- sep 01, 2008 • 23:35h
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Agosto de 1958 estará siempre asociado en mis recuerdos a Las mil y una noches, en un solo volumen en rústica con letra menuda a dos columnas —típico de la Editorial Sopena de Argentina— que me habían regalado a principios de mes. Aunque ya para entonces conocía algunos de los relatos más representativos de esa maravillosa colección de cuentos —como “Simbad el marino” y “Alibabá y los cuarenta ladrones”— la experiencia de sumergirme en las Noches, como una suerte de universo autónomo capaz de reemplazar al mundo real, era del todo inédita.
Que la voz narrativa contara la historia de una mujer, que por salvar su vida y cambiar la conducta de un rey, relatara cuentos, cuyos personajes relataran cuentos y los personajes de estos cuentos también relataran cuentos, en una espiral amorfa, mágica y casi interminable, era una sorpresa que ninguna lectura me había deparado. Mientras leía en algún rincón de la casa —espaciosa, tranquila, penumbrosa— de unos tíos con quienes me pasaba largas temporadas entonces, sentía, casi físicamente, la sensación de ingreso en otro mundo que suplantaba mi realidad y suspendía sus leyes; mundo poblado de aterradores monstruos, de villanos refinadamente crueles y taimados, de héroes apasionados y frágiles y de un fatum que se cernía sobre todas las cosas para servir a una justicia implacable con trágica, y a menudo sangrienta, simetría.
Afuera, en mi natal Trinidad, como en el resto de Cuba, se vivía el adviento de la revolución, que significaría —no lo sabíamos aún— el fin del orden conocido, con sus costumbres y jerarquías, con su tiempo real, y la entrada en una intemporalidad que dura hasta hoy y que, por absurda y arbitraria, encontraba algún anticipo en mi lectura. Sin embargo, de ese agosto —en el que hubo paseos casi diarios a la playa e idas al cine y visitas a parientes y amigos y sesiones de estudio, además de sucesos, comentarios y muertes; así como premoniciones o vaticinios, tan frecuentes en nuestras reuniones de familia— no puedo acordarme de ninguna otra cosa fuera de las Noches. Me acuerdo, sí, que andaba inmerso en aquellos fabulosos relatos y que el paisaje se contaminaba, en mi imaginación, con la Bagdad de Harún al-Rashid, por la que deambulaban derviches, príncipes encantados y hechiceras perversas. (Nunca llegué a imaginar que los cuarenta ladrones también estaban por materializarse definitivamente).
No sabría decir ahora de quién era la traducción al español de aquel libro que me abrió las puertas de la literatura; pero estoy casi seguro que debe haber sido una de las tantas versiones abreviadas de la traducción francesa de Antoine Galland, de principios del siglo XVIII, que ha sido acusada, con razón, de muchas inexactitudes, pero que ha resultado insuperable en fijar la magia de la narración e incluso sus convencionales estereotipos (literarios, pictóricos, teatrales y cinematográficos) mucho más que algunas traducciones eruditas publicadas después, entre las cuales se destacan dos versiones inglesas que me son familiares: The Arabian Nights de Edward Lane y The Book of the One Thousand Nights and a Night de Sir Richard Francis Burton, ambas de la época victoriana.
La obra de Lane en cuatro volúmenes y abundantes notas llegó a mi poder con un prestigio añadido, el de haber pertenecido a la biblioteca de José Antonio González Lanuza, una de cuyas hijas, Dulce María, me la dejó entre otros libros al irse de Cuba a mediados de los años setenta y que a mi vez regalé, en un arranque de generosidad que hoy me pesa, al salir del país en 1979. A esta versión, que incurre en numerosas mutilaciones y adulteraciones, me acerqué con más curiosidad intelectual que fascinación infantil, condición esta última que no debe faltarnos si de veras nos proponemos disfrutar de un libro. Me interesó más el contexto, las notas al pie, en las cuales Lane era prolijo y que daba cuenta del origen de muchos tipos, sucesos y tradiciones que recogen los relatos. (Quería saber, por ejemplo, de dónde surgía la figura del “genio” en esta particular mitología, en lugar de emocionarme imaginando al hombre aterrado frente al genio que acaba de liberar —luego de haber estado encerrado tres milenios en una botella— y que ha jurado matar a quien lo libre de su encierro).
En agosto de 1988, a treinta años exactos de aquella primera lectura, el sabor y la fascinación de Las mil y una noches me eran devueltos de una manera oblicua: en los Canterbury Tales de Chaucer leídos in situ, es decir, en la misma ciudad de Cantórbery donde en ese momento sesionaba la Conferencia de Lambeth a la que yo asistía como traductor. Aunque menos extenso y rebuscado que las Noches y con muchos menos elementos fantásticos, el libro de Chaucer (del que yo sólo había leído algunos cuentos sueltos en español mucho antes) conservaba el tono de narración oral y la estructura de muñeca rusa (de cuentos dentro de cuentos dentro de cuentos, que también, aunque de forma más simétrica y previsible, tiene El Decamerón) que contribuyen a provocar en el ánimo del lector esa sensación de descenso y de suplantación. En mi cuarto del pequeño hotel donde me hospedaba, a pocas cuadras de la portentosa catedral —que gracias al sepulcro de Becket había llegado a ser uno de los primeros santuarios de la Europa medieval— seguía las peripecias y los relatos de los peregrinos mientra me hundía en un mundo ilusorio que, al mismo tiempo, tenía la virtud de hacerme recuperar emociones de aquel otro verano.

