Era diciembre de 1986 y yo tenía 26 años. Se celebraba la Segunda Bienal de La Habana y se inauguraba en el Museo Nacional la muestra correspondiente a una de las tres sedes de ese evento. Yo trabajaba por entonces en una entidad vinculada a la Bienal y me habían entregado una credencial de participante y la tarea de traducir, de y hacia el inglés, las conversaciones de un escultor griego invitado, un tal Isídoros. El primer día, Isídoros descubrió que se comunicaba perfectamente en griego o en sign language con cuanta gente se encontraba y que, por lo tanto, mis servicios eran innecesarios. Así que me dediqué a colarme en todas las actividades de la Bienal que pude, amparado en el ID oficial que me colgaba al cuello. En Bellas Artes, traspasando el vestíbulo, me alimenté al vuelo por el patio, alcanzando por sobre los hombros de la multitud densa, las bandejas que iban saliendo altas, de la mano de veloces camareros blanquinegros que brotaban de un rincón oscuro, cerca de la vieja cafetería y el baño de los hombres. Para estar más cerca del boquete, me aposté en esa área, medio floja de plástica, marginal en planta baja. Sin perder el alerta hacia las hors d’oeuvres, pude ver a una persona que sollozaba con la cabeza en alto, frente a una gigantesca bandera venezolana, desplegada de pronto, fuera de todo plan. Llevaba un liquiliqui negro, limpio y abotonado y discutía con funcionarios y segurosos que pretendían descolgar la bandera, instalación extraoficial en un evento sacrosanto, tieso y gubernamental. Al final, con caras agrias, los monos dejaron la bandera. Creo que había un par de hambrientos más en aquel punto de intersección. El ser del liquiliqui, joven y andrógino, se nos acercó y se presentó solo: “Mi nombre es Juan Loyola y de aquí no me muevo con mi bandera”.
La presencia de Juan Loyola, por su cuenta, en aquella Bienal de La Habana, tal vez no se haya notado mucho, salvo para los funcionarios, que avisados desde el primer día, deben haberle echado el ojo durante toda su estancia. Para un grupo de jóvenes artistas o aspirantes a serlo, sedientos de información foránea y de ganas de decir cosas, el encuentro con tan original artista marcó un punto de giro.
A juzgar por lo escaso y disperso de la información que se pesca en la red, parece ser bastante poco conocido el legado de quien ha sido incluído en Arte =/= Vida, un exhaustivo recuento del performance en América Latina de 1960 a 2000 que actualmente se exhibe en El Museo del Barrio, en Nueva York y a quien Raúl Rivero, en El Mundo, dedicara un tercio de su columna de los jueves, hace unos meses.
Artista plástico, poeta, fotógrafo, cineasta, Juan Alberto Loyola Valbuena nació en Caracas el 9 de abril de 1952 y desde muy joven empezó a exhibir pintura y obras tridimensionales (las afamadas “cajas negras”, elaboradas con cartón corrugado) en múltiples exposiciones colectivas, aunque, sin duda, lo que definitamente lo colocó en el panorama de las artes visuales latinoamericanas fue su extraordinaria obra de performance callejero, cargada de una gran sensibilidad humana, y caracterizada por una proverbial obsesión por la bandera venezolana como objeto de arte, que comenzó desde inicios de la década de los setenta con su extenso proyecto de intervención a los autos abandonados, convertidos en chatarra, dispersos por todo el paisaje venezolano. Las autoridades, el establishment, vieron en las banderas chatarras una provocación y un insulto a los símbolos patrios. Al principio incautaban las obras y después comenzaron a encarcelar a Juan. Durante toda su vida, Loyola protagonizó numerosos enfrentamiento con la policía. Uno de los más conocidos fue recogido en la prensa de aquellos años, cuando se tiñó el cabello con los colores de la bandera venezolana y la policía lo golpeó y lo acusó de irrespeto a los símbolos patrios. En otra acción memorable, penetró con un grupo de estudiantes de arte en el Palacio de Justicia, donde cubrieron sus cuerpos y regaron pintura de los colores nacionales y Loyola, declamando frases de Bolívar, paralizó durante varias horas la actividad del tribunal.
