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Teoría y práctica de la guerra

  • oct 18, 200823:58h
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Mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti.

“El Che era un aventurero. Fidel lo utilizó como instrumento y como víctima. Eso no lo exonera de sus culpas. Para que los cubanos lo respetaran, tenía que inspirar terror, fusilando. Después Fidel se lo quitó de encima. Lo mandó al África y después a Bolivia a ver si por allá lo mataban.” (1)

Huber Matos, el ex-comandante revolucionario, condenado en 1959 a veinte años de cárcel por orden de Castro y con el consentimiento de Guevara, resume en esos términos el itinerario de quien fuera su compañero de lucha en la Sierra Maestra.

Su práctica de la guerrilla estuvo a menudo en contradicción con la teoría que él mismo había enunciado. Conoció constantes altibajos en sus combates, con un mayor número de derrotas que de victorias. Sus viajes, al principio como embajador itinerante, luego como brazo armado de la revolución cubana, recuerdan los periplos efectuados en su juventud y parecen a la vez una huida desesperada por el mundo. Algunas de las etapas de esa aventura descabellada, sobre todo su estancia en el Congo, sólo han sido reveladas a los treinta años de su muerte. Se trata de un recorrido caótico, para nada típico del de un revolucionario profesional. La última parte de la vida de Guevara está repleta de misterios, tanto sobre sus motivaciones como sobre sus objetivos y los de Fidel Castro, a veces coincidentes, otras veces opuestos. Las relaciones entre ambos se caracterizan en ciertos momentos por la amistad, en otros por la dialéctica del amo y del esclavo. El Che, en todo caso, estaba dispuesto a dar su vida por Castro en cualquier parte, con tal de que pudiera saldar sus errores políticos con su muerte en combate.

El foco revolucionario

Nada más llegar al poder en Cuba, Guevara se dedicó a teorizar su concepción de la lucha insurreccional. Era lo que mejor sabía hacer. La experiencia adquirida en la Sierra Maestra le inspiró la idea del foco guerrillero cuyo objetivo era despertar al campesinado y llevarlo progresivamente, con o sin la ayuda de los obreros de las ciudades, a la victoria revolucionaria. El foquismo fue violentamente criticado por el movimiento comunista internacional que veía en esa doctrina, con razón, un peligroso aventurerismo.

Dos textos teóricos presidieron a la creación de los focos de guerrilla rural por toda América latina: La guerra de guerrillas, de Ernesto Che Guevara, y Révolution dans la révolution?, de Régis Debray, quien no hacía más que retomar las ideas castro-guevaristas para aplicarlas al conjunto del subcontinente.

¿Cuántos jóvenes, estudiantes en su mayoría y también militantes de los movimientos revolucionarios urbanos, entre los cuales figuraba un gran número de comunistas disciplinados y sinceros, han dado su vida en esos combates perdidos de antemano, en nombre de la concepción del sacrificio y de la falta total de realismo del Che?

En su tratado, La guerra de guerrillas, así como en sus memorias, Pasajes de la guerra revolucionaria, la palabra “guerra” se repite infinidad de veces. Sin embargo, la experiencia de la Sierra Maestra sólo había dado lugar a una serie de combates limitados y a una sucesión de escaramuzas. Una de las únicas batallas con cierto relieve fue la que tuvo lugar en Santa Clara, en diciembre de 1958, poco antes de la huida del dictador. Pero el Che, al igual que Fidel Castro, pretendía darle a la guerrilla cubana una dimensión épica que, sin duda, no tenía. Ambos soñaban con extender la revolución por todos los países del continente y hacer de la cordillera de los Andes “la Sierra Maestra de América latina”.

El Che Guevara se situaba a sí mismo entre la teoría leninista, cuyo objetivo era colocar al Partido comunista al frente del movimiento obrero, y la de los maoistas, que aspiraba al cerco de las ciudades por el campo. De ese modo pretendía dar una visión original, siendo ése uno de los principales aportes del castrismo al marxismo en el siglo XX.

