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Historia de un mural

  • Mar 25, 200819:38h
  • 8 comentarios

En el remandingo de exposiciones de arte cubano —o relacionadas con éste— que hay por el mundo ahora, destaca por sus dimensiones e intenciones la muestra “¡Cuba!, Art and History from 1868 to Today”, que desde el 31 de enero y hasta el 8 de junio de 2008 se exhibe en The Montreal Museum of Fine Arts.

Esta ambiciosa y abarcadora exposición, armada durante tres años por ese museo canadiense y el Museo Nacional de Cuba, a la que acompaña un voluminoso catálogo de 424 páginas (precio de la edición hard cover, en francés e inglés, $69.95 más taxes), coincide curiosamente, por el timing y el tema, con la muestra “Great Masters of Cuban Art: 1800 to 1958”, que puede verse en el Museum of Arts and Sciences de Daytona, desde el 7 de diciembre de 2007 hasta el 1 de septiembre de 2008 integrada con fondos de la colección privada de los hermanos Ramos, de Miami.

En la exhibición de Montreal hay un mural colectivo realizado en el Pabellón Cuba, en La Habana, durante la celebración en la isla del Salón de Mayo de 1967, por la mayoría de los artistas importantes que asistieron a aquel evento. El mural de 55 metros cuadrados (501 x 1083 cm) pintado al óleo sobre lienzo, es una monumental y colorida espiral pop, llena de la parafernalia psicodélica de aquellos años: los risueños ches de Martínez, las cabezas de Hipólito, banderas cubanas y palmas, textos incendiarios, un cachito de Amelia —que aún vivía—… el ciclón de Sartre sobre el Caribe llevado con entusiasmo guevariano al plano telar.

En su realización participaron casi un centenar de artistas, tanto cubanos como extranjeros asistentes a la versión isleña del afamado salón francés, traído a Cuba por iniciativa de Wifredo Lam. Dos años antes, en 1965, Ernesto Guevara había hablado positivamente del “africanismo de Lam” y en el discurso de apertura del Salón en La Habana, el entonces Ministro de Relaciones Exteriores cubano, Dr. Raúl Roa habló de la compatibilidad del “modernismo revolucionario” con la revolución política de Cuba y reafirmó “el derecho de los artistas y escritores a expresar la realidad libremente”.

La lista de cubanos participantes en la obra colectiva —además de Lam, artífice de la jugada y ocupante del espacio central, origen de la espiral—, es extensa, desde “clásicos” de la primera mitad del siglo XX, como Amelia Peláez, Mariano Rodríguez o Domingo Ravenet, “mediotiempos” como el médico Ernesto González Puig, hasta bisoños y precoces becarios del sistema de escuelas de arte, como Luis Miguel Valdés (espacio o “cuadrante” # 11 del mural, según reza uno de sus resumes en internet), y entre los artistas extranjeros se encontraban creadores como el chileno Roberto Matta, el islandés Gudmundur Erró, el mexicano Polo Castellanos, el español Eduardo Arroyo y los franceses Jacques Monory, Alain Jouffroy y Bernard Rancillac, por sólo mencionar unos pocos de los invitados a la magna fiesta.

He tratado de encontrar un título oficial de la pieza, bautizada de manera distinta en diferentes fuentes y parece llamarse definitivamente Mural Colectivo Cuba, como aparece en la ficha biográfica de Wifredo Lam en el portal oficialista Cubarte. Fue realizado la noche del 17 de julio de 1967, ante cámaras de televisión que trasmitían en vivo, en el Pabellón Cuba, conocido recinto ferial de la Rampa habanera, símbolo también de los tempranos y optimistas sesenta cubanos, inaugurado en 1963 como pabellón de la participación cubana en el Congreso Mundial de Arquitectos.

De los aproximadamente cien cuadrantes o segmentos del mural, el número veintiséis quedó en blanco, pues estaba reservado para el dictador Fidel Castro, pero faltaban aún dos o tres décadas antes de que éste tomara sus primeras clases de pintura con Kcho, que nacería tres años después, en 1970. Un caso interesante de la participación cubana es el de Santiago “Chago” Armada, caricaturista e ilustrador, el único caso documentado de artista plástico que bajó de la Sierra Maestra con los rebeldes en 1959 y que, quizás ya medio molesto con el giro que tomaban las cosas en Cuba, dedicó su espacio a la representación explícita de un pene.

