
Voy a buscar un colirio para mi ojo derecho que tengo irritado desde hace un par de días. Dos horas de espera en el médico de la familia me permiten enterarme de todos los chismes del barrio, de boca de las vecinas que van a “pasear” al consultorio. La doctora se queja de que tiene mucha carga de trabajo, porque parte de sus colegas está de misión en Venezuela, y me escribe una remisión mientras se come una pizza de seis pesos.
En el policlínico el panorama es similar, pero la preocupación por mi ojo hace que me porte bien y espere a que me atiendan. Un señor con unos espejuelos antediluvianos me advierte que él marcó en la cola desde las seis de la mañana, así que calculo que podré terminar de leerme una novela mientras aguardo. Con sorna, una viejita me insinúa —sin que yo haya abierto la boca— “esto es así porque es gratis, si hubiera que pagarlo, otro gallo cantaría”.
No me sorprende su expresión, pues frases como esas aparecen con más frecuencia por todas partes, pero me quedo pensando en el raro concepto de gratuidades que maneja la señora. Al decírmelo, yo imagino que la lámpara de Aladino, frotada por once millones de cubanos, ha logrado proveernos de estos hospitales, de las escuelas y de otros publicitados “subsidios”. Pero el espejismo del genio con sus tres deseos me dura poco, caigo en cuenta que todo eso lo pagamos cada día con un alto precio.
El dinero no sale, como la señora cree, del bolsillo bondadoso de quienes nos gobiernan, sino de los altos impuestos que nos cobran por cada producto adquirido en las tiendas de pesos convertibles, de los excesivos pagos que nos obligan a hacer en los trámites migratorios, del gravamen humillante que las monedas extranjeras tienen en esta isla y de la subvaloración salarial en que están sumidos todos los trabajadores. Somos nosotros los que pagamos estos servicios de los que, vaya ironía, no podemos quejarnos.
Es más, pagamos también la gigantesca infraestructura militar, que en sus delirios guerreristas consume una buena parte del presupuesto nacional. De nuestros agujereados bolsillos, salen las campañas políticas, las marchas de solidaridad y los excesos de protagonismo que nuestro gobierno se permite tener por todo el mundo. Somos nosotros los que financiamos nuestras propias mordazas, los micrófonos que nos escuchan, los delatores que nos acechan y hasta la tranquila parsimonia de nuestros parlamentarios.
De gratuidades nada. Cada día pagamos un alto precio por todas esas cosas. No solamente en dinero, tiempo y energía, sino también en libertades. Somos nosotros mismos los que sufragamos la jaula, el alpiste y las tijeras que nos cortan las alas.
Yoani Sánchez
La Habana
*Este post ha sido publicado originalmente en el blog Generación Y. El gobierno cubano ha tomado medidas para dificultar el acceso a los internautas que intentan conectarse a Generación Y y otros blogs dentro de la isla. En un esfuerzo por difundir el trabajo de la bloguera Yoani Sánchez, PD reproduce textualmente sus entradas.





Excelente, como es usual.
A proposito de la ultima riflexion del coma en jefe, es digna de un estudio psiquiatrico.
Que manera tan precisa de expresar grandes verdades.
Dónde trabaja Yoani?
La silla es absolutamente genial. Un diseño exquisito, único en el mundo, que recoge la herencia de Rietveld y lo naif del asiento de cabillas del setenta rural. Somos vanguardia siempre. Seremos copiados y envidiados siempre.
En España te encuentras igual el Policlinico lleno de gente que va por gusto, es Gratis!! pero te atienden bien, y el Estado no le está machacando a la gente que le “regala” ese excelente servicio…y la gente vive tranquila.
El asunto salud le da mucho equilibrio a cualquier sociedad. España, con sus defectos también, se ha convertido en una maravilla en apenas tres décadas…. Ojo con ese León español!..