Se olvidaba, no obstante, de la importancia de la fracción urbana dentro del Movimiento 26 de Julio, sin la cual la guerrilla hubiera permanecido sin contactos con su retaguardia y no hubiera podido contar con los suministros imprescindibles. Por cierto, el Che no se llevaba muy bien con sus principales representantes. Los veía como unos pequeño-burgueses cuando, en realidad, fueron ellos los que tuvieron que pagar el precio más alto en la lucha contra el régimen de Batista.

Al mismo tiempo, aunque simpatizara con sus ideas, les reprochaba abiertamente a los “viejos comunistas” del Partido Socialista Popular su incomprensión de la importancia de la guerrilla rural.

Para el revolucionario argentino, que quería dar de sí mismo una imagen austera, las montañas de la isla no eran el antro de perdición y de decadencia moral que podía representar La Habana. Su estrategia militar, que privilegiaba al campo en detrimento de las ciudades, era coherente con la moral que les asignaba a los combatientes revolucionarios. El campesinado, no solamente como clase sino también como suma de individuos, no estaba tan contaminado por las desviaciones pequeño-burguesas como los citadinos. Era más puro ideológicamente y, por consiguiente, más receptivo a las orientaciones castristas. Debía constituir la vanguardia de las luchas revolucionarias del pasado y de las que estaban por venir. Por ello Guevara se empeñó en minimizar el papel de los revolucionarios urbanos en Cuba, así como el que tenían que desempeñar los militantes de las ciudades en el resto de América Latina. Así, la estrategia militar y la teoría política podían coincidir en la visión insurreccional del Che Guevara.

Sobre ese punto se sentía mucho más cercano a la teoría maoístas y a las del general vietnamita Giap, el vencedor de la batalla de Dien Bien Fu contra las tropas francesas (había llegado a firmar el prefacio a la edición cubana de su libro Guerra del pueblo, ejército del pueblo) que de las tesis de los partidos comunistas, que recibían sus consignas de la Unión Soviética.

Su estalinismo inicial parecía haber encontrado su traducción natural no en la defensa de la URSS, cuya política en relación con el tercer mundo haía provocado en él una gran desilusión, sino más bien en los partidos y movimientos que criticaban la política de “coexistencia pacífica”. En ese sentido, y allí residía una de sus contradicciones más importantes, parecía haber optado por el punto de vista trotskista de la “revolución permanente”. En ningún caso para oponerse a la burocracia comunista o para denunciar la represión stalinista, sino para criticar su falta de ardor combativo contra el imperialismo. Para el Che Guevara, una teoría política solamente cobraba validez si podía expresarse inmediatamente en el combate, aunque fuera en las antípodas.

El Che en el Congo: precursor de las intervenciones cubanas en África

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Cuando Fidel Castro leyó la Carta de despedida que el Che le había dejado, un sentimiento de desilusión se apoderó del guerrillero argentino, a la medida de su sorpresa al oir la noticia en la radio:

“El Che, cuenta “Benigno”, lanzó una patada hacia el radio, sin alcanzarlo, y dijo: ‘Esta carta sólo debía ser pública después de mi muerte o después de un triunfo revolucionario. No es muy agradable ser enterrado vivo.’” (2)

Guevara consideró la lectura de ese documento, sin duda redactado a petición expresa de Fidel Castro, como una puñalada.
En su misiva, Guevara mostraba una admiración sin límites hacia su compañero de armas:

“Si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti.” (3)

Nunca se resignó a aceptar la evidencia. Castro podía utilizarlo a su antojo, sin dudar en deshacerse de él cuando le pareciera oportuno, como lo había hecho con varios de sus antiguos compañeros de armas. El Che, por ingenuidad, creía situarse por encima de todos ellos.

