polémicas de Karl Kraus, el editor y principal escritor de Die Fackel, que se complacía en irritar constantemente a la autoridad con aforismos cortantes y súbitas ráfagas de invectivas. Kraus disponía de algo raro en su momento: la capacidad financiera de autoeditarse. Ello le garantizaba una ausencia de preocupaciones que ahora está al alcance de cualquiera que pueda permitirse una computadora y una conexión de Internet.

Pero tal vez el blogger avant la letre quintaesencial fue Montaigne. Sus ensayos fueron publicados en tres grandes ediciones, cada una de ellas más larga y compleja que la anterior. Escéptico apasionado, Montaigne corregía, añadía y amplificaba sus ensayos en cada edición, volviéndolos tridimensionales a través del tiempo. En las mejores traducciones modernas, cada ensayo está anotado, frase a frase, párrafo a párrafo, con pequeñas letras (A, B y C) para cada una de las ediciones, ayudando al lector a ver como cada reescritura añadía o subvertía, enfatizaba o ironizaba, la versión anterior. Montaigne vivía su escepticismo, atreviéndose a mostrar cómo un escritor evoluciona, cambia de opinión, aprende nuevas cosas, cambia de perspectiva, crece –y todo esto, lejos de ser algo que necesite ser escondido tras una capa de autoridad inmutable, puede ser una virtud, una nueva manera de considerar las pretensiones de autoridad, texto y verdad. Montaigne, en gran medida, también llenó sus ensayos con miríadas de eso que los bloggers llamarían external links. Sus propios pensamientos se entrelazan y complican con aforismos y anécdotas de otros. Investigadores de sus fuentes señalan que muchas de esas “citas” estaban deliberadamente fuera de contexto, añadiendo capas de ironía a una escritura que ya estaba saturada de dudas empíricas.

Bloguear en consecuencia consiste en dejar que tu escritura vague, mantenerla al alcance de la mano, abierta al escrutinio, permitirle flotar en el éter durante un tiempo y dejar que otros, como hizo Montaigne, te empujen hacia la verdad relativa. Un blogger se dará cuenta de ello casi desde el mismo comienzo. No es sorprendente que algunos de los que nos escriben emails saben más del tema que el blogger. Enviaran links, historias y hechos, desafiando la cosmovisión del blogger, a menudo rechazándola directamente, pero más a menudo, añadiendo contexto, matices y complejidad a una idea. El papel del blogger no es defenderse contra esto, sino abrazarlo. En esto se parece al anfitrión de una cena. Puede provocar discusiones, tomar incluso una posición apasionada, pero también debe crear una atmósfera en la que otros quieran participar.

Esta atmósfera inevitablemente estará conformada por la personalidad del blogger. La blogosfera puede en realidad, ser la última forma velada del foro en que un escritor se atreve a expresarse. Incluso el más cuidadoso y consciente de los bloggers puede revelar más de lo que quiere sobre sí mismo con algunas frases imprudentes, publicadas antes de que tenga el buen sentido de apretar Borrar. El sabio terror que paraliza a un escritor –el miedo a estar expuesto, deshecho, humillado– no está al alcance del blogger. No puedes bloquearte como blogger. Tienes que expresarte ahora, mientras tu carácter explota, mientras tu humor dura. Puedes tratar de esconderte del escrutinio real, y la exposición que ello demanda, pero resulta duro. Y eso es lo que hace del blogueo una forma propia: es rica en personalidad. La falsa intimidad de la experiencia web, la cercanía del email y los mensajes instantáneos rezuman a través de ella. Sientes como si supieras cómo viven los bloggers, experimentan las mismas cosas que experimentas, y comparten el momento. Cuando los lectores de mi blog se tropiezan conmigo en persona, invariablemente se dirigen a mí como “Andrew”. Los que me leen en papel impreso no hacen eso. Para ellos soy Mr Sullivan.

