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Pregunta a los socialistas cubanos

  • may 06, 200820:48h
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¿Qué entienden las élites intelectuales y políticas de la isla por socialismo? Si desagregamos el concepto de la sinonimia que esa palabra forma con otras dos, revolución y patria, podríamos avanzar en el entendimiento de su socialización. En tanto nombre de un régimen, socialismo implica lealtad a sus líderes, afectos y memorias involucrados en la preservación de un legado político, consentimiento de gobernados. Ideológicamente, ser socialista supone la creencia en la “superioridad” del sistema frente a sus contrarios, el capitalismo y la democracia, sobre todo, en materia de justicia social. Esa amalgama sentimental e ideológica, sin embargo, no logra trasmitir el significado del concepto, como demandó, hace treinta años, Cornelius Castoriadis en El contenido del socialismo (1979).

En la constitución cubana de 1992, reformada en 2002, se establece que el “socialismo es irrevocable”, pero nunca se especifica qué es el socialismo. Por la estructura constitucional del régimen, podría pensarse que socialismo significa partido único, economía estatal e ideología “marxista-leninista y martiana”. Pero esa descripción del régimen tampoco agota la significación del concepto, ya que, hipotéticamente, podría haber socialistas que estén de acuerdo con cierto margen de privatización de la economía o que profesen un tipo de marxismo distinto al que vagamente la Constitución establece. De modo que habría que desglosar el término con mayor sutileza.

En la tradición de la izquierda marxista pueden detectarse, por lo menos, tres acepciones de socialismo: 1) el socialismo de la socialdemocracia, que admite el mercado, el gobierno representativo y la libertad de asociación y expresión; 2) el socialismo soviético o totalitario, que sostiene el partido único y la economía de estado y que se entiende como “período de transición” al comunismo; y 3) el socialismo radical o “democrático”, defendido históricamente por anarquistas, trotskistas, gramscianos o cualquiera de las muchas corrientes del neomarxismo contemporáneo. Este último socialismo no siempre acepta el mercado, pero se opone al control estatal y defiende las libertades públicas, aunque en sus versiones más extremas respalda el altermundismo y cualquier autoritarismo subalterno.

El primero es el socialismo que va de Karl Kautsky a Anthony Giddens y que identifica a los socialdemócratas europeos, a los laboristas ingleses y –retórica y solidaridades aparte- a muchos liberals norteamericanos. El segundo es el socialismo de Lenin, Stalin y Mao y que, con distintos matices, caracterizó a la Unión Soviética y los regímenes de Europa del Este hasta 1989. El tercero, a diferencia de los dos primeros, carece de experiencias políticas concretas, ya que puede asociarse, más bien, con un gesto teórico de la izquierda antiestalinista que en las últimas décadas del siglo XX desemboca en la Escuela de Frankfurt tardía y en buena parte del pensamiento postmoderno: Anderson, Jameson, Eagleton, Bourdieu, Derrida, Laclau, Mouffe, Vattimo, Zizek, Badiou y tantos otros.

El socialismo cubano pertenece, evidentemente, al segundo grupo. Su posición estaría más a la izquierda de la socialdemocracia y más a la derecha del neomarxismo, aunque, como veremos, esa localización no significa que ocupe algún centro, sino que, de plano, está fuera de lugar. La ideología oficial cubana, que históricamente ha carecido de vocación teórica, tiene que hacer malabares simbólicos para legitimar un orden totalitario en pleno siglo XXI. Esa ideología, como recomienda Terry Eagleton, no habría que buscarla en algún buen ensayo teórico sobre el tema, de esos que ya no se escriben en Cuba, sino en las leyes e instituciones del régimen y en la visión de la sociedad y el Estado que poseen los jerarcas del PCC: Raúl Castro, José Ramón Machado Ventura, José Ramón Balaguer y Esteban Lazo.

También en Cuba es perceptible un fenómeno afín a toda la izquierda latinoamericana: la precariedad teórica de los proyectos políticos. Hace treinta o cuarenta años, los socialistas latinoamericanos leían en serio a Sartre, a Althusser, a Gramsci o a Marcuse. Desde los 80, sin embargo, se ha producido una migración de cerebros de los partidos y organizaciones de izquierda hacia la academia, la literatura o el periodismo, que ha dejado sin teoría las políticas profesionales. El lugar que antes ocupaba la teoría lo ocupan hoy los medios masivos de las nuevas democracias. De ahí que la ideología de los gobiernos de izquierda latinoamericana no pase de ciertos empaques simbólicos o mixturas insostenibles desde el punto de vista filosófico e histórico. Veamos dos de esos desplazamientos en la ideología cubana de las últimas décadas.

