- ago 23, 2008 • 10:36h
- 7 comentarios

Por Mark Czarnecki
El tiempo de Darwin ha vuelto. Precedido por nuevas biografías y la reedición de sus obras, llega un doble aniversario. En el 2009 se cumplirán los doscientos años de su nacimiento, y el ciento cincuenta aniversario de la publicación de El origen de las especies. Como Marx y Freud, otras dos grandes figuras humanistas del siglo XIX cuyo nombres son murmurados junto al suyo, envolvió a nuestra forma de ver el mundo con conceptos fundamentales que una vez abrazados no pueden ser abandonados. Pero al contrario que las variantes del pensamiento marxista y freudiano, que han traído consigo un millar de experimentos (no todos válidos), la evolución es aceptada como un hecho, al menos en lo que se refiere a la biología. Y con la biología ya controlada, los evolucionistas están trabajando duro para pensar cómo y por qué los humanos se comportan y piensan como lo hacen, lo mismo como individuos que como sociedad.
La ventaja de la evolución sobre otras disciplinas no hubiera sorprendido a Darwin. La reciente exhibición del Royal Ontario Museum, titulada The Evolution Revolution, le revela como un investigador científico incansable, un amantísimo pater familias, un propietario caballero con una pasión renacentista por el aprendizaje. Escritor lleno de gracia y persuasión, publicó una docena de libros sobre distintas formas de vida, de los percebes a las orquídeas, además de sus clásicos, On the Origin of Species, and The Descent of Man, y Selection in Relation to Sex (1871). Fue también un agudo observador de la Revolución Industrial y sus efectos sobre aquellos menos privilegiados que él. Empujado por una fuerte conciencia social, confiaba que al final la evolución no sólo explicase sino también mejorase la condición humana.
La preocupación de Darwin por romper las ataduras de la Revolución Industrial fue compartida por muchos de sus contemporáneos, incluyendo filósofos como Herbert Spencer, que acuño la frase “supervivencia del más fuerte.” Pero el auténtico amor de Darwin fue la biología, y cuando Spencer y otros activistas asumieron la evolución se limitó a apoyar sus esfuerzos, al menos en principio. “En el futuro —escribió en El Origen…— veo el campo abierto para investigaciones mucho más importantes. La psicología se basará seguramente en los fundamentos colocados por el Sr. Spencer, sobre la necesaria adquisición gradual de cada poder y capacidad mental [evolución]. Se arrojará mucha luz sobre los orígenes del hombre y su historia.”
La visión clásica de la evolución es que las modificaciones aleatorias en la biología de individuos hacen a algunos más adaptables que otros a su ambiente cambiante. Estos rasgos capaces de adaptación “son seleccionados,” y el cambio sobrevive en generaciones posteriores hasta que, finalmente, una nueva especie evoluciona. La psicología evolutiva lleva la evolución un paso más allá: no sólo el cuerpo de homo sapiens, sino la mente humana ha dependido de este proceso. La manara en la que pensamos y sentimos ha evolucionado a lo largo de milenios, remontándose hasta nuestra prehistoria en la sabana africana, y las antiguas pautas permanecen con nosotros, a pesar de la capa cultural aportada por la historia y del amplio espectro de las diferencias individuales.
Por desgracia, Spencer y los “darwinistas sociales” acabaron por secuestrar la psicología evolutiva y la dirigieron por un camino ajeno a Darwin. En El Origen de las Especies, Darwin había mostrado que esa evolución biológica siguió a menudo una trayectoria larga e imprevisible, pero los darvinistas sociales creyeron que una sociedad podría evolucionar en el espacio de una vida si se daba rienda suelta a individuos superiores para que ejercitaran sus dotes naturales para la supervivencia, a costa de los inferiores. Identificar y favorecer estos elementos superiores fue el desafío de la eugenesia, una ramificación de darwinismo social fundada por Francis Galton, primo de Darwin. La eugenesia adquirió rápidamente un tinte racial, y necesitó sólo la revelación de los descubrimientos genéticos de Mendel, a comienzos del siglo XX, para desviarse desastrosamente hacia la esterilización y otros abusos semejantes. Injusta pero inevitablemente, la eugenesia arrastró consigo la disciplina aún no crecida de la psicología evolutiva, y ambas acabaron por marcadas por los crímenes nazis.
