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Ceausescu en Nueva York

  • ago 02, 200820:28h
  • 8 comentarios

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El feliz verano de 2006, mientras preparaba mi viaje a Rumania, leí con entusiasmo y asombro Red Horizons, la inverosímil crónica de los horrores del ceausismo que escribió con crudo realismo y sin amago de culpabilidad el general Ion Mihai Pacepa, asesor de Ceausescu, jefe del servicio exterior de inteligencia rumano y secretario de Estado del Ministerio del Interior, el desertor de mayor rango que haya abandonado el campo comunista. Desde su ingreso en el servicio secreto en 1957 hasta su evasión en la Embajada americana de Bonn en el 78 Pacepa obedeció y ordenó en permanente estado de terror y sin demasiadas consideraciones morales, pero afortunadamente para el mundo también observó las aberrantes prácticas de aquella corte enferma y embrutecida que luego contaría desde su exilio secreto en EE UU.

Por las páginas de Red Horizons desfilan con profusión grotesca personajes esperpénticos capaces de las mayores bajezas humanas. Los paisajes y situaciones son siempre de una desolación que supera con mucho lo deprimente. Elena Ceausescu deleitándose con el porno casero robado a un ministro adúltero; el siniestro Nicu seleccionando adolescentes y niñas en las puertas de los liceos, orinando en la bandeja de las ostras para hacérsela beber a las sirvientas en las cenas de partido o tocándole las tetas a la mujer de un ministro cuya protesta acabaría confinándole de por vida a su aldea de origen. Y en medio de la galería de víctimas y victimarios aplastados que intercambian su posición siempre sometidos a la humillación absoluta del Titán y la Científica, de Nicolae y Elena, emerge una figura radicalmente antagónica, en su significación histórico-política y en lo psicológico, con el mundo tenebroso que describe Pacepa.

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En la primavera de 1978, invitados por el presidente Carter, Nicolae y Elena Ceausescu visitan Nueva York como parte de su gira americana. Más de cinco mil inmigrantes húngaros y rumanos se concentran frente al hotel Waldorf Astoria en el que se alojará la pareja presidencial para protestar por sus abusos de los derechos humanos. El miembro de los servicios secretos americanos encargado de la seguridad de los Ceausescu les propone entrar al hotel por una puerta alternativa para evitar los abucheos, y el general Pacepa les sugiere hospedarse en la Embajada hasta que se disuelva la concentración. ‘Cómo vamos a dormir en tu sucia legación cuando venimos de dormir en Blair House’, le contesta Elena indignada, mostrando su incredulidad porque alguien pueda manifestarse contra su excelso marido. Nicolae pregunta si llegar hasta el hotel supone un peligro para su vida. Le dicen que no, y ordena que la comitiva se ponga en marcha en dirección al Waldorf. La multitud congregada levanta pancartas con letreros como ‘Ceausescu, el terror rojo’, ‘Ceausescu criminal’ o ‘Ceausescu Drácula’. Una lluvia de huevos se estrella contra la limusina del presidente y su esposa, y los gritos de ‘Jos Ceausescu’ (abajo Ceausescu) retumban en toda la calle cuando los dos bajan del coche.

Al poco tiempo, histéricos por tener que enfrentarse a una situación inédita, el Conducator, la Científica y su séquito sufren otro lanzamiento de huevos al salir en dirección a la Embajada. En cuando llegan, piden hablar con Carter para que detenga la protesta, pero desde la Casa Blanca y el Departamento de Estado les recuerdan que la concentración está autorizada por el Ayuntamiento, de quien es competencia su seguridad durante la estancia en la ciudad. Desde el Departamento de Estado se ponen en contacto con el comisario de policía de Nueva York, McGuire, para que tranquilice a Ceausescu, que ha amenazado con abandonar el país inmediatamente si no se pone fin al ultraje. McGuire le garantiza que su seguridad no corre peligro: puede regresar al hotel cuando quiera. Ceausescu accede de mala gana, a condición de que McGuire viaje con él y con su esposa en su mismo coche. Así llegan de nuevo al Waldorf Astoria, pasada la media noche. Quedan algunos centenares de manifestantes, que vuelven a increparles y a tirarles huevos. La ira de Nicolae crece, y ordena a sus funcionarios y espías en Nueva York que eliminen a quienes estén detrás de la protesta. Al día siguiente el Departamento de Estado vuelve a intervenir, y le ruega al alcalde Ed Koch que se reúna urgentemente con Ceausescu.