En mi blog, mis lectores y yo experimentamos el 11-S en tiempo real. Puedo mirar hacia atrás y ver no ya cómo respondí a ese suceso sino cómo respondí a las 3:47 de aquella tarde. Y a las 9:46 de aquella noche. Existe algo vivo en esa inmediatez, algo con que lo impreso no puede rivalizar. Lo mismo pasa con el recuento del 2000, la guerra de Irak, las revelaciones de Abu Ghraib, la muerte de Juan Pablo II o cualquier otro tipo de suceso histórico de la última década. No hay forma de escribir sobre los mismos en tiempo real sin revelar una gran porción de ti mismo. Y el lazo íntimo que eso crea con los lectores es distinto al lazo que, digamos, The Times desarrolla con sus lectores a través de los mismos sucesos. Sólo frente a una computadora, en cualquier momento, hay dos personas: un blogger y un lector. La proximidad es palpable, el momento humano –cualquiera que sea la autoridad que el blogger tenga– no deriva de la institución para la que trabaja sino de la humanidad que conlleva. Se trata de escribir con emoción, no tan sólo bajo la superficie sino sacándola siempre a través de ella. Hace que un escritor y un lector no sólo conecten, sino que interconecten de una forma visceral, personal. El único término que realmente describe esto es amistad. Y es algo relativamente nuevo escribir para miles y miles de amigos.

Además estos amigos son parte integral del mismo blog –fuentes de consuelo, compañía, provocación, dolor y corrección. Si tuviera que hacer un inventario del material que aparece en mi blog, estimo que una buena tercera parte ha sido generada por los lectores, y que poco más de una tercera parte de mi tiempo lo empleo absorbiendo las opiniones de los lectores, sus comentarios y consejos. Los lectores me hablan de historias que acaban de aparecer, nuevas perspectivas y contraargumentos frente a los supuestos que prevalecen. Y esto es lo que el blogueo, a su vez, hace con el reportaje. El método tradicional implica a un periodista que busca fuentes clave, las alimenta y las mantiene lejos de sus rivales. Un blogger salpica juguetonamente en un tema y reta a las fuentes para que acudan a él.

Parte de ese material –emails de soldados en el frente de guerra, de científicos que explican nuevas investigaciones, de escritores disidentes de Washington demasiado asustados de lo que puedan pensar sobre ellos en sus propios reductos sectarios– nunca hubiera salido a la luz antes de la llegada de la blogosfera. Y parte del mismo es, desde luego, material dudoso. Los bloggers pueden ser desviados y engañados tan fácilmente como los escritores tradicionales –y la vigorosa manera de comprobar las fuentes que siguen los buenos reporteros no tienen que ver con el correo electrónico. Pero te sorprenderá lo que llega sin necesidad de pedirlo hasta la bandeja de entrada del correo, y cuan útil puede llegar a ser.

No todo es mera información. Mucho de ellos es también opinión y escolástica, una base de conocimiento que excede al departamento de investigación de cualquier periódico. Un buen blog es tu propia y privada Wikipedia. En realidad, la sorpresa más agradable de bloguear ha sido la gran cantidad de gente que trabaja en temas jurídicos, o académicos, o educando niños en casa, que tiene un talento literario y un conocimiento reales y que carecían de un medio –hasta ahora. Existe una distinción aquí, desde luego, entre el uso que hace un blogger cuidadoso de lo que llega a su email y la frecuente cacofonía apresurada de la sección de comentarios inmediatos. Pero la verdad esta ahí afuera–y el milagro del correo electrónico permite que llegue hasta ti.

Los bloggers colegas siempre están ampliando la base de su conocimiento. Hace ocho años, la blogosfera se percibía a sí misma como un montón de individuos chalados que luchaban entre sí. Hoy se percibe como un universo de chalados, con una vasta y vibrante audiencia, que luchan entre sí. Para el lector neófito, o para el blogger, puede parecer abrumador. Pero existe una conexión entre la intimidad de los primeros años y la industria en que se ha convertido hoy en día. Y esa conexión es la individualidad humana.

L os pioneros del periodismo onlineSlate y Salon– siguen siendo muy populares. Pero las estrellas más memorables del Internet –incluso dentro de esos dos sitios– llevan la etiqueta de lo personal. Daily Kos, por ejemplo, lo escriben cientos de bloggers y es corregido por miles de comentaristas, pero toma su nombre de Markos Moulitsas, que lo comenzó, y su propia prosa sigue articulando la primera página del blog. El agregador de noticias más grande el mundo, el Drudge Report, toma su nombre de su fundador, Matt Drudge, que de alguna manera le proporciona una sensibilidad unificada a través de la selección de links, imágenes e historias. El vasto, creciente universo de The Huffington Post sigue mostrando alguna apariencia de coherencia por el acento, medio griego y medio de Cambridge, de Arianna; todo el mundo del chismorreo que rodea el lavadero de Pérez Hilton; y el periodismo investigativo, las reseñas y comentarios de Talking Points Memo sigue estando unido por el tono de Josh Marshall. Incluso Slate es inimaginable sin la voz de Mickey Kaus.

