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En el ojo del huracán

  • sep 01, 200818:16h
  • 11 comentarios

Cuando yo era niño, en La Habana, los ciclones se anunciaban con menos antelación. Eran, en la inconsciencia colectiva, una suerte de fiesta. No quiere decir que no resultaran dañinos y peligrososs. Sino que, por las razones que fueran, se vivían con una intensidad menos dramática. Recuerdo uno, en 1968, en el que ni siquiera se suspendieron las clases. Y otro, a finales de los setenta, en el que Ulises López, José Agustín Valdés y yo, tres eternos irresponsables, nos fuimos al hotel Copacabana, entonces en ruinas, y esperamos la llegada de la tormenta bañándonos en el mar. Menciono los nombres de mis amigos del barrio porque a la hora de contar ciertas locuras es bueno saber que se tiene testigos, de otro modo no hay quien te crea.
Las olas nos levantaban a la altura del edificio y caíamos de esa cúspide como de una montaña rusa; pero el verdadero peligro estaba en el rompiente que te esperaba abajo, de modo que había que sortear el muro para no partirse la crisma. No es lo mismo el desafío en la playa (como vi hacerlo años después a algunos arriesgados), donde la orilla es blanda arena, que en mar abierto, contra un rompeolas de piedra dura.
No sé si en Miami existió alguna vez ese despreocupado espíritu, tan típico de las islas del Caribe. Pero si alguna vez lo hubo, se lo llevó, en 1992, el huracán Andrew: el desastre natural más costoso de la historia de Los Estados Unidos, hasta que llegó Katrina en 2005 e inundó Nueva Orleans. Andrew fue terrible. Estuvimos varios meses reportando desgracias. ¡Jamás había visto algo semejante! Un municipio entero, el de Homestead, barrido por la fuerza de los vientos. Kilómetros y kilómetros de casas sin techos, de familias deambulando por las calles sin reconocer el punto exacto donde una vez estuvo su hogar, de campos arrasados y de animales desaparecidos. Vi también, en la marina de Black Point, pesados barcos varados en medio del asfalto, a considerable distancia del muelle.
Nunca se sabrá con exactitud la velocidad que alcanzaron los vientos porque los aparatos de medición fueron destruidos por las ráfagas cuando estas se acercaban a los 350 kilómetros por hora. Andrew resultó ser un huracán seco, es decir, trajo poca lluvia. Fueron los vientos los que dejaron Homestead y algunas zonas del sur de Miami como si las hubiesen bombardeado. Esa fue una frase que escuché con frecuencia: “¡Parece un bombardeo!”. Y es que Andrew, según los meteorólogos, traía, incrustados a su vórtice, miles de feroces tornados.
Desde entonces a cada ciclón se le ha seguido con atención desde el día mismo de su nacimiento, cuando aún son ondas o débiles depresiones tropicales. Se reporta sobre ellos desde que aparecen y se siguen sus trayectorias con mayor o menor angustia, según el caso. El huracán del 92 dejó además, entre los periodistas, una cierta sensación de derrota. Pues debido a que atravesó la península rápido y de noche, existen pocas imágenes grabadas durante lo peor de la tormenta. O tal vez sea porque nadie se atrevió, o simplemente porque en aquel entonces la prensa respetaba más las órdenes de evacuación. El caso es que no hay prácticamente ningún vídeo que muestre a reporteros desafiando los vientos a la hora cero. Esas irresponsabilidades se pusieron de moda luego. Por eso, cuando tres años después, el camarógrafo Jorge Lewis propuso entrar al ojo de otro huracán, la idea no sonó tan descabellada, pues había una verdadera competencia para ver quién hacía el reportaje más sensacional. Era el momento del desquite.