Koch acude al hotel con McGuire y el embajador americano acreditado en Bucarest. Los manifestantes se han retirado, y en su habitación Ceausescu lanza maldiciones contra un alcalde húngaro y judío que por fuerza ha de ser comprensivo con sus detractores. Entra en la habitación, ‘ruidoso, volcánico’, ‘decidido a calmar al visitante’, dice Pacepa. Se planta en el centro y trata de adivinar entre la decena de rumanos trajeados quién es el presidente. Dirigiéndose a todos da la bienvenida a ‘un húesped tan célebre y distinguido’, y recibe las insolencias amenazadoras de Ceausescu con tranquilidad jovial. ‘Es un verdadero insulto que haya permitido esta manifestación’, le espeta Ceausescu, a lo que Koch responde recordándole que sólo los hombres importantes atraen la atención de tanta gente. ‘Las protestas son tan americanas como la primera enmienda’, le informa Koch, y responde a la chulesca proposición de Ceausescu de hacerse cargo de su propia seguridad: ‘Gracias por la oferta, presidente, pero no será necesario’. Y, dirigiéndose al comisario McGuire: ‘dile, McGuire, qué medidas hemos tomado’.

Con una seguridad en sí mismo que Pacepa califica de ‘exuberante’ y apelando sutilmente a la normalidad de una sociedad pujante y libre, Koch trata de zanjar la discusión: ‘Es lunes por la mañana, señor presidente. Ahora todo el mundo ha ido a su trabajo. No tienen con qué dar de comer a los niños si se pasan todo el día gritándole quién sabe qué eslóganes frente al hotel Waldorf’. Ceausescu protesta porque le han insultado y amenazado de muerte, y Koch le ridiculiza recordando que sólo han sido algunos huevos y tomates. ‘No quieren matarlo. No tienen nada contra usted, señor presidente. El asunto no es usted, sino su política’, dijo Koch con una voz que Pacepa califica de ‘dulce’. La ira del Conducator estalla, y acusa a los manifestantes de ser ‘nazis que han asesinado a los judíos con sus propias manos’. ‘Yo vigilo a estos nazis, presidente, y usted piense un poco en la política que hace’, contesta Koch sin perder la calma.

Humillado e histérico, Ceausescu se lanza a una larga disertación sobre la superioridad de los derechos que disfruta el pueblo rumano sobre los del americano. Cuando calla, Koch toma la palabra, y se despide cordialmente antes de darle la mano: ‘vamos a ser amigos, señor presidente. Y quizá un buen día comamos juntos en un restaurante rumano de por aquí’.

Marcel Gascón
Madrid

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8 respuestas
Comentarios

  • carlos dice:

    me parfece un retrato totalmente malversado y con mucha intencion de satanizar a este personaje, podria ser dictador que para mucho no lo sería y todo lo malo que quieras, pero me parece propaganda yanki despues de ganar una guerra encubierta, como cuando sacan a gadaffi y te dicen que es peor que cualquier ser humano ientras los ministros de nuestra querida europa se van a paises pobres a destruir todo para llebarse el petroleo y se pagan fiestas con prostitutas menores de edad…hipocresia teledirigida.

  • De Paco dice:

    Felicidades, Marcel, un relato fabuloso. (Naturalmente, no puedo estar de acuerdo con Koch. Esos huevos no impactaban contra un símbolo, sino contra un hombre.)

    Un fuerte abrazo,
    De Paco

  • elena dice:

    Excelente el relato de Gascón (Pacepa).

  • Happel dice:

    Güicho, me tiene que contar su visita al infierno ceausista.

    Gracias por su amabilidad,

    Marcel.

  • Anonimo. dice:

    Hay que ver en la foto la cara alegria que tiene Carter y celebrandole las gracias a este asqueroso dictador., bueno a este no es el unico que Carter le ha celebrado gra cias.

  • Eufrates del Valle dice:

    Delicioso articulo. Puedo imaginar a Koch…

  • Güicho dice:

    Este post es un banquete, Marcel.

    No he leído a Pacepa, pero visité la Rumanía del Conducator…

    Su caída fue una belleza. Por amplio margen la más reconfortante del Bloque Oriental.