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Viaje al centro de la tierra con Israel López “Cachao”

  • abr 06, 200812:42h
  • 2 comentarios

Nadie sabe quién vino primero, si el contrabajo o “Cachao”. A juzgar por la forma en que ambos se desplazaban —la ligereza de uno, la pesantez del otro— el hombre fue obra del instrumento.

El contrabajo de Cachao apenas tocaba el suelo, avanzaba hacia uno como Jesús sobre las aguas, mientras el músico le pisaba los talones, flanqueaba o intentaba tomarle la delantera trabajosamente, con un movimiento pendular. El contrabajo de Cachao era más ágil que Cachao, aunque éste se apresurara a abrirle las puertas y a ayudarle a subir a los automóviles y a abandonarlos. Quien debía ser paje era rey.

De haber vestido trajes marrón claro en sus actuaciones, la gente no hubiera podido distinguir cuál era Cachao y cuál su instrumento, quién tocaba a quién, y la imagen de ambos hubiera sido la de un ventrílocuo en plena actuación cuyo muñeco, gemelo suyo, le entregaba un arco y le ponía a tocar. Las piernas del músico fueron arqueándose hasta esbozar la silueta de la caja de resonancia de su instrumento. El brillo de la piel cobriza emulaba el de la madera barnizada, y cuando ambos se detenían delante de uno era difícil decidir a cuál tender la mano.

Si Cachao le cedía el paso al contrabajo y, agarrándolo por la nuca, avanzaba algo más atrás que él, los pies del contrabajo eran los pies de Cachao, y la cabeza de Cachao, la del contrabajo. Muchas veces, viéndolos venir, era evidente que al músico le habían crecido clavijas, y al contrabajo, orejas; que el contrabajo tenía los ojos verdes, y el contrabajista, un mechón a lo Elvis Presley que le caía sobre el entrecejo.

La tradición ha llamado “voluta” a ese mechón de madera que corona el mástil del contrabajo y de otros instrumentos de cuerda, como insinuando la naturaleza evanescente de la música. La voluta del contrabajo de Cachao era distinta, tenía algo de las que exhala el fumador de habanos y el habano mismo. Lejos de desvanecerse permanecía posada sobre la cabeza del instrumento, de codos sobre el clavijero, como extasiada ante el sonido que afloraba de él.

Cachao podía ausentarse momentáneamente de un ensayo para depositar unas monedas en el parquímetro o buscar café para todos sin que nadie lo notara. El contrabajo seguía tocando: ningún repertorio le resultaba difícil o desconocido, y como Cachao vivía y moría detrás de él, su ausencia pasaba inadvertida: el instrumento era Cachao.

También podía ocurrir lo contrario, que el que decidiera ausentarse fuera el contrabajo, y Cachao, solo, fuera el que ocupara su lugar y continuara tocando. Nadie lo advertía: la presencia de uno garantizaba la presencia del otro, y con la presencia el sonido, un sonido maestro que parecía añadir opulencia y gracia a todo lo que se interpretara.

No importaba que alguna vez el contrabajo, inquieto, en plena ejecución, tumbara el pequeño atril de metal y las hojas de papel pautado salieran volando y cayeran al suelo. Nunca faltó el músico que al ver que alguien se lanzaba a recogerlas le detuviera gritando: “¡Déjalas, déjalas, que así toca mejor!”. El grito atravesaba la sala, paralizaba al solícito y lejos de perturbar a los otros músicos les divertía y ponía a dar cabezazos de asentimiento.

Era cierto: Cachao lo había leído todo, lo había escuchado todo, lo había memorizado todo y todo, ya, lo oía venir: no necesitaba prestar atención a la música que le pusieran delante: esa música era un pálido reflejo de la que él, discoteca ambulante, llevaba dentro. El conocimiento había devenido intuición y cuando lejos de verse obligado a seguir las notas escritas el contrabajista jugaba a adivinarlas, el resultado era un enjambre de variaciones e improvisaciones que encandilaba a sus colegas y enriquecía la labor de todos.

Mástil le llaman al cuello del contrabajo: ver a Cachao acercar el rostro al del suyo, auscultar el extremo superior de la madera y entrecerrar los ojos mientras ésta le dictaba lo que debía tocar, era ver a Ulises aferrado al palo mayor de su embarcación, atento al canto de unas sirenas que lejos de incitarlo a arrojarse a las olas le animaban a seguir navegando hacia Ítaca. La marea de la música rodeaba el contrabajo y Cachao, en cubierta, empuñando el arco y frotando con él las cuatro cuerdas de una vela invisible, señalaba a todos la costa de una isla que tan pronto el contrabajo callaba se deshacía en silencio.

No importa dónde hayan enterrado a Cachao: el ritmo de las estaciones, el de las mareas, el de los versos de arte mayor y menor, el cardíaco, el de los géneros de música que él tanto amó, celebrarán su disolución en el orbe y acusaran su influencia. Los años pasarán más de prisa si él lo decide; más lentos si harto de rumbas, mambos y sones viste guayabera blanca y marca un danzón.
Tampoco faltará la mujer que al andar perciba una pulsación subterránea que la incite a moverse mejor, a bambolearse acompasadamente, pura ondulación, como si el globo terráqueo fuera una pista de baile, y su superficie, la piel estirada de un tambor dentro del cual un contrabajo prodigioso late.

Orlando González Esteva
Miami

Foto: Carl Philippe Juste.

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2 respuestas
Comentarios

  • Ric dice:

    Yo sí lo digo: este tipo es el escritor picúo que ha aparecido en las páginas del Herald en mucho tiempo (y la competencia es seria). Su escritura es casi tan babosa e insoportable como sus presentaciones en la radio.

  • Manuel Sosa dice:

    “El contrabajo de Cachao apenas tocaba el suelo, avanzaba hacia uno como Jesús sobre las aguas…”

    “De haber vestido trajes marrón claro en sus actuaciones, la gente no hubiera podido distinguir cuál era Cachao y cuál su instrumento…”

    “El brillo de la piel cobriza emulaba el de la madera barnizada…”

    “…era evidente que al músico le habían crecido clavijas, y al contrabajo, orejas; que el contrabajo tenía los ojos verdes, y el contrabajista, un mechón a lo Elvis Presley…”

    “Tampoco faltará la mujer que al andar perciba una pulsación subterránea que la incite a moverse mejor, a bambolearse acompasadamente…”

    Mejor no digo nada.