Los pronósticos indicaban que el huracán Erin tocaría tierra a pleno día por la costa de Miami Beach. Hubo orden de evacuación y se abrieron los refugios. La prensa se apostó en el litoral. Las estaciones de televisión desplegaron a lo largo de la playa sus camiones de microondas, con sus antenas y platos de satélites. Todo estaba listo para el espectáculo. Pero los productores de noticia proponen y la naturaleza dispone. El huracán Erin empezó a demorar su llegada y a moverse hacia al norte. Nuestro director, Roberto Vizcón, ordenó mudar el campamento a Broward, el condado vecino. Y así fuimos, hora tras hora, cambiando de lugar, subiendo y subiendo, hasta que se hizo de noche y vinimos a dar a Indian River, cinco condados más arriba del nuestro, prácticamente en el centro del estado, a un punto y a una hora donde ya el ciclón dejaba de ser una amenaza para la ciudad de la que habíamos partido. Fue entonces que, con la ayuda de nuestro meteorólogo Felipe Ferro, pudimos calcular el punto exacto por donde entraría el vórtice.
Y así fue. Poco después de la madrugada del 2 de agosto de 1995, el ojo del huracán Erin tocó tierra por Vero Beach, y nosotros estábamos allí: los camarógrafos Jorge Lewis y Guido Mantilla, la reportera Marilys Llanos, y un servidor. Inicialmente la fuerza del aire y del agua nos obligó a buscar refugio bajo techo, pero pasado el rato amainó. Cesó el vendaval y en un misterioso instante escampó por completo. Se hizo la calma, una calma como yo nunca había experimentado: no se movía una hoja en los árboles, y en sus inmóviles ramas empezaron los pájaros a cantar. Eran las dos de la madrugada y aquel coro a destiempo se me antojó la más inesperada de las sinfonías. Mística, prehistórica música que nos recordaba la pequeñez del hombre y la inmensidad de la tormenta. Unos días después, cuando la productora Vera del Castillo me preguntó: “Bueno, ¿y por fin qué pasa dentro del ojo de un huracán?”. Le respondí: “Nada, los pajaritos cantan”.
En cierto modo era decepcionante porque no había acción, nada que la cámara pudiese mostrar y provocar asombro. El televidente tendría que conformarse con el testimonio del periodista y con la poco convincente narración de unas sensaciones muy personales. Como por ejemplo, la de la baja presión. Recordemos que el vórtice de una tormenta es en realidad un inmenso vacío donde la presión atmosférica desciende abruptamente. Me entró un sopor tremendo y sentí un nudo en la boca del estómago. En lo alto había desaparecido todo vestigio de tempestad y para mayor asombro, brillaban las estrellas. Me mantuve inmóvil, contemplando el espectáculo, hasta que un hálito movió mis cabellos. Entonces decidimos ir en busca de mayores aventuras.
“¡Propongo atravesar la pared del huracán!” Ya ni recuerdo quien fue el osado. Lo cierto es que empezamos a conducir rumbo noreste. Los cuatro dentro del jeep y el meteorólogo Felipe Ferro trazando el rumbo en la distancia, por radio. La comunicación con la estación se cortaba con frecuencia y la marcha resultó algo penosa debido a la falta de luz y a los constantes obstáculos que era necesario ir apartando del camino, pues algo de la ventolera ya había golpeado esa zona. Veinte minutos después el panorama seguía siendo