Cuando en 1992 desapareció la Unión Soviética, las élites intelectuales y políticas de la isla se deshicieron del marxismo soviético que habían suscrito durante treinta años, y adoptaron un nacionalismo postmarxista con dos fuentes primordiales: el revolucionarismo martiano y el catolicismo origenista. En los 90, el discurso identitario nacionalista (Armando Hart, Cintio Vitier, Eusebio Leal, Abel Prieto, Eliades Acosta, Enrique Ubieta…) se volvió hegemónico en el aparato de legitimación del régimen. La primera fase de la llamada “batalla de ideas”, a fines de aquella década, se armó con ese discurso y uno de sus principales artífices, Eliades Acosta, es hoy el secretario ideológico del Partido Comunista de Cuba.

Cuando el nacionalismo católico dio muestras de agotamiento, a principios de esta década, la ideología oficial comenzó a desplazarse cuidadosamente hacia el “socialismo del siglo XXI” propuesto por Hugo Chávez en Venezuela. Algunos intelectuales guevaristas de la generación de Pensamiento Crítico, como Fernando Martínez Heredia, Juan Valdés Paz, Germán Sánchez y Aurelio Alonso, se recolocaron en esa perspectiva y varias instituciones culturales cubanas, como la Casa de las Américas o el Instituto Cubano del Libro, se involucraron en dicha plataforma. Sin embargo, no se puede afirmar que el Partido Comunista de Cuba haya hecho suya la doctrina del “socialismo del siglo XXI”.

En dicha doctrina se opera una fusión de Marx y Bolívar que se deshace automáticamente a la luz del texto del primero, “Bolívar y Ponte” (1858), escrito por encargo de Charles Dana para The New American Cyclopaedia. Frente a ese texto sólo caben dos reacciones: o se piensa que Marx era un eurocéntrico y un racista, que no entendió América Latina, al describir a Bolívar como un aristócrata criollo con ínfulas napoleónicas, o se piensa que, en efecto, Bolívar era un político autoritario, defensor de presidencias vitalicias y senados hereditarios, frente al que Marx quedaría casi como un demócrata liberal. Cualquiera de las dos variantes supone un serio cuestionamiento del marxismo bolivariano.

Pero la doctrina del socialismo del siglo XXI puede manipular esa y otras contradicciones. Por ejemplo, la contradicción de reclamar para sí la alternativa “socialismo o barbarie”, de Rosa Luxemburgo, que Cornelius Castoriadis y Claude Lefort hicieron suya en el París de la postguerra. Chávez y sus intelectuales orgánicos asumen de manera rudimentaria dicha consigna, atribuyéndole un significado apocalíptico, similar al del “patria o muerte” de Fidel Castro. Sin embargo, tanto en Luxemburgo como en Lefort y Castoriadis, el “contenido del socialismo” es opuesto al control de cualquier burocracia sobre la sociedad civil y, para los segundos, significaba, de hecho, lo contrario del “socialismo real” de la URSS, Europa del Este y Cuba: un sistema que Lefort y Castoriadis no habrían vacilado en considerar como capitalismo autoritario de Estado.

La ideología oficial cubana, esa que puede leerse en los documentos del último congreso del PCC, en 1997, y en el pasado pleno del Comité Central, carece de puntos de contacto con el neomarxismo y se mantiene en una perfecta contraposición a la socialdemocracia, la cual sigue siendo entendida como una variante más del liberalismo. Fiel a la herencia soviética, su impermeabilidad teórica es tal que sólo puede ceder ante la retórica del nacionalismo martiano, una doctrina que, al igual que el bolivarismo de Chávez, sería catalogada como un conjunto de mitos burgueses en cualquier modalidad del marxismo crítico. Por eso, por pertenecer al mundo desaparecido del orden soviético, esa ideología está fuera de lugar.

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El dilema de muchos intelectuales que, en la isla, todavía sostienen críticamente la identidad “socialista” (Desiderio Navarro, Víctor Fowler, Julio César Guanche, Arturo Arango, Rafael Hernández, Celia Hart…), deseando imprimirle un contenido antiestalinista o postsoviético, radica en que el socialismo cubano, institucionalmente, no ha dejado de ser totalitario. Esos intelectuales aspiran, por tanto, a una “organicidad” imposible o sólo alcanzable, después de un cambio de régimen, en un gobierno democrático de izquierda.

Definirse como “socialista” en la Habana hoy, pretendiendo con ello una inscripción en la plataforma neomarxista, resulta, entonces, un gesto contradictorio, ya que el adjetivo es asumido por el poder como una muestra de lealtad incondicional. Es muy probable que algunos de esos intelectuales deseen una destotalización del régimen o un verdadero abandono de todo rastro de estalinismo y que utilicen el rótulo “socialista” para negociar estrechos márgenes de agencia. Pero es evidente que la mayoría piensa que dicho abandono ya se produjo, a pesar del partido único y la economía estatal, con la “autocrítica” del llamado quinquenio gris.