Es imposible sobreestimar el efecto escalofriante de la eugenesia en la aplicación de las ideas evolutivas a la psicología y la sociedad humanas. Si la biología de hecho influye en cómo nos sentimos, pensamos, y nos comportamos, el temor era que malos gobernantes pudieran dirigir, a través de la manipulación genética, una población hecha a la medida de sus poco escrupulosos programas. Por lo tanto, cualquier insinuación del determinismo biológico fue desterrada de la investigación psicológica, y el péndulo se desplazó al otro extremo, al determinismo cultural, o al constructivismo social. Durante décadas, este paradigma dominante decretó que en el comportamiento humano influían principalmente factores sociales, como la familia y las normas culturales predominantes, mientras que la biología interpretaba, como mucho, un papel secundario.
Durante ese tiempo, los evolucionistas que se aventuraron en la psicología y en las ciencias sociales fueron unos parias. Típico de su lucha contra el paradigma imperante fue la experiencia de Paul Ekman, un psicólogo que viajó a Nueva Guinea en los años sesenta para justificar el trabajo mayor final de Darwin, La expresión de las emociones en el hombre y animales (1872). Toda su vida, Darwin había tomado apuntes sobre la expresión facial de emociones en tanto en los animales como los humanos; en busca de datos transculturales, preguntó a corresponsales alrededor del mundo para describir a personas indígenas que mostrasen felicidad, enfado, y otras emociones básicas, y para preguntar a los sujetos el sentimiento expresado. De esta investigación, concluyó que la expresión de emociones era idéntica para todos los primates, y debía tener una base biológica aparte de la cultura y la sociedad. Por lo tanto, en La expresión de las emociones, Darwin dibujó la primera analogía creíble entre la evolución del cuerpo y de la mente humanas.
Pero debido a la amplia reacción causada por el rechazo a la eugenesia, el libro fue anatemizado por los constructivistas sociales, hasta que Ekman empezó su cruzada para resucitarlo. El enfoque anecdótico que Darwin asumió en La Expresión de las emociones, impuesto en parte por una mala salud que lo limitó a Inglaterra después de su famoso viaje en el Beagle, carecía del rigor de los estándares modernos de la antropología de campo. Ekman quiso duplicar la investigación de Darwin utilizando “métodos cuantitativos para medir el comportamiento observable” —es decir, aplicar el método científico que Darwin no pudo aplicar.
Las conclusiones de Ekman en Nueva Guinea confirmaron la tesis de Darwin, y añadieron a la investigación de Darwin el concepto de “reglas de presentación”. De sus estudios de cómo japoneses y norteamericanos muestran sus emociones de forma distinta en presencia de figuras de autoridad, concluyó que las culturas varían extensamente en lo referente a qué emociones pueden revelarse a los demás. Una antología preparada por Ekman sobre este tema fue revisada por la antropóloga Margaret Mead, decana en aquel momento de la ortodoxia cultural reinante, y autora de clásicos tan influyentes como Coming of Age in Samoa. Mead atacó su metodología, y concluyó su crítica sugiriendo que el genio de Darwin era plantear preguntas, no contestarlas.
Ekman insistió y fue finalmente vindicado. En las últimas décadas del siglo XX, el constructivismo dejo de ser la corriente dominante en las ciencias sociales. El mismo trabajo de Mead fue cuestionado, y la psicología evolutiva ganó credibilidad, si no plena aceptación, bajo el liderazgo del entomólogo E. O. Wilson. En 1998, Ekman publicó una edición del libro de Darwin que incluyó fotografías originales de Darwin y propias, junto con investigaciones contemporáneas relacionadas.