Hace apenas unas semanas, en el diario argentino Página 12, la periodista Lilian Rodríguez garantiza que el mural “salió excepcionalmente del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana para ser prestado en esta ocasión”, pero hay un poco de historia, antes y detrás. El mural, según varias fuentes, fue llevado a Francia en 1968 y exhibido al público muy brevemente, pues temiendo por su seguridad, fue retirado durante el alzamiento estudiantil de mayo de aquel año en París. Otras fuentes aseguran que a su regreso a Cuba, fue guardado en las bodegas del Museo Nacional y que en 1999, cuando se cerró el museo para su renovación general, se descubrió que había sido invadido por termitas. Se lee por ahí también que, sin recursos para enfrentar la restauración, las autoridades culturales debieron buscar un patrocinador en Francia que solventara esa tarea. Luego de la restauración, el mural fue expuesto en París, de nuevo, en 2003.

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Cuando se inauguró la muestra de la Colección Ramos en Daytona, se comentó bastante, tanto por parte de coleccionistas, curadores, críticos y opinadores en general, acerca de las vicisitudes sufridas por muchas de las valiosas obras de pintura colonial o republicana que integran ese conjunto, en su avatar a través del tiempo y la geografía. Se recuerda particularmente la historia de El triunfo de Finlay, de Esteban Valderrama, obra histórica monumental, que fue descolgada del Palacio Presidencial, mandada a destruir por las autoridades castristas en 1959, milagrosamente salvada por el empleado al que se le encomendó su desaparición y trabajosamente restaurada tras décadas de deterioro y ocultamiento.

La Colección Ramos, también depositaria de un inmenso archivo de documentos relacionados con el arte cubano, posee incluso fotografías de personal militar uniformado, verdeolivo, descolgando y pisoteando obras defenestradas de las instituciones de la República. Menocal, Romañach, Valderrama, fueron expulsados de los edificios civiles del país por órdenes revolucionarias, muchas de sus obras destruídas, incineradas, desmenuzadas por la trituradora ideológica del nuevo poder. En esas discusiones, hace unos meses, muchas opiniones también cuestionaban la validez como “originales” de algunas obras con alto volumen de restauración, nuevo pigmento, soportes sustituídos, áreas reconstruídas, prácticamentes rehechas.

Mucho más recientemente, en la publicación electrónica The Art Newspaper, el escritor y crítico David d’Arcy, al referirse también a ambas exhibiciones, la de Daytona y la de Montreal, cree y trasmite la historia de las termitas en el Salon de Mai habanero. Sin embargo, en ningún sitio he encontrado referencia alguna al período en que el Mural Colectivo Cuba fue vandalizado y despedazado por las propias autoridades, las mismas que mutilaron a los Valderramas de Palacio al principio de la “alborada” revolucionaria.

En las hermosas pero infuncionales cúpulas de bóveda catalana de la Escuela Nacional de Artes Pásticas de Cubanacán, obra genial del arquitecto Ricardo Porro, pilar de aquel mismo encuentro de arquitectos que motivó la construcción del pabellón rampero donde se pintó el mural y posteriormente, ya desilusionado, vecino permanente de Lam en París, el Mural Colectivo Cuba sufrió años de ensañado abandono y vandalización, irónicamente por parte de los propios estudiantes y profesores de artes plásticas que inauguraban en esos salones, las aulas del Instituto Superior de Arte, una de las instituciones creadas para “destrabar” las infames políticas culturales del llamado “quinquenio gris”.

Las gigantescas cúpulas eran demasiado espaciosas para la particular práctica de la enseñanza de arte y para los exiguos grupos de estudiantes que conformaban aquella facultad. Desde 1978 (el ISA había sido fundado en 1976) hasta por lo menos 1980 o 1981, los ripiados fragmentos del mural, toscamente claveteados en marcos de madera, fueron utilizados como rústicas mamparas para delimitar áreas de trabajo.

Doy fe que nadie de los que realizaban sus tareas allí a diario los respetaban. Ni siquiera se sabía a ciencia cierta qué era aquello, de dónde habían salido aquellos trozos de lona llenos de coloridas figuras experimentales, occidentales, medio pop, medio abstractas. Cuántos pinceles sucios se habrán limpiado en ellos, cuánta sustancia extraña se les habrá impregnado, cuántos fragmentos se habrán perdido para siempre, cuánto habrá de falso, de rehecho, de no original en la pieza que los espectadores admiran boquiabiertos hoy en Montreal.

