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Obsesiones en torno a (otra) Juana

  • May 13, 200813:21h
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“…Y vio Ikú que había que acabar con el tiempo en que la gente no se moría. Hizo Ikú entonces que lloviera y lloviera sobre la tierra durante treinta días y treinta noches sin parar […] Sólo los niños y los más jóvenes pudieron treparse en los árboles gigantes y subir a las montañas más altas. Y la tierra entera se convirtió en un gran río sin orillas. Hasta que en la mañana del día treinta y uno paró de llover. Los jóvenes vieron entonces que la tierra estaba más limpia y más bella, y corrieron a darle gracias a Ikú, porque había acabado con la inmortalidad.”

Mito yoruba,
transcrito de Paul A. Schroeder, Tomás Gutiérrez Alea. The Dialectics of a Filmaker, Nueva York, Routledge, 2002

Siempre he querido pensar que Irakere fue traído al mundo en un imaginario pabellón Pozo. Así, uncido con alguna mágica manteca y entre los ritos iniciáticos de rigor, los hombres nombraron al recién nacido “bosque” en lengua yoruba, en memoria del tiempo en el que los tambores eran usados como señal a través de la espesura. Irakere como el más fuerte de aquellos tambores, como el figurado zócalo selvático donde mejor se le escuchaba a la hora de las invocaciones. Por eso, mucho después de que Olofin, Odduá y Obbatalá se enfrascaran en los deberes de la Creación, haciendo lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, lo chiquito y lo grande, hubo una época nueva de muertes y resurrecciones donde Irakere era el santo y la seña, el bejuco y la serpiente, la ceiba y el guayabo.

De esa época nos llegan los elaboradísimos caprichos sonoros que el primer Irakere (Jesús “Chucho” Valdés, Enrique Plá, Carlos Emilio “el Gordo” Morales, Paquito D’Rivera, Arturo Sandoval, Carlos del Puerto, Oscar Valdés, Carlos Averhoff, Jorge “el Negro” Varona, Jorge “el Niño” Alfonso y Armando Cuervo) puso a circular para tornar en costumbre la apoteosis: “Bacalao con pan”, “Valle de Picadura”, “Danza de los ñáñigos”, “Moja el pan”, “Taka taka ta”, “Misa Negra”, “Xiomara Mayoral” e “Iyá” entre otros. Pero siempre me gusta regresar a un tema que suele hallar espacio en algunas recopilaciones de Irakere: la mini-suite “Juana 1600”, firmada por “Chucho” Valdés e incluida en el segundo disco de estudio grabado en 1977 y revitalizada más tarde en una excelente versión incluida en 30 años (2004).

En esta canción se registra uno de los más sólidos esfuerzos de Irakere en la fusión del funk con batá, uno de los sellos más notables de la agrupación. Se trata de un tema estructurado (igual que “Misa negra”) como los típicos rituales yorubas. Al inicio el oyente se deja atrapar por los tambores y las evocaciones hasta el punto de figurarnos el mágico ambiente off the record: la textura del toque in crescendo prefija la sangre otorgada como alimento y el permiso obtenido para convocar. Iroko, uno de los caminos de Obbatalá, orisha del caminante y habitante de las ceibas, es invocado en la ruta previa a la rapsodia de los metales. Pero antes hay anuncios, pronósticos, escaramuzas y filigranas que, simulando el incesante juego vital, nos preparan para el privilegiado viaje sonoro. Un viaje que parece corto por lo intenso, y que hace que volvamos sobre la ruta una y otra vez pues siempre parece que nos hemos perdido algo del paisaje. Pero nada se ha movido, la imagen está intacta, fresca, genial y breve como el orgasmo de los reclusos.

Y así me enfrento siempre a esta canción, en actitud eyaculatoria. No se olvide nunca que, aunque “Juana 1600” parezca evocar a una mulata que anda en Lada, cualquier húmedo rincón de los primeros barracones del siglo XVII tenía el pagano sabor de los orgasmos clandestinos. Y a ellos nos debemos.

Mauricio Pimienta
Ciudad de México

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