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Roman, Nagy y los hijos del comunismo internacional

  • ago 09, 200816:14h
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Mi primera noticia directa de los hijos de la Internacional Comunista la tuve hace cinco años en Guinea Ecuatorial. Un negrito de delgadísimos brazos fibrosos conducía por las maltrechas calles de Malabo un lujoso todoterreno verde mientras explicaba —moviendo con gracia sus manos huesudas y haciendo bailar en la muñeca un ostentoso reloj de oro— cómo en la vieja URSS había saludado una vez a Leonid Bréznhev cuando era un estudiante becado por el régimen filosocialista de Francisco Macías Nguema.

Los lectores de este blog seguro conocerán historias de cubanos, hijos de funcionarios comunistas, formados en la ex-Unión Soviética, que se quedaron a vivir allí. En Rumania tuve contacto con antiguos estudiantes árabes procedentes de “repúblicas amigas”, que se habían casado con bellísimas rumanas de piel pálida.

Una mañana, también en Rumania, leí en Libertatea la noticia de la separación del ex primer ministro rumano Petre Roman. Acababa de abandonar a su esposa Mioara por la cantante Silvia Chifiriuc, veinte años más joven que él. Rememoré entonces esta historia familiar, que es también la de uno de esos hijos del comunismo internacional.

Petre Roman nació del judío húngaro Walter Roman y la española Hortensia Vallejo en el Bucarest de 1946. Walter y Hortensia se conocieron después de la guerra civil española en Moscú, donde los dos trabajaban con entusiasmo por el triunfo del bolchevismo internacional. Hortensia era la segunda mujer de Walter, y también la segunda española. Durante la guerra de España, en la que Ernö Neuländer combatió bajo el seudónimmo de Walter Roman al frente del Batallón de comunistas rumanos Ana Pauker enviado por la Kominform, se casó con Angelina, una sobrina de La Pasionaria, a quien tuvo que abandonar porque al Partido no le parecía un buen partido. La caída en desgracia de Angelina acabó con su deportación a Tashkent, la capital de Uzbekistán, pero eso no mermó la fe en el marxismo del obediente marido. Al acabar la contienda, Roman viajó a Moscú, y en 1946 regresó a la Rumania liberada a bordo de un tanque del Ejército Rojo. Obtuvo el grado de general, ocupó puestos de responsabilidad en los servicios secretos y estuvo al frente de varios ministerios.

Cuenta Pacepa, y lo confirman, según el diario Ziua, los archivos de los servicios secretos rumanos, que en noviembre del 56, siendo miembro del Comité Central del PCR, Walter Roman viajó a Budapest acompañando al dictador rumano Gheorghe Gheorghiu-Dej para entrevistarse con Imre Nagy en la embajada yugoslava, donde el líder húngaro se había refugiado huyendo de la invasión soviética. Roman, que actuaba siguiendo instrucciones del Kremlin y conocía a Nagy de sus años en la Komintern, trató de convencer al rebelde de que reconociera públicamente al gobierno impuesto por Moscú. No accedió, así que el viejo camarada le ofreció una salida honrosa y discreta del país que también rechazó. Ante la resistencia de Nagy, Moscú encargó a los rumanos llevarse al traidor a Bucarest. La delegación del PCR, acompañada de un equipo de miembros de la Securitate, voló a la capital rumana con Nagy y su equipo. A su llegada al aeropuerto los contrarrevolucionarios fueron conducidos a la base del DIE (servicio secreto exterior rumano) del bosque de Baneasa, a 12 kilómetros de Bucarest. Allí Roman continuó sin éxito tratando de conseguir el arrepentimiento de Nagy, hasta que dos años después los traidores fueron ejecutados en Budapest.

La sombra del padre ha acompañado a Petre Roman durante toda su vida política. La influencia y el poder de Walter le permitieron cursar sus estudios de ingeniero electrónico en Francia y moverse durante los años del comunismo, con cierta distancia ética y estética, cerca de los círculos del poder. Pero ser hijo del célebre bolchevique Walter Roman supuso también para Petre la recriminación general de un pasado del que indudablemente se benefició, pero que no era suyo. Especialmente desde que se convirtió en el primer ministro frágil, civilizado y presentable que necesitaba el nuevo régimen dictatorial del viejo aparatchik Ion Iliescu, Petre Roman hubo de responder a menudo a los reproches envenenados de unos enemigos casi siempre peores que él. Se defendió mucho y mal, porque aquel Ernö Neuländer que salió un día de Oradea para luchar en toda Europa por el marxismo había hecho y escrito demasiado como para presentarlo como un patriota rumano obligado por las circunstancias.

Marcel Gascón
Madrid

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