Se encontraba entonces a miles de kilómetros de La Habana, al frente de un contingente de guerrilleros, en su mayoría negros, pero también algunos blancos, los fieles entre los fieles y ciertos dirigentes revolucionarios temporalmente apartados del poder por Castro. Su misión consistía en respaldar la guerrilla dirigida por Gaston Soumaliot, Pierre Mulele y Laurent-Désiré Kabila en el Congo.

Pero ¿qué iba a hacer el Che allá? ¿Se sentía capaz de jugar otro papel que no fuera el de simple consejero de los opositores al gobierno de Moïse Tshombé, el antiguo jefe de la rebelión de Katanga y también uno de los principales responsables, junto con Mobutu, el antiguo jefe de estado mayor del Ejército, de la caída y del asesinato, en 1961, del ex-Primer ministro Patrice Lumumba, que había dirigido la lucha anticolonialista? El martirio de Lumumba, perpetrado con la complicidad de los militares belgas y de la CIA, sin que las Naciones Unidas intervinieran para impedirlo, había provocado una gran ola de indignación a través del mundo. El dirigente asesinado se había vuelto uno de los símbolos de las independencias africanas, particularmente en la Unión Soviética, donde la principal universidad para extranjeros de Moscú llevaba su nombre. Uno de los objetivos del castrismo y, personalmente, de Guevara era vengar la muerte del líder congolés e imponer un poder comunista en el centro del África, que podría más tarde extenderse al conjunto del continente.(4)

Pero el socialismo africano poco tenía que ver con la guerrilla castrista. Kabila se encargaría de demostrárselo al Che.
No cabían dos jefes en el Congo, sobre todo si uno era un extranjero blanco, al igual que los mercenarios surafricanos que combatían en el otro bando. Durante toda esa campaña africana, Kabila, quien se encontraba más a menudo en París para proclamar la inminente victoria de la revolución congolesa que en el frente de lucha, se negó sistemáticamente a satisfacer las demandas de Guevara, que le pedía constantemente permiso para acceder a los lugares de combate.

La autoridad moral del Che Guevara no irradiaba sobre aquel país, étnica y culturalmente tan diferente de Cuba, expuesto a unas rivalidades tribales y a unas creencias que él no entendía en absoluto y que consideraba como meras supersticiones. Los guerrilleros, congoleses y ruandeses, no respetaban sus órdenes y desertaban masivamente ante las embestidas de las tropas gubernamentales. El francés elemental que hablaba ni siquiera le servía para comunicar con los soldados africanos que, al contrario de los intelectuales parisinos que habían hecho el viaje de La Habana, apenas lo entendían en ese idioma. Guevara estaba perfectamente consciente de ello. Él mismo definía su francés como “elemental” (5). En su Diario, escribía:

“La deformación de la traducción, y tal vez el color de la piel, lo anulaba todo. (…) Yo me dirigí a ellos en francés, fuera de mí; con mi pobre vocabulario, les decía las cosas más terribles que se me venían a la mente, en el colmo del furor. Y mientras el traductor les transmitía violentamente mi ira en swahili, todos ellos me miraban, muertos de risa, con una ingenuidad desconcertante.” (6)

El Che no dedicaba sólo sus ataques moralistas, de una violencia extrema, a los africanos. Los cubanos también tenían que soportarlos, con una mezcla de respeto y de temor.

“Todo aquel que se acostara con una africana tenía que casarse con ella si salía preñada, y se la tenía que llevar a Cuba, cuenta “Benigno”. Eso condujo al suicidio a un guerrillero que estaba casado, con hijos allá”.

Las grandes potencias, la Unión Soviética, China, Estados Unidos, pero también África del Sur, habían resuelto transformar el país en un terreno de enfrentamiento indirecto. Había cubanos en ambos bandos, ciento veinte del lado de la guerrilla, y varias decenas de combatientes exiliados del lado de las tropas gubernamentales. La CIA sabía que el Che se encontraba en el Congo. Los cubanos exiliados tenían por misión perseguirlo, como lo harían más tarde en Bolivia. Pero, para la opinión pública internacional, el misterio sobre la desaparición del revolucionario argentino era total. Durante el año 1965, desde el momento en que Guevara había salido de Cuba, abandonando todas sus responsabilidades gubernamentales, no estaba en “ninguna parte” (7).