Lo que permanece es la marca humana. Los lectores se han topado antes con este fenómeno antes –I. F. Stone’s Weekly nos viene enseguida a la cabeza– pero no hasta este punto. Surge, creo yo, del estilo conversacional que recompensa al blogueo. De un conversador esperas que tenga tanto carácter como autoridad. Y si piensas que bloguear es más como un programa de micrófono abierto o una agencia de noticias que una revista de opinión o un diario, entonces este énfasis personalizado resulta menos sorprendente. La gente tiene una voz para la radio y una cara para la televisión. Para bloguear tienen una sensibilidad.

Pero escribir en este nuevo formato es una empresa colectiva tanto como individual –y las conexiones entre bloggers son tan importantes como el contenido de los blogs. Los links no sólo conducen la conversación, sino a los lectores. Cuanto más enlaces, más serás enlazado por los demás y más tráfico tendrás. El juego de la vieja prensa de sumar ceros –en el que Time se beneficia del declive de Newsweek y viceversa– se convierte en una situación en la que todos ganan. Es bueno para Time estar enlazado a y por Newsweek, y a la inversa. Una de las estadísticas más apreciadas de la blogosfera no es el número total de lectores o páginas vistas, sino la “autoridad” que obtienes al ser enlazado por otros blogs. Es una indicación de lo central que es la conversación online con la humanidad.

La razón de que este mercado abierto del pensamiento y la escritura tenga tanto potencial es que una mente colectiva que se ajusta y evoluciona siempre puede filtrar rápidamente malos argumentos y malas ideas. La otra cara de la moneda, es, desde luego, que los bloggers son también seres humanos. La razón no es el único combustible en su depósito. En un mundo donde no se hacen distinciones entre el tráfico bueno y malo, y en donde la emoción a menudo manda, siempre habrá quien alce su voz para dominar la conversación; otros que adulen desvergonzadamente los prejuicios de sus lectores; otros que comenzarán peleas online para divertirse. Sensacionalismo, basura y la facilidad de hablar a base de fórmulas preconcebidas es algo que siempre atrae. Puedes desaparecer en la blogosfera sectaria y nunca tropezar con un sitio con el que no estés de acuerdo.

Pero los enlaces mitigan esto. Un blog demócrata se encuentra, por ejemplo, forzado a enlazar a otros republicanos, aunque sólo sea para atacarlos o burlarse de ellos. Y es conveniente para ambos bandos generar tráfico compartido. Esto anima peleas polarizadas. Pero online, al menos, puedes ver los dos bandos. Leer The Nation o National Review antes de que existiese Internet permitía encerrarse en un capullo más fácilmente que las esclusas bien abiertas de ahora. Existe más descortesía, pero también existe más fluidez. La grosería es en cualquier caso lo peor que le puede suceder a un blogger. Ignorar a un blogger una grosería. Tal vez la cosa más fea que le puedes hacer a otro blogger es destrozarlo y después no ofrecerle un link.

Un blog exitoso, en consecuencia, debe estar balanceado entre la opinión de quien lo escribe y la de los demás respecto al mundo. Algunos bloggers recogen, o “agregan”, los post de otros bloggers con docenas de links rápidos y una opinión minimalista en lo alto: Glenn Reynolds en Instapundit hace esto para la centro-derecha; Duncan Black en Eschaton lo hace para la centro-izquierda. Otros son más eclécticos, o agregan links en un área de especialización particular, o se dedican a servir a una base de lectores ya asentada y conocedora. Un “blogroll” es un indicador de a quién respetas lo suficiente como para mantenerlo en tu galaxia. Durante muchos años, mantuve mis hábitos de lectura y conexión limitados a un pequeño grupo de amigos bloggers políticos. En la blogosfera actual hacer esto es abrazar la marginalidad. He añadido desde hace tiempo links a blogs religiosos, literarios, científicos o sencillamente raros. A medida que la blogosfera ha crecido más allá de la capacidad para ser absorbida por cualquiera, he necesitado un ayudante y varios internos para recorrer la web en busca de enlaces, historias y fotografías con las que responder o sobre las que reflexionar. Es un difícil equilibrio, entre tus propios intereses y obsesiones, y el conocimiento, introspección y sabiduría de los demás –pero resulta algo increíblemente rico. Hay veces, de hecho, que un blogger se siente menos como un editor que como un pinchadiscos en línea, mezclando canciones y generando nuevas melodías a través de las mezclas mientras al mismo tiempo hace su propia música. Es a la vez artista y productor –y el ritmo nunca se detiene.