El perturbador consenso de las élites intelectuales en la isla, como se vio en el último congreso de la UNEAC tiene que ver con la apuesta por una cultura dirigida por el Estado ¿Qué significa ser “socialista” en un campo intelectual en el que todos los escritores y artistas dicen ser socialistas? ¿Significa sólo eso: compartir las estrategias oficiales de resistencia al mercado? ¿Una resistencia, por cierto, que muchas veces significa regulación o control de los mecanismos mercantiles y no verdadera oposición a los mismos? Cuando un intelectual cubano dice que es “socialista” quiere decir que acepta que la cultura sea dirigida por una “vanguardia” política que, en la práctica, no es más que una burocracia estatal, a la cual se concede la potestad de encabezar esa “lucha” contra el mercado, sin el menor indicio de autonomía o sociabilidad por parte de los propios intelectuales.

El “socialismo con swing” que defendió el poeta y ensayista Víctor Fowler en ese congreso no es otra cosa que una ideología capaz de utilizar las herramientas del mercado a su favor y venderse bien, dentro y fuera de la isla. La empresa que debe promover el “swing” es, por tanto, el Estado. Esa misma empresa es la que debe decidir los libros que se publican, la música que se escucha y el arte que se muestra en galerías y museos, de acuerdo con un criterio de “calidad” estética. Los líderes de esa empresa, por ejemplo, piensan que muchos escritores premiados y exitosos del exilio, como Zoé Valdés, Eliseo Alberto, Daína Chaviano y Antonio Orlando Rodríguez, venden bien fuera de Cuba porque están “politizados” y, por tanto, no deben publicarse en la isla.

La “vanguardia” política de la cultura cumple funciones gerenciales que hacen del Estado una instancia mediadora entre la ideología y el mercado. El ataque contra los escritores que mejor venden, fuera de la isla, va unido a una presión a favor de que sean los escritores “revolucionarios” –tan o más “politizados” que los exiliados– quienes acaparen el mercado editorial iberoamericano. La misma gestión mediadora podría observarse en la interesada promoción de ciertas músicas para restarle mercado a la timba o al reggaeton, vistas como productos “vulgares”, o en los servicios de agencias mediáticas a favor de artistas mimados por el poder. La ofensiva contra el “mal gusto” en la televisión y en la cultura popular, que vimos en el último congreso de la UNEAC, es reveladora de la persistencia de una “vanguardia” ideológica que se atribuye un rol pedagógico y moralizador frente a las masas.

Aceptemos que existen diversas maneras de ser socialista en la Cuba de principios del siglo XXI. Admitamos que el socialismo del Buró Político no es idéntico al de los pocos lectores de Zizek o Badiou que hay en la isla. Concedamos que una cosa es el socialismo de Granma y La Jiribilla y otra el socialismo de Criterios y La Gaceta de Cuba. Aún así, hay un punto en que, a juzgar por sus intervenciones más críticas, unos y otros coinciden: en Cuba la cultura es una esfera del Estado, subordinada a la ideología oficial. Esa premisa, con toda la lógica excluyente y el burocratismo autoritario que entraña, debería ser el principal problema de debate en un campo intelectual que presume de su apertura. Sin embargo, la hegemonía política y la autonomía cultural, dos conceptos básicos de la teoría neomarxista, no son temas de discusión en la isla.

El neomarxismo es una actitud teórica que, al adoptarse en la Habana sin un claro gesto de oposición, termina siendo desvirtuada. Los neomarxistas, aún aquellos que respaldan acríticamente el régimen de la isla, como Jameson y Vattimo, no aceptarían jamás un sistema de partido único y capitalismo de Estado en Roma, París, Londres o Washington. En el fondo, ellos también saben que nada, ni el embargo comercial, ni el cambio climático, ni la “guerra contra el terror”, justifica la ausencia de libertades públicas en una comunidad moderna, pero prefieren hacer una excepción con Cuba porque la isla es parte de la etiqueta altermundista. Lo dramático es que esa etiqueta sea suscrita desde la Habana, una ciudad donde todos los socialismos posibles son descartados por el socialismo único del poder.

Rafael Rojas
México DF

*Ponencia leída en el coloquio Cuba: New Research Directions, celebrado en la Universidad de California, en Irvine.

Foto: Neelzito, en Flickr.

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10 respuestas
Comentarios

  • TRAGALUZ dice:

    Recorrí Cuba desde La Habana a Santiago por 15 días en Marzo del 2008, solo encontré ausencia de ideas desgano emocional, pero si mucho nacionalismo. El factor “Pánico” dirige la isla, una especie de suicidio masivo, promueve solo el inmovilismo de ideales.