En 1983 obtuvo el premio en la categoría de arte no convencional en el Salón Arturo Michelena, ocasión en la que ejecutó uno de sus memorables performances. Se efectuaba la premiación del evento en La Guaira, en la histórica Casa Guipuzcoana, una imponente edificacion colonial, sede de importantes eventos culturales y para tal evento se encontraban allí altos personeros del gobierno y las instituciones oficiales. Juan se presentó en lugar con gran estruendo, luego de haber rodado por las calles de Caracas una gigantesca moneda hueca, llena de chatarra ruidosa, un inmenso bolívar con consignas que escandalizó a los funcionarios presentes.
En 1984, participó extraoficialmente en la Bienal de Venecia, con el proyecto de vestir el campanile de San Marcos con una descomunal bandera tricolor y en 1985, también extraoficialmente, acudió a la 18va Bienal de São Paulo, donde derramó galones de pigmento sobre documentos del Fondo Monetario Internacional, como acto de protesta contra la política financiera de esa entidad. Loyola y sus colaboradores, gritando consignas, rodaron y chapotearon por sobre un mar de pintura roja, en una clara referencia a los “baños de sangre” que producía la represión oficial tanto en Venezuela como en otros países durante las muy comunes protestas populares de aquella época sobre el tema de la deuda externa.
Recorrió el país de punta a cabo, con varias cámaras de foto y de video, a veces con otro camarógrafo que lo filmaba, observando y documentando, pintando la bandera nacional en la chatarra olvidada de los caminos. En 1990 obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine Súper 8 y vídeo de Bruselas. Fue siempre rechazado en todos los salones, pero continuó su obra en vivo en las calles y plazas más concurridas, con su chatarra tricolor o con banderas como ropa, al estilo de las túnicas que vestían los patricios romanos. En cierta ocasión impersonó a una ministra de cultura, vestido de mujer y con una peluca que imitaba el peinado de la funcionaria y en ridiculizante caricatura de franco desafío al poder y las autoridades, pronunció un “discurso” en un salón del que lo habían excluído.
Juan Loyola murió en Catia la Mar el 27 de abril de 1999, a la edad de 47 años, víctima de un infarto fulminante causado por una miocardiopatía dilatada congénita que padecía desde un par de años antes. En una de sus últimas entrevistas, concedida en 1998, anunció que su estado de salud era delicado. Su corazón funcionaba a un tercio de su capacidad y él estaba consciente de que el fin se acercaba. “Pero no estoy triste, ni amargado, ni desamparado. No tengo rabia ni odio. Siempre viví en emergencia. Renuncié a las galerías, a los museos, a los críticos y a todo ese circo, sólo por la palabra libertad, aunque esa libertad me costara más de la mitad de mi corazón”.
Supe de su muerte una tarde en La Pequeña Habana, unos años después, en el amplio local de un efímero proyecto llamado casualmente algo así como “The Barrio Museum”, casi debajo del puente de Flagler, por boca de la crítica y curadora venezolana Milagros Bello y la noticia, aunque tardía, me produjo una súbita y honda consternación. Recordé de golpe la influencia, la importancia de aquel artista subversivo, siempre en conflicto, siempre apaleado o preso, con una ciega fe en el poder transgresor del arte callejero, sensible y justiciero, egocéntrico y divo, que se aferró a su bandera como herramienta y como símbolo distintivo particular.
No he hallado referencia alguna a su visita a La Habana. Ni Rivero ni los autores de otro par de dispersos artículos lo mencionan. Algunos le vimos una o un par de veces más durante su estancia en la Bienal. Yo lo visité en su hotel, donde ví los videos de sus performances y conversamos bastante. Para mí, apenas un graduado de la escuela de pintura, conocer a aquel artista extravagante y extranjero, llamativamente bisexuado, patriótico y dramático, valiente y underground, fue el prólogo de un encarne largo y tenaz con la bandera cubana y marcó entonces el inicio de un aprendizaje, de una fascinación con la obra de artistas arriesgados, alternativos, politizados y fuera del sistema. Y creo que a varios se nos pegó algo de su espíritu, de su tecnología, de sus métodos, presentes, dos años después, en las escaramuzas callejeras del parque de G y 23.