La Organización de la Unidad Africana, la OUA, e inclusive ciertos dirigentes revolucionarios como Gaston Soumaliot habían acabado por exigir que las tropas cubanas, así como los mercenarios, se retiraran del Congo.

Esa intervención cubana tuvo como resultado indirecto, a mediano y largo plazo, en primer lugar la toma del poder por Mobutu, quien gobernó el Congo, rebautizado Zaire, durante tres largas décadas, luego el derrocamiento de éste por Laurent-Désiré Kabila y, finalmente, después del asesinato de este último, la designación de su hijo como presidente de la República “democrática” del Congo. La revolución que había apoyado el Che desembocó, a fin de cuentas, en la instauración de una dictadura, seguida de una sangrienta caricatura de liberación que se tradujo por una mera sucesión dinástica.

Guevara había rozado la muerte en esa aventura. Enfermo de paludismo y de gastroenteritis, había tenido que emprender, en noviembre de 1965, una huida desesperada, atravesando, de noche y bajo los tiros enemigos, el lago Tanganyika, para refugiarse en Tanzania, abandonando a numerosos rebeldes congoleses a su triste suerte. Permaneció encerrado durante largas semanas dentro de la embajada cubana de Dar es-Salaam antes de salir para Checoslovaquia con el objetivo de curarse y reponerse de su batalla perdida. Allí fue donde redactó, sin duda, aquellas notas en que sacaba un balance absolutamente negativo de su campaña africana:

“Ésta es la historia de un fracaso. (…) Más concretamente, ésta es la historia de una descomposición.” (8)

En esos apuntes, que las autoridades cubanas mantuvieron secretas durante cerca de treinta años, dejaba traslucir una enorme amargura personal, al atribuir su falta de autoridad con sus propios combatientes a las consecuencias que tuvo la lectura de su Carta de despedida a Castro:

“Pesó en mis relaciones con el personal en los últimos días -lo pude palpar bien aun cuando es completamente subjetivo- la carta de despedida a Fidel. Ésta provocó que los compañeros vieran en mí, como hace muchos años, cuando empecé en la Sierra, un extranjero en contacto con cubanos; en aquel momento, el que estaba de llegada; ahora, el que estaba de despedida. Había cosas comunes que ya no tenía; ciertos anhelos a los cuales tácita y explícitamente había renunciado y que son los más sagrados para cada hombre individualmente: su familia, su tierra, su medio. La carta que provocó tantos comentarios elogiosos en Cuba, y fuera de Cuba, me separaba de los combatientes.” (9)

En esos comentarios, Guevara medía la distancia que separaba a sus hombres, los guerrilleros cubanos capaces de seguirlo hasta el fin del mundo, del ideal del “hombre nuevo” y del combatiente internacionalista, en el que seguía creyendo. Pero también sentía la necesidad de justificarse ante su superior jerárquico, Fidel Castro, por no haber muerto en su puesto de combate:

“No me animé a exigir el sacrificio máximo en el momento decisivo. Fue una traba interna, psíquica. Para mí era muy fácil quedarme en el Congo; desde el punto de vista del amor propio de combatiente, era lo que cuadraba hacer; desde el punto de vista de mi actividad futura, si no lo que más me convenía, era indiferente en el momento actual. Cuando sopesaba la decisión, jugaba en mi contra el que supiera lo fácil que resultaba el sacrificio decisivo. Considero que debía haberme sobrepuesto en mi interior al lastre de ese análisis autocrítico e imponer a una determinada cantidad de combatientes el gesto final.” (10)

Esas extrañas notas constituyen una autocrítica apenas disimulada de su propia actitud en África. El Che se sentía culpable de no haberse sacrificado y de no haber sacrificado a sus hombres.