el mismo: tranquilidad absoluta. Estábamos desconcertados. “¿A qué velocidad conducen?” —preguntó nuestro meteorólogo desde el otro lado de la radio. ¡Esa era la clave! El ojo de un huracán suele tener varios kilómetros de diámetro y nosotros nos movíamos en similar dirección y al mismo ritmo que la tormenta. O sea, que íbamos viajando dentro del ojo, siguiendo de casualidad su movimiento de traslación. “Aumenten la velocidad y alcanzarán la pared -recomendó Felipe- pero tengan cuidado que ésa es la zona más peligrosa”.
Lewis pisó el acelerador. Varios minutos después vimos la pared. Era impresionante. Una columna compacta de nubes que se elevaba hasta el cielo. Los relámpagos iluminaban la noche y los rayos, en vez de caer, saltaban de lado a lado. Es curioso, pero he notado que en los huracanes no truena mucho, no son como las tormentas vulgares, que necesitan asustarnos.
A medida que nos acercábamos fue cambiando el panorama. El agua empezó a golpear el parabrisas del jeep. Era una lluvia totalmente vertical que iba acrecentándose según avanzamos. La prudencia aconsejaba detener allí mismo la expedición y desistir de la aventura, pero la ignorancia es atrevida. Lo discutimos. No se trataba de un monstruo como Andrew, categoría 5, sino de un ciclón que ni siquiera llegaba a 2 en la escala Saffir/Simpsom. De todos modos, nos advirtió Felipe Ferro, los instrumentos meteorológicos estaban registrando vientos poderosos cerca del vórtice, con ráfagas sostenidas cercanas a los 140 kilómetros por hora. “Cualquier objeto volando a esa velocidad es un proyectil mortal – nos recordó nuestro “weatherman”.
Discutíamos los pro y los contras de atravesar aquel peligro, cuando fue la pared del huracán la que nos alcanzó a nosotros, torció ligeramente el rumbo y se nos vino encima. En un abrir y cerrar de ojos el escenario se transformó. El aullido del viento, agudo y constante, helaba la sangre. El vehículo se movió como si fuese de cartón, dos remolinos giraron en torno nuestro y una inmensa rama de árbol golpeó el parabrisas y estuvo a punto de hacerlo saltar en mil pedazos. Entre la oscuridad y la densidad de la lluvia, no se veía nada. Lewis manejó a tientas hasta un edificio de una sola planta y metió el auto en el portal. ¡Allí, al menos, quedamos resguardados por un muro, aunque por el otro lado estuviésemos desguarecidos! “Bien. Hay que trabajar -dijo Lewis con una desafiante naturalidad- ¿Quién se apea conmigo?” Lo miramos incrédulos. “¿Bajarse? ¿A qué?”. Pero Lewis tomó la iniciativa y yo sentí que no me quedaba más remedio que saltar al ruedo.
Apenas salí, un semáforo se desprendió y me pasó rozando la cabeza, el techo de una gasolinera salió volando y un cable de alta tensión se partió y empezó a restallar como si fuese un látigo gigante y endemoniado. Traté de pararme frente a la cámara para describir la situación, pero el cable tocó el asfalto a muy corta distancia de nosotros, provocando un chisporroteo atemorizante. Daba miedo ver aquel cable en el aire, retorciéndose alrededor nuestro, en una danza macabra. Me quedé petrificado, luego intenté escapar, pero el ventarrón y los nervios me impedían correr. A duras penas logramos regresar al auto. “Vámonos” —dije asustado. Pero para ese entonces ya no había salida. Sólo nos quedó esperar pacientemente a que la tempestad se alejara rumbo noroeste, con su paso lento y destructor; y rezar para que el muro que nos cubría resistiese.

