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Jan Saudek: fotos del Este

  • Oct 11, 200813:50h
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En la escena hay un retrato de Iósif Stalin, uno de esos cuadros de líderes tan habituales en las últimas cinco, siete, nueve décadas, según la ciudad desde donde se mire: Moscú, Praga, La Habana…

Detrás de aquel retrato, al que sólo es posible acceder gracias a una vieja silla, un hoyo en la pared, y del otro lado un baño de familia, “lavadero sórdido” en el que, durante la guerra, todos se bañaban con la misma agua.

Pero para entonces la guerra ha concluido y Jan Saudek, obrero de una fábrica recién vinculado, se halla ante uno de sus frecuentes descubrimientos: un hombre casado, maduro, posee a una joven, “casi una escolar”; y este acto vergonzoso de husmear en la vida ajena marcará como como un hierro candente el recorrido de uno de los fotógrafos contemporáneos más comprometidos con el lado nebuloso del vecino, la soledad de la mujer con la que tiene sexo, “las pasiones verdaderas de las que no tenía ninguna idea, el crujido del fuego, las articulaciones trituradas por el abrazo de los amantes”, según queda fijado en unas curiosas (disolutas, irreverentes) memorias que Jan Saudek publicara con el título Célibataire, marié, divorcé, veuf (Parangon, París, 2002), y donde muy pocas disquisiciones sobre fotografía podrán encontrar los profesores de arte y los quisquillosos buscadores de secretos técnicos.

Claro que antes de esta escena del retrato de Stalin y del ojo lascivo, Saudek dedica un par de páginas a contarnos de su padre, judío austriaco, incrédulo ante los rumores sobre las cámaras de gas (“La nación de Schiller y de Goethe nunca haría eso. ¡Es imposible!” —bramaba hacia 1943), o sobre su propia huída y/o evacuación del campo de concentración en abril de 1945, con sólo diez años, andando “bajo la noche primaveral, olorosa, niños con las manos en la cabeza empujados por otros niños”, soldadillos emergentes, de última hora, movilizados por la Wehrmacht.

Después de esta escena del mirón empinado que recuerda una vieja novela de Henri Barbusse cuyo título ya olvidó, Jan Saudek no puede obviar la grisura de la postguerra en su Praga “implacable, llena de escupitajos, de hollín, de chimeneas humeantes”, las llamadas de la Seguridad del Estado, hacia 1977, para que colaborara con preciada información entre la fábrica, el alcohol y las prostitutas; y por consiguiente esa paranoia que todo estado totalitario inocula: “La normalización —los mejores años de mi vida, los que viví encorvado por el terror, la perpetua mirada de reojo como si yo fuera a incendiar el estanque del vecino, atolondrado por el miedo a los diez mil oficiales de la Seguridad que disparatadamente imaginaba pisándome los talones”.

Pero de lo que más se trata aquí, como atestigua también todo una obra fotográfica de casi sesenta años, es del amor por el cuerpo femenino y de una búsqueda obsesiva entre los entresijos de las relaciones de pareja. Como Philip Roth, Philippe Sollers, Guillermo Cabrera Infante, este narrador compulsivo y egotista que es Jan Saudek —un narrador mediante fotos coloreadas de escenas íntimas, a veces insanas, cáusticas, otras de una simpleza que se trastoca en pose inocente—, lo que más hace en este libro de memorias disolutas es referirse a sí mismo y a la taxonomía gozosa de sus mujeres: una masajista ucraniana con la que tuvo sexo en lo alto de una estación de trenes, una controladora ferroviaria, gordita “exuberante de gérmenes”, que le transmite una enfermedad venérea un día de pase del servicio militar; Ludmila, aspirante a modelo, Iarouchka, compartida con un amigo, Zdenitchka, una intelectual que combinaba sus espejuelos con un hermoso culo: todas estas despedidas de la vida mediante el suicidio y el peso de la soledad como única causa; la francesa Fabienne, una mujer madura “que tenía los senos de una niña de 11 años”; e incluso, más recientemente, Isabelle, otra francesa para quien Jan Saudek, fotógrafo reconocido quand-même, no era más que “un campesino llegado del Este”.

Como Richard Avedon y su ojo para aquellos retratos de rostros tras los que se descubre la gravedad de la existencia (el glamour solitario de las celebridades, la mediocridad de un par de aristócratas, la dureza en la cara de un negro viejo de Luisiana, y hasta el cáncer que carcome a su propio padre judío), como Robert Mapplethorpe y su soberana explosión de la belleza masculina, Jan Saudek es de esos fotógrafos mayoritariamente de estudio (recámara trastocada en nicho lúgubre, como su propio cuarto subterráneo de la calle Kon?vova, sitio de orgías praguenses, “vertiginoso, ilusorio, impregnado de sudor femenino, del humo de miles de cigarros, del aguardiente derramado sobre la mesa”), y como Avedon y Mapplethorpe, Saudek domina el arte del montaje, la puesta en escena, el detalle como sutil complemento (una pared mohosa, una muñeca de trapo que cuelga). Tal vez por eso, la narración fluye.

Jan Saudek es un narrador y como tal debe ser tratado, un narrador de su épica amatoria, que no amorosa (“¿acaso hubo amor en mi larga y monótona vida?”) y del entorno sórdido, aplastante, de una vida civil anulada por la rigidez del Estado Total.

Si bien en su obra de los últimos treinta años el fotógrafo se ha convertido en su propio personaje —él y sus mujeres gordas con venillas azulosas a lo largo de sus enormes pechos—, de sus escenas se desprende el bramido de una fábrica donde se construye el comunismo, la constancia de su condición de obrero estampada en forma de cuño en su carné de identidad, el rechazo a sus fotos por parte de los corifeos de la cultura, la imposibilidad de salir del país sin un permiso oficial, y nuevamente, al final, “una voz asexuada pero indudablemente masculina [que] me informa que la Seguridad del Estado —sí, en persona— quiere verme”.

Gerardo Fernández Fe
La Habana

PD: La web oficial de Jan Saudek.

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