En esta década, el enfoque evolutivo en psicología casi ha llegado a ser una ortodoxia con plenos derechos: éxitos de venta como The Blank Slate: The Modern Denial of Human Nature de Steven Pinker denuncian mordazmente el constructivismo social, mientras Marc Hauser en Moral Minds: How Nature Designed Our Universal Sense of Right and Wrong postula “la gramática moral universal” en un intento por explicar por qué los humanos son buenos entre sí cuando desde un punto de vista evolutivo no tienen razón para serlo. Las ideas evolutivas están también notablemente presentes en una gran variedad de trabajos populares de autoayuda, como Emotions Revealed del mismo Ekman y Men Are from Mars, Women Are from Venus de John Gray.

A pesar de estos avances, la resistencia a la evolución en disciplinas académicas ajenas a las ciencias naturales está sólidamente atrincherada. En parte, refleja la tensión y la desconfianza tradicional entre humanidades y ciencias, una división detallada por el científico y el novelista C. P. Snow en su libro seminal The Two Cultures, publicado en 1959. Pero la evolución tiene a sus antagonistas personales, los más vociferantes son los creacionistas; se opusieron a la evolución desde su nacimiento y nunca han dejado de hacerlo, apoyados por ricas y poderosas instituciones cristianas.
Los creacionistas ven la mente como una manifestación del espíritu divino. Pero este punto de vista es sólo la punta de un iceberg que los evolucionistas no han logrado disolver: la creencia en que la mente no es material y no está gobernada por las leyes del mundo físico. Esta creencia tiene una rica tradición en la cultura occidental, pero contradice la tesis evolucionista que dice que mente y conciencia no pueden ser considerados aparte del cuerpo y el cerebro en los que residen. Los evolucionistas pueden ser sus peores enemigos a la hora de defender esta posición, y son los extremistas como Richard Dawkins, el autor de The God Delusion, los que consiguen más prensa. Pensadores más moderados, por ejemplo los que se preguntan si la creencia religiosa quizás puede ser adaptativa (es decir, que puede aumentar las oportunidades de supervivencia de un individuo), tienen menos oportunidades de responder a la genuina preocupación existente en el terreno de las humanidades sobre si la evolución puede ser una aproximación reduccionista a una realidad humana más complicada.
En esta variante se introduce Edward Slingerland, cofundador del nuevo Centre for Human Evolution Cognition and Culture de la University of British Columbia. Los escritores interesados en la evolución son generalmente científicos, pero Slingerland pertenece a una nueva generación — siguiendo en los pasos de filósofo Daniel Dennett — educada en las humanidades, pero que se ha inclinado hacia la ciencia en busca de respuestas no proporcionadas por su disciplina original. En What Science Offers the Humanities: Integrating Body and Culture, Slingerland tiende una rama de olivo, argumentando que cada lado debe llegar al otro para prevenir la universidad de sucumbir ante una diversidad excesivamente hostil.
Citando el caso de un estudiante de psicología de la religión que no sabía casi nada acerca del contenido verdadero de las religiones del mundo, Slingerland aconseja a los científicos que aumenten el estudio de sus especialidades con perspectivas más amplias que sólo las humanidades pueden proporcionar. Los eruditos en las humanidades, por otro lado, deben dejar de desdeñar el método científico y de caer en la irrelevancia. Originalmente experto en los estudios clásicos chinos, Slingerland sabe por experiencia propia que los humanistas que se pasan al mundo de la ciencia y regresan con un nuevo evangelio no son bienvenidos con los brazos abiertos. “Cuando menciono el término la “neurociencia conductista” entre un grupo de eruditos estudiosos de la religión o de sinólogos,” escribe, “la mayoría de ellos sonríe cortésmente y empieza a retirarse lentamente, buscando una ruta segura de salida”. No es sorprendente, que culpe a los humanistas más que a los científicos por perpetuar el malentendido entre las dos culturas.
Como muchos evolucionistas, Slingerland cree que las humanidades están en un callejón sin salida, y culpa de la debacle al posmodernismo. Lo que más irrita a los evolucionistas del posmodernismo es que al negar una realidad consistente y objetiva, tienden a considerar que todas las narrativas son inherentemente subjetivas e igualmente válidas: las explicaciones científicas enraizadas en el mundo físico no reciben un estatus privilegiado. Para un evolucionistas, este desplazamiento del método científico es una invitación abierta a la tiranía intelectual.