Juan Manuel Cao
Miami

*Fragmento de una de las crónicas incluidas en un libro de próxima aparición.

Foto: Erin; ShadyElmTrees, en Flickr.

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11 respuestas
Comentarios

  • Magaly Aguilera dice:

    Felicidades. Considero que tines un estilo muy fácil de seguir en el que como esas novelas de misterio uno quiere leer hasta el último minuto. Tu relato me envolvió,y sentí que revivia ese fatidico momento.En ese año yo estaba haciendo un programa de radio y viví ese ciclón que cambió nuestra forma de verlos, creo que para siempre
    Te felicito por buen escritor, periodista y por ser una magnifica persona.

  • Woland dice:

    Vaya, me alegro, D. Azorín… Ya seguiremos intercambiando opiniones a través de PD – si Ernesto arregla lo de su conexión a Internet. :-(

  • Alejandro Fernandez dice:

    Yo tambien me iba a banar al Copacabana en tiempo de ciclones. La verdad que ahora no hay quien me haga tirarme al agua en esas condiciones.
    Con el Andrews, recuerdo cuando hizo su entrada en La Habana. Iba en mi bicicleta hacia mi casa como a la 1 am. Habian tantos relampagos a lo lejos que pareciere fuese de dia. No llovia,solo un poco de viento, pero mucho relampago. Al otro dia me entero que el mar se habia desbordado y habia entrado en Playa, hasta la 5ta Ave y en el Vedado, hasta Linea. Ni los mas viejos recordaban que una cosa asi hubiese ocurrido en el pasado.
    Los pocos muertos fueron ahogados tratando de robar articulos de una diplotienda en el Malecon.

  • Azorín Azorado dice:

    Woland, es usted un caballero. Bonita respuesta la suya, excelente la cita. Y tienes razón, hay verdad en el texto (a eso me refería cuando mencioné que el autor tiene buen ojo) y tampoco está nada mal del todo, en realidad. El autor tiene gancho para contar y la anécdota es interesante. Coincido (coincidimos) en lo feo de las frases hechas, nada, como bien usted dice que no pueda arreglar un buen editor. Me retracto, como puede usted ver, en toda regla… Contra!, su respuesta me ha desarmado.
    Suyo
    Azorín Azorado

  • Woland dice:

    Azorín,

    Gracias, muchas gracias. Emocionado, pero de veras… Verás (ahora con acento): hay una frase de Diderot que ilumina mis lecturas (y, en general, mis limitadas relaciones con el arte):
    “LOS CRÍTICOS SON LA PESTE DEL ARTE”.

    Comprenderás, dear, que no puedo recibir mayor piropo que el que me has dirigi’o, disfrazado de descalificación…

    Insisto: el texto del Sr. Cao, como lo que es (la narración de un aventurero, no un cuento de Borges), me ha gustado. Le sobran un par de frases gastadas o directamente picúas (“… un hálito movió mis cabellos”) – pero ya de eso se encargarán los editores. Tiene VERDAD, y eso es algo que no se encuentra en talleres para (des)aprender a escribir.

    Varela,

    Gracias por los comentarios!

  • Varela Blog dice:

    Lo que Cao omite en este escrito es que Roberto Vizcon estudio meteorologia en Cuba, de ahi su exactitud al enviar el team. Roberto Lewis quedo trastornado despues de eso y no pudo seguir en la industria. Y Juan Manuel recibio la nominacion para un Emmy pero el es muy modesto. De todas formas me consta la historia porque el camarografo, cuando se jala, siempre me la cuenta.

  • Azorin Azorado dice:

    Gracias Woland por demostrar que no tienes el menor gusto literario. Eso no está bien escrito, está muy mal escrito. Te has descalificado como crítico literario, además, que expresiones son esas: “!Contra, qué bien escrito!” Por favor, Woland… El texto, no obstante, pasa como post y Ernesto ha hecho bien en publicarlo. La anécdota es interesante y sí, ahí un ojo en el autor (no el del huracán, el suyo propio) para los detalles. Pero esperemos que la editorial que lo está sacando lo edite antes. ¿O ya se fue así a imprenta?
    Azorin Azorado
    P.S, Un abrazo fraterno, sin embargo, al autor y a Woland, como diría Cesar Vallejo: Considerando en frío, imparcialmente…Comprendiendo
    que él sabe que le quiero,
    que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…

    Considerando sus documentos generales
    y mirando con lentes aquel certificado
    que prueba que nació muy pequeñito…

    le hago una seña,
    viene,
    y le doy un abrazo, emocionado.
    ¡Qué más da! Emocionado… Emocionado…

  • bustrófedon dice:

    Muy bueno. ¿Título del libro? ¿Cuándo sale?

  • Anónimo dice:

    Muy entretenido. Ese muchacho escribe bien.

  • Anónimo dice:

    ñooooooooooooo que largo, y al final no paso nada con el ciclon.

  • Woland dice:

    ¡Contra, qué bien escrito! Se la jugaron con la gracia de atravesar la pared del ciclón…