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Réquiem por un Infante difunto

  • Abr 23, 200818:30h
  • 15 comentarios

¡Arriba el telón!… Curtains up!
(GCI).

Su obra parece estar precedida de un letrero de neón que advierte: “sólo para entendidos”. En otras palabras: Cabrera Infante jamás ocultó —de hecho, se jactaba— que escribía en cubano. A pesar de esta confesa práctica de lo que bien podría considerarse “regionalismo literario”, el resultado es de una universalidad abrumadora, vetada sólo en La Habana.

La primera vez que vi el nombre de Guillermo Cabrera Infante en una portada fue, por puro azar (o justicia poética), en La Habana de finales de los años noventa, mientras visitaba a una amiga que recién había recibido Tres tristes tigres —escoltada por La insoportable levedad del ser— de manos de un personaje esdrújulo, ibérico, incógnito y, a todas luces, dadivoso. Al hojear aquel volumen-trabalenguas sentí una mezcla de rabia, gratitud y, claro, tristeza: el ciudadano español bailaba en casa del trompo.

Leí de un tirón el inusual, bilingüe, innovador prólogo del cubano —“Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen“—, mientras la nueva dueña del libro apuraba un café de media mañana. Estuve a punto de secuestrarle el ejemplar, pero me anunció que tenía que retroceder al final de la lista de futuros usuarios de su biblioteca privada.

Era julio de 1999. Casi diez compatriotas devorarían las páginas de TTT antes de que cayera en mi poder. Un mes más tarde leí la novela de Milan Kundera, pero no tuve tiempo de aceptar la otra parte del préstamo: me escapé de la isla antes de que Tres tristes tigres cumpliera su ciclo de lectores.

Duele admitirlo: no leí a Guillermo Cabrera Infante en Cuba.

Leerlo, ahora, en Nueva York, es otro fenómeno raro. En primer lugar, porque recrea nuestra región más transparente: una ciudad imposible, un lugar (¿sin límites?) extinto, una vida nocturna de leyenda, una hembra (oh, La Habana) que ya no existe —ni para los exiliados, ni para los que aún habitan el archipiélago antropófago—, excepto en la fertilidad imaginativa de quienes —sin importar dónde ni cómo viven—, enfermos de amor y nostalgia, reinventan esa especie de universo fantástico para no morir de pura morriña.

Yo pienso, cuando me alegro/ como un escolar sencillo que la obra de Guillermo Cabrera Infante pide una re-catalogación inmediata: es resto de un naufragio, pieza de museo, dinosaurio, ejercicio arqueológico imprescindible: nos muestra fósiles, vestigios de una cultura que murió —mutilada en los ministerios del ramo— en medio de estertores triunfalistas, oleadas de balseros, enmiendas irrevocables a la Constitución, palabras a los intelectuales, paredones de fusilamiento, autocríticas forzadas, huelgas de hambre (voluntarias, impuestas), poetas y escritores encarcelados, consignas redundantes, juicios-relámpago, guerras en África, apagones diurnos, guerrillas en América, apagones nocturnos, marchas del pueblo combatiente, marchas del pueblo penitente, presidio político, planes de producción quinquenales, exilio del arte (y sus ejecutores), zafras millonarias e ineficientes, escuelas al campo, bicicletas chinas, televisores Caribe, carne rusa enlatada en La Pampa y arengas kilométricas, repetitivas, demagógicas e increíblemente sosas de un barbudo entrado en años (entre otras catástrofes indignas de mención).

Escribir sobre Cabrera Infante es un privilegio de hombre libre. No hay que olvidar que el tristemente célebre “Caso Padilla” comenzó cuando el poeta cubano tuvo la osadía de defender, desde las páginas de El Caimán Barbudo, “una de las novelas más brillantes, más ingeniosas y profundamente cubanas que hayan sido escritas alguna vez”.

Hace poco más de cuarenta años, Caín escribió el Satiricón cubano: la novela que registraría para la posteridad el registro oral —la evidencia de cómo se habla(ba) en realidad en la noche— de La Habana: Tres tristes tigres: (pre)texto lleno de trampas de forma y contenido. Sin embargo, pese a la vertiginosidad con que cambian las voces populares, aquel criptolenguaje devino (quizá para sorpresa del autor) en meta-lenguaje, código universal, grato trabalenguas.

Diez años más tarde, GCI trajo al mundo Vista del amanecer en el trópico, uno de los libros más atípicos con que cuenta la literatura patria. A propósito, quiero hacer mío este reparo de Gustavo Pérez-Firmat:

De todos los libros de Cabrera Infante, el más hondo, el más conmovedor, el más íntimo a pesar de su impersonalidad, es Vista del amanecer en el trópico. Es el único donde no hay juegos de palabras. La lección es esta: soportar las lesiones del exilio sin acudir al analgésico de la humorada. Si te duele, grita. Si te sigue doliendo, sigue gritando. Ya que no hay remedio, el alivio sobra.

Hoy, sin alivio ante la pérdida de nuestro Infante, dolientes de todas las orillas: sigamos gritando.

Alexis Romay
New Jersey

Foto: Daniel Mordzinski.

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15 respuestas
Comentarios

  • Niurka dice:

    Grito: excepcional artículo para un Cubano excepcional………….