Para remediar esa situación, los evolucionistas han investigado y escrito en profundidad sobre temas religiosos y filosóficos. Pero las artes representan un reto mayor, aunque sólo sea porque aparecen, por definición dentro del esquema físico de las cosas, como innecesarias para la supervivencia. Intentos dentro del terreno de la estética en libros como Biopoetics: Evolutionary Explorations in the Arts han fracasado a la hora de generar interés. Más prometedora es la literatura y la narrativa en general, con temas especialmente caros a los “darvinistas literarios,” que tratan de recuperar terreno frente a filósofos franceses posmodernos como Roland Barthes y Jacques Derrida.
Reflejando la poca certeza de su disciplina naciente, la antología The Literary Animal: Evolution and the Nature of Narrative, editada por los académicos ingleses Jonathan Gottschall y David Wilson, un biólogo y un antropólogo, se aproxima al tema de la evolución y la literatura. Para crear las reglas del juego, Brian Boyd, en su ensayo “Evolutionary Theories of Art,” subraya cuatro posibles razones por las que los hombres crean arte. Dos pueden ser vistas como adaptativas, que animan a la cohesión social o ayudan a desarrollar estrategias útiles para la supervivencia al imaginar retos posibles. Otra explicación ve el arte como la versión humana de la cola del pavo real, un instrumento de selección sexual que hace de su propietario o autor más atractivo a la hora de aparearse. La posibilidad final de Boyd es que el arte por sí mismo no tiene ningún valor intrínseco o para la supervivencia, sino que es tan sólo el resultado de otras funciones evolutivas de la mente.
A pesar de estas aproximaciones diversas y sugerentes, los ensayos de la antología tienden a concentrarse en el contenido de la literatura más que en su creación. Un típico ejemplo es “Literature, Science, and Human Nature”, del novelista Ian McEwan, el único escritor profesional entre los colaboradores. Algunos personajes de sus novelas hablan como entendidos sobre la evolución, sobre todo Joe Rose en Enduring Love, que irónicamente atrae un perseguidor masculino cuyos deseos difícilmente cuadran con cualquier categoría evolutiva. McEwan atribuye la capacidad de los lectores, al margen de su cultura, al hecho de que aprecian las emociones y motivaciones de los personajes en las obras literarias de obras de culturas completamente distintas, a emociones universales adquiridas a través de la evolución. “La literatura debe ser nuestra antropología,” proclama, indicando que los antropólogos ya rara vez tienen la oportunidad de ese primer contacto que permitió a Ekman devolver validez a The Expression of the Emotions.
La aproximación de McEwan hace de la literatura una sirvienta de la ciencia. Más científico que el ensayo de McEwan, al menos en su metodología, es la investigación de Gottschall sobre el folklore mundial, que responde a la crítica feminista europea de que los cuentos de hadas son sexistas y no válidos para los niños. Usando ordenadores para reducir volúmenes de información, concluye que todos los cuentos de hadas, no sólo los europeos, son sexistas – lo que no supone un problema para los evolucionistas dado que lo que las feministas llaman sexista ellos lo llaman natural. En ese ensayo, la literatura no es evaluada como literatura, sino tan sólo como información para un análisis más abarcador de las actitudes sociales.
El argumento implícito en Gottschall es la idea de que las afirmaciones sobre la literatura que no pueden ser verificadas científicamente son inherentemente inferiores. En otra investigación, reconoce una hipótesis comprobable en la bien conocida noción de Barthes de que no hay autores, tan sólo lectores que “escriben” un libro distinto cada vez que leen. Trabajando con Joseph Carroll, un destacado darwinista literio, Gottschall creó un amplio cuestionario para catalogar las respuestas individuales ante una amplia variedad de novelas victorianas. La consistencia de las reacciones emocionales de los lectores fue estadísticamente significante, demostrando a Gottschall que el extremo subjetivismo tan querido por la posmodernidad carece de fundamento.