Era sólo un explorador, un miembro de la vanguardia de las futuras expediciones de Castro, que había intentado crear en África un “Ejército Proletario Internacional” (11).

Había sido derrotado y obligado a huir de la zona de combate. No había actuado como un héroe. Castro iba a darle otra oportunidad de cumplir con su deber al enviarlo a la muerte en otra parte, siempre bajo sus órdenes.
Diez años más tarde, el gobierno cubano mandó a Angola y a Etiopía mucho más que ciento veinte hombres. Fueron decenas de miles los que participaron en las luchas que se desarrollaron allí entre facciones rivales. ¿Cuál fue el resultado? En el primer caso, una guerra civil interminable entre los distintos movimientos que luchaban contra el imperio portugués. En el segundo, la consolidación del régimen totalitario del coronel Mengistu, que practicó un genocidio a gran escala y llevó a cabo sangrientas guerras contra Somalia y Eritrea.

El jefe de las tropas cubanas en esos dos países, el general Arnaldo Ochoa, fue fusilado poco después de su regreso a Cuba en 1989, junto con otros tres oficiales que habían participado en aventuras guerreras en tierras extranjeras. Había tenido la mala idea de volver victorioso de sus campañas africanas y, por lo tanto, de hacerle sombra al gran estratega, que había permanecido durante todo ese período en La Habana.

Los términos de la declaración del general Ochoa, pronunciada en junio de 1989 ante el tribunal de honor que lo degradó poco antes de que fuera condenado a muerte, recordaban punto por punto (¿no habrían sido acaso redactadas por la misma persona?) las expresiones contenidas en la Carta de despedida de Guevara a Castro:

“Si yo fuera condenado al paredón, yo les prometo a todos ustedes que, en aquel momento, mi postrer pensamiento estará junto a Fidel y a la gran Revolución que él le ha dado a nuestro pueblo.” (12)

El condenado alabando a su verdugo: es una constante del stalinismo y de su variante tropical, el castrismo. Si el Che hubiera vuelto a Cuba aureolado con la gloria del vencedor, habría conocido sin duda la misma suerte. No se tuvieron que producir circunstancias parecidas, sin embargo. Su muerte, ya fuera en África o en Bolivia, estaba programada por Fidel Castro, con el consentimiento de su víctima.

En el corazón de las tinieblas: la jungla boliviana

De su primera experiencia guerrera en Cuba, como vencedor de la batalla de Santa Clara, herido no en combate sino después de una caída, con el brazo escayolado, el Che Guevara había retirado una aureola de héroe legendario. De su aventura africana, no pudo retirar ninguna gloria, ya que estaba condenado a permanecer escondido y en el anonimato, para no provocar la ira de los soviéticos contra el gobierno del Líder Máximo.

En el Congo había vivido el preludio a la delirante aventura narrada por Joseph Conrad en su novela Heart of darkness (“El corazón de las tinieblas”), libremente adaptada para el cine por Francis Ford Coppola en Apocalypse now, en el marco, esta vez, de la frontera entre Cambodia y Vietnam durante la guerra contra los Estados Unidos. Pero el verdadero descenso al infierno de Kurtz, negociante de marfil en la novela, coronel a la vez tiránico y rebelde en la película, se produjo a miles de kilómetros de ambas regiones, en América Latina. La epopeya del Che en Bolivia recuerda también otro largometraje, Aguirre, la cólera de Dios, de Werner Herzog, que cuenta la expedición de Lope de Aguirre, el conquistador que se había vuelto loco en su búsqueda del Dorado y que quiso decretar la independencia de los territorios que había explorado con el fin de proclamarse rey de España, soberano poderoso pero lejano. (13)

Esos héroes de novela y de cine tenían como punto en común el haber reinado como si hubieran sido semi-dioses sobre pequeñas tropas de soldados condenados al fracaso. La aventura del Che Guevara en Bolivia constituía también una empresa alucinada que tenía como objetivo la improbable toma del poder en algún país lejano, lo más cerca posible, sin embargo, de su tierra natal.

