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  • may 03, 200812:28h
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La indignación me corroe desde hace algunos días. Ya sabrán ustedes que apareció una película de 15 minutos —¡15 minutos!— en la que puede verse a Marilyn Monroe practicando una felación.

Para mí, en términos estrictamente estéticos, Marilyn mamando sólo es comparable a la Victoria de Samotracia, La Danza de Matisse o el Apolo y Dafne de Bernini.

Es difícil imaginar algo más bello, más poético, más edificante y nutriente desde el punto de vista espiritual que la Monroe enfrascada en tan saludable y natural acto.

¿Y qué ha pasado? ¿Ha sido puesta la película al alcance de todos, como demanda el sentido común, para que los niveles de decencia (la belleza adecenta, como se sabe) suban un poco en este inmundo mundo?

Pues no. La ha comprado un moralista, un especulador, un onanista egoísta, un banquero o algo por el estilo.

Agravio añadido, hay que aguantar a la prensa haciendo asquitos y en plan sermón. He leído cada cosa. Ahora mismo, a un palmo de mis narices, en una revistica que publica El Mundo, una nota sobre el asunto.

Oigan lo que eructa el redactor: “Un coleccionista ha puesto un millón y medio de dólares sobre la mesa para ver a la actriz en sus momentos más bajos”.
¡En sus momentos más bajos!

Mierda de mundo hipócrita y catolicón.

Juan Abreu
Barcelona

Fotos: Bert Stern.

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