Amplias encuestas como la de Gottschall, junto a estudios interculturales y escaners cerebrales para monitorear las áreas que responden a los diferentes estímulos, son comunes en la investigación psicológica y neurológica. Frente a eso, no hay razón por la que las humanidades no deban emplear esas poderosas herramientas para generar diferentes perspectivas en la literatura u otras disciplinas de las humanidades – sin por ello asumir necesariamente que esos resultados científicos representan la palabra final en el tema tratado. El sentido común nos dice que las ciencias y las humanidades necesitan tanto la más extrema objetividad como la más absoluta subjetividad, como todo lo que está entre ambos extremos.
Análisis con computadoras y escaners cerebrales están a años luz de la aproximación anecdótica de Darwin en The Expression of the Emotions, o incluso de la más científica confirmación que hizo Ekman de los hallazgos de Darwin en la década del sesenta. Pero los métodos de la alta tecnología a menudo palidecen ante la ingeniosidad casera en la formulación de un experimento. Takahiko Masuda, un psicólogo de la Universidad de Alberta, ha llevado a cabo estudios interculturales comparando la respuesta norteamericana y japonesa frente a varios estímulos. Curioso ante el descubrimiento de que las expresiones de emoción faciales son universales, tomando en consideración que tanto Darwin como Ekman mostraron a sus sujetos rostros aislados sin contexto o telón de fondo, Masuda y su equipo compararon las respuestas de los dos grupos culturales cuando les era presentada una cara feliz, alterada por Photoshop, en medio de un fondo de rostros que expresaban distintas intensidades de felicidad, tristeza y cólera.
Al serles presentada una cara sonriente contra un fondo de expresiones contradictorias, el japonés, al contrario que el norteamericano, mostraba dudas significativas sobre si la cara realmente expresaba “alegría.” Más que los norteamericanos, el japonés tomaba en consideración el contexto y concluía que, a pesar de un rostro sonriente, un individuo rodeado de gente infeliz puede no sentirse del todo feliz. Como la reglas de presentación formuladas por Ekman a partir de su propio análisis de las culturas americana y japonesa, el trabajo de Masuda apuntaba hacia las que podrían ser llamadas “reglas de contexto” que afectan a la experiencia real de la emoción.
Masuda y sus colaboradores concluyeron que las variantes culturales explican la diferencia en las respuestas. Ciertamente, sin datos desde la prehistoria no hay forma de validar ninguna otra interpretación. Presumiblemente, en algún punto del pasado, los antepasados de estos dos grupos tan distintos divergieron en su sensitividad frente a lo que es más fácilmente visible y el contexto. ¿Pero quién se separó de quién? ¿Es la respuesta americana la más nueva –lo que significaría que la más vieja y en consecuencia la respuesta “universal” es la japonesa– o viceversa?
Los hallazgos de Masuda sugieren que una correspondencia personal entre las emociones internas y su expresión externa puede no ser tan directa y universal como Darwin y Ekman asumieron. Sin minar la obra de estos, la investigación demuestra cómo las verdades científicas, incluso aquellas asumidas como la evolución, continúan evolucionando a medida que la mente humana encuentra nuevas vías para reconstruir viejos paradigmas. Y el mismo Darwin, el viejo patriarca paseándose a través “sendero del pensar” en sus tierra de Kent, hubiera sido el primero en considerar que vale la pena investigar estas cuestiones.
[El artículo original, en The Walrus, en inglés.]
Traducción exprés de Juan Carlos Castillón.






[...] —El otro Darwin, por Mark Czarnecki, The Walrus, Septiembre 2008. [...]
Muy interesante artículo; soy estudiante de psicología y la verdad que arroja luz sobre varios temas
Y lo firmo con el predecible pseudónimo Keyser Söze.
Cesar, tengo la solucion: lo escribes en ingles y se lo mandas a Juan Carlos para que lo traduzca.
Oye, aquí hay que ser gringo para publicar textos largos. De bala. Protesto.
Gracias por este texto. Muy bueno. Muy completo. Hay algunas erratas como “darvinista” -cosa del programa de word en espanol- pero me alegra que saquen un articulo como este.
Magnífico texto. Muchas gracias a Juan Carlos por la traducción. Importantísimo divulgar la teoría de la evolución ante las campañas retrógadas para impartir el creacionismo dentro del currículo de ciencias. (No sólo en los Estados Unidos…)