Si todo esto suena posmoderno es porque lo es. Y bloguear adolece de los mismos fallos que el posmodernismo; falla a la hora de dar una verdad estable o una perspectiva permanente. Un escritor tradicional es apreciado por sus lectores precisamente porque pueden confiar en que ha pensado largo y tendido sobre un tema, le ha dado tiempo para madurarlo en su cabeza y ha compuesto un escrito que merece ser leído y ponderado profundamente. Los bloggers no hacen esto, ni pueden hacerlo –y eso los limita mucho más que escribir de forma tradicional.

Un blogger aireará una gran cantidad de pensamientos o hechos sobre cualquier tema sin ningún orden particular aparte del dictado por el paso del tiempo. Un escritor, por el contrario, usara el tiempo para sintetizar esos pensamientos, ordenándolos, sopesando qué puntos cuentan más que otros, viendo cómo sus opiniones evolucionan con el mismo proceso creativo, y respondiendo al examen del editor con uno o dos esbozos. El resultado es casi siempre más medido, más satisfactorio y más duradero que una tormenta de posts. La noción triunfalista de que bloguear debe de alguna manera remplazar la escritura tradicional es tan alocada como perniciosa. De alguna manera, lo que bloguear aporta a nuestro discurso hace de las habilidades del buen escritor tradicional algo más valioso, no menos. El torrente de introspecciones blogosféricas, de ideas y discusiones regala un premio aún mayor a la persona que puede finalmente interpretarlo, convirtiéndolo en algo más sólido, duradero y gratificante.

Los puntos de este ensayo, por ejemplo, han aparecido a trozos y de manera fragmentaria en mi blog durante años. Pero verme forzado a ordenarlos en mi cabeza y pensar sobre ellos durante largo tiempo me ha ayudado a comprenderlos mejor, y tal vez incluso a expresarlos más claramente. Cada semana, tras varios cientos de posts, he escrito una columna periodística de verdad. Invariablemente acaba siendo más considerada, balanceada y equilibrada que el blog. Pero el blog siempre informa y enriquece la columna, y a menudo sirve de esbozo libre, de investigación asociativa. Y un ensayo como éste suscitará una discusión mejor, que será mejor manejada en un blog. La conversación, en otras palabras, es el punto y las diferentes jergas usadas por los conversadores contribuyen cada una a valorarla. Por eso, si bien los defensores de la vieja prensa de antaño vieron en el blogueo algún tipo de amenaza, ahora están comenzando a verlo como un umbral, y como un acicate.

Existe, después de todo, algo simplemente irremplazable en leer un fragmento de escritura impresa, sentado en una silla, en un sofá o en la cama. Para usar una analogía obvia, el jazz entró en nuestra civilización mucho después que la música compuesta, formal. Pero no la ha remplazado; y ningún músico de jazz pretenderá nunca hacerlo. El jazz simplemente demanda una forma distinta de ser interpretado y oído. El jazz y el blogueo son íntimos, improvisados e individuales –pero también inherentemente colectivos. Y, en ambos casos, la audiencia habla durante los mismos.

La razón por la que hablan mientras escuchan y comentan o se conectan mientras leen, es que comprenden que es un tipo de música que necesita ser enfrentada más que meramente absorbida. Oír jazz como se escucha un aria es equivocarse. Leer en el monitor, en pantallade escritorio o en un iPhone provoca una actitud quejumbrosa, impaciente, distraída, una demanda de información instantánea y útil, que simplemente no conduce a abrir una novela o una revista favorita en el sofá. Leer en papel evoca una respuesta más relajada y meditada. El mensaje dicta el medio. Y cada medio tiene su lugar –mientras uno no se confunda con el otro.

De hecho, a pesar de toda esa intensa aura de sufrimiento que rodea a los periódicos y las revistas, esta es una Edad de Oro para el periodismo. La blogosfera ha añadido un nuevo dialecto al acto de escribir y ha introducido a toda una generación completamente nueva a la no ficción. Ha permitido a los escritores escribir en voz alta de forma nunca vista o comprendida antes. Y sin embargo, ha expuesto un hambre y una necesidad por la palabra escrita que, en la era de la televisión, había parecido desvanecerse.

Las palabras, de cualquier tipo, nunca han parecido tan actuales.

Traducción exprés: Juan Carlos Castillón

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