    No creo que existan socialistas en Cuba pero si muchos tipos de nacionalistas sobre todo el más definido es el “Nacionalista Islado” ese que no sabe lo que pasa mas halla de las fronteras, ese que aun creé que lo mejor que pasa esta entre al caribe y el estrecho.
    Es como un mito idílico a la ignoraría alfabetizada.

    El artículo de Rojas es oportuno y actual, si sustituimos la palabra “Socialista” por “Nacionalistas Islados” obtenemos explicar reacciones y conclusiones sobre el caso cubano.

    Jdelrio1@bellsouth.net

  • maite dice:

    Excelente, Rojas pone el punto exacto la ausencia de pluralidad y la dictadura.

    Porque cómo hablar de socialismo, socialdemocracia, cómo los intelectuales pueden debatir esas ideas teóricas, reunirse en un congreso y no plantear como premisa primera y fundamental el respeto a corrientes diferentes de pensamiento, confluyentes o excluyentes…
    Pero sobre todo esa estructura intelectual teoriza en un espacio donde las mínimas, elementales libertades individuales no existen, no son respetadas.
    Leyéndolo es cierto que llegamos a la dramàtica conclusión que mientras la intelectualidad cubana de la isla, no haga la disección, y asuma la voz y se enfrente críticamente al sistema, con premisas tan simples y palabras tan rotundas como Libertad, libertades…de asociación, de prensa, de organizar espacios, editoriales alternativas, mientras el totalitarismo sea la base de las estructuras existentes, Cuba seguirà en el naufragio constante, porque la democracia no serà “la panacea universal” -en eso creo que todos estamos de acuerdo,- ademàs porque la vivimos y la ejercemos en el mundo libre, el sistema no es perfecto, pero es el màs justo que conocemos.

  • antichavista dice:

    Muy buen ensayo. Debería publicarse en algún periódico o alguna revista de Caracas para que los venezolanos se enteren de qué es el socialismo del siglo XXI y el marxismo bolivariano.

  • no matter dice:

    “¿Y qué problema tiene que Rojas sea un liberal que defiende la democracia? ”

    el problema–y esto aplica a los liberales en general–es que no interroga rigurosamente el concepto “democracia” como hace con otros conceptos. lo trata como una “verdad” que existe mas alla de las ideologias del contexto historico en la que aparece. ¿es que acaso la democracia parlamentaria existente la unica opcion? ¿no nos podemos imaginar otra? varios de los pensadores que rojas agrupa bajo la tercera deficion del socialismo y otros (como ranciere) han desarollado todo un trabajo alrededor de un cuestionamiente de la democracia como la practicamos hoy, sin llamar a un retorno al stalinismo u otras formas de gobierno opresivas.

    “EE.UU no ha impuesto ningun orden neoliberaral al planeta, lo que pasa que la mayor parte de los paises inteligentes han optado por este sistema…”

    anonimo, no puede estar mas de acuerdo con usted. prendemos la tele y vemos como irak esta “optando” por ese orden.

  • Al Godar dice:

    A mi me parece que hay un grupo grande de cubanos que se consideran socialistas aunque han perdido la ilusión por las ideas de Fidel, pero tienen miedo a inventar con el tan demonizado neoliberalismo y en realidad no saben hacia donde coger.

    Creo que hay muchos que se dicen socialistas solo para no disentir abiertamente y desean secretamente una solución capitalista.

    Socialistas convencidos, que creen en el desarrollo socialista de produccion no creo que haya muchos. El desatre del experimento de los últimos 50 años ha dejado puestos y convidaos.
    Y por cierto, hay algunos que no piensan nada y se mantienen repitiendo consignas esperando a que pase algo de pronto

    Saludos
    Al Godar

  • Isis dice:

    Bien por el Liberal. Ahí voy.

  • Anonimo. dice:

    Socialista: EE.UU no ha impuesto ningun orden neoliberaral al planeta, lo que pasa que la mayor parte de los paises inteligentes han optado por este sistema, porque para ellos es mejor que el llamado socialismo.

  • anónimo dice:

    ¿Qué tienen que decir Desiderio Navarro y Victor Fowler a la crítica de Rojas?

  • Liberal dice:

    ¿Y qué problema tiene que Rojas sea un liberal que defiende la democracia? Lo que dice su artículo, precisamente, es que en Cuba no se puede elegir, ni siquiera, un tipo de socialismo diferente al del gobierno. Qué dejamos entonces para los tantos cubanos que no simpatizamos con cualquiera de esos socialismos.

  • Socialista dice:

    A diferencia de tantos artículos que se leen en este blog y en la prensa anticastrista de Miami o Madrid, este texto de Rojas permitiría una discusión respetuosa con quienes no pensamos como él. Con todo y su inteligencia y su cortesía, Rojas sigue siendo un liberal que piensa que la democracia es la panacea universal. Él pasa por alto que ser socialista en Cuba significa también estar contra el orden neoliberal que Estados Unidos ha impuesto en el planeta.