- mar 20, 2008 • 14:30h
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La escena nos es muy conocida, pues varios pintores ilustres la han recreado: una habitación sin adornos en la que un grupo de hombres, trece para ser más exactos, se reúne en torno a una mesa, todos atentos a uno de ellos que la preside y a quien los artistas le acentúan el resplandor del rostro y la tristeza de la mirada. El más joven del grupo se recuesta amoroso sobre el pecho del líder. Otro, el de semblante más hosco, mira con vergüenza al maestro que le tiende un pedazo de pan mojado. El que parece más viejo, tiene unos ojos inquisitivos que transparentan el temor y el asombro.
Los evangelistas han sido prolijos en contar los detalles de esa noche en que un campesino judío —que alrededor de los 30 años iniciara un magisterio itinerante— anuncia su muerte a sus más íntimos amigos y colaboradores en el momento solemne de compartir una antigua tradición hebrea: la cena pascual, en la que todo judío piadoso recuerda una vez por año cuando el ángel exterminador pasó por casa de los egipcios para librarles de la esclavitud.
Para que no falte ningún ingrediente de la tragedia humana, la última cena de Jesús con sus íntimos está contaminada por la traición —“uno de ustedes me ha de entregar”—, por la duda —“¿seré yo, Señor?”— y por la certidumbre del abandono —“Pedro, antes que el gallo cante me negarás tres veces”.
Los cristianos, al reflexionar a lo largo de los siglos sobre esta reunión, al recrearla diariamente en su liturgia, al escenificarla en procesiones y autos sacramentales no pueden dejar de hacerlo como si se tratara de una novela que ya hubiesen leído, o de una obra de teatro cuyo desenlace es del dominio público. La muerte de Jesús y los hechos que la anteceden han sido vistos por la Iglesia a través de la fe, están teñidas de teología, contemplados desde la “experiencia” de la resurrección de Jesús.
Pero para aquel grupo de hombres reunidos en torno a la mesa de la Pascua en lo que fue el primer Jueves Santo de la historia, el final triunfante de los Evangelios era un capítulo desconocido, y sobre ellos se cernía la imagen pavorosa del suplicio y la persecución. El rabino elocuente que había ejercido en su presencia sus poderes de taumaturgo, que había alimentado sus corazones de la manera más sencilla, en quien ellos y tantos habían cifrado las esperanzas de restaurar el reino independiente de David, se mostraba ahora ensombrecido por el pesar: “mi alma está triste hasta la muerte”.
¿Qué pueden responder a este discurso aquellos hombres rudos, iletrados en su mayoría, a quienes la misma persona que alguna vez los sacara de sus pedestres y ordinarios menesteres prometiéndoles el reino de los cielos les anuncia ahora el inminente fin de ese sueño?
El Evangelio de San Juan, el más teológico y acaso el más tardío, dedica buen espacio al consuelo y las esperanzas que Jesús da a los suyos, en los que ya parece obrar como la asumida Segunda Persona de la Trinidad a que lo exaltara con posterioridad la Iglesia. Los otros evangelios son más parcos, y posiblemente más auténticos. En ellos todo parecería indicar que si Jesús resucitó de entre los muertos el domingo, como sostiene la Iglesia desde el principio, ni él ni sus discípulos sabían tal cosa el jueves por la noche, reunidos para comer la Pascua apesadumbrados por el anuncio de su muerte que, con razón, suponen en un suplicio atroz.
Es en ese contexto desolador, cargado de angustia, de desesperanza y de miedo, que aquel joven maestro hace ante sus amigos un rito insólito y les pide que lo repitan en memoria de él. Siguiendo su costumbre de hablarles en parábolas, ha encontrado ahora un símil oportuno: el pan, el alimento de los pobres, el más común en el Mediterráneo, que desmigaja amoroso ante ellos, es su cuerpo, al que ya ha renunciado en fidelidad a su prédica; la copa de vino que hace circular es el equivalente de su sangre.
Sobre este momento constelar se han detenido a reflexionar millares de pensadores y teólogos, y de sus disquisiciones han salido otros tantos tratados, así como diferentes movimientos e iglesias que han llegado a hacerse la guerra por lo que consideran la correcta interpretación de ese recordatorio. No es lugar aquí para discutir los pormenores del dogma eucarístico. A decir verdad, no me conmueve tanto la trascendencia doctrinal del rito —plagado de especulaciones y énfasis eclesiológicos— como la petición que ese extraordinario maestro judío le hace a sus amigos la víspera de su ejecución, de que lo recuerden siempre con los sencillos elementos de la dieta del hombre. Jesús habría de morir al día siguiente. De él nada más sabemos a ciencia cierta. En lo adelante, el fulgor del mito hará inseparable al hombre de su oficio mesiánico. Jesucristo será el Dios encarnado, el Redentor del género humano, la Cabeza de la Iglesia y el Señor de la Historia, inevitablemente distorsionado por dos mil años de religión en su nombre.
Pero hay un momento anterior a esta apoteosis mitológica —y menos espectacular, más íntimo, que su proceso y su ejecución—, en que la narrativa evangélica nos deja ver a Jesús bajo una luz intensamente humana: esta última cena con que concluye su magisterio y en la que, medroso y atribulado, les pide a sus amigos que nunca vayan a olvidarlo.
Vicente Echerri
Nueva York






Gracias Fantomas, por el link de LA ULTIMA CENA. Para quienes no han visitado El Imparcial Digital, LA ULTIMA CENA fue el post que sacamos el 23 de febrero, esperando la “eleccion del nuevo presidente”. La artista es lola amargura, realizado especial para El Imparcial Digital. Su firma esta vertical en la pata del banquito donde esta sentado la cacatua de Abel Prieto. Esta obra esta permanente debajo de la columna de mis post, junto a la primera colaboracion de lola amargura, donde puso a The Beatles en la Habana. Hago hincapie en su credito, porque es una cubana muy joven, que a penas conoce su pais, y esta muy interesada en la historia de lo que ha pasado y esta pasando. Ademas, una profesional perfeccionista.
Saludos a todos. Especial para ti, Ernesto.
La Ultima Cena
http://www.abajofidelcastro.com/2026/12/la-ultima-cena.html
Hinco herencia: Saludable e interesante coloquio en Los Lirios del Jardín de R.L.R. con testimonios de viejos participantes en las actividades del parque habanero de G y 23 hace veinte años. Ay, Gardel!
Es extragnisimo que Monsigneur Echerri, profugo de la justicia revolucionaria, judio errante de Hoboken y Union City, no vea en esta escena macabra el germen del castrismo. Esa cena, esos doce, esas promesas de absolucion historica, el agape que trajo 20 millones de muertes, el diversionismo ideologico, y Judas, el primer gusano: que momento terrible para la humanidad!! Hay que estar ciego para no darse cuenta de que la escena transcurre en la casa de alguna Maria Antonia y que aqui se fragua la mas violenta y odiosa de las revoluciones!!!
OH, gimme a break…
Muy hermoso y revelador.
Me recuerda el enfoque humano y pormenorizado de Giovanni Papini en su Historia de Cristo. Ese Jesús abandonado por obediencia a su humanidad lo recuerdo además en La Pasión de Mel Gibson y en el magnífico crescendo de Gethsemane en Jesuschrist Superstar: “I will drink your cup of poison/Nail me to your cross and break me/
Bleed me, beat me.Kill me. Take me,/
now! Before I change my mind”.
Es como para sudar sangre.
Bendiciones.
Por qué no pones la versión de la otra cena? Si no la tienes, te la envío.