César Beltrán
Miami






Cautivante perfil. Una bohemia así solo puede reconstruirse más ampliamente a partir de testimonios que habría que buscar entre sus compatriotas. Felicitaciones, César.
Aunque dejé atrás la pintura hace años, reconozco una buena crítica cuando la veo con este ojo que me dio dios: César es un gran cronista de espectáculos, en la liga de Rosendo Rosell y Richard Lacayo.
Un dossier fotográfico bastante extenso sobre Juan y su obra en:
http://picasaweb.google.com/juanloyola/JuanLoyola/
Beltran Gonzalez estas afinando!!.
Estuve al tanto del acontecimiento Habanero que tan bien describes con banho de los hombres incluido, claro que tuve que subir y me perdi la reprimenda, creo que ese fue el anho del Marti de Elso y los policias, el cuerpo de voluntarios y todo el que no tenia en que entretenerse se fue a la Bienal y a toda exposicion aledanha, a descubrir enemigos antes que corrompieran al inocente publico. Ahi se les aparece un venezolano que esta acostumbrado a decir su verdad, sean cuales fueran las consecuencias, es mas desencadenar las reacciones eran su proposito, o no? el caso es que lo molio la perfecta maquinita de Ramirito. Mas tarde me lo encontre en la Bienal de Sao Paulo, alli todo el mundo esperaba nervioso a ver con que se bajaba el venezolano, policias, funcionarios, “pueblo en general”.
Planto el tinglado; se lo recogieron. La gente lo defendio, la prensa lo entrevisto, me imagino una protesta formal de la embajada de Venezuela, pero hasta ahi.
Despues abrazos y a pasear la Bienal y colaterales, conversamos y comparamos lo que paso alli con el evento habanero que lo fustraba especialmente. Me hecho todo el rollo, y como a tantos otros (de los de afuera) siempre conto con que, a pesar de la estupidez de algun u otro funcionario, en Cuba la entidad revolucionaria le daria un final feliz al entuerto, se cogio el butt con la puerta, aprendio en carne propia la leccion y de alli salio con la humeda sensacion del brazo del seguroso Rudy, acariciandole el hombro dandole palmaditas, y con el doctorado antisistemico extendido.
La noticia de su muerte me sorprende, no digiero bien el como unos muertos se convierten en celebridades mediaticas y como a celebridades incomodas se le hecha bastante tierra arriba para que no salga la peste. Hace unos dias me acorde de Juan y me extranho que no estuviera metido en los entuertos Bolivarianos, ya fuera en una de las partes o en ninguna, me lo imagine viviendo en Australia o algo asi, ya veo que se fue mas lejos.
Un abrazo Juan y gracias Cesar.
Ver también en YouTube “El arte de Juan Loyola”, compilación de videos de su obra, hecha por su sobrino Juan González Loyola.
http://www.youtube.com/watch?v=6s2XVo-blOk
César, Lindo homenaje al arte de Loyola y magnífica crónica del espectáculo bienalero habanensis. Me tocó esa imagen de la persona sollozando con la cabeza en alto y vistiendo un impecable liquiliqui negro. Tu reflexión me hizo recordar una pieza que Angel Ricardo Ríos colgó en esos mismos muros de piedra de Jaimanitas de la planta baja del Museo en la expo Suave y Fresca, un par de años después. Una bandera cubana hecha con cartones de huevo. Definitivamente el venezolano dejó su huella entre los enfants terribles de la ínsula de siguaraya. Tu propio encarne en el sacrosanto trapo da fe de ello.
Cesar, gracias por esa extensa crónica sobre Juan Loyola. Yo creo que supe de el por ti. No sé si durante el taller LeParc o años después en casa de René o en algún encuentro informal. Me acuerdo de haber visto algunas de esas inspirantes fotos de los carros intervenidos clandestinamente y creo que también había visto la de su cara con la bandera.