El Che había llegado a Bolivia a finales de 1966, después de su fracasada experiencia en África, de una estancia semi-clandestina en Praga y de un período intensivo de entrenamiento en la provincia de Pinar del Río, al oeste de La Habana, con un grupo de solamente dieciséis cubanos. Pero contaba con combatientes de otras nacionalidades, bolivianos, peruanos, argentinos. Al principio eran cuarenta y tres en total, antes de las múltiples deserciones que allí se produjeron. En aquel país no había ninguna insurrección campesina contra el gobierno militar, encabezado por el general René Barrientos, que había alcanzado el poder a raíz de un golpe de estado (uno más en esa nación que detiene el record absoluto de cuartelazos en América latina), pero que había pretendido legitimar su presidencia a través de las urnas, en julio de 1966, al frente de un partido llamado Frente Revolucionario Boliviano (FRB). Todo el mundo, pues, se reclamaba de la “revolución”. Eso, evidentemente, no clarificaba las posiciones de unos y de otros. Además, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), de Víctor Paz Estenssoro, había llevado a cabo, en el transcurso de los años 50, una reforma agraria, reivindicación tradicional e instrumento de movilización campesina. Todos los gobiernos posteriores habían proseguido esa política. Por cierto, durante su paso por Bolivia, en 1953, esa cuestión no le había interesado al Che en absoluto.

Los únicos en oponerse de forma violenta a los militares eran los mineros, cuyas organizaciones sindicales eran extremadamente poderosas. Pero esa fuerza no tenía cabida en la lógica teórica del Che Guevara ni en sus intenciones de crear un foco revolucionario a partir de la nada.
Muchos son los que se han preguntado por qué había elegido como destino Bolivia. O, tal vez, lo hayan elegido por él. En teoría, debía ser solamente una plataforma para expandirse hacia el sur de América latina, particularmente hacia Perú y Argentina, donde la guerrilla dirigida por su compatriota y amigo Jorge Ricardo Masetti había fracasado anteriormente, después de que sus integrantes hubieran desaparecido en condiciones sórdidas. La base de operaciones se transformó rápidamente en zona de combate.

Las poblaciones que se encontró en el sureste de Bolivia le eran tan extranjeras como las que había conocido en el Congo. Hablaban esencialmente el guaraní y casi nada de español. Durante su entrenamiento en Cuba, los guerrilleros no habían aprendido esa lengua sino rudimentos de quechua, hablado en otras regiones del país.

La mayoría de los hombres que tenían que servir como material humano a Guevara en Bolivia y constituir el esqueleto de la guerrilla eran los militantes del Partido Comunista, reagrupados en torno a su secretario general, Mario Monje. Pero se negaron a acatar sus órdenes y a seguirlo en su expedición. Al igual que los de Cuba, los comunistas bolivianos nunca consideraron al Che como uno de los suyos.

El 31 de diciembre de 1966, el Che y Mario Monje mantuvieron un encuentro en medio de la selva. Guevara reclamó la dirección de una guerrilla a la que quería transformar en un movimiento continental. Monje se négó rotundamente a ello. Los militantes comunistas que se unieron a la guerrilla eran, de hecho, opositores dentro del Partido comunista, que se oponían a la línea de la dirección pro-soviética. A partir de entonces, su secretario general fue tildado de “traidor” y considerado como unos de los principales responsables del fracaso de la guerrilla del Che. Resultaba cómodo designar un chivo expiatorio para explicar un desastre político y militar cuyos únicos responsables eran Fidel Castro y el mismo Guevara. (14)

Durante toda la campaña militar, que se prolongó hasta octubre de 1967, no hubo una sola incorporación a la guerrilla por parte de los campesinos, que veían a sus miembros, en su mayoría blancos, como extranjeros que habían llegado allí por oscuras razones. El Che no entendía esa actitud por su parte. Los campesinos bolivianos ya no eran sus aliados naturales. Se habían vuelto enemigos a los cuales había que neutralizar. En su Diario de Bolivia apuntaba:

“La base campesina sigue sin desarrollarse aunque parece que mediante el terror planificado, lograremos la neutralidad de los más, el apoyo vendrá después.” (15)

Más tarde, no podía sino constatar la desconfianza de los campesinos hacia él, lo que le resultaba insoportable:

“A los habitantes hay que cazarlos para poder hablar con ellos pues son como animalitos.” (16)

En esas condiciones, las teorías elaboradas a partir de su experiencia cubana perdían toda base real. La cordillera de los Andes no sería la Sierra Maestra de América Latina.