  • bustrófedon dice:

    Gracias y aplausos deportivos: a César, por la sagacidad; a Zoé, por el agradecimiento; a Cuco, por el entusiasmo (por cierto, se echan de menos tus comentarios en Belascoaín y Neptuno); al Rafa, por compartir esa Habana de fin de siglo y recordarnos los papeles de Abel y Caín en las sagradas escrituras tropicales; al anónimo, por la libertad de leer a GCI en Jamaica; a Alejandro, por su homenaje en verso al Infante; a Rogelio, por leerlo donde lo tenías que leer… y a Ernesto, editor entre editores, por pulir mi texto hasta darle la forma en que lo leyeron aquí en Penúltimos días.

  • Rogelio dice:

    Yo también leí TTT fuera de Cuba … creo que como debe ser

  • alejandro dice:

    disculpen que la pagina estaba lenta y envie el mensaje dos veces

  • alejandro dice:

    Yo al igual que Alexis no pude leer a Cabrera Infante en Cuba, lo descubrí fuera de la isla, el día de su muerte me atreví a escribir esto

    Ha muerto un escritor
    de los que emplean muy bien
    el látigo con cascabeles en la punta
    que molesta sobremanera a los tiranos
    de conciencia sucia y sueño intranquilo.
    Y en la isla no doblaron las campanas
    no se reseñó su muerte en la prensa,
    en ninguna de sus variantes
    que al final reflejan una sola opinión
    su opinión;
    pero a nuestro escritor no le importa
    a él no le interesan falsos homenajes
    ni vacíos discursos oportunistas y oficiales,
    cuando desde hace tanto tiempo
    le fueron cerradas las puertas
    de su Habana
    como hubo de sufrir Heredia;
    la historia se repite
    con pequeñas variaciones.
    A él le alcanza con el recuerdo de su ciudad
    y jugando con las palabras
    la describe, la inventa, la inmortaliza
    ciudad que fue su vida,
    y no lo pudo acoger en su muerte.
    Hay quien dice que lo ha visto ya
    en frías madrugadas
    desandando sus calles.
    Camina despacio, con su puro pequeño
    entre los dedos y ajustándose
    sus redondos espejuelos
    lo acompañan sus tigres
    no como los tigres de Borges
    fuertes, inocentes, ensangrentados y nuevos
    tigres de símbolos y sombras
    no como los tigres de Blake encendidos en luz
    tigres de fuego
    y mientras caminan
    el escritor y sus tristes tigres
    esperan a que amanezca en el trópico
    y recorren La Habana para este Infante difunto.

  • Anónimo dice:

    Al igual que tu tambien me lei TTT en el exilio, y cosas de la vida, en una pequena biblioteca publica de Jamaica me encontre con Amanecer en el caribe, en ingles.

  • Lopez-Ramos dice:

    Alexis, hermano, magnífico comentario sobre ese creador de La Habana más hermosa que ojos cubanos han visto, la que logró cuagular GCI en su prosa.
    Al igual que Camilo, yo logré leer TTT en la isla, a mitad de los 90, por cortesía de un amigo que me prestó la edición de Plaza y Janés una semana. Después de leer aquello, la ciudad no era la misma, uno salía en su bicicleta y tenía que detenerse en Las Vegas a echarse un café en honor de CAIN, que en las sagradas escrituras antillanas es el bueno -Abel es… un ministro.

  • trotsky quise decir, que no soy edmundo

  • Cuco dice:

    Bravo Alexis Romay!

  • zoé valdés dice:

    Un maestro, un hombre de un gran sentido del humor, y de una cultura admirables. Gracias por este artículo.

  • César Reynel Aguilera dice:

    Uno de los grandes placeres que produce la relectura de Cabrera Infante, es poder escapar de un universo editorial cada vez más lleno de Vargasllocitos y Garciamarquitas.

  • bustrófedon dice:

    Camilo, Ric y Diana:

    Gracias por sus comentarios. Si les queda apetito, hace un rato colgué en mi blog otro texto (un poco más retozón) sobre GCI.

    Saludos,

  • Anónimo dice:

    Yo, en cambio, invirtiría los términos. Lo que creó Cabrera Infante es parte viva de la cultura cubana. Lo demás que enumera Romay, esos serán los artefactos pobres e ignominiosos en el futuro museo del naufragio.
    Diana

  • Ric dice:

    Me imagino que sabes que el personaje de la guajira que se convierte en estrella está basado en una mezcla de Odalys Fuentes y Blanca Rosa Gil, mientras que el actor famoso es Eduardo Egea, en cuya casa (que compartía con su amante, el Dr. Pérez Farfante) trabajó Freddy de criada. Al menos eso es lo que siempre he oído. Una de las modelos es Nidia Ríos, una espectacular modelo (al estilo de las modelos americanas de entonces) de La Habana en aquella época.

  • TTT se me aparecio tambien, clandestino, ne los principios de los 90, se convirtio en mi biblia, me enamore de Freddy, recitaba el pasaje de la muerte de Trosky por Jose Marti, revivi los clubes de la Rampa en la noche, con la descarga de los musicos que mis padres me contaban de su epoca universitaria, los cuentos del principio, el antiheroe fotografo, en fin … el tigre.
    La amiga con el marido preso solo tenia TTT, pero gracias a ella me converti en el Infante de la pavana que descubre La Habana