César Beltrán
Miami

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Comentarios

  • Estimado Cesar, como curador de la coleccion de arte contemporaneo del Museo, adonde pertenece el Mural, puedo asegurarte que cuando llego al museo, hace muchos años atras, su condicion era estable sin la vandalizacion tan mencionada. Un saludo.

  • maite dice:

    Gracias César por el link a los murales de Jorn, menos mal que los daneses se interesan y los restauran, al menos los han conservado.
    Guicho decía en el post de Carlos Victoria, con razón, que no somos franceses…pero màs nos valdría afrancesarnos un poco y tener màs sentido de la memoria y valorar la cultura como el bien màs preciado, es un signo de civilización.
    Hay un catàlogo en el que aparece Carlos Franqui y Haydée Santamaría con Saura y Jorn en los archivos.

  • César dice:

    Hay un libro (en danés) sobre los viajes de Jorn a Cuba y sobre los murales en el “Archivo Histórico” (el edificio creo que era un banco), editado en 2005. Here’s the link. Para entender algo, tuve que pasar por el translator. En la embajada de Copenhague leí un titular sobre un acuerdo entre los gobiernos danés y biranense para restaurarlos. No entré a la noticia porque me produce alergia.

  • César dice:

    Gracias por los comentarios. Querida Maite: Sin mucho tiempo ahora, aquí está un link a los murales de Jorn en La Habana. Después seguimos la descarga. Un beso, Cuídense.

    http://www.gallerikampmann.dk/art_jorn_cuba2.html

  • maite dice:

    Gracias querido César, había una anécdota que el espacio en blanco debía “dibujarlo” el coma…pero no se inspiró, y nunca llegó a la cita, creo que envio una vaca al Pabellón Cuba…en serio, era la época de sus amores vacunos con aire acondicionado
    Mi padre me contaba que en esa edición del Salón de Mayo en La Habana, se enfrentaron a gritos y creo que la cosa casi llegó a puñetazos, el pintor mexicano comunista y estalinista Siqueiros, invitado al Salón, y artistas franceses y Antonio Saura el pintor español, no sé si Arroyo también estaría en el enfrentamiento…y que a Siqueiros tuvieron que escoltarlo a la salida del cine La Rampa,creo que Orlando Suàrez lo acompañaba entre otros, para protegerlo y Siqueiros gritaba histérico…
    ! Vive le Parti Comuniste!… en francés, ya en ésta época los comunistas europeos los que seguían siéndolo, se habían desmarcado de la Union Soviética, y Cuba entraba militante en ese medioevo rojo
    Los famosos murales de Asger Jorn y Saura en las oficinas del archivo de la revolución, que fueron realizados a petición de Carlos Franqui,durante esa visita para el Salón de Mayo, estaban tapados con archivos metàlicos en las oficinas de Línea y 12, un día entramos, si mi memoria no me falla Consuelo Castañeda, Carlos A Garcia y yo y preguntamos que queríamos verlos, nos miraron como si fuéramos extraterrestres, y vimos lo que quedaba visible, estaba pintado todo sobre los muros del espacio, Saura muy sobrio y concentrado y Jorn explosivo con un colorido típico del grupo Cobra y un gesto muy expresionista.Se editó un catàlogo de esta intervención de la vanguardia artística europea en La Habana del 68
    Un gobierno con sensibilidad y sentido común hubiera transformado ese espacio en una galería, o en un espacio cultural conservado y protegido, con obras de dos grandes artistas del SXX…esperemos que se conserven esos muros con los gestos de libertad que llegaban de Europa en el 68 y que podamos visitarlos algún día

  • César Reynel Aguilera dice:

    Y faltan los fiñes del barrio (cubanacán), que se iban a jugar a la cúpula del ISA, y destimbalaban lo que se encontraran en su camino.

    Tengo que ir a ver esa exposición aquí en Montreal… antes de que Ernesto me dé una ciber bofetada.

    Saludos tocayo.

  • Woland dice:

    Qué pena, qué vergüenza…

    Gracias, César, por ayudar(nos) a conservar estos pequeños fragmentos de la memoria de la infamia. Medio siglo de destrucción constante – y en el horizonte…