A medida que se iba dando cuenta de su aislamiento, tanto de una base campesina inexistente como del Partido comunista boliviano y del mismo Fidel Castro, con quien se rompieron casi todas las comunicaciones a partir del mes de marzo de 1967, el Che constataba que había sido abandonado en pleno campo de batalla y sacrificado en el altar de una realpolitik que incitaba a Castro a alinearse sobre la línea soviética. Desde el instante en que se vio perdido, el Che dejó de ejercer cualquier tipo de control en sus propios escritos, dejando libre curso a su amargura y a su odio, distribuidos a todos los que le rodeaban y a los que consideraba responsables de su situación. Así escribía:

“Un diario de Budapest critica al Che Guevara, figura patética y, al parecer, irresponsable. (…) Cómo me gustaría llegar al poder, nada más que para desenmascarar cobardes y lacayos de toda ralea y refregarles en el hocico sus cochinadas.” (17)

Como no podía ejercer su venganza contra los húngaros y los soviéticos o tener una franca explicación con Fidel Castro, se desahogaba con sus hombres, sus compañeros de armas en todas las aventuras, castigándolos bajo cualquier pretexto, quitándoles las raciones alimentarias que les correspondían, llagando hasta golpearlos o amenazarlos de muerte. Víctima de ataques de asma recurrentes, sin disponer de los medicamentos imprescindibles, llevó la violencia de sus reacciones hasta pegarle un cuchillazo a una yegua en la que andaba montado porque se negaba a avanzar:

“Yo soy una piltrafa humana y el episodio de la yegüita prueba que en algunos momentos he llegado a perder el control.” (18)

Olvidados, los sentimientos hacia los animales de que hacía gala en la Sierra Maestra cuando expresaba su compasión hacia “el cachorro asesinado”. Durante su campaña en Bolivia, sin embargo, no practicó ninguna ejecución. Sabía, sin duda, que eso ya no tenía la más mínima importancia, que él mismo y sus hombres no tenían escapatoria y que lo esencial, pues, era dejar una imagen que pudiera servir de ejemplo, en el futuro, a otros. Extranãmente, el mismo día, poco antes de su captura y de su muerte, se dirigía así a sus hombres:

“Este tipo de lucha nos da la oportunidad de convertirnos en revolucionarios, el escalón más alto de la especie humana, pero también nos permite graduarnos de hombres.” (19)

A pesar de todas las desilusiones y de todos las pruebas soportadas en carne propia, descritas en un Diario que comportaba a la vez detalles escatológicos y reflexiones mórbidas, seguía proclamando su fe en un ideal que se había vuelto, para él, irrealizable. Se veía, entonces, más como una víctima sacrificada que como un combatiente victorioso. De esa manera iba a contribuir a construir post mortem su propia leyenda de mártir y de “humanista revolucionario”.

Jacobo Machover
París

Notas:

1-Entrevistas con el autor. Miami, París, 2004-2006.

2-Entrevista con el autor.

3-Ernesto Che Guevara: Obra revolucionaria. México D.F., Era, 1967, pp. 662-663.

4-Ese esquema se repetiría poco tiempo después en Bolivia. Las circunstancias de la muerte del Che Guevara en ese país recuerdan por cierto el final de Patrice Lumumba. En 2002, Bélgica reconoció oficialmente su responsabilidad en la muerte del militante revolucionario congolés.

5-Ibid.

6-Ibid.