Alguien me contó también que después de su intervención solapada en el Museo, le habían dado seguimiento teniendo un ultimo bateo con la seguridad en el Hotel Nacional y que había sido echado de su habitación y del lugar por estar reuniéndose con artistas cubanos.
Fue bueno que pusieras ese link con su dossier de fotos. Ahora me voy a echar los videos y luego te cuento.
Beltrán, una pregunta. Y dónde estaba Glexis Novoa en ese momento?
Juan Loyola fue un gran amigo, conocí también a sus padres; gracias por este post.
Gracias a todos por los comentarios. Clara, tus inlaws te secuestran siempre en Ocuillan. JR, GA, esclarecedores. Rafa y Juano, lo bueno debe venir ahora. Zoe, es un honor tu palabra y me estimula. Cloro, ya te atenderemos. Gracias, again, everyone. Juan, descansa en paz.
MACHETICO, tuve el privilegio de compartir con loyola y contigo durante la bienal, al fin y al cabo yo era de los hambrientos que alli se encontraban,recuerda que despues nos reunimos con el en el nacional junto a tu ex-suegro R M
y a la salida del hotel nos custodiban nuestros “queridos perros del aparato”
enfori
Saludos amigo Cesar Beltran…
Mi nombre es Juan Gonzalez Loyola, sobrino y podria decirse que el ultimo Loyola, de los que por aca quedamos tratando dia a dia de entender el significado de aquello que llamamos vida… Quiero agradecerte por tu post (cronica) acerca de mi tio, la verdad en los 9 años (que estan por cumplirse el proximo 27 de abril) de la muerte de mi tio, no ha sido realizada una cronica tan precisa como la que has dado… Es una alegria al menos que la participacion de las dos sencillas imagenes (pero de gran significado) en esa exposicion sirva para traer a la memoria el trabajo de Juan Loyola, me siento bien por eso, ya que he recibido grandes respuestas de amigos y conocidos porque su trabajo pueda ser nombrado aunque sea lejos de su tierra; Juan siempre vivio con aquella idea de: “Nadie es profeta en su tierra”, ya que su trabajo siempre fue mejor reconocido en el exterior que en su propio pais, y hasta ahora a nueve años de su muerte no ha sido valorado, menos para tomar su nombre para hacer pequeñas asociaciones (“circulos bolivarianos” y “cooperativas”) y alguna que otra biblioteca en Catia La Mar, de resto no hay otra mencion de su nombre y mas importante aun su trabajo y su esfuerzo en lograr algo tan simple como el ser util…
Te invito a ver un pequeño blog que tengo y en el que coloco de vez en cuando notas, imagenes y videos que voy encontrando en la web (obviamente esta aparecera alli con su respectiva referencia a este sitio)…
http://elartedejuanloyola.blogspot.com
Gracias por todo… Mi email es juanloyola@gmail.com para cualquier cosa que necesites!
Saludos
La Ultima Performance de Juan Loyola « El Arte de Juan Loyola // Ago 3, 2009 at 11:28
[...] La Ultima Performance de Juan Loyola Lo siguiente es un escrito de el Sr. César Beltrán aparecido en el sitio: http://penultimosdias.com/2008/03/22/la-ultima-performance-de-juan-loyola/ [...]
Juan Loyola fue y será por siempre un maestro, un ejemplo a seguir. No en vano lo recordamos algunos entre estas líneas escritas por un extranjero. Y lo digo así porque como dice el amigo Juan González Loyola en su patria, mi patria, no ha sido valorado, hasta ahora, el legado de tal ser. Nuestras sociedades han estado siempre llenas de miedos, de hecho se nos siembra desde pequeños. Todo actualmente es mentira, es vacío, es materialismo, y en el arte quedan pocas personas que no piensen en egos propios o en dinero. Juan Loyola fue único, un verdadero MAESTRO (en letras mayúsculas).