A mediados de la década del noventa, tuve al fin la oportunidad de adquirir una edición facsimilar de la famosa traducción de Burton en los 17 tomos encuadernados en tafilete que publicó su viuda y que contienen las llamadas “noches adicionales” (que no aparecían en la primera edición de 10 tomos que se publicó en vida del famoso y controvertido arabista y a las que pertenecen, como descubrí con gran sorpresa, dos de los cuentos más conocidos y divulgados de Las mil y una noches, el de “Alibabá” y el de “Aladino o la lámpara maravillosa”). Si la obra de Lane había despertado mi curiosidad intelectual, la de Burton se me revelaba como una gigantesca metáfora del mundo, un mundo que se nos propone como acertijo y como laberinto, en el cual siempre se ofrece y siempre se castiga la desbocada soberbia, la tentadora desmesura. Esta versión, que nunca he leído en su totalidad ni de manera lineal, sino a retazos, con la morosidad del que se dispone a armar un inacabable rompecabezas, sirvió para germinar el fruto tardío de una novela, El caballo de ébano, que, ajena a fantasías árabes o a tragedias cubanas, encuentra justificación (y no sólo de título) en uno de los cuentos más emblemáticos de esa extraordinaria colección.
En este mes de agosto —medio siglo después de aquella iniciación literaria que emprendiera inocente del hechizo de que los cubanos estábamos a punto de ser víctimas— vuelvo a Las mil y una noches, a la memoria de aquella lectura que congela un mes exacto de mi infancia, y a la que ahora me tienta desde la imponente traducción de Burton. Acaso los míticos viajes de Simbad, el más famoso de todos los marinos de Basora, sea un buen repaso para conmemorar el ciclo.
Vicente Echerri
Nueva York
Ilustración (pinche para ampliarla): El Pájaro Roc ataca a Simbad, en el frontispicio de The Book of the Thousand Nights and a Night de Richard F. Burton, con ilustraciones de Valenti Angelo (The Limited Editions Club, Nueva York, 1934).





uno cuando buscan algo delen la respuesta
(me comí la “d” de empapadita. qué feo…)
Ric, dice mi mamá que en la primera página sale el nombre del traductor (Pedro Pedraza y Páen). Que el del dibujante no lo ve por ninguna parte, pero que todas las ilustraciones están firmadas por un tal E. Vicente. Y si quiere comerse la magdalena empapaíta y todo, haga una búsqueda por Google Images que diga “Mil y una noches” Sopena, para que vea lo que le sale.
Esos cuentos de Bruguera no los conozco. Cuando yo nací ya todas esas cosas habían desaparecido, o por lo menos no se vendían en las librerías. Otra cosa que ya no vendían eran los adorables cuenticos de Calleja, con su “y fueron felices y comieron perdices y a mí no me dieron porque no quisieron” al final. La cantidad de años que tuve que esperar yo para saber a qué sabían las perdices.
Adriana, no lo puedo creer… Me has hecho recordar la portada de ese libro, que no había visualizado al leer la nota de Vicente. Pero sí, es cierto, la portada, dura, era de un azul turquesa, con matices dorados, y Scheherazada y la lámpara… No sé si sería ese el libro del que habla Vicente, pero yo sí leí el que tú dices. Me has lanzado una tremenda magdalena proustiana. No sé qué edad tienes, pero, ¿tuviste oportunidad de leer los cuentos de la colección de Bruguera que costaban 1 centavo? Eran pequeñitos, de seis o siete páginas, con una portadita en colores preciosa y en el centro otra ilustración grande, pero a plumilla. Un título que no se me olvida: “El lirio del Rey Matsuoko”.
“No sabría decir ahora de quién era la traducción al español de aquel libro que me abrió las puertas de la literatura” -¡Y a mí! Y hasta me parece que estamos hablando de la misma edición. A ver, ¿era una de carátula azul con unos dibujos en dorado (una lámpara, creo), y arriba, a todo color, Scheherezada sentada frente al sultán, sosteniendo una lámpara de aceite entre sus manos? Tres dedos de grueso, ilustraciones en blanco y negro al principio de cada cuento y otras (no muchas, cada cuatro o cinco cuentos) a color, que se llevaban la página entera.
Me acuerdo que fue una tarde de fin de semana, en el sofá de la sala. Abrí el libro por la mitad, y después de meter bien la nariz para olerlo mejor (y después comérmelo con caperuza y todo) empecé a leer. ¡Fascinación total! Me impresionó tanto que todavía me acuerdo del nombre del primer cuento que leí. Se llamaba “Historia de la dama asesinada y del joven, su marido” y tenía este empezar: Comendador de los creyentes…
Qué escrito más bonito, Vicente. ¡Me ha traído tantos recuerdos! Ahora mismo tengo ganas de leermela otra vez. No sabía nada sobre las otras ediciones que menciona. Muchas gracias por el dato. Las voy a buscar.
Hermoso recuento sobre la vida y la ficción de la lectura, seguro que el hechizo para muchos ha sido bregar sin encontrar el centro, es cierto, las lecturas de viajes y aventuras de la infancia y de la adolescencia se han convertido con el tiempo en una especie de memorias, muchas gracias Echerri.
Vicente, esa edición de Sopena debe haber sido ilustrada por Emilio Freixas, uno de los dibujantes más fantásticos de la época. Él le dio forma a muchos de los personajes, paisajes y situaciones (casi siempre de cuentos de hadas o de aventuras) que yo leía de niño y adolescente en las excelentes ediciones españolas de la época. Me encantó tu nota. Saludos.