7-Véase Froilán Escobar–Félix Guerra–Paco Ignacio Taibo II: El año que estuvimos en ninguna parte. La guerrilla africana de Ernesto Che Guevara. México, D.F., Colihue, 1994.

8-Ernesto Che Guevara: Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo. Barcelona, Grijalbo-Mondadori, 1999.

9-Ibid.

10-Ibid.

11-Ibid.

12-Citado por Enrique Ros: Ernesto Che Guevara: mito y realidad, op. cit., p. 240.

13-En su carta dirigida al rey de España Felipe II, en 1561, Lope de Aguirre expresaba sus desilusiones: “En mi mocedad pasé el mar océano a las partes del Perú por valer más y por cumplir con la deuda que debe todo hombre de bien. Con la lanza en la mano, en veinticuatro años te he hecho muchos servicios en el Perú, con conquistas de indios y en poblar pueblos en tu servicio; especialmente en batallas y reencuentros que me he bailado por tu real Corona y nombre conforme a mis fuerzas y posibilidad, sin importunar a tus oficiales por paga ni socorro, como parecerá por tus reales libros. Bien creo, excelentísimo señor, aunque para mí y mis compañeros hayas sido cruel e ingrato, que por tan buenos servicios como has recibido de nosotros me creerás en lo que dijere”. Lope de Aguirre, después de haber asesinado a varios de sus hombres y hasta a su propia hija, fue ejecutado por el Ejército español luego de haber logrado alcanzar la costa atlántica. Esas palabras hubieran podido ser enviadas por el Che Guevara o por cualquiera de sus compañeros de armas al Comandante en jefe, el cual permanecía en el poder en Cuba.

14-En su libro de entrevistas con Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, uno de los últimos propagandistas del castrismo, titulado Cien horas con Fidel (La Habana, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2006, pp. 283-289), Castro critica la actitud de Guevara, a la vez que justifica la necesidad de la guerrilla en Bolivia: “Monje pide mandos, y el Che era muy recto, rígido… Yo pienso que el Che debió hacer un esfuerzo mayor de unidad -es una opinión que doy.” No obstante, en 1968, en su “Introducción necesaria” al Diario de Bolivia de Ernesto Che Guevara (Escritos y discursos, Tomo 3, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1977, pp. 1-20), Castro expresaba una opinión mucho menos benevolente con respecto a Mario Monje: “Mario Monje, por supuesto, no tenía ninguna experiencia guerrillera ni había librado jamás un combate, sin que por otro lado su autoconceptuación de comunista lo obligase siquiera a prescindir del grosero y mundano chovinismo.” En cuanto a la exigencia de Guevara en asumir el mando, le parecía absolutamente natural: “Y en este punto no estaba dispuesto a transigir, ni a entregarle a un inexperto seso-hueco de estrechas miras chovinistas el mando de un núcleo guerrillero destinado a desenvolver en su ulterior desarrollo una lucha de amplia dimensión en América del Sur.” Fidel Castro había percibido sin duda en su compañero su sed no sólo de combates, sino también de gloria y de poder. Al “traidor” se le dio la oportunidad de responder a esas acusaciones solamente al cabo de treinta años: “El Che fue el principal responsable de todo lo que pasó”, declaró entonces (Le Monde, París, 9 de octubre de 1997).

15-Ernesto Che Guevara: Escritos y discursos (Tomo 3: Diario de Bolivia), La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1977, p. 115.

16-Ibid., p. 140.

17-Ibid., pp. 188-189.

18-Ibid., p. 169.

19-Ibid., p. 169.

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2 respuestas
Comentarios

  • lectora dice:

    muchas gracias a machover y a pd por adelantarnos este fragmento del libro.

  • Anonimo. dice:

    Si no lo hubieran matado en las selvas bolivianas, su comandante en jefe le pasaria la cuenta, ya sea acusandolo de traidor o de no llevar una vida acorde con los principios socialistas, fue un error que